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Pues hoy me sentía yo con ganas de ejecutar el plan que con tanto ahínco había preparado mi amiga.
Me invadió un súbito entusiasmo —sobrevenido por esa visión irreal que brindan las emociones— y me levanté de un salto dejando clara la idea que me rondaba en la cabeza.
Sonia se cubrió los ojos en un gesto de desesperación y José prefirió tomárselo con el humor que lo acompañaba de costumbre.
Ahora, desde la distancia que me otorgaba el tiempo, podía calificar aquel acto de estupidez, sobre todo al recordar la cara de satisfacción de Adam viendo de cerca su triunfo.
—¿Has vuelto? —se sorprendió.
Asentí alegre y me atreví a agarrarle del brazo, donde se adivinaban las formas geométricas de su tatuaje.
—Enséñamelo.
—Tendría que desnudarme.
—¿Vamos a mi casa?
Lo cogí de la mano para guiarlo hasta la salida y así seguimos, caminando bajo la luz tenue de una noche que prometía nunca acabar.
Yo miraba su mano áspera y grande y me preguntaba qué habría de sentir una muchacha como yo, en mi misma situación, si el amor la hubiera tocado con su gracia.
La ternura invadiendo el silencio, tal vez, la certeza inequívoca de que esa mano no podía ocupar otro lugar, o que todo sucedería tan liviano y natural que no habría espacio a la duda.
Y, sin embargo, yo estaba frustrada tras haberse invadido mi espacio, mi mano ahogada en el dilema de reivindicar su individualidad o ceder, y la ridícula sensación de dejarme llevar como una niña hacia mi propia casa.
—¿Es esta tu calle?
Le contesté que sí, asumiendo mi papel de niña perdida.
Tenía la cabeza embotada y los ojos entornados como si intentara vislumbrar algo en mitad de la niebla.
A pesar de todo, si miraba al cielo me parecía que las estrellas brillaban más que nunca, luchando para no ser engullidas por el clamor de la ciudad.
—¿Has visto las estrellas? —le pregunté a Adam.
—Están ahí, como siempre. —Se encogió de hombros.
Le señalé mi portal, tres pisos con balcones desgastados y aspecto de haber vivido mil batallas.
Del entramado de calles que antiguamente había sido el corazón de la ciudad, aún se respiraba el pasado histórico.
Seguían vivas las leyendas convertidas en fiestas populares o anécdotas de las que los mayores presumían y los más jóvenes escuchábamos con avidez.
Los nombres de las calles recordaban el trajín y la actividad que se vivía en aquella época.
Estaban dispuestas según los oficios que en ellas se realizaban y alguna otra que restaba en honor de una familia poderosa.
Los años y los continuos cambios habían propiciado el olvido, pero no había edificio que no conservara un resquicio de lo que fue en otro tiempo: fachadas de piedra, elementos insólitos en techos y puertas, y monumentos emblemáticos que seguían ocupando su lugar, camuflados entre tanta modernidad.
Lo invité a entrar al pequeño rellano. Mi piso ocupaba la planta baja.
—¿Vives sola?
—No, con mi padre, pero vendrá tarde.
—¿Trabaja?
—No, le gusta divertirse.
Adam puso cara de circunstancia. Yo encendí un cigarrillo y lo conduje hacia mi habitación.
No me importaba que conociera el estado aparatoso en el que se encontraba mi vida; con él no tenía futuro, tan solo la necesidad imperante de conocer.
Los dos estábamos expectantes, mirando con atención al otro como si el lugar nos concediera la potestad de descubrirnos más fácilmente.
—¿Y bien? ¿Piensas enseñármelo? —le insistí, sentada encima de mi escritorio.
Adam se mordió el labio como si quisiera contener una sonrisa.
Después se despojó de la camiseta y la tiró sobre la cama con mucha elegancia.
Además de las formas geométricas de su brazo, en su pectoral izquierdo reinaba un dragón enorme lleno de escamas puntiagudas con la boca abierta, de la que sobresalía una lengua larguísima que acababa desdibujándose en el hombro.
Me asombró la furia con la que rugía, como si quisiera traspasar la piel con su dolor.
—¿Qué significado tiene? —pregunté sin aliento.
—Simboliza una época de mi vida donde hubiera deseado arrasarlo todo, quemarlo y convertirlo en cenizas.
Y tras la confesión calló, como si de repente tomara conciencia de lo mucho que había dicho sin quererlo. Y, tal vez para evitar que hiciera preguntas, zanjó el tema:
—Mi madre murió de cáncer cuando tenía diecinueve años. Fueron meses de agonía y esperas inútiles.
Se me atragantó una disculpa y no pude articular palabra.
Entonces alargué la mano y vino a mi encuentro.
Nos fusionamos en un extraño abrazo, incapaces aún de deshacernos de nuestras reticencias.
La calidez de su cuerpo me envolvió y me trajo un sinfín de sensaciones.
Ese olor nuevo, varonil y de pura juventud; y la belleza impoluta de una piel apenas provista de cicatrices.
Tan solo sus manos parecían desgastadas por la carga de una vida demasiado pesada.
Recorrí con la yema de los dedos las líneas dibujadas, temerosa de sobrepasarme.
Me sentía más cerca de su tatuaje que de él por todo lo que simbolizaba, por la tristeza impregnada en sus formas y la historia que escondía detrás.
Por el chico asustado que no era Adam, por el hijo frustrado que simplemente esperaba lo inevitable.
Aquel altar que había alzado en su cuerpo ya no le pertenecía.
Quizá antes, pero ahora se había forjado otra personalidad, otra cara, otro escudo.
La razón de la atracción fatal que lo había llevado hasta mi casa era que los dos estábamos cubiertos por la misma coraza.
—¿Por qué no te haces uno? —me sugirió.
Agarró mis manos con cierta dominancia y me atrajo hacia él con brusquedad.
—No… sabría qué escoger —balbuceé.
—Algo que tenga el valor suficiente como para cargarlo toda una vida. —Yo le sonreí—. Nada de nombres, hazme el favor…
Luego me besó. Algo dentro de mí estalló con fuerza. Lo aparté con suavidad y lo miré desconcertada.
—¿Para qué me has traído aquí entonces? —se quejó.
Lo empujé de nuevo para liberarme y me bajé del escritorio.
—No te hagas ilusiones, yo no te quiero.
—Yo tampoco. Solo nos estamos divirtiendo. Así es mucho mejor, créeme.
No se me ocurrió discutirle nada más mientras me cogía en volandas y me tumbaba en la cama.
No era la primera vez que me divertía con alguien, y ese era precisamente el problema: la clara evidencia de que todos acababan siendo iguales para mí.
Lo miré a los ojos, seguíamos siendo dos desconocidos pese a que nuestras bocas ahondaran en la intimidad del otro y sus manos recorrieran sin pudor los caminos hacia un placer puramente sexual.
Mañana volveríamos a asustarnos con la posibilidad de ponerle nombre a aquello o tal vez lo olvidaríamos para poder continuar, como si perteneciera a un capítulo ya pasado.
No dejaba de darle vueltas sin sentido. Mientras Adam eyaculaba entre alaridos, mi cabeza estaba metida en otros asuntos.
La inminente llegada de mi padre, la mirada reprobatoria de Sonia, la universidad y la nueva rutina.
Me pasaba con frecuencia, mi mente revoloteaba sin permiso y por mucho que quisiera detenerla no atendía a razones.
Librábamos una lucha donde la eterna perdedora era yo, incapaz de hacerme oír entre tanto alboroto.
Estuvimos largo rato sin hablar, cada uno sumergido en sus pensamientos, y yo no veía el momento de vestirme o taparme con la sábana para deshacerme de aquella incomodidad.
Aun así, observé su cuerpo de reojo con un disimulo lascivo del que nadie me podía culpar.
Adam tenía un cuerpo precioso. Era un Adonis enclaustrado en una triste habitación.
Luego descubrió mi minucioso reconocimiento y me sonrió girándose hacia mí, juntando de nuevo su cuerpo con el mío.
—¿Quieres que me quede? —me preguntó con una ternura que parecía premeditada.
—Bueno.
Le sentí crecer lentamente y me asaltó la duda.
—No sé si te dejaré dormir —se rio.
—Eso no me importa —le dije mordiéndome el labio inferior.
—No, creo adivinar lo que te asusta, Leire. Hablar de sentimientos, de tu vida, de tus problemas. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Un año? Y apenas sé nada de ti.
—Vaya, lo estás estropeando.
—¿Lo ves?
—Todo el mundo tiene secretos, Adam, y que estés aquí no te otorga ningún privilegio.
—Es verdad. Quizá sea mejor así…
Suspiré llamando a la calma. Ya ninguno de los dos se acordaba del fuego que se había encendido antes.
—Recuerdo el día que entraste en el Atlanta por primera vez —volvió a hablar—, con esa mirada nostálgica, de reclamar continuamente al pasado. Intentabas pasar desapercibida, fundirte en cualquier esquina, y yo no paraba de preguntarme: ¿por qué parece tan perdida?
A las cuatro de la mañana, mi padre abrió la puerta y se dio de bruces contra el suelo.
Fue un ruido seco y me asusté, pensaba que se había abierto la cabeza.
Llevaba horas intentando dormir, notando la respiración calmada de Adam cerca de la oreja.
Su brazo presionándome el pecho se asemejaba a una prisión, donde escapar airosa y sin represalias solo podía ser consecuencia de una emergencia como aquella.
Así que salté de la cama despertándolo al acto y obligándolo a seguirme hasta el comedor.
—Papá, ¿me oyes?
Parecía un muñeco viejo, tirado, sin vida, sin otra aspiración que mantenerse al margen de una sociedad cruel y desagradecida.
—¿Está bien? —me preguntó Adam.
—Está borracho.
—Vamos a tumbarlo en el sofá.
Adam lo cogió de los brazos y yo de los pies.
Lo arrastramos con mucha dificultad. Mi padre escupía palabras incomprensibles, dominado por la potestad del sueño.
Acomodado en el sofá lo observamos unos segundos, agotados.
Adam tenía la frente perlada en sudor y el ceño fruncido, cavilando la vergonzosa situación.
—¿Suele hacer esto a menudo?
—Con demasiada frecuencia.
Exaltada como estaba por el ritmo frenético de la noche, no pude abandonarme al cansancio.
Cerré los ojos y me entregué a los sonidos que gobernaban la habitación: la respiración sosegada de Adam, las risas de la juventud que aún habitaban en la calle y llegaban amortiguadas a través de la ventana. Mi padre, ajeno al devenir de los días.