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Me evadía con la música de tal manera que desaparecía la gente y solo quedaba yo, mientras la melodía y el rugido de las guitarras me atravesaban como un torrente de energía.
Allí, en mitad de la barra, me sentía más viva que nunca.
Las voces que buscaban interrumpirme aterrizaban amortiguadas como si vinieran de un sueño.
Luego la realidad me golpeaba, y, entre la multitud, mi amiga Laura me reprendía con su peculiar delicadeza.
—¡Despierta, atontada! —gritaba—. ¡Que acabas de servirle al tío más buenorro del bar!
Laura y yo nos habíamos conocido en el instituto y estábamos a punto de empezar la universidad juntas.
Recuerdo que elegir la carrera fue como el paso definitivo hacia la ansiada madurez, el miedo apabullante al fracaso y a las malas decisiones condicionadas por la prisa de los que empujaban por detrás exigiendo una respuesta.
Sin embargo, Laura eligió por inercia, por una conveniencia de la que se sujetaba la comodidad de seguir a mi lado.
—¿Qué vas a hacer tú? —me había preguntado con ese deje de indiferencia que tanto la caracterizaba.
—Algo de economía.
—Pues yo también.
Y así quedamos unidas de nuevo. A mí aquella amistad siempre me había parecido de lo más extraña.
No teníamos nada en común, salvo la curiosidad por el mundo y la estúpida creencia de que todo debía ser para nosotras.
Mientras que mi estilo rozaba la decadencia, sin abandonar aún mi amor por el rímel, Laura se esmeraba por ondularse el pelo y asegurarse de que su ropa se ajustara a las últimas tendencias de moda.
Ni siquiera la llevaba a mi casa, estaba demasiado descuidada.
El polvo se nos acumulaba entre los libros que mi madre olvidó tras su marcha.
Todo olía a abandono y tristeza. Y Laura sabía lo poco que intuía tras mis escrupulosos silencios cuando me preguntaba.
Tampoco entendía que yo me sintiera tan cómoda en el Atlanta, entre personas que ella definía como friquis sin remedio.
La única razón que la arrastraba cada noche de viernes hasta mí era la bebida gratis y la terrible obsesión de verme emparejada con Adam.
Aunque fuera la clienta más quisquillosa de toda la ciudad y discutiera con ella por no llenarle suficiente la copa, lo cierto es que conseguía arrancarme una sonrisa.
Después, cuando podía descansar un poco y beberme un Red Bull para no caer rendida antes de tiempo, se me ocurría mirar a Adam.
A veces intentaba verlo como una persona totalmente nueva y desconocida, sin los prejuicios que me obligaban a poner distancia y sin que su prepotencia me dibujara una mueca de desprecio en la cara.
Lo observaba reponer las neveras, ejercitando los músculos de los brazos que exhibía vistiendo camisetas estrechas y mostrando los tatuajes que lo adornaban.
Luego se agachaba mordiéndose los labios por la pesada carga y su trasero era un claro ejemplo de un cuerpo bien entrenado en el gimnasio.
Él lo sabía y aprovechaba esa ventaja para guiñar el ojo a las mujeres que eran de su agrado.
—Qué pasa, nena, ¿estás celosa? —decía acercándose a mí.
—¿Qué te hace pensar que me gustas?
—Te pillé mirándome el culo —contestaba muy pagado de sí mismo.
—Entonces me gusta tu culo, no tú.
A Adam mis respuestas le hacían mucha gracia, estaba convencido de que ligaba con él y yo ya no sabía si era así o me gustaba que lo creyera para enviarlo a tomar viento y sentirme más satisfecha.
Entonces aparecía Sonia y, cuchicheando en mi oído, me decía aquello de: «Soy la voz de tu conciencia…
». No podía estar más de acuerdo con ella.
Adam no era para mí. Aunque mi amiga no cesara en su empeño.
—Oye, Leire, le he propuesto a Adam que después nos acompañe a tomar algo.
—¿Que has hecho qué?
Laura se encogió de hombros y siguió bailando.
La rutina de los viernes consistía en pasar por el Luxor, un pub de moda cercano al Atlanta, que podría considerarse competencia, pero el reguetón no era comparable con la cultura roquera que nosotros promulgábamos.
Así que tuve que lidiar con la inquietud que me provocaba tener a Adam pegado a mí toda la noche intentando comportarse como un buen compañero.
A la hora del cierre, esa inquietud evolucionó en histeria y las llaves de la puerta se me resbalaron al suelo propiciando un juego de seducción.
Adam se agachó a cogerlas al mismo tiempo que yo y nuestras manos se tocaron como si tuvieran intenciones más oscuras.
En ese delirio enrojecí ligeramente y Sonia, que nos vigilaba desde lejos, decidió sumarse a la comitiva para evitar una locura mayor.
En la calle se respiraba el verano, aunque una ligera brisa nos recordara que el final estaba por venir.
Los ecos de los cuchicheos viajaban por las callejuelas estrechas marcándonos el camino y nuestras voces se unieron al murmullo apagado para no entorpecer el descanso de los vecinos.
Adam y Laura iban a la cabeza, riéndose entre susurros.
De vez en cuando él se giraba hacia mí y me dedicaba una sonrisa de complacencia.
¡Qué faceta de perfecto caballero tan bien guardada!
Yo no me dejaba impresionar —o eso me parecía a mí— y Sonia me recordaba los pormenores de caer en los enredos de un embaucador.
No hubiera caído en desgracia si la corriente humana que peleaba por entrar en el mismo garito infernal me hubiera arrastrado hacia el lado contrario donde esperaban mis amigas.
Ni me hubiera visto perdida y desorientada, expuesta a la emboscada que Adam preparó para mí.
Era tentador dejarse engañar cuando ya se había esfumado la fe y poco se esperaba de la vida.
Quizá en esas condiciones resultaba más factible acogerse a un hilo de esperanza.
Adam pidió unas cervezas en la barra y yo me senté en el primer taburete vacío que encontré, dispuesta a afrontar mi destino.
La gente se aglutinaba en el centro de la pista sin apenas espacio para girar sobre sí mismos.
Las luces parpadeaban al ritmo de la música y los cuerpos parecían responder al unísono en esa procesión musical.
Eran como una gran colmena, donde se alentaban unos a otros a fuerza de espasmos melódicos.
—¿No bailas? —me preguntó Adam.
—No es mi estilo.
—Creía que te gustaba el rock por imposición.
—Tengo un lado oscuro.
Vislumbré un amago de sonrisa que no llegó a iluminarle la cara.
Luego fue él quien perdió la mirada entre las siluetas difusas que nos rodeaban.
De repente sentía una necesidad urgente de hurgar en su mente y sus preocupaciones, de revolcarme en la amargura de sus sueños truncados para poder conocer su verdadera esencia.
—Pensaba en la posibilidad de dejarnos llevar por nuestras pasiones —afirmó respondiendo a mis intenciones.
A mí me sorprendió que descifrara mis deseos con tanta facilidad.
—Sería catastrófico —le dije a modo de advertencia.
—O la solución a nuestros problemas.
—¿Soy un problema para ti?
—Un enigma.
—Qué tópico… —Solté en un bufido y me levanté con intención de marcharme.
—No te vayas, te propongo una tregua.
Pero me escapé entre el bullicio antes de que su mano me rozara la cintura.
Encontré a Laura, dispersa y absorta en su propio universo.
A veces envidiaba su capacidad de fundirse con el resto y ser partícipe de aquel ritual sociológico.
Más tarde alcancé a ver a Sonia y a José, su pareja, sentados en unos sofás, tan resguardados en su íntimo espacio que titubeé unos segundos antes de acercarme.
José me rodeó la espalda con cariño. Desconocía el motivo por el cual nos sentimos unidos en una extraña complicidad desde el primer momento en que nos conocimos.
Tal vez por esa supuesta desidia con la que impregnaba todos sus actos, como si de la conformidad naciera el simple hecho de ser feliz.
Todo en él le confería un aspecto benévolo: su nariz respingona, los labios finos, el pelo revuelto y algo descuidado, y su carácter bonachón.
A veces pensaba que él necesitaba a Sonia para reconciliarse con el lado salvaje de la vida.
Ella era puro fuego, la revolución mezclada con cierta racionalidad que le permitía aconsejarme en los momentos críticos.
Yo la admiraba por ser ella sin remordimientos, por la historia escrita en sus cicatrices, porque los pocos que la conocíamos de verdad sabíamos que un día calló y desde entonces no había vuelto a ser la misma.
—No me mires así —me dijo, revolviéndose el pelo rizado; lo hacía siempre que estaba nerviosa—. Ya sabes que no lo apruebo. Adam no te va a ayudar.
No obstante, había algo que me empujaba a dejarme llevar con la misma libertad que gocé tiempo atrás y de la que me privaba por el miedo atroz a estropearlo todo.
Nunca me había enamorado, aunque eso no quería decir que fuera inmune a sus encantos o que me sintiera atraída por simple curiosidad; como una manera de escapar de mi propio caos e instaurarme en una nueva realidad.
Laura hablaba del amor continuamente. Lo concebía como el final de un camino que no recordaba haber empezado, pero del que era consciente.
Una ilusión, quizá, acrecentada por la multitud de novelas que llenaban las estanterías de su habitación.
Era interesante esa concepción que tenía de la vida.
Como si fuera una película, un guion poco ensayado que más bien adquiría la categoría de esbozo cuando conseguía llevarlo a cabo.