La leyenda de Sleepy Hollow #7
Desde un rincón de la sala, Brom Bones observaba la escena en silencio.
La envidia y los celos se reflejaban claramente en su rostro.
Cuando terminó el baile, Ichabod se acercó a un grupo de hombres de mayor edad que conversaban tranquilamente con Baltus Van Tassel en un extremo del porche.
Sentados alrededor de sus pipas, hablaban de los viejos tiempos y recordaban los años de la Guerra de Independencia.
La región donde transcurre esta historia gozaba de una larga tradición de anécdotas y personajes ilustres.
Durante la guerra, la línea que separaba a británicos y estadounidenses había pasado muy cerca de allí. Como consecuencia, la comarca había sufrido incursiones, saqueos y la presencia constante de soldados, leales a la Corona, milicianos, bandidos y aventureros de toda clase.
Había transcurrido el tiempo suficiente para que los recuerdos comenzaran a mezclarse con la imaginación.
Cada narrador adornaba los hechos con algún detalle nuevo y, poco a poco, terminaba convirtiéndose en el héroe principal de la historia que contaba.
Uno hablaba de Doffue Martling, un gigantesco holandés de espesa barba azulada que, según decía, estuvo a punto de capturar una fragata británica utilizando únicamente un viejo cañón de nueve libras instalado sobre un improvisado terraplén de barro.
Solo la explosión del arma durante el sexto disparo impidió aquella gloriosa hazaña.
Otro caballero, cuyo nombre el narrador prefería omitir por respeto a su posición, aseguraba que durante la batalla de White Plains había logrado desviar una bala de mosquete con su espada gracias a su extraordinaria destreza en la esgrima.
Juraba haber sentido el proyectil deslizarse a lo largo de la hoja antes de golpear la empuñadura y salir despedido.
Como prueba irrefutable, mostraba siempre una ligera deformación en el guardamano de la espada.
Todos los presentes parecían conservar recuerdos similares.
Y no había uno solo que no estuviera íntimamente convencido de haber contribuido de manera decisiva al triunfo final de la guerra.
Sin embargo, aquellas historias de batallas apenas despertaban interés cuando comenzaban a surgir los relatos de fantasmas.
En ese terreno, ninguna otra región podía competir con aquella. Las viejas comunidades holandesas, asentadas desde hacía generaciones en los mismos lugares, parecían un terreno especialmente fértil para las leyendas.
Las supersticiones necesitan tiempo para echar raíces.
En los pueblos jóvenes, donde la gente llega y se marcha continuamente, los fantasmas apenas tienen ocasión de hacerse conocidos.
Antes incluso de terminar su primer descanso eterno, los familiares y vecinos ya se han mudado a otro lugar, de modo que, cuando los espíritus salen por la noche a recorrer sus antiguos caminos, apenas encuentran a nadie que recuerde quiénes fueron.
Quizá por eso, observaba el narrador con ironía, las mejores historias de aparecidos siempre nacen en las viejas comunidades holandesas.
Pero si en aquella comarca abundaban especialmente los relatos sobrenaturales, era sobre todo por la proximidad de Sleepy Hollow.
Parecía como si el propio aire que descendía desde aquel valle arrastrara consigo una misteriosa enfermedad hecha de sueños, supersticiones e imaginación desbordada.
Varios vecinos de Sleepy Hollow asistían también a la fiesta de los Van Tassel y, como era habitual, comenzaron a compartir sus historias más inquietantes.
Hablaron de misteriosas procesiones fúnebres que aparecían en mitad de la noche.
De lamentos y gemidos escuchados junto al gran árbol donde había sido capturado el desafortunado mayor André.
Recordaron también a la Dama de Blanco, el espíritu que, según la tradición, vagaba por el oscuro barranco de Raven Rock.
Decían que había muerto allí atrapada por una tormenta de nieve y que, antes de cada temporal invernal, todavía podía oírse su desgarrador grito resonando entre las rocas.
Pero, como ocurría siempre, todas aquellas historias acabaron girando alrededor del personaje más famoso de la región.
El Jinete sin Cabeza de Sleepy Hollow. Varios aseguraban que lo habían visto patrullando los caminos en fechas muy recientes.
Y más de uno afirmaba, con absoluta convicción, que todas las noches dejaba su caballo atado entre las tumbas del viejo cementerio de la iglesia antes de reanudar su eterna búsqueda de la cabeza perdida.
La ubicación apartada de aquella iglesia siempre había hecho pensar que era un lugar predilecto para los espíritus inquietos.
Se alzaba sobre una pequeña colina, rodeada de robinias y altos olmos, entre cuyos troncos asomaban con discreción sus paredes encaladas.
Brillaban con una sencillez serena, como si la pureza cristiana se abriera paso entre la calma y el recogimiento del paisaje.
Desde la iglesia, una suave pendiente descendía hasta una lámina de agua de brillo plateado, bordeada por árboles de gran altura.
Entre sus ramas podían vislumbrarse, aquí y allá, las colinas azuladas del Hudson.
Al contemplar el viejo cementerio cubierto de hierba, donde los rayos del sol parecían descansar en un silencio absoluto, cualquiera habría pensado que, al menos allí, los muertos podían dormir en paz.
A un lado de la iglesia se extendía un amplio valle boscoso por el que un caudaloso arroyo corría con estruendo entre grandes rocas y los troncos caídos de antiguos árboles.
No muy lejos del templo, un viejo puente de madera cruzaba la parte más profunda y oscura del cauce.
Tanto el camino que conducía hasta él como el propio puente permanecían ocultos bajo las copas de los árboles, cuya espesa sombra envolvía el lugar en una penumbra inquietante incluso a plena luz del día.
De noche, aquella oscuridad resultaba verdaderamente sobrecogedora.
Era uno de los lugares favoritos del Jinete sin Cabeza y el sitio donde con mayor frecuencia decían haberlo visto.
Los vecinos contaban la historia del viejo Brouwer, un hombre tan escéptico que se burlaba de cualquiera que creyera en fantasmas.
Según la leyenda, una noche se encontró con el jinete cuando este regresaba de una de sus incursiones por Sleepy Hollow.
El espectro lo obligó a montar detrás de él y ambos cabalgaron a una velocidad endiablada entre matorrales, bosques, colinas y pantanos, hasta llegar al puente.
En ese mismo instante, el jinete se transformó de repente en un esqueleto, arrojó al pobre Brouwer al arroyo y salió disparado por encima de las copas de los árboles acompañado por un estruendo de trueno.
Como si aquella historia no fuera suficiente, Brom Bones respondía siempre con otra aún más extraordinaria.
Se burlaba del jinete hessiano y aseguraba que no era más que un rival al que cualquier buen jinete podía derrotar.
Contaba que una noche, mientras regresaba del cercano pueblo de Sing Sing, el misterioso soldado apareció a su lado y le propuso una carrera.
Apostaron un cuenco de ponche, y Brom afirmaba que la habría ganado sin dificultad, porque Daredevil dejó muy atrás al caballo del espectro.
Sin embargo, justo cuando ambos alcanzaban el puente de la iglesia, el hessiano se desvió bruscamente y desapareció envuelto en un fogonazo de fuego.
Todas aquellas historias, contadas con ese tono adormecido y casi confidencial con el que la gente habla en la oscuridad, mientras los rostros de los presentes solo se iluminaban de vez en cuando con el resplandor de una pipa, fueron calando profundamente en la imaginación de Ichabod.
Él correspondía compartiendo largos pasajes de su autor predilecto, Cotton Mather, y añadía numerosos relatos sobre sucesos extraordinarios ocurridos en su estado natal de Connecticut, además de las aterradoras apariciones que aseguraba haber presenciado durante sus paseos nocturnos por Sleepy Hollow.
Poco a poco, la reunión fue llegando a su fin.
Los viejos granjeros reunieron a sus familias en los carros y durante un buen rato todavía pudo oírse el traqueteo de las ruedas recorriendo los caminos hundidos entre las colinas.
Algunas muchachas montaron en las monturas traseras de los caballos de sus pretendientes, y sus risas despreocupadas se mezclaron con el golpeteo de los cascos, resonando entre los bosques silenciosos hasta apagarse poco a poco en la distancia.
El bullicio y la alegría de la velada dieron paso, finalmente, a un silencio absoluto.
Solo Ichabod permaneció un poco más. Como era costumbre entre los enamorados del campo, se quedó para disfrutar de un encuentro a solas con la heredera, plenamente convencido de que estaba a un paso de conquistar su corazón.
No me atreveré a contar lo que sucedió durante aquella conversación, entre otras cosas porque lo desconozco. Sin embargo, algo debió de salir mal. Al cabo de un rato, Ichabod abandonó la casa con el semblante abatido y el ánimo completamente destrozado.
¡Ah, las mujeres!
¿Había estado la joven jugando con él mediante alguno de sus habituales coqueteos? ¿Había alentado al pobre maestro únicamente para alimentar su vanidad y demostrar que podía imponerse a su rival?
Solo el cielo lo sabe. Baste decir que Ichabod salió de allí con el aire de quien acaba de ser sorprendido robando en un gallinero, y no del hombre que acaba de intentar conquistar el corazón de una hermosa dama.
Sin mirar a un lado ni al otro, sin prestar la menor atención a aquella próspera campiña que tantas veces había contemplado con admiración y codicia, se dirigió directamente al establo.
Allí despertó a su caballo con varios empujones, palmadas y algún que otro puntapié poco considerado, sacándolo de la placidez con la que dormía, soñando quizá con montañas de maíz y avena, y con valles enteros cubiertos de fleo y trébol.