La libertad de los seres efímeros 3 #2
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Tenía que coger el autobús para ir a la universidad.

Nunca me había hecho falta un coche —tampoco me lo hubiera podido comprar— y el lugar donde vivía estaba bien conectado y me permitía desplazarme andando o en transporte público.

Girona era como un pueblo por mucho que se esforzara en parecerse a una ciudad, aunque sus habitantes en aumento le hubieran hecho perder la tranquilidad que la había caracterizado siempre.

Me subí al autobús con los auriculares puestos y Leiva rebotando en mis oídos.

Hoy la música no me proporcionaba el sosiego que necesitaba.

Reparé en una pareja que tomó asiento a mi lado, llevaban las carpetas de la universidad bajo el brazo.

Su conversación me distrajo de la música y me dejé llevar por sus palabras, sacando conclusiones de dos vidas que desconocía.

—Has estado muy perdido —le decía ella.

—He echado horas en la asesoría de mi padre. —Sacó un folio de su carpeta y un lápiz.

—¿Y el resto del tiempo?

—No estuve mucho por aquí…

Le veía hacer muecas extrañas, mientras se frotaba las manos nervioso e intentaba garabatear algo en el papel. Leía en sus ojos —que parecían hablar con voz propia— la ansiedad de aquel que miente y no quiere ser descubierto.

—No es verdad —insistió ella.

—Que sí, que sí.

—Vamos, tú no eres así.

—¡Joder! —maldijo, mirándola por primera vez—. ¿Por qué no sabré mentir?

Me sobresalté y dejé escapar una queja como en una exhalación. El chico me miró con curiosidad.

—Oye, que si es por mí…

—No, ya lo hablamos, Mireia. Tú sabes que no te quiero perder…

Ella asintió y no volvieron a decir nada más.

El chico siguió rasgando el papel con una rabia controlada pero certera, como si a través del lápiz pudiera purgar sus faltas.

Me concentré en mi música de nuevo, sin evitar reflexionar sobre el sentido del amor y esa estúpida necesidad de ser algo para alguien, de reflejar nuestros propios miedos y culpar de ellos a otros.

Luego el autobús se paró en seco, con la misma brusquedad que mis pensamientos.

Me levanté, obviando la mirada de aquel chico que tal vez esperara la oportunidad para hablarme.

Los dos nos dirigimos a la Facultad de Económicas.

Él con una seguridad despreocupada; yo con las dudas y las inseguridades que aquel nuevo lugar provocaba en mí.

En un golpe de aire, un papel salió disparado de su carpeta y lo atrapé al vuelo.

No eran letras. Se trataba de un dibujo que no parecía de un aficionado y que me obligó a detenerme.

Siempre había disfrutado del arte sin llegar a entenderlo en toda su plenitud.

Podía captar las formas precisas de los trazos, realistas o abstractos, que intentaban expresar una imagen; y extraía el mensaje del autor, no sin cierta dificultad.

No hay verdades absolutas, solo interpretaciones.

Ese modo de conocimiento orteguiano, siempre me ayudaba a comprender que la perspectiva aportaba multitud de significados posibles.

Pero ese chico había simbolizado un claro sentimiento de asfixia.

Dos colibrís encadenados forzando un vuelo imposible hacia la libertad.

Era innegable que deseaba escapar de algo que lo estaba aprisionando.

Casi podía palpar su agonía. Casi podía presentir que ese chico se resignaba a ser algo que no era.

—¿Qué es eso?

Laura vino a mi encuentro tal como habíamos acordado.

La puerta de la universidad nos aguardaba grande e imperiosa.

Caras desconocidas, algunas sonrientes, otras contraídas en el esfuerzo de pasar desapercibidas.

Mis ojos intentaban percibir un atisbo de humanidad, calidez o sosiego que me asegurara que dentro se gestaba el futuro que buscaba desesperadamente.

—No es nada —logré contestar—. Lo encontré tirado en el suelo.

Lo doblé y me lo guardé en el bolsillo, sin intención de devolverlo. Después entramos juntas en silencio.

Como las clases terminaban a la una y media y los lunes no trabajaba, podía visitar a Ainhoa. A ella le gustaba que comiéramos en familia, aunque eso implicara sentarnos a Valen y a mí en la misma mesa.

Los dos llegábamos puntuales, a veces nos cruzábamos en la escalera y nos mirábamos de reojo como si no fuéramos a picar a la misma puerta.

Me revolvía incómoda a su lado en la eterna espera y me liberaba en un suspiro de resignación en cuanto Ainhoa abría la puerta y su sonrisa nos daba la bienvenida.

Yo no entendía ese anhelo contenido de lanzarse a los brazos de un hombre al que solo hacía unas horas que acababa de despedir y que volvía sucio y maloliente, apestando a polvo y tabaco.

Valen trabajaba en la construcción. Le correspondía un cargo de oficial de primera que nunca llegaba y al que se acogía para hacer valer su talento.

«Me lo deben —repetía sin descanso—, y cuando me asciendan haremos el viaje que te prometí».

Así era la vida de Ainhoa, una red de promesas y juramentos que proyectaban una utopía difícil de alcanzar.

En esos encuentros reinaba la voz de Valen por encima de las nuestras.

La mayor parte del tiempo renegaba del trabajo y acompañaba sus gestos con un golpe en la mesa que hacía saltar los platos y mostraba su contundencia.

Disfrutaba de la tensión. En ese ambiente de discordia se sentía poderoso y con derecho a replicarnos frecuentemente.

Bastaba una opinión, una palabra salida de tono, para merecer una reprimenda.

A sus ojos éramos como dos niñas indefensas, perdidas e inocentes ante el mundo.

No obstante, a mí me gustaba ponérselo difícil, que me creyera susceptible a aquellas amenazas encubiertas que nos lanzaba para después rebelarme ante su sorpresa.

Sus conversaciones eran egocéntricas. Se creía un héroe frente a las injusticias que él mismo inventaba.

Pero a su sentido del deber le acompañaba la violencia injustificada; en sus anécdotas siempre atisbaba un mensaje implícito dirigido hacia mí.

«Nadie me habla así sin llevarse un puñetazo», decía, y hasta se sentía orgulloso de sus palabras.

A mí cada vez me parecía más inverosímil que Ainhoa no hubiera sido víctima de sus rencores.

La observaba cuando se desvestía, en aquella intimidad que nos presidía desde que tenía uso de razón, y buscaba indicios de golpes, rastros de algún moratón o algún arañazo que me pudiera ocultar.

Pero no había nada. Y en la exhaustiva búsqueda, me quedaba embriagada por su belleza.

Me extrañaba que Valen, tan simple y vulgar, hubiera sido capaz de cautivarla.

Él también era un preso de sus fragilidades y de la debilidad que sentía por la hermosura de Ainhoa.

Su pelo negro, sus formas redondeadas y bien esculpidas me recordaban a las esculturas solitarias de los parques, bañadas por el sol.

Compartíamos la mirada nostálgica de quien ha sufrido la pérdida, si bien ella la aceptaba con una sonrisa resentida y de falsa complacencia.

Ya se nos estaba perdiendo la costumbre de hablar en privado, lejos de los tentáculos de Valen y sus continuas interrupciones.

Sin embargo, nunca me marchaba sin preguntarle si estaba bien, si necesitaba mi ayuda.

Al principio respondía con sinceridad, pero con el tiempo fue cambiando, miraba hacia otro lado o saliendo del paso con evasivas.

—¿Y tú lo estás? —me decía.

—Por mí no te preocupes.

—Me recuerdas tanto a la abuela, ella siempre cuidando de los demás…

Resultaba agónico comprobar el alcance del influjo de Valen en ella, hasta el punto de defender posturas que antes le eran contrarias.

Y las debatía con pobres argumentos o lanzaba la razón de Valen como un peso cuya validez era suficiente.

«Él lo cree así», afirmaba dándole a sus palabras una fuerza que, al ser innecesaria, se teñía de violencia.

Era del todo insoportable. Por eso, mis visitas empezaban a espaciarse y tenía la impresión de que él atisbaba una marcha definitiva con la que lograría el control absoluto.

No. Aún no estaba preparada para rendirme.

Esas escapadas que hacía yo a casa de mi tía no pasaban desapercibidas para mi padre, que se interesaba por ellas con una insistencia difícil de sobrellevar.

Me abordaba nada más entrar, interrogándome por cosas que poco tenían que ver, pero que usaba para encauzarme con demasiada aspereza en los asuntos de su hermana.

—¿Y cómo está ella? ¿Y ya no trabaja? Y ese mal nacido, ¿sigue allí?

Siempre con la misma esperanza de verla volver y prestarle de nuevo aquella devoción que le había profesado desde el día que llegó sin avisar cuando ya era un adolescente. Al final, mi padre no era más que la espera personificada de quien habían abandonado sin ninguna intención de claudicar.

Días después supe que mi madre había conocido a otro hombre, que continuaba en Barcelona intentando encontrar su sitio —un trabajo, nuevas amistades, otra vida— y que pasado un año, no se arrepentía.

Me sorprendía súbitamente con su presencia un día en el Atlanta o citándome en algún restaurante donde nos gustaba cenar, y me ponía al corriente de sus últimas andanzas como si fuéramos amigas a las que la madurez hubo de separar.

Yo no quería a una madre efímera. Ni a una madre valiente o aventurera.

Yo necesitaba a la Lola de antes, risueña y cercana, cuya marcha ya la volvía irrecuperable.