La libertad de los seres efímeros
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La vecina del segundo había vuelto a dar la voz de alarma.
Solía esperar a verme aparecer por la escalera, conocedora de mi rutina, y me abordaba antes de que mis pasos me alejaran lo suficiente para desaparecer a salvo de sus chismorreos.
Hizo falta un pequeño contratiempo que frenó mi avance —un deje de extrañeza al sentirme observada— para culminar el encuentro.
Aún llevaba el batín de flores puesto, tan fino y pegadizo que se adivinaban las formas de sus carnes a través de la tela.
Me agarró del brazo con sus manos arrugadas y enclenques, y me arrastró a la puerta para decirme en tono de confidencia:
—¡Lo que aguanta, la pobrecita! Ayer, ¡qué de gritos!, ¡qué arrastrar de muebles!
—¿Y por qué no llama a la policía, señora?
—¡Uy! No quisiera meterme donde no me llaman…
No era la primera vez que se lo oía decir, aunque nunca hubiera presenciado una pelea.
La relación que mantenía mi tía Ainhoa con Valen era una historia que no me pertenecía y de la que me adueñé con el tiempo sin poder evitarlo.
Ya no me sorprendían demasiado aquellas confesiones.
Añoraba a la Ainhoa de antes, cuando aún era refugio en la casa donde convivimos juntas.
Nuestro afecto trascendía más allá de los lazos de sangre, una confianza ciega que sobrevive a cualquier situación adversa.
Yo sabía que cuando ella me llamaba pequeña Leire , con su voz dulce y ceremoniosa, como si soltara cada palabra en una caricia, podía leer toda la verdad en mi silencio.
Sin embargo, tuvo que conocerlo y se trastocó su vida.
Fueron una sucesión de infortunios, el derrumbe de la estabilidad tan bien cimentada de la que había gozado hasta ese momento.
Yo había sido una niña feliz, algo ingenua y soñadora, sin más aspiraciones que la de mantener mi discreta felicidad.
Como no teníamos más parientes cerca, mis padres, mi abuela y mi tía Ainhoa constituían toda mi familia.
Solía pasar mucho tiempo en casa de la abuela en compañía de las dos.
La humilde morada se engrandecía con la luz que desprendía la personalidad arrolladora de la abuela.
Ni la vejez fue capaz de arrebatarle la valentía con la que se enfrentaba al temible paso del tiempo.
Solo el peso de las penurias, las calamidades sufridas y la hambruna en la época de la guerra, le borraban la sonrisa.
Torcía el gesto, buscaba con la mirada como si se orientara hacia aquella fatalidad y rechazaba cualquier oportunidad para hablar del pasado, acompañando su negativa con un ligero movimiento de cabeza.
Tal vez de ese miedo nació la desmesurada protección hacia sus hijos.
Nada hacían sin su aprobación y sin su beneplácito.
Mi madre se quejaba de esa supuesta inmadurez que demostraban los hermanos en los innumerables cuchicheos que manteníamos a espaldas de todo el mundo.
Ella solía decir que era su mejor confidente, que bastaba con escucharla para verse comprendida.
Yo ya empezaba a sospechar que el mundo de los adultos era un entresijo de inquietudes y recelos, donde uno se sentía perdido en el mar agitado de sus propias entrañas.
La única que parecía dominar el arte de vivir era la abuela, que se desenvolvía en las dificultades mucho mejor que todos nosotros.
Por si acaso lo olvidábamos, no estaba de más recordarnos que ella nació en otra época, donde lo más importante era tener la alacena llena.
El día en que murió, comprendí que Ainhoa y mi padre perdían la mano que los había guiado hasta ese momento.
Nadie quiso volver a aquella casa. Tal era el deseo de deshacerse del dolor de los recuerdos, que acabaron malvendiéndola al primer interesado que surgió.
Vivimos juntos el duelo, que dejó una mancha indeleble por nuestra mala costumbre de tragar la pena en soledad.
Todo aparentaba ir bien, nadie fue lo suficiente valiente para aventurar lo contrario.
En mi adolescencia crecí bajo el amparo de mi madre Lola, un alma libre; y de Ainhoa, la voz de la sensatez.
Dos pilares que se resquebrajaron demasiado pronto.
Valentín llegó sin apenas darnos cuenta, envuelto en un aura de novedad y encanto, en pequeños gestos que escondían intenciones más oscuras, como una sombra alargada que se cernía sobre ella sin que se percatara siquiera.
La apartaba del mundo que había conocido con su gracia sutil, con juegos de engaño y persuasión; y chantajes que dejaban huellas de culpabilidad en el alma debilitada de Ainhoa.
La abuela seguía presente. No obstante, su recuerdo era la prueba ineludible de las malas decisiones, del tiempo perdido y del futuro desolador que la esperaba.
Valen representaba el papel de salvador.
Yo me dejé absorber de manera enfermiza por su historia y fue a partir de entonces que todo sucedió estrepitosamente: Ainhoa se fue en apenas un mes.
Al principio entraba en su casa y todo parecía normal.
Ella callaba creyendo ser feliz y yo prefería no entorpecer el delicado equilibrio que sostenía nuestras vidas.
Ainhoa ya andaba perdidamente enamorada de él como para reconocerme algún comportamiento inadecuado.
Todo se basaba en la simpleza de sus actos, en la buena fe que parecía guardar en ellos.
Poco a poco, empezó a ser distante, reservada con sus cosas. Después dejó de trabajar.
—¿A qué aspiras? ¿A seguir sirviendo copas en un bar como una cualquiera? —le oí decir a Valen.
Él me tenía cierta inquina y no hacía nada por disimularla. Si estaba presente, acostumbraba a lanzarme alguna palabra envenenada. Una estrategia más para dejar a Ainhoa desprovista de otro apoyo que no fuera el suyo.
Mi padre, tras algunos intentos frustrados para sacarla de su engaño, había optado por rendirse y encomendarse a la ardua tarea de mantenerse cuerdo ante sus propios conflictos.
Ainhoa había sido una compañía inseparable desde que nací, sin que los dieciséis años que nos separaban supusieran barrera alguna. No obstante, ya no resultaba en mí un consuelo, sino una tristeza más que soportaba con dificultad.
A veces, imaginaba que todo iba a mejor.
A dos días de empezar la universidad, deseaba rebelarme contra mis infortunios y salir de la resignación.
Yo esperaba el momento como la oportunidad de abrirme a un nuevo mundo.
Aunque solo fuera para alejarme de la idea de que Ainhoa y mi padre se iban a la deriva.
Hubo un tiempo en que mi padre y yo fuimos felices viviendo juntos, pero nos estropeamos por las circunstancias y ahora nos echábamos de menos en silencio.
El alma libre de mi madre había volado para no volver, se había ido tras fingir durante demasiado tiempo que éramos una familia bien avenida.
Tras el «comieron perdices» , nunca se dijo que a veces la magia se acaba y el amor se convierte en respeto y simple amistad.
Ella sola se valió para continuar su vida y descubrir el mundo que no se permitió conocer por centrarse demasiado en ser esposa y madre.
Quizá fui yo, quien, sin quererlo, le recordó lo bonita que era la existencia sin preocupaciones en aquellas ocasiones en la que la instaba a acompañarme en mis primeras aventuras nocturnas.
Cogidas del brazo podríamos haber pasado por hermanas.
Las dos lucíamos una larga melena pelirroja que contrastaba con nuestra palidez, las pecas poblaban nuestras mejillas y el claro azul de nuestros ojos reflejaba en cada una la verdad que escondíamos por distintas razones.
Yo siempre la había admirado; ella era puro espectáculo, ahogada en la mediocridad por caer en las manos equivocadas.
La tenía presente en mi mente como la «Lola de antes» y la «Lola de después» de marcharse.
Echaba de menos a las dos. Mi madre tenía algo en ella que siempre olía a nuevo: su alegría de vivir.
Su marcha me dolió como si me hubiera dejado a mí, y su recuerdo pululaba por todas las esquinas.
Dos ausencias eran demasiado fatigosas de soportar.
Aquella casa era como un cementerio de recuerdos que nos ahogaba a los dos, ya no me parecía un lugar apaciguador.
Mi padre, muy lejos de estar a la altura de las circunstancias, había sido víctima de una terrible involución, aceptando finalmente la condena con la ayuda de la bebida.
Su embriaguez no justificaba lo hiriente que podía llegar a ser cuando quería. Y así, vagábamos sin rumbo.
No acababa de encontrar el camino correcto hacia dónde dirigirme, por eso el Atlanta apareció ante mí como una gran oportunidad.
Desde que mamá se había ido, yo debía rendir cuentas de cualquier gasto superfluo, así que lo que fue una idea desesperada por ganar un poco de independencia, acabó por convertirse en el refugio para huir de mis desastres.
El Atlanta era una cafetería que hacía las veces de local nocturno, donde se servían copas y se apostaba por la música rock .
Estaba situado en el corazón del casco antiguo de la ciudad, entre museos y tiendas de souvenirs , muy cerca de mi casa y del entramado de calles que discurría hacia el punto más elevado: la catedral.
Gozaba de clientela de lo más variopinta, desde turistas a lugareños que se sentían identificados con el estilo alternativo que le confería su peculiar decoración retro.
Ana, mi jefa, había hecho un intento por rescatar aquella Generación X, embriagados por la música, el cine y sus ansias de independencia.
Tal vez fuera por esa rebeldía, esas ganas de revolución y libertad que me aferrara desde un principio a lo que llegaría a ser mi segunda casa.
Sonia, la encargada, se ocupaba de contratar al personal, de los proveedores, de ingresar el dinero en el banco y, quizá por su deseo frustrado de dedicarse al marketing , inventar nuevas formas de atraer a los clientes.
Mientras tanto, Ana se ocupaba por completo de su reciente maternidad.
Adam y yo suplíamos el turno de tarde. Mi territorio era la barra y el salón; el suyo, la cocina.
A pesar de tener bien delimitado nuestro espacio, nos pisábamos continuamente, convirtiendo nuestro lugar de trabajo en una batalla campal, fruto de un odio que había evolucionado hacia una tensión sexual.
Pasábamos las horas entre discusiones y coqueteos, poniendo la paciencia de Sonia al límite.
—¡Sois unos malditos críos! —gritaba desesperada.
Su mirada de desprecio no era más que un arma de persuasión para mantenernos bajo control.
Yo sabía que me adoraba, y la quería como parte de mi familia por sus consejos, que intentaban paliar mi desánimo.
Las sesiones de tarde con la fusión de los tres eran especiales, un oasis dentro de mi propio caos.
Trabajaba de las seis de la tarde a las once de la noche, y los viernes y los sábados podíamos cerrar a las dos de la madrugada.
Ese horario me había permitido disfrutar de cierta independencia desde hacía un año sin que perjudicase mis estudios, aunque ahora tuviera serias dudas para poder organizar mi día a día en la universidad.
Aun así mantenía la esperanza de poder sobrellevarlo.
Deseaba cambiar mi futuro, dejar de sufrir, aunque por momentos dudara de mí misma y llegara a pensar que lo que estaba mal era yo y acabara, como cantaba Fito, «huyendo conmigo de mí».