La leyenda de Sleepy Hollow La leyenda de Sleepy Hollow #2
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La leyenda de Sleepy Hollow #2

Durante las cálidas tardes de verano podía oírse, desde cierta distancia, el murmullo de los alumnos repasando sus lecciones.

Aquel sonido recordaba al zumbido constante de un panal de abejas y solo se veía interrumpido por la voz firme del maestro, unas veces dando órdenes y otras lanzando advertencias.

En ocasiones, el silencio terminaba de romperse con el inconfundible silbido del abedul al corregir la lentitud de algún alumno rezagado en su particular camino hacia el conocimiento.

Hay que reconocer que Ichabod era un hombre profundamente convencido de cumplir con su deber. Creía firmemente en el viejo principio según el cual «quien escatima la vara, malcría al niño». Desde luego, sus alumnos no corrían ese peligro.

Eso sí, no debe imaginarse al maestro como uno de esos tiranos escolares que disfrutan haciendo sufrir a los niños.

Muy al contrario, procuraba repartir los castigos con cierto sentido de la justicia más que con crueldad.

A los pequeños más frágiles, que se estremecían con solo ver levantar la vara, solía tratarlos con indulgencia.

En cambio, descargaba todo el peso de la disciplina sobre los muchachos más robustos y testarudos, especialmente sobre aquellos pequeños holandeses de anchas chaquetas que soportaban los azotes con gesto desafiante, cada vez más hoscos y obstinados.

Ichabod estaba convencido de que, actuando así, no hacía otra cosa que cumplir con las obligaciones que había contraído con los padres de sus alumnos. Y jamás terminaba un castigo sin añadir unas palabras que, aunque poco consuelo ofrecían al muchacho dolorido, pronunciaba con absoluta sinceridad:

—Algún día lo recordarás... y me lo agradecerás mientras vivas.

Cuando terminaban las clases, Ichabod dejaba de lado la severidad del maestro y se convertía en compañero de juegos de los alumnos mayores.

En las tardes festivas solía acompañar hasta sus casas a algunos de los pequeños, especialmente si tenían hermanas agraciadas o madres conocidas por la generosidad de su despensa.

Y tenía buenas razones para cultivar aquellas amistades.

El sueldo que recibía como maestro apenas bastaba para mantenerse.

Además, Ichabod poseía un apetito verdaderamente extraordinario.

Aunque era delgado como un junco, comía con la capacidad de una criatura mucho más corpulenta.

Para completar su sustento seguía la costumbre habitual de la región: las familias de los alumnos le ofrecían alojamiento y comida por turnos.

Pasaba aproximadamente una semana en cada granja antes de trasladarse a la siguiente, recorriendo así toda la comarca con sus escasas pertenencias atadas en un sencillo pañuelo de algodón.

Consciente de que muchos campesinos consideraban la educación un gasto poco agradecido y a los maestros una carga más que una ayuda, Ichabod hacía todo lo posible por ganarse su estima.

Ayudaba en las tareas más ligeras de la granja: participaba en la recogida del heno, reparaba cercas, llevaba los caballos al abrevadero, recogía las vacas del pasto y cortaba leña para el invierno.

Al abandonar la escuela también dejaba atrás la autoridad absoluta con la que gobernaba su pequeño reino.

Fuera del aula se mostraba amable, servicial y sorprendentemente afable.

Las madres lo apreciaban especialmente porque sabía tratar a los niños con enorme paciencia, sobre todo a los más pequeños. Era frecuente verlo con un bebé sentado sobre una rodilla mientras, con el pie, mecía la cuna durante horas enteras, como si hubiera nacido para esa tarea.

Además de enseñar a leer y escribir, ejercía como maestro de canto de toda la comarca. Daba clases de salmos a los jóvenes y gracias a ello reunía unos cuantos chelines extra que siempre venían bien para aliviar su precaria economía.

Aquella ocupación alimentaba considerablemente su vanidad.

Los domingos ocupaba un lugar destacado frente al coro de la iglesia, rodeado de sus mejores cantores.

En su imaginación, eclipsaba por completo al propio pastor.

Y, a decir verdad, su voz nasal sobresalía con tanta claridad sobre la del resto de la congregación que nadie podía dejar de escucharla.

Los vecinos aseguraban incluso que ciertos giros tan particulares que todavía resonaban en los cánticos de aquella iglesia descendían directamente de la inconfundible nariz de Ichabod Crane.

En las mañanas tranquilas de domingo, decían algunos, podían distinguirse incluso desde la otra orilla del estanque del molino, a casi un kilómetro de distancia.

Gracias a aquella habilidad para buscarse la vida por todos los medios imaginables, el buen maestro conseguía salir adelante con bastante dignidad. Quienes ignoraban el esfuerzo que suponía trabajar con la mente estaban convencidos de que llevaba una existencia extraordinariamente cómoda.

En las pequeñas comunidades rurales, el maestro de escuela gozaba de cierto prestigio, especialmente entre las mujeres. Se le consideraba una especie de caballero ilustrado, mucho más refinado y culto que los rudos jóvenes campesinos y solo por debajo del pastor en cuanto a conocimientos.

Su llegada a una granja nunca pasaba inadvertida. Bastaba saber que Ichabod iba a tomar el té para que apareciera un plato adicional de pasteles o dulces sobre la mesa, e incluso, en las ocasiones más señaladas, la orgullosa exhibición de la mejor tetera de plata de la casa.

No es extraño, por tanto, que disfrutara especialmente de la atención de las muchachas del lugar.

Entre los oficios dominicales podía vérsele paseando entre ellas por el cementerio de la iglesia, cortando racimos de uvas silvestres que trepaban por los árboles cercanos, leyendo en voz alta los epitafios de las lápidas para divertirlas o caminando tranquilamente junto al estanque del molino rodeado de un alegre grupo de jóvenes.

Mientras tanto, los tímidos muchachos de la comarca observaban la escena desde cierta distancia, demasiado cohibidos para acercarse y no poco envidiosos de la elegancia y desenvoltura con que el maestro sabía ganarse todas aquellas sonrisas.

Su vida itinerante lo convertía también en una auténtica gaceta ambulante. Al desplazarse constantemente de una granja a otra, transportaba noticias, rumores y toda clase de chismes locales por toda la región. Por eso, su llegada era recibida casi siempre con satisfacción.

Las mujeres, además, lo tenían por un hombre de gran cultura.

Había leído varios libros de principio a fin —algo que ya era digno de admiración en aquellos tiempos— y conocía a la perfección la famosa obra de Cotton Mather sobre la brujería en Nueva Inglaterra, un libro en cuyas historias creía con absoluta convicción.

Ichabod reunía en su carácter una curiosa mezcla de astucia y credulidad.

Poseía una facilidad extraordinaria para creer cualquier relato maravilloso y una capacidad aún mayor para asimilarlo sin el menor espíritu crítico.

Y desde que vivía en aquella comarca hechizada, ambas cualidades no habían hecho más que intensificarse.

No existía historia demasiado fantástica ni superstición demasiado absurda para que él la aceptara sin reservas.

Muchas tardes, después de despedir a sus alumnos, se tendía sobre un espeso lecho de trébol junto al pequeño arroyo que murmuraba cerca de la escuela.

Allí pasaba horas leyendo los estremecedores relatos de Cotton Mather, hasta que la llegada del crepúsculo desdibujaba las letras y convertía las páginas en una mancha gris ante sus ojos.

Entonces emprendía el camino hacia la granja donde le correspondía alojarse aquella semana. El recorrido atravesaba pantanos, arroyos y bosques que, al caer la noche, adquirían un aspecto profundamente inquietante.

A esa hora, cualquier sonido bastaba para alterar su imaginación.

El melancólico canto del whip-poor-will que llegaba desde la ladera; el insistente croar de las ranas arborícolas, consideradas anunciadoras de tormenta; el lúgubre ulular de una lechuza o el repentino aleteo de algún pájaro sobresaltado entre la maleza bastaban para poner todos sus nervios en tensión.

Incluso las luciérnagas parecían participar del hechizo del valle. Cuando alguna brillaba con especial intensidad y cruzaba inesperadamente delante de él, Ichabod daba un respingo, convencido de haber presenciado algún prodigio sobrenatural.

Y si un escarabajo grande y torpe chocaba accidentalmente contra su rostro durante el vuelo, estaba a punto de caer fulminado del susto, persuadido de que una bruja acababa de marcarlo con alguno de sus maleficios.

En semejantes momentos solo encontraba un remedio capaz de devolverle el valor: ponerse a cantar salmos con toda la fuerza de sus pulmones.

Así, al caer la noche, los habitantes de Sleepy Hollow solían escuchar, mientras descansaban junto a las puertas de sus casas, aquella inconfundible voz nasal elevándose desde alguna colina lejana o recorriendo lentamente los oscuros caminos del valle.

Y más de uno confesaba sentir un escalofrío al oír aquella extraña melodía perderse entre la niebla.

Otra de las mayores fuentes de placer para Ichabod consistía en pasar las largas noches de invierno en compañía de las ancianas holandesas de la comarca.

Mientras ellas hilaban junto al fuego, con una hilera de manzanas asándose y chisporroteando sobre el hogar, él escuchaba embelesado sus interminables historias de fantasmas, duendes y lugares embrujados: campos donde nadie se atrevía a entrar después del anochecer, arroyos malditos, puentes sobre los que aparecían espectros y viejas casas en las que, según aseguraban, todavía vagaban las almas de sus antiguos habitantes.

Pero, por encima de todas aquellas historias, ninguna despertaba tanto su fascinación como la del Jinete sin Cabeza, al que algunos vecinos llamaban también el Húsar Hessiano de Sleepy Hollow.