La leyenda de Sleepy Hollow
© inepub.com
La leyenda de Sleepy Hollow
Hallado entre los papeles del difunto Diedrich Knickerbocker
«Era una tierra apacible, adormecida,donde los sueños se mecen ante los ojos entrecerrados,y alegres castillos de nubes cruzan el cielo,tiñéndolo para siempre con el resplandor de un atardecer de verano.»
— El castillo de la indolencia
En una de las amplias ensenadas que recortan la orilla oriental del río Hudson, allí donde sus aguas se ensanchan formando el lugar que los antiguos navegantes holandeses llamaban Tappan Zee, se alza un pequeño pueblo mercantil y puerto rural.
Algunos lo conocen como Greensburgh, aunque la mayoría lo llama, con más propiedad, Tarry Town.
Cuenta la tradición que ese nombre nació hace muchos años por culpa de los maridos de la comarca, que tenían la costumbre de demorarse más de la cuenta en la taberna del pueblo durante los días de mercado, para desesperación de sus esposas.
No puedo asegurar que la historia sea cierta; me limito a repetirla por fidelidad a las crónicas.
A unas dos millas del pueblo se abre un pequeño valle, casi un rincón escondido entre altas colinas, que bien podría ser uno de los lugares más apacibles del mundo.
Un estrecho arroyo serpentea entre la hierba con un murmullo apenas perceptible, suficiente para invitar al descanso.
El silbido ocasional de una codorniz o el golpeteo de un pájaro carpintero contra la corteza de un árbol son, casi siempre, los únicos sonidos capaces de romper aquella calma inalterable.
Todavía recuerdo que, siendo apenas un muchacho, fue allí donde viví mi primera aventura como cazador de ardillas.
Me había internado al mediodía en un bosque de enormes nogales que cubría uno de los lados del valle, cuando toda la naturaleza parecía sumida en un silencio absoluto.
El estruendo de mi propio disparo me sobresaltó más que a cualquier animal.
El eco rebotó una y otra vez entre las colinas, prolongándose con tal fuerza que pareció profanar la quietud casi sagrada del lugar.
Si alguna vez sintiera el deseo de retirarme del mundo, de alejarme de sus preocupaciones y dejar transcurrir en paz los últimos años de una vida agitada, difícilmente encontraría un refugio más perfecto que este pequeño valle.
Quizá sea por la calma casi adormecida que reina en él, o por el carácter tranquilo de sus habitantes, descendientes de los primeros colonos holandeses, que este rincón recibe desde hace generaciones el nombre de Sleepy Hollow, el Valle de Sleepy Hollow.
En toda la región, sus jóvenes son conocidos simplemente como los muchachos de Sleepy Hollow.
Sobre aquel lugar parece flotar una influencia extraña, como si el propio aire estuviera impregnado de un sueño perpetuo.
Algunos afirman que, en los primeros tiempos del asentamiento, un misterioso médico alemán lanzó allí un hechizo.
Otros sostienen que, mucho antes de la llegada de Hendrick Hudson, un anciano jefe indígena, considerado profeta y hechicero por su pueblo, celebraba en ese mismo valle sus ceremonias sagradas.
Sea cual sea la verdad, nadie duda de que el lugar continúa bajo el influjo de algún poder invisible.
Una especie de encantamiento parece envolver la mente de sus habitantes, que caminan por la vida inmersos en una continua ensoñación.
Son personas especialmente inclinadas a creer en prodigios, visiones y presagios.
Más de uno asegura haber contemplado apariciones, mientras que otros juran haber escuchado músicas lejanas o voces suspendidas en el aire.
Toda la comarca está llena de relatos sobre casas encantadas, senderos embrujados y supersticiones que despiertan al caer la tarde.
Las estrellas fugaces y los meteoros parecen cruzar el cielo con mayor frecuencia que en cualquier otro lugar del país, y las pesadillas, con todo su inquietante séquito, parecen haber elegido aquel valle como su escenario predilecto.
Sin embargo, entre todos los espíritus que, según cuentan, habitan aquella tierra encantada, ninguno inspira tanto temor como el misterioso jinete sin cabeza, considerado el auténtico señor de todas las fuerzas invisibles que recorren los cielos de Sleepy Hollow.
La leyenda asegura que se trata del fantasma de un soldado hessiano que perdió la cabeza por el impacto de una bala de cañón en alguna batalla olvidada de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.
Desde entonces, los habitantes dicen verlo atravesar la oscuridad de la noche a una velocidad imposible, como si el viento mismo lo empujara en su interminable carrera.
Aunque suele aparecer en el valle, también se deja ver en los caminos cercanos, especialmente en los alrededores de una antigua iglesia situada a poca distancia.
Los cronistas más respetados de la región, que durante años reunieron cuidadosamente los testimonios sobre esta aparición, sostienen que el cuerpo del soldado fue enterrado en el cementerio de esa iglesia.
Cada noche, su espectro abandona la tumba para buscar la cabeza perdida en el lugar donde cayó en combate.
Y cuando atraviesa el valle con la violencia de un vendaval nocturno, lo hace porque el amanecer se aproxima y debe regresar antes de que despunte el primer rayo de sol.
Tal es la esencia de la vieja leyenda que, generación tras generación, ha dado origen a innumerables historias en aquella tierra de sombras. En todos los hogares de la comarca, el espectro recibe siempre el mismo nombre:
el Jinete sin Cabeza de Sleepy Hollow.
Era curioso comprobar que aquella tendencia a las visiones y a la imaginación desbordada no se limitaba a los habitantes nacidos en el valle.
Cualquiera que permaneciera allí durante una temporada terminaba contagiándose, casi sin darse cuenta, de aquella extraña influencia.
Por muy sensato y práctico que hubiera sido antes de llegar a Sleepy Hollow, al cabo de un tiempo acababa respirando el hechizo del lugar.
Entonces comenzaban los sueños vívidos, las fantasías y las apariciones.
Menciono este rincón con el mayor de los afectos, porque es en pequeños valles holandeses como este, escondidos aquí y allá entre los paisajes del estado de Nueva York, donde la vida parece haberse detenido.
Mientras el resto del país cambia sin descanso al ritmo de la emigración y el progreso, estos lugares permanecen casi intactos, ajenos al paso del tiempo.
Son como esos remansos de agua tranquila que bordean un río caudaloso: mientras la corriente principal avanza con fuerza, la paja y las burbujas flotan inmóviles o giran lentamente sobre sí mismas, sin que el torrente llegue a alterarlas.
Han pasado muchos años desde la última vez que caminé bajo las silenciosas sombras de Sleepy Hollow y, sin embargo, estoy convencido de que, si regresara hoy, encontraría los mismos árboles y las mismas familias viviendo plácidamente bajo la protección de aquel valle.
Fue precisamente en ese apartado rincón del mundo donde, hace unos treinta años —o lo que entonces era un pasado remoto en la historia de los Estados Unidos—, residía un personaje digno de recuerdo llamado Ichabod Crane.
Había llegado desde Connecticut para hacerse cargo de la educación de los niños de la comarca.
Él, sin embargo, prefería decir que simplemente «se había quedado una temporada» en Sleepy Hollow.
Connecticut gozaba entonces de una curiosa reputación: abastecía al joven país no solo de pioneros dispuestos a abrirse camino entre los bosques, sino también de maestros rurales encargados de cultivar la mente de las nuevas generaciones.
Cada año enviaba legiones de leñadores a la frontera y un número no menos considerable de profesores a las pequeñas comunidades dispersas por el territorio.
El apellido Crane —que en inglés significa grulla— parecía hecho a medida para él.
Era muy alto y extraordinariamente delgado.
Sus hombros eran estrechos; los brazos y las piernas, larguísimos; las manos asomaban exageradamente por las mangas de la chaqueta y sus enormes pies habrían podido servir como palas.
Todo su cuerpo parecía ensamblado con poca convicción, como si cada una de sus extremidades hubiera sido unida al resto con cierta holgura.
Tenía una cabeza pequeña y aplanada por arriba, unas orejas enormes, unos ojos grandes, verdosos y brillantes, y una nariz larga y afilada que recordaba al pico de una agachadiza.
Vista sobre su cuello delgado y alargado, la cabeza parecía una veleta colocada en lo alto de un campanario, lista para señalar la dirección del viento.
Cuando caminaba por la ladera de una colina en un día ventoso, con la ropa agitándose alrededor de su cuerpo como si quisiera echar a volar, cualquiera habría podido confundirlo con el espíritu mismo del hambre descendiendo sobre la tierra, o con un espantapájaros que hubiera escapado de un campo de maíz.
La escuela donde enseñaba era una construcción humilde formada por una única sala, levantada con troncos toscamente ensamblados. Algunas ventanas conservaban cristales; otras estaban remendadas con hojas arrancadas de viejos cuadernos de caligrafía.
Cuando terminaban las clases, el edificio quedaba asegurado mediante un ingenioso sistema: una flexible rama retorcida sujetaba la manija de la puerta y unas estacas mantenían cerradas las contraventanas.
El resultado era tan peculiar que cualquier ladrón habría podido entrar sin demasiada dificultad, pero probablemente habría encontrado muchos más problemas para salir.
Se decía que el constructor, Yost Van Houten, había tomado la idea de una trampa para capturar anguilas.
La escuela se alzaba en un lugar apartado, aunque agradable, al pie de una colina cubierta de árboles. Un pequeño arroyo corría junto al edificio y, en uno de sus extremos, crecía un imponente abedul que desempeñaba un papel nada desdeñable en la disciplina escolar.