La leyenda de Sleepy Hollow La leyenda de Sleepy Hollow #6
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La leyenda de Sleepy Hollow #6

Ichabod avanzaba lentamente por el camino, dejando que su mirada recorriera cuanto lo rodeaba.

Pero, fiel a su naturaleza, no contemplaba aquel paisaje pensando en su belleza.

Lo hacía pensando en la mesa. Donde otros veían campos y huertos, él imaginaba banquetes.

A ambos lados del camino se extendían inmensos manzanares.

Algunas ramas apenas podían sostener el peso de los frutos maduros.

Otras manzanas ya descansaban en cestas y barriles, listas para llevar al mercado, mientras grandes montones aguardaban junto al lagar donde pronto se convertirían en sidra.

Más adelante aparecían los extensos campos de maíz, cuyas doradas mazorcas asomaban entre las hojas prometiendo panes, gachas y toda clase de platos reconfortantes.

Bajo ellas reposaban enormes calabazas amarillas, calentándose al sol como si ofrecieran voluntariamente su redondez para transformarse en deliciosos pasteles.

Poco después atravesó unos campos de trigo sarraceno cuyo aroma dulce recordaba al de las colmenas.

Y entonces su imaginación volvió a hacer de las suyas.

Empezó a soñar con esponjosas tortitas recién hechas, cubiertas con abundante mantequilla y bañadas en miel o melaza...

...servidas, por supuesto, por las delicadas manos de Katrina Van Tassel.

Mientras alimentaba su imaginación con tan dulces fantasías, Ichabod continuó cabalgando por un camino que serpenteaba entre las colinas desde donde se contemplaban algunos de los paisajes más hermosos del río Hudson.

El sol descendía lentamente hacia el horizonte occidental. Las amplias aguas del Tappan Zee permanecían inmóviles, lisas como un espejo. Solo una ligera ondulación alteraba de vez en cuando aquella superficie cristalina, alargando el reflejo azul de las montañas que se dibujaban a lo lejos.

Unas pocas nubes color ámbar permanecían suspendidas en el cielo, inmóviles, pues no soplaba la menor brisa. Sobre el horizonte se extendía una intensa franja dorada que, poco a poco, se transformaba en un delicado verde manzana antes de fundirse con el profundo azul del firmamento.

Los últimos rayos del sol acariciaban las copas de los árboles que coronaban los altos acantilados sobre el río, intensificando los tonos violáceos y gris oscuro de las rocas.

A lo lejos, un pequeño velero descendía lentamente siguiendo la corriente. La vela colgaba inerte junto al mástil, sin viento que la impulsara. Reflejado sobre las aguas inmóviles, parecía flotar suspendido entre el cielo y el río.

Fue al caer la tarde cuando Ichabod llegó por fin a la hacienda del señor Van Tassel.

La casa rebosaba de invitados. Había acudido prácticamente todo lo más distinguido de la comarca.

Los viejos agricultores, de rostros curtidos por el sol y el trabajo, vestían gruesas chaquetas y calzones de lana tejida en casa, medias azules, enormes zapatos y llamativas hebillas de estaño cuidadosamente abrillantadas.

Sus pequeñas esposas, vivaces pese a la edad, llevaban cofias almidonadas, corpiños de talle largo, amplias faldas de lino tejido a mano y grandes bolsillos de vivos estampados sujetos por fuera de la ropa. De ellos colgaban inseparables tijeras, acericos y toda clase de pequeños útiles domésticos.

Las muchachas conservaban aún gran parte del aire tradicional de sus madres, aunque aquí y allá comenzaban a aparecer discretas señales de las modas llegadas de la ciudad: un sombrero de paja más elegante, una cinta de seda o un vestido blanco de corte más moderno.

Los jóvenes vestían chaquetas cortas adornadas con enormes botones de latón que brillaban con orgullo.

Casi todos llevaban el cabello recogido en una coleta, siguiendo la costumbre de la época, y quienes podían conseguir una piel de anguila la utilizaban para sujetarlo, convencidos de que fortalecía el pelo y favorecía su crecimiento.

Pero, entre todos los presentes, la figura que atraía más miradas era, sin duda, Brom Bones. Había llegado montado sobre su inseparable caballo Daredevil, un animal tan impetuoso y revoltoso como su dueño.

Nadie más era capaz de dominar aquella montura.

De hecho, Brom sentía verdadera predilección por los caballos difíciles, temperamentales y dados a toda clase de malas costumbres.

Cuanto mayor era el riesgo de salir despedido por los aires, mayor parecía ser su satisfacción.

Consideraba que un caballo dócil y perfectamente adiestrado era indigno de cualquier joven con verdadero espíritu aventurero.

Sería tentador detenernos aquí para describir todas las maravillas que deslumbraron a Ichabod al entrar en el gran salón de los Van Tassel.

Y no me refiero únicamente al grupo de radiantes muchachas que llenaban la estancia con sus sonrisas y mejillas sonrosadas. No. Lo que realmente cautivó a nuestro buen maestro fue la inmensa mesa del té preparada al más puro estilo de las familias holandesas durante la abundancia del otoño.

Pocas veces podían contemplarse semejantes delicias reunidas en un mismo lugar. Grandes bandejas rebosaban de pasteles y dulces de todas las formas imaginables, muchos de ellos conocidos únicamente por las más experimentadas amas de casa holandesas.

Allí estaban los robustos doughnuts, los tiernos olykoeks, los crujientes krullers, bizcochos de mantequilla, pasteles de especias, tortas de miel y un sinfín de especialidades cuya simple enumeración bastaría para abrir el apetito al más satisfecho de los comensales.

Junto a ellos se alineaban tartas de manzana, de melocotón y de calabaza. No faltaban gruesas lonchas de jamón, carne de vacuno ahumada, ciruelas, melocotones, peras y membrillos en conserva, delicadamente preparados para el invierno.

Más allá aparecían sábalos recién asados, pollos dorados al horno y grandes cuencos rebosantes de leche y nata.

En el centro de aquel despliegue gastronómico reinaba una enorme tetera humeante, lanzando al aire delicadas nubes de vapor como si presidiera solemnemente el banquete.

Confieso que haría falta mucho más tiempo para describir semejante festín como merece.

Afortunadamente para él, Ichabod no compartía las prisas de quien relata esta historia.

Con paciencia y admirable dedicación fue haciendo justicia a cada uno de los platos.

Era un hombre agradecido por naturaleza.

Su corazón parecía ensancharse en la misma proporción que se llenaba su estómago, y el buen humor aumentaba con cada bocado, del mismo modo que en otros hombres lo hace el vino.

Mientras comía, no podía evitar recorrer la estancia con sus enormes ojos verdes.

Y entonces volvieron los sueños. Se imaginó convertido en dueño de toda aquella riqueza.

Aquella casa. Aquellas tierras. Aquellos graneros rebosantes.

Aquellos huertos interminables. Todo. En cuanto semejante fortuna pasara a sus manos, pensó, abandonaría para siempre la miserable escuela de Sleepy Hollow.

Le volvería la espalda con la mayor de las satisfacciones.

Podría burlarse de Hans Van Ripper y de todos aquellos granjeros tacaños que apenas pagaban sus servicios. Y si algún maestro ambulante llamaba un día a su puerta buscando alojamiento, lo despediría sin contemplaciones antes siquiera de que tuviera ocasión de llamarlo compañero.

El viejo Baltus Van Tassel recorría la casa saludando a sus invitados con el rostro iluminado por la satisfacción. Redondo, sonriente y afable, recordaba a la luna llena de la época de la cosecha.

Su hospitalidad era tan sencilla como sincera. No necesitaba grandes discursos. Le bastaba un vigoroso apretón de manos, una palmada amistosa en la espalda, una sonora carcajada y una invitación que repetía una y otra vez:

—¡Vamos, sírvanse! ¡Coman cuanto quieran!

Poco después, la música que llegaba desde el gran salón anunció el comienzo del baile.

El encargado de animar la velada era un anciano músico negro de cabello completamente blanco que, desde hacía más de medio siglo, recorría las granjas de la comarca llevando la música allí donde hubiera una celebración.

Su violín parecía tan viejo y castigado por el tiempo como él mismo.

La mayor parte de las melodías las interpretaba utilizando apenas dos o tres cuerdas.

Mientras movía el arco, acompañaba cada compás con amplios movimientos de cabeza, inclinándose casi hasta el suelo.

Y cada vez que una nueva pareja salía a bailar, golpeaba con fuerza el suelo con el pie para marcar el inicio de la pieza.

Ichabod estaba tan orgulloso de sus dotes como bailarín como de su voz para el canto.

En cuanto comenzó la música, todo su cuerpo pareció cobrar vida.

No había un solo músculo que permaneciera inmóvil.

Sus largos brazos, sus piernas interminables y toda aquella desgarbada anatomía se agitaban con tal entusiasmo que cualquiera habría pensado que el mismísimo san Vito, patrón legendario de los bailarines, había descendido para dirigir la fiesta.

Su extravagante manera de bailar fascinaba especialmente a los trabajadores negros de la granja y de los alrededores.

Hombres, mujeres y niños se habían reunido en puertas y ventanas formando un auténtico mosaico de rostros sonrientes.

Seguían cada uno de sus movimientos con auténtico deleite, mientras sus grandes ojos brillaban de diversión y las carcajadas dejaban al descubierto hileras de dientes blancos que contrastaban con la penumbra de la estancia.

¿Cómo no iba a sentirse exultante el severo maestro de escuela? La joven que ocupaba todos sus pensamientos era precisamente su pareja de baile. Katrina respondía con sonrisas a sus miradas enamoradas, mientras él interpretaba cada gesto como una promesa de esperanza.