39 XIAN
Xian se despertó sobresaltado.
El silencio resonaba por todo el dormitorio.
Al otro lado de la ventana, el cielo había clareado.
Se sentía como si le hubieran rellenado la cabeza con algodón, tenía los labios agrietados y las mejillas pegajosas por las lágrimas secas.
El corazón le palpitaba con fuerza y un presentimiento hacía que le pesaran los huesos.
Estiró una mano, pero el espacio junto a él estaba vacío. Zhen se había marchado.
Con la otra mano, estaba aferrando algo. Abrió los dedos. El amuleto de jade partido, colgado de la cadena.
Se levantó de la cama de un salto, todavía vestido con la túnica de color amarillo albaricoque que había llevado el día anterior, y salió de golpe de la estancia, sorprendiendo a los guardias.
—¿Dónde está Zhen? —preguntó—. ¿Cuándo se ha marchado?
—Al amanecer, alteza —contestó uno de los hombres—. El guardaespaldas real Feng lo ha acompañado fuera de la residencia.
—¿Adónde han ido?
—No lo sé, alteza. No lo han dicho.
Xian frunció el ceño. ¿Dónde podían haber ido los dos juntos? Una idea terrible se le pasó por la cabeza. Pero no; no podía ser.
De forma instintiva, echó a correr, haciendo caso omiso a las miradas boquiabiertas que le lanzaban mientras corría descalzo por las terrazas de palacio. Sentía el pecho como si fuera un resorte retorcido por el miedo.
Incluso a aquella hora tan temprana, una pequeña multitud se había reunido en el patio que se encontraba frente al salón funerario.
Qing estaba gritando el nombre de Zhen a todo pulmón, golpeando con los puños las puertas cerradas del salón mientras Feng intentaba calmarla.
Los guardias se habían quedado atrás, sin saber muy bien qué hacer.
Xian derrapó hasta detenerse.
—¿Está dentro?
Qing lo agarró del brazo.
—Ay, qué bien que estés aquí. A ti te hará caso. ¡Hazle entrar en razón!
—¿Zhen? —dijo él mientras sacudía las puertas cerradas. Después se giró hacia los guardias—. Tiradlas abajo. De inmediato.
—Se ha atrincherado dentro y ha sellado las puertas y las ventanas con sus poderes —dijo Feng—. Es inútil intentar entrar a la fuerza.
Se giró hacia él.
—¿Tú sabías que iba a hacer esto? ¿Y no me lo has dicho?
El gesto de su amigo vaciló.
—Xian, no…
—No le pongas las cosas difíciles —dijo la voz de Zhen desde el interior—.
La decisión ha sido mía y él la ha respetado.
—Xian se dio la vuelta y vio el rostro del joven aparecer al otro lado de la celosía de una ventana que había junto a la puerta.
Qing y él se acercaron corriendo—. No quiero que ninguno de los dos culpe a Feng.
Es la única persona a la que conozco que desea vuestro bien y que, aun así, es capaz de ser lo bastante objetivo como para darse cuenta de por qué tengo que hacer esto.
—No hagas lo que creo que vas a hacer —le suplicó Qing—. Juré que nunca te abandonaría. No te atrevas a hacerme romper ese juramento de nuevo… ¡Esta vez no te lo perdonaré!
Zhen soltó una risita.
—Serpiente tonta —dijo—. Soy yo el que va a romper su promesa. Te dije que siempre te protegería. Siento que no vaya a ser capaz de seguir haciéndolo.
—Pero ¿qué te pasa? —exclamó la joven—. Ya te lo dije: no puedes salvar a todo el mundo…
—Y yo te dije que tenía que intentarlo. Escúchame, Qing, esto es importante: quiero que prosigas el viaje hacia el monte Emei mientras la milenrama curativa esté floreciendo.
Recuerda recolectar los capullos, pues son más efectivos que las partes que hayan florecido por completo —dijo mientras le dedicaba una sonrisa débil—.
Dicen que las nubes que se acumulan cerca de la cima de la montaña toman la forma de los espíritus serpiente que nos han abandonado.
Si me ves, saluda con la mano en dirección al cielo.
Qing se deshizo en llantos y a Xian se le encogió el corazón. Zhen le hizo un gesto a Feng, que se acercó a la joven y la rodeó con un brazo para consolarla. Después, la alejó de allí para concederles un momento a solas.
—Zhen, por favor —dijo él mientras agarraba con los dedos la celosía de la ventana—. No tienes que hacer esto.
El otro chico sacudió la cabeza.
—Presenciar tu sufrimiento y no ser capaz de evitártelo… es un sentimiento peor que la muerte. No quiero que acabes odiándome.
—¿Odiarte? —preguntó, horrorizado—. Ya te he dicho que no te culpo por lo que ha pasado…
—Pero sí te culpas a ti mismo —replicó Zhen con voz queda—.
Por ayudarme a rescatar a Qing en lugar de insistir en que curara primero a tu madre.
Por no estar presente para despedirte de ella.
Por dejar que Fahai me torturara en aquella sala subterránea.
Por haber perdido la perla desde el principio.
Te culpas por todo y llevas demasiado tiempo haciéndolo. Tienes que parar, Xian.
—No me hagas escoger entre tu vida y la de mi madre —susurró—. ¿Y si no funciona? ¿Y si os pierdo a ambos?
Los ojos del otro chico relucían.
—Renunciaría a cualquier cosa por quedarme contigo y pasar el resto de mi vida a tu lado. Estoy agradecido por estos últimos siete años de tiempo prestado. Sobre todo porque me han conducido hasta ti. Pero tengo que devolver aquello que, para empezar, nunca fue mío.
—¿Ibas a marcharse sin más? ¿Sin despedirte? —Intentó sonar enfadado, pero no pudo. Sabía por qué Zhen se había escabullido de su alcoba sin mediar palabra: no había querido que la despedida acabara de aquel modo.
—Ayer, en la pagoda, cuando me dijiste que me querías…
, yo no te respondí. —Un gesto pensativo fugaz atravesó el rostro del otro chico—.
No quería hacer que la despedida nos resultase aún más difícil a ninguno de los dos.
Por eso me he marchado sin despertarte. Ahora sé por qué los espíritus serpiente cultivaban solos en el monte Emei durante mil años: para poder dejar atrás la vida mortal sin nada que lamentar.
—Hizo una pausa—. Sin embargo, tú me has enseñado a ser valiente y me arrepentiría eternamente si no aprovechara esta oportunidad para decirte que te quiero, Xian.
Xian apoyó la frente contra la celosía que los separaba.
—Tiene que haber alguna otra cosa que podamos hacer. —La negación y la desesperación hacían que sintiera ganas de vomitar—. Todavía podemos encontrar una forma de salvarte…
Zhen sonrió.
—Ya lo has hecho.
En el marco de la ventana que los separaba había una piedrecita suave y gris. El otro chico la tomó y cerró los dedos en torno a ella. Cuando volvió a abrirlos, en lugar de una piedra tenía un amuleto de jade blanco.
—En una ocasión, me dijiste que el jade blanco simboliza el amor. —Cuando le tendió la piedra a través de la celosía, se rozaron los dedos—. Toma esto como muestra de mi promesa: en mi próxima vida, haré todo lo que esté en mi mano para volver a encontrarte.
Xian contempló el amuleto transmutado, que tenía una forma de «S»: era una serpiente. Antes de que pudiera responder, el otro chico se apartó de la ventana y bajó la persiana, ocultando las vistas del interior.
—¡Zhen, detente! ¡Vuelve! —dijo él, golpeando el marco de la ventana con las palmas de las manos. Sin embargo, sabía que era inútil.
En el puente subterráneo, mientras había colgado a cientos de metros sobre la nada, Qing le había gritado a Zhen que escapara con ellos, pero él se había negado.
Cuando estaba decidido a hacer lo que creía que era lo correcto, era imposible hacerle cambiar de parecer.
Ni siquiera por el bien de aquellos a los que amaba.
Se giró hacia los guardias.
—¡Id a buscar a alguien que pueda quebrar el conjuro mágico de estas puertas!
Sin embargo, antes de que los hombres pudieran acatar sus órdenes, una luz luminosa e intensa centelleó a través de las celosías de las ventanas y una fuerte ráfaga de viento hizo que todos se tambalearan varios pasos hacia atrás.
Entonces, se oyó un chasquido procedente de las puertas, que se habían desbloqueado por sí solas, lo que solo podía significar que…
Xian las empujó para abrirlas y entró en la estancia a toda velocidad.
Zhen estaba desplomado sobre el suelo, frente al ataúd abierto de su madre.
Se acercó corriendo hasta él. El joven tenía los ojos cerrados y la piel fría y seca de un modo que resultaba antinatural, como si fuera la de una serpiente, como si toda la calidez y la vida se le hubieran escapado del cuerpo de forma abrupta.
—¿Zhen? —susurró—. ¿Puedes oírme?
—¡Zhen! —Qing fue la siguiente en llegar junto a él. Lo agarró por los hombros y lo sacudió con violencia—. ¡Zhen, despierta!
La cabeza del joven, inerte, se ladeó hacia un lado y por la comisura de los labios le corrió un hilillo de sangre. Antes de que pudiera intentar reanimarlo, Qing lo apartó de un empujón.
—¡Puedo usar mis poderes para salvarlo tal como él me salvó a mí! —Apoyó las manos sobre el pecho de su amigo y, concentrándose mucho, apretó con fuerza los ojos, de los que habían empezado a caerle las lágrimas.
Una tos débil hizo que Xian alzase la cabeza de golpe. Se puso en pie de un salto, justo a tiempo de ver a su madre abrir los ojos.
—¿Niang Qin? —susurró con incredulidad.
La mujer pasó la vista desenfocada por toda la sala antes de centrarse en su cara.
—¿Xian’er?
Él la rodeó con los brazos y la ayudó a incorporarse. Cuando se dio cuenta de que estaba en un ataúd, pareció horrorizada.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo he acabado…?
El grito agudo y frustrado de Qing la interrumpió.
—¿Qué estoy haciendo mal? —dijo mientras se abalanzaba sobre el cuerpo de Zhen y le golpeaba el pecho con tanta fuerza que Xian estaba seguro de que iba a romperle alguna costilla—. ¡¿Por qué no te despiertas, maldita sea?!
Feng se acercó a ella y le sujetó las muñecas. La joven gruñó y forcejeó con él hasta que, al final, se deshizo en unos fuertes e incontrolables gemidos de tristeza.
—¿Hijo mío? —preguntó su madre mientras le colocaba una mano sobre la suya—. ¿Quién es este chico?
Xian se arrodilló, tomó el cuerpo sin vida de Zhen entre los brazos y lo estrechó con fuerza contra el pecho mientras las lágrimas le corrían por el rostro.
—Se llamaba Zhen —contestó, casi atragantándose.