La leyenda de Sleepy Hollow La leyenda de Sleepy Hollow #5
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La leyenda de Sleepy Hollow #5

Y, desde luego, esa no era precisamente la situación de Brom Bones.

Desde el momento en que Ichabod Crane comenzó a frecuentar la casa de los Van Tassel, las posibilidades del fornido jinete empezaron a disminuir de forma evidente.

Poco a poco dejó de verse su caballo atado a la cerca de la granja los domingos por la noche y, casi sin que nadie pudiera señalar el instante exacto, nació entre ambos hombres una rivalidad tan silenciosa como profunda.

Brom, fiel a su temperamento impetuoso, habría preferido resolver el asunto de la forma más sencilla: enfrentarse cara a cara y dejar que la fuerza decidiera quién merecía a la joven, como hacían los antiguos caballeros andantes.

Pero Ichabod conocía demasiado bien la superioridad física de su adversario.

Había escuchado a Brom jactarse de que sería capaz de «doblar al maestro como si fuera un libro y dejarlo colocado en una estantería de su propia escuela».

Aquella amenaza bastó para convencerlo de que lo más prudente era evitar cualquier enfrentamiento.

Nada irritaba más a Brom que aquella actitud pacífica.

La constante negativa de Ichabod a pelear le impedía resolver el conflicto como él deseaba, de modo que terminó recurriendo al arma que mejor dominaba: las bromas pesadas.

Muy pronto, el maestro de Sleepy Hollow se convirtió en el blanco favorito de todas las travesuras de Brom Bones y de su inseparable cuadrilla.

Le hicieron la vida imposible. Una noche obstruyeron la chimenea del edificio donde impartía sus clases de canto y llenaron la sala de humo.

En otra ocasión consiguieron entrar en la escuela pese a todas las ingeniosas medidas de seguridad y dejaron el interior completamente patas arriba.

Mesas, bancos, libros y utensilios aparecieron desordenados como si una banda de demonios hubiera celebrado allí una reunión durante la madrugada.

El pobre Ichabod llegó a convencerse de que las brujas de toda la comarca utilizaban la escuela como lugar de encuentro. Sin embargo, lo que más le dolía no eran aquellas trastadas. Lo verdaderamente insoportable era que Brom aprovechara cualquier ocasión para ridiculizarlo delante de Katrina.

Incluso había adiestrado a uno de sus perros para emitir unos aullidos tan ridículamente parecidos a un mal cantante que lo presentaba, entre las carcajadas de todos, como un nuevo aspirante a maestro de salmos dispuesto a sustituir a Ichabod.

Así transcurrieron las semanas. Ninguno de los dos rivales conseguía imponerse al otro y la situación permanecía prácticamente igual. Una luminosa tarde de otoño, Ichabod permanecía sentado, pensativo, sobre el alto taburete desde el que acostumbraba gobernar su pequeño reino escolar.

En una mano sostenía distraídamente la férula, verdadero cetro de su autoridad. Detrás de él, colgada de tres clavos, descansaba la temida vara de abedul, permanente recordatorio del destino reservado a los alumnos más revoltosos.

Sobre la mesa podían verse los objetos confiscados durante los últimos días: varias manzanas mordisqueadas a escondidas, pequeños tiradores, peonzas, jaulas para insectos y un auténtico ejército de gallos de papel utilizados en las peleas infantiles.

Todo indicaba que poco antes se había impartido algún severo castigo. Los alumnos permanecían concentrados en sus libros con un silencio casi absoluto. Solo de vez en cuando alguno susurraba unas palabras a su compañero, procurando no apartar la vista del maestro.

En toda la escuela reinaba ese zumbido apenas perceptible que solo existe cuando un grupo de niños hace un gran esfuerzo por parecer completamente obediente.

Aquel silencio solemne se rompió de improviso con la llegada de un mensajero.

Era un hombre negro vestido con una sencilla chaqueta y unos pantalones de estopa. Sobre la cabeza llevaba un viejo sombrero redondo tan deteriorado que apenas conservaba la forma. Cabalgaba un potro flaco, arisco y medio domar, al que guiaba con una simple cuerda a modo de rienda.

Entró al galope hasta la puerta de la escuela para entregar una invitación dirigida a Ichabod.

Aquella misma noche se celebraría en casa del señor Van Tassel una animada reunión en torno a un trabajo comunitario de acolchado, una de esas fiestas rurales que siempre terminaban con música, baile, comida abundante y largas horas de diversión.

Después de transmitir el recado con toda la solemnidad de quien se siente portador de un mensaje de la máxima importancia, dio media vuelta y cruzó el arroyo al trote. En pocos instantes desapareció por el valle, tan orgulloso de su misión como si acabara de cumplir un encargo de Estado.

La tranquilidad de la escuela desapareció al instante.

Todo se convirtió en un ir y venir de voces y movimientos.

Las lecciones se despacharon a toda prisa.

Los alumnos más despiertos saltaron páginas enteras sin que nadie se lo reprochara.

A los más lentos, el maestro les dedicó algún que otro ligero toque con la vara para acelerar el paso o ayudarlos a superar las palabras más difíciles.

En cuanto terminó la jornada, los libros salieron volando sobre las mesas sin regresar siquiera a los estantes. Los tinteros quedaron volcados, los bancos desordenados y la escuela fue clausurada casi una hora antes de lo habitual.

Los niños escaparon al exterior como una bandada de pequeños demonios liberados de golpe, corriendo, gritando y persiguiéndose por el prado con la alegría de quien ha conquistado una inesperada tarde de libertad.

Ichabod, por su parte, dedicó no menos de media hora adicional a su arreglo personal.

Cepilló cuidadosamente su mejor traje...

que también era el único. A fuerza de uso, el negro original de la tela había adquirido un tono apagado y desgastado, pero él hizo cuanto estuvo en su mano para devolverle un aspecto respetable.

Después acomodó el cabello y examinó su aspecto utilizando como espejo un pequeño fragmento de cristal roto colgado de una de las paredes de la escuela.

Dispuesto a presentarse ante Katrina con la dignidad de un auténtico caballero, pidió prestado un caballo al granjero en cuya casa se alojaba por aquellos días, un viejo holandés de mal carácter llamado Hans Van Ripper.

Así, montado con toda la solemnidad que la ocasión merecía, partió en dirección a la granja de los Van Tassel como si fuera un caballero andante dispuesto a vivir una gran aventura.

Antes de continuar, sin embargo, conviene detenerse un momento para describir tanto al héroe como a su montura. El caballo era un viejo animal de labor que había sobrevivido a casi todo... excepto a su mal genio.

Estaba tan flaco que se marcaban los huesos bajo la piel. Tenía el cuello hundido, una cabeza desproporcionadamente grande y una crin áspera llena de nudos y espigas secas. La cola presentaba el mismo aspecto descuidado.

Uno de sus ojos había perdido por completo el brillo de la pupila y mostraba una mirada blanquecina y espectral. El otro, en cambio, conservaba un destello vivaz y travieso que parecía esconder todavía una buena dosis de rebeldía.

Su nombre era Gunpowder, Pólvora, señal inequívoca de que en otros tiempos había sido un caballo fogoso.

Había pertenecido durante años al temperamental Hans Van Ripper, un jinete tan impulsivo que probablemente terminó transmitiendo parte de su propio carácter al animal.

Porque, pese a la edad y al lamentable aspecto que ofrecía, todavía parecía esconder más picardía y terquedad que muchos caballos jóvenes de la comarca.

Ichabod resultaba el jinete perfecto para semejante montura.

Montaba con los estribos tan cortos que las rodillas casi le llegaban al arzón de la silla.

Los codos sobresalían hacia los lados como las patas de un enorme saltamontes.

Sujetaba el látigo completamente vertical, con la solemnidad de quien empuña un cetro, y cada vez que el caballo avanzaba al paso, sus largos brazos se balanceaban de tal manera que recordaban el batir de unas alas.

El pequeño sombrero de lana descansaba prácticamente sobre la punta de la nariz, pues la estrecha franja de frente que quedaba visible apenas merecía ese nombre. Los faldones de su gastada levita negra ondeaban detrás de él hasta rozar casi la cola del caballo.

Así abandonaron ambos la granja de Hans Van Ripper.

Jinete y montura formaban un conjunto tan extravagante que difícilmente podría encontrarse otro igual...

y menos aún a plena luz del día. Era una magnífica tarde de otoño.

El cielo lucía limpio y sereno, mientras la naturaleza se cubría con esos tonos dorados que siempre anuncian la abundancia de la cosecha.

Los bosques se habían vestido de marrones, amarillos y ocres. Algunos árboles, más sensibles a las primeras heladas, brillaban con intensos matices anaranjados, púrpuras y escarlatas.

En lo alto comenzaban a cruzar las primeras bandadas de patos salvajes en dirección al sur. Desde los hayedos y los bosques de nogales llegaban los rápidos ladridos de las ardillas, mientras el silbido melancólico de las codornices sonaba de cuando en cuando desde los campos recién segados.

Las pequeñas aves celebraban sus últimos festines antes de emprender la migración.

Saltaban de rama en rama entre alegres trinos, embriagadas por la riqueza de frutos que ofrecía el otoño.

Allí estaba el petirrojo, con su llamada clara e insistente; las nubes de mirlos revoloteando sobre los campos; el vistoso carpintero de alas doradas, con su cresta roja y su elegante plumaje; el pequeño ampelis de cedro, adornado con delicados toques amarillos y rojizos en las alas y la cola; y, por supuesto, el ruidoso arrendajo azul, verdadero presumido del bosque, vestido con su brillante plumaje celeste y blanco, incapaz de permanecer un instante en silencio mientras saludaba con descarada familiaridad a todas las demás aves.