La libertad de los seres efímeros 3
8%

3

Adam se fue antes de que me despertara, sigiloso para no despedirse.

Eso pensé cuando desperté y me encontré sola: «Se ha dado cuenta, por fin, de que fue un error».

Entonces algo cambió dentro de mí y aquellas palabras cobraron un sentido distinto.

Yo fui un error. Y aunque los dos coincidiéramos en la misma conclusión, el hecho de verme como un desliz inoportuno me fastidió; el haber sido parte prescindible de un juego que nunca quise empezar y amenazaba con hacer daño.

A las doce del mediodía el sol me obligaba a salir de la cama, mientras me incorporaba dispuesta a afrontar el día, el gato del vecino ya tomaba el sol en el balcón y se retorcía de gozo lamiendo sus patitas y recordándome los placeres mundanos de la vida.

Mi padre trajinaba en el comedor. Lo veía remover en su caja de herramientas con esas manos grandes y pesadas, las movía lentamente como si recibieran la orden y tardaran en procesarla.

Pensaba en voz alta —datos técnicos que solo él era capaz de dar sentido— y luego lo precedía un solemne silencio de concentración, de gran atención frente a una ardua tarea.

Quizá por la costumbre de andar metido siempre entre maquinaria, lo examinaba todo con una curiosidad de inventor, desvelando los entresijos de la ingeniería del objeto que investigaba, sin importar que fuera el más simple del mundo.

Esta vez había sido un secador que continuaba medio descuartizado encima de la mesa.

Ni siquiera seguía un método que asegurara el correcto montaje a posteriori .

Las piezas permanecían esparcidas esperando su turno, sometidas a un riguroso examen.

Sin embargo, todo ese caos tenía un significado preciso dentro de su mente.

Con la misma torpeza que había desmontado, volvería a ensamblar las piezas y todo aquel disparate recuperaría su función inicial.

—Ya está arreglado —me dijo devolviéndome el aparato.

En su gesto no pasaba desapercibido un orgullo de superioridad, de sentirse útil y capaz de mantener algo bajo control. Yo se lo agradecí con una media sonrisa.

—Tu novio se ha ido —me anunció.

—No es mi novio. Hubiera preferido que no lo conocieras…

—Vamos, chiqui. Todos hemos cometido locuras. —Se rio.

«Unos más que otros», pensaba yo. Me enfurruñé por su respuesta tan poco acertada.

—Acuérdate de que entras a las dos a trabajar.

—Lo sé perfectamente. No hace falta que me trates como a un niño.

Le miré dolida, recordando su pésima llegada.

Ninguno de los dos se sentía con ánimo de afrontar el problema.

Era demasiado fácil rendirse, entregarse a la inercia que empujaba hacia abajo como la ineludible fuerza de la gravedad.

Nunca se había preocupado de rellenar el hueco vacío de su existencia y ahora la pena eran las reminiscencias de un pasado del que costaba deshacerse.

Pero ¿acaso uno podía olvidar el pasado, si este era parte de los cimientos que lo soportaban?

¿Si el pasado era la esencia de lo que había logrado ser?

Tal vez esa ignorancia acordada nos proporcionaba las únicas respuestas que nos mantenían unidos.

Sonia me invitó a comer aquel día. Su casa estaba a quince minutos a pie, los suficientes para resarcirme y presentarme ante ella como si la noche anterior no hubiera ocupado un lugar significativo.

Ese piso era mi segunda residencia. De las veces que me había quedado a dormir recordaba que la casa se impregnaba de ese aroma matinal a café y a tostada ligeramente quemada por las esquinas, de las prisas de Sonia por ser la primera en pisar la calle con sus deportivas y salir a correr.

Después volvía sudorosa y satisfecha de haber superado su marca y nos encontraba a José y a mí, aún en la sobremesa, charlando de cualquier nadería que convertíamos en objeto de discusión.

Sin embargo, los debates eran nuestro mayor disfrute, la ocasión de probar nuestros conocimientos, de usarlos para rebatir al otro y regodearnos en su derrota.

Me gustaba mucho fastidiarlo pronunciando su nombre como una palabra llana, como hacíamos la mayor parte de la gente de a pie, pero su faceta de profesor e intelectual empedernido le exigía corregirme continuamente.

Hoy no hubo nada de todo aquello. Los tres parecíamos estar esperando el turno adecuado para hablar, aunque después nuestras palabras fueran acompañadas de un incómodo silencio.

Sonia quería reprenderme por mis malas decisiones y José premiarme por ellas a sabiendas de que la contradicción podría generar un enfrentamiento.

Yo había aprendido de ellos que las discusiones, por pequeñas que sean, crean rencores que enturbian una relación y que la felicidad es un sentimiento caduco y escurridizo si se intenta atraparlo por más tiempo.

En apariencia nada tenían que envidiar a otros, solo esa condición de fatalidad que se cernía sobre ellos inexorablemente.

De alguna forma, José sabía que Sonia algún día correría hacia el sentido contrario; la sombra de un recuerdo doliente la visitaba a menudo, rememorando los vestigios de una relación turbia y dolorosa que había acabado con todas sus esperanzas.

Sonia sabía que él lo sabía. Y yo creía que la única razón de que permanecieran juntos era esa falsa vida apacible en la que se habían instalado.

Ya no soportaba más ese humor agrio sostenido en el ambiente, me levanté dispuesta a marcharme cuando Sonia me cogió de la mano. Su expresión se suavizó, aunque sus ojos me miraban con cautela.

—Espera, Leire —me dijo empujándome hacia ella como si quisiera hacerme partícipe de una confesión—. Ainhoa ya no me coge el teléfono. No entiendo qué le ocurre. Ya no quiere quedar conmigo.

—¿Le hablaste de Valen?

—¿Qué podía hacer si no? Tenía que intentarlo.

—No insistas más…

—Pues tú no deberías rendirte.

Ese era el peso más grande que cargaba en mi vida: el verme parte responsable de un problema que no era mío.

A pesar de haberlo intentado todo, me asustaba la idea de que Ainhoa acabara haciendo lo mismo conmigo: que me apartara definitivamente de su vida.

Luchar contra la venda que sujetaba el engaño de Valen suponía romper la estabilidad, aunque resultara dolorosa, de una rutina truncada por la muerte de mi abuela.

Ainhoa permanecía agarrada con fuerza a la inmovilidad, a la permanente sensación de seguridad.

Huía, como hacíamos todos, de esa transformación constante, del fluir incesante de la vida que nos arrastraba sin remedio.

Todas nuestras decisiones —las suyas, las de mi padre, las mías— estaban condicionadas por el mismo miedo: el terrible devenir, el tiempo escurriéndose entre nuestros dedos.

Y la razón por la que prefería no inmiscuirme demasiado en las relaciones sentimentales.

Fue a la hora de cenar cuando Adam se presentó en casa. Sentí cierto fastidio al encontrarlo con la misma sonrisa de suficiencia de siempre, como si nunca hubiéramos gozado de intimidad.

—No te esperaba.

—Soy imprevisible. Ahora es cuando te sorprendes y me das un beso.

—Das demasiadas cosas por hecho.

—Sí —dijo ladeando la cabeza—. Olvidaba que eres algo complicada.

Me aparté de la puerta para dejarlo pasar.

—La verdad, Adam…, es un mal momento. Mañana empiezo la universidad y tengo la cabeza en otra parte.

—No pasa nada, puedes relajarte conmigo.

Y lo dijo con clara intención de acercarse a mí y tocarme. Aunque ya lo hubiera hecho antes, no estaba preparada para que ocupara mi espacio. Acogí su caricia en tensión, evitando mirarlo a la cara.

—Mi padre estará al caer.

—¿Por qué estás tan huraña?

Me encogí de hombros y Adam me besó con dulzura, con una delicadeza muy impropia en él.

—Tu padre está en el bar —me susurró.

Quise apartarme, pero me sujetó por la cintura.

—Está ahí como todas las tardes y no volverá hasta bien entrada la noche.

—¿Lo conocías?

—No sabía que era tu padre —contestó con desprecio—. Solo un pobre desgraciado.

—Suéltame —le pedí alzando la voz.

—No te enfades, nena.

Me acerqué a la puerta y la abrí con manos temblorosas. Él solo conocía al Juan destrozado. El Juan de antes era alegre y dicharachero. No era un pobre desgraciado, era una persona rota.

—¡Vete! —le ordené.

—Sé de qué va esto, Leire. No va a cambiar.

—Con tu ayuda desde luego que no.

—Solo intento protegerte.

Observé sus ojos, como un mar oscuro sin fondo donde me había detenido una vez, en un punto perdido de ese océano que hoy parecía desprovisto de vida.

—No te necesito.

Lo vi marcharse lentamente, como una sombra que se resistía a ser engullida por la luz.

Dentro de mí aún palpitaba el desconcierto por prestarle mis sentimientos a aquella mísera compañía.

No podía estar más furiosa de haberle abierto la puerta e intentar alejarme de mí misma.

Aquella noche mi cabeza rememoró varias veces la misma conversación absurda.

Sin embargo, en mis sueños Adam comprendía mi sufrimiento, yo no dudaba de mis propias palabras ni de esa ligera esperanza que aún palpitaba en mi pecho y que me permitía salir en defensa de mi padre.

Así amanecí, con una amargura que me obligó a deshacerme en el baño antes de salir a la calle para enfrentarme a mi primer día.

El sol de finales de septiembre me aplastaba contra las aceras.

A veces la sombra alargada que me seguía parecía querer desdibujarse, como si intentara diluirse a través de las alcantarillas.

Yo la empujaba con cierta desidia, mientras aprovechaba para observar mi silueta en los escaparates de las tiendas.

Mi estilo había ido decayendo hasta quedar impregnado de cierta bohemia.

Aquella degradación podía aplicarse a varios aspectos de mi vida.