40 XIAN
El funeral de Zhen se celebró en el lago del Oeste durante el amanecer del día siguiente.
Los entierros eran mucho más comunes que las cremaciones, pero el lago era el lugar en el que el otro chico había vivido en el pasado como reptil, donde se había convertido en un espíritu serpiente y donde se habían conocido por primera vez.
Parecía adecuado que reposara en sus aguas.
El aire estaba limpio y cristalino y el cielo, despejado gracias a la lluvia de la tormenta de la noche anterior.
Xian había ordenado que el funeral fuese privado y que solo asistiesen a él los pocos que habían conocido a Zhen.
Así pues, habían acordonado un amplio perímetro en torno al lago y los guardias de palacio mantenían a los curiosos a una distancia respetuosa.
En el salón funerario, antes de cerrar el ataúd de abedul de Zhen, Xian le había colocado el abanico blanco plegado en la mano izquierda, apuntando hacia abajo.
Después, en la derecha, le había depositado el amuleto de jade partido de su madre.
Lo había protegido en vida y, aunque estuviese roto, esperaba que continuara haciéndolo en la siguiente parte de su viaje… fuera cual fuera.
Se quedó de pie junto al agua mientras ponían a flote la plataforma del féretro. Un banderín que iba sujeto a la estructura a través de una vara ondeó en el aire. Rezaba: «Zhen, amado consorte del príncipe heredero Xian».
Se tragó el nudo que tenía en la garganta y mantuvo la vista al frente.
Cuando el féretro se acercó al islote Ruangong (la más pequeña de las tres islas que se encontraban en medio del agua y la misma en la que Zhen, como serpiente, había evitado que se ahogara), le hizo un gesto a un arquero que estaba a la espera.
El hombre lanzó una flecha en llamas que alcanzó su objetivo y prendió fuego a la estructura.
Qing y Feng estaban tras él. Los tres permanecieron en silencio mientras el humo procedente del féretro ardiente se expandía, formando un manto gris que se reflejaba en el agua como si fuera una nube de algas submarinas.
Las llamas devoraron tanto el ataúd como la plataforma y al fin se extinguieron cuando la madera quemada se hundió bajo la superficie.
El banderín con el nombre de Zhen se soltó de la vara y se posó sobre el lago, bocarriba, mirando hacia el cielo.
—En una ocasión —dijo Qing—, me dijo que, cuanto más fuertes eran nuestras emociones, más fuertes eran nuestros poderes espirituales. —Miró a Xian con el rostro húmedo por las lágrimas—. Lo que hizo que fuera capaz de resucitar a tu madre… fue el amor que sentía por ti.
Sin embargo, eso también lo había matado. Xian tendría que cargar con el hecho de saber eso el resto de su vida.
—¿Vas a proseguir el viaje hasta el monte Emei, tal como quería que hicieras? —le preguntó a la joven.
Ella asintió.
—La milenrama curativa tan solo florece en verano, así que tengo que continuar o tendré que esperar un año más.
—Puedes partir de inmediato si quieres. Feng se encargará de los preparativos y también te escoltará en el viaje de ida y vuelta.
Qing no pudo ocultar la sorpresa.
—Pero es tu guardaespaldas.
—Y tú eres la hermana de Zhen —replicó Xian mientras se giraba hacia su amigo—. Le hiciste una promesa. Ve con ella y mantenla sana y salva. Escoge a otro guardaespaldas para que ocupe tu puesto hasta que regreses.
Feng titubeó. Tenía los ojos cubiertos de preocupación, pero Xian le hizo un gesto con la cabeza. Estaría bien. Tendría que estarlo. Después de todo, era el príncipe heredero.
Un príncipe no lloraba. Un príncipe no mostraba debilidad. Un príncipe no debería tener el corazón roto.
Cuando los otros dos jóvenes se hubieron marchado, él se quedó de pie junto al lago.
Todo volvía a estar en calma. Tranquilo.
Los amentos blancos de los juncos se mecían con la brisa.
Sobre el agua flotaban los lotos, cuyas flores rosas se sacudían sobre los tallos.
La torre quemada de la Pagoda de Leifeng se erguía en la orilla opuesta como una vela consumida y desolada que se sostuviera por una base de cera ennegrecida.
«¿Es Zhen el que le salvará la vida a mi madre?», había preguntado en el templo.
Y se la había salvado a cambio de la suya propia.
A pesar de toda la culpa que lo había inundado a él, Zhen había cargado todavía con más, lo que lo había llevado a aquella última elección tan desgarradora.
Si hubiese sabido lo que había estado planeando, ¿lo haría detenido? ¿Habría escogido la pérdida de un chico al que había amado durante apenas una estación para poder salvar a la madre a la que había amado toda su vida?
Se metió la mano en la manga y sacó el amuleto con forma de serpiente que Zhen había transmutado. Era lo último que le había dado; lo único que le quedaba de él.
Un sonido ahogado se le escapó de la garganta. El labio inferior le tembló y se lo mordió con tanta fuerza que se hizo sangre. Cerró los dedos en torno al amuleto. Sintió una presión creciente tras los ojos e intentó deshacerse de ella y contenerse…, pero no podía seguir haciéndolo.
Algo se le rompió en el interior: una grieta que se abrió de par en par.
Las lágrimas se liberaron de golpe y fluyeron de su interior como una avalancha.
Se dejó caer de rodillas junto a la orilla del agua y lloró entre jadeos entrecortados y agitados.
Se sentía como si se le hubieran perforado los pulmones y no fueran a ser capaces de volver a contener el aire del mismo modo que antes.
No estaba seguro de ser capaz de aprender a respirar de nuevo.
Cuando al fin se le agotaron las lágrimas, abrió la palma de la mano.
En lugar de un amuleto de jade blanco, lo único que encontró fue una piedrecita gris.