La libertad de los seres efímeros 24 #2
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24 #2

—Hablaba muy en serio, Leire —me decía—.

Quiero que te tomes tu tiempo y que seas egoísta, que pienses en lo que te conviene a ti.

Y eso también incluye nuestra… relación.

—Trastabillando con la última palabra como si le quemara en la boca—.

Si quieres que esté contigo, estaré, aunque solo sea como amigo.

—¿Es lo que quieres, ser mi amigo?

Ese día me miró verdaderamente aterrado, como si fuera la primera vez que tomaba conciencia de las palabras que llevaba repitiendo.

—¿Yo? ¿Eso es lo que parece que he dicho? No, no. Te quiero. Y soy un idiota por dejarte sola. Jamás…

—No me dejaste sola —le interrumpí, y comprendí que lo que le atenazaba era la culpa—. Yo no te dejé ayudarme. Me daba vergüenza, ¿sabes? Sentirme débil.

—No eres débil. Precisamente estás así por haberte roto demasiado tarde.

—Sí. Así me siento ahora. Rota.

—Pues yo recogeré tus pedazos, pero solo tú puedes sanar tus heridas.

Mis heridas. Ni siquiera había reaccionado al mirarme al espejo, ni había prestado atención a las cicatrices que poblaban mi cuerpo.

Yo seguía destrozada por dentro. Por mí, por Ainhoa.

Sentir a Gabriel mi hogar me había deshecho cuando no estuvo.

¿Así se sentiría Ainhoa? No podía parar de preguntármelo.

Porque a pesar de todo el dolor, él había formado parte de su familia desde hacía unos años, y ahora había desaparecido de repente, para siempre.

Ni siquiera yo iba a poder olvidarlo nunca.

Era curioso como las malas experiencias pesaban más en la memoria que otras mucho más agradables.

Pero a la vez me permitían capturar detalles insignificantes de mi realidad que me otorgaban cierta felicidad, como mi camino rutinario hacia el Atlanta.

El aire helado del invierno, el rumor de las voces colándose por las callejuelas empinadas, la Catedral iluminada en aquel atardecer anaranjado que anunciaba la ansiada lluvia.

—Puedo preguntarte… ¿por qué besaste a Adam?

Caminábamos muy despacio. Iba agarrada de su brazo, aún sentía las costillas doloridas y mi cuerpo no respondía como debía.

—No lo sé, en realidad fue él quien me besó. Aunque es cierto que yo tardé en reaccionar y luego lo aparté. Se aprovechó de mi debilidad.

—Vale, eso me deja un poco más tranquilo.

Me cogió de la cintura con delicadeza y me detuvo, parados en medio de la calle.

Juntó su frente con la mía y, cuando iba a besarme en la mejilla, algo llamó su atención.

Observó ese cielo extraño emborronado de nubes.

Un copo de nieve se deslizaba suavemente hasta que Gabriel lo atrapó con la mano.

Percibí cómo sus dedos se enrojecían por el frío a la vez que sentíamos unas voces a lo lejos anunciando lo que ya era evidente: «¡Está nevando! ¡Está nevando!».

—Hacía mucho tiempo que no veía esto aquí.

Y quizá ya no volveríamos a verlo. La nieve ya no cuajaba nunca en aquella ciudad. Aún recordaba algún invierno de mi infancia haciendo muñecos de nieve en el portal de la abuela.

—Quizá es una señal —afirmó Gabriel de repente—. Una señal de un nuevo comienzo. Y esta vez nos va a salir bien, Leire. Tú me quieres. —Y esta vez lo dijo con una seguridad arrolladora—. Y yo te quiero a ti. Seremos tú y yo ante el mundo. No tienes que hacerlo sola.

—Tú y yo. —Él asintió con una sonrisa espléndida. Como aquellos días atrás, en los que luchaba por hacerse un hueco en mi vida. Tan sincero y vulnerable—. Quédate a mi lado, Gabriel.

—Siempre.

—Como amigo y como la persona que amo.

Luego volvió a acercarse a mí con la misma predisposición que antes, cambiando el rumbo y estallando en mi boca.

Mientras lo besaba sintiendo una súbita felicidad, solo pensaba en la promesa que había marcado nuestra historia.

Ahora ya me sentía con ánimos de comprender que la libertad que tanto ansiábamos no era tan grande como imaginamos.

Se bastaba de las cosas pequeñas para hacer de la vida algo inmenso.

Como ese beso en mitad del caos que se empezaba a gestar en la ciudad y que albergaba un futuro que creíamos muerto.

Unas risas nos rozaron al pasar y nos desprendimos del hechizo.

Seguimos el camino por inercia, acelerando el paso para no quedarnos empapados.

El Barrio Viejo seguía teniendo aspecto de fiesta, a pesar de haber dejado muy atrás las Navidades.

Conservaba ese tinte húmedo e invernal que solo unos pocos sabían apreciar.

La Catedral me miraba como siempre, grandiosa y solemne, con el mismo aspecto imperturbable ante el paso del tiempo que tanta envidia me causaba. La que había cambiado era yo.

Yo, que me había pasado media vida temiendo los efectos devastadores del tiempo en la memoria, solo deseaba ahora que arrasara como un huracán y me dejara sumida en el olvido.

—Nos está esperando —me apremió Gabriel.

Dejé que me arrastrara recordando el inminente reencuentro con Ainhoa, a la que, por su estado, la habían prohibido visitarme mientras estuve ingresada.

No había vuelto al piso, pero Sonia y José habían recogido sus pocas pertenencias y la instalaron en su casa, en la misma habitación que me servía a mí de refugio.

Tenía ganas de abrazarla y olvidarme del daño que me había provocado su rechazo, de la Ainhoa lúgubre y furibunda que aún dominaba su expresión, pero todo estaba demasiado reciente.

Seguiríamos siendo viejas conocidas que acababan de encontrarse tras años sin mantener el contacto.

Su cárcel se había destruido, pero dentro aún sobrevivían los muros de su encierro.

A pesar del frío que me calaba los huesos, me tomé unos segundos para entrar en el Atlanta. Gabriel me miraba expectante, con un deje de impaciencia en el rostro.

—Le dije que se había ido para siempre —susurré mostrando mis preocupaciones.

¿Sería capaz de contárselo algún día a Ainhoa?

—No, deja de cargar siempre con la culpa.

Se tiró porque ya no tenía el control, porque no estaba bien.

Ainhoa no está enfadada contigo. Cree que no te protegió suficiente, se siente avergonzada.

Nos ha costado mucho convencerla de que no fue así, de que ni tú ni ella tenéis nada que ver con lo que ha ocurrido. No vayas a estropearlo ahora…

No tuve valor de contradecirlo porque vislumbré a Ainhoa por la pequeña ventana de la puerta.

Me miró y se puso de pie demasiado rápido.

Su barriga había crecido desde la última vez que la vi, aunque no tanto como hubiera esperado.

Vino a mi encuentro arrastrando los pies, como si llevara consigo una pesada carga.

Casi me pareció estar sintiéndola detrás de la puerta de su casa, sin saber si abrirme o no.

Pero mi paciencia ya se había agotado y no quise esperar, así que entré sin permiso y me abalancé hacia ella para abrazarla.

Sus manos temblorosas me rodearon la espalda y noté cómo soltaba el aire en una exhalación.

—¿Estás…? —preguntó ahogando un sollozo.

—Mejor, sí.

Miré a Gabriel, que me apremiaba en silencio. No sabía qué decirle. Llevaba tanto tiempo midiendo mis palabras y conteniendo mis sentimientos con ella, que ahora no recordaba cómo éramos antes de todo o si las circunstancias nos obligarían a empezar de nuevo.

—¿Por qué no os sentáis? —nos sugirió Gabriel.

Yo la llevé hasta nuestra mesa predilecta y la observé durante unos segundos, asegurándome de que su aspecto no se hubiera deteriorado más de lo que recordaba. Ella pareció notarlo.

—Estoy bien. Solo necesito tiempo y… que me perdones.

—No tengo que hacerlo. Tú no…

—Lo necesito, Leire —me interrumpió—. Para empezar de nuevo.

—Pues te perdono.

Me sorprendió sentirme tan libre de rencor.

Ni siquiera me molestaba que hubiera recurrido a Sonia para pedir ayuda.

La conocía lo suficiente para saber que ante mí siempre se había mostrado fuerte, inquebrantable, aunque no lo fuera en absoluto.

Solo en los momentos donde todo se derrumbaba sin remedio acudía en mi busca, como aquella tarde.

La imaginaba haciendo las maletas justo cuando Valen apareció.

Podía sentir su miedo, la duda de salir corriendo o intentar razonar con él.

La llamada en ese instante de impotencia y el valor que debió de reunir para huir definitivamente cuando supo que Valen la miraba de una forma distinta.

De la misma manera que me había mirado a mí minutos después: como un hombre desesperado.

Ninguna de las dos nos atrevimos a mencionarlo, pero yo la notaba más ligera, una vez despojada de tanta carga.

—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunté.

—No lo sé. Vivir. —Y se encogió de hombros, como si fuera más que suficiente.

Realmente lo era. No había tiempo para lamentaciones. Ese niño que ya le abultaba el vientre llegaría antes de que nos diéramos cuenta e iba a sacudirnos de nuevo la vida.

—Todo va a salir bien —me dijo, y hasta se permitió sonreír—. Me quedaré un tiempo con Sonia hasta que encuentre otro sitio.

—Podrías volver a casa.

—Lo sé, pero necesito sentirme independiente. Aunque me gustaría estar cerca de vosotros…

—Claro, soy su madrina. No puedes irte muy lejos.

—Entonces… ¿aún cuento con tu ayuda?

—Nunca me he ido, Ainhoa.

Ella recorrió la mirada por la sala. Sonia fingía repasar unos albaranes, Gabriel y José hablaban en susurros y de vez en cuando se atrevían a mirarnos.

Adam corría de un lado para otro, como si por primera vez se sintiera desubicado en el Atlanta, aquel lugar que me había visto crecer tanto en el último año.

—Pensaba que os había perdido, pero supongo que la familia de verdad nunca te abandona; pase lo que pase…

Asentí, preguntándome si algún día seríamos capaces de contarnos todo lo que nos había sucedido sin desmoronarnos en el proceso. Si Ainhoa por fin sería capaz de volar por su cuenta, de ser libre. Porque ¿qué era la libertad si no podía compartirla con los que amaba?

Nos quedamos sentadas a la mesa, agarradas de la mano. Ainhoa se quedó prendada del paisaje que se dibujaba tras los ventanales.

No la había visto sonreír hasta ahora, hasta ese preciso instante en el que me pareció que ya no le tenía miedo a nada.