La leyenda de la serpiente blanca 38 ZHEN
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38 ZHEN

Aquella noche, Zhen entró en el dormitorio de Xian cargado con una bandeja sobre la que había un cuenco de arroz congee preparado en las cocinas de palacio.

Feng le había informado de que el príncipe llevaba todo el día negándose a comer y de que, tras regresar del salón funerario, se había retirado a su alcoba y había dejado órdenes estrictas: nadie excepto Zhen tenía permiso para entrar.

La habitación estaba a oscuras salvo por una única lámpara de aceite y todas las ventanas permanecían cerradas.

Una figura encorvada y vestida con una túnica amarillo albaricoque estaba sentada en el suelo, junto a la cama elevada, con las rodillas apoyadas en el pecho.

A Zhen se le rompió al corazón al ver a Xian de aquel modo.

Lo único que quería era atravesar la habitación y abrazarlo, pero no se atrevía.

El príncipe habló en medio de la oscuridad.

—Los monjes acaban de terminar los ritos de esta noche en el salón funerario. —Tenía la voz ronca y pastosa—. Proseguirán mañana por la mañana.

Zhen dejó la bandeja con cuidado sobre la mesa.

—Te he traído algo para comer.

El otro chico alzó la cabeza. Tenía los ojos hinchados e inyectados en sangre.

—¿Por qué no has venido antes?

—Feng me ha dicho que necesitabas tiempo a solas —contestó mientras pestañeaba—. Además… no creía que quisieras verme.

—¿Por qué no iba a querer verte?

Zhen se mordió el interior de la mejilla. Se acercó a Xian y se dejó caer de rodillas a su lado. Estaban a apenas un metro de distancia, pero sentía como si los separara un abismo. Se metió la mano en el bolsillo de la manga, sacó la cadena con el amuleto roto y se lo tendió al príncipe.

—Lo siento muchísimo —susurró.

Recordó la primera vez que le había dicho esas mismas palabras, cuando la nariz había empezado a sangrarle después de que le enseñara la caja llena de instrumental para atrapar serpientes y se había dado cuenta de que aquel chico era el niño al que le había quitado la perla espiritual.

En aquel momento, había albergado la esperanza de que jamás descubriera el motivo por el que se estaba disculpando.

Ahora, ya no tenía nada más que ocultar.

No solo era el causante del sufrimiento innecesario de la madre de Xian en los últimos siete años, también era el culpable de que hubiese muerto angustiada, creyendo que su hijo estaba corriendo un grave peligro.

Pasó un largo momento antes de que el príncipe estirara el brazo y tomara el amuleto que tenía en la palma de la mano.

—Nada que puedas decirme aliviará el dolor y el sufrimiento de haber perdido a mi madre —dijo. Una punzada aguda de dolor le atravesó el pecho, pero, entonces, Xian siguió hablando—. En su lugar, ¿puedes abrazarme?

La emoción descarnada que Zhen sintió en la garganta fue casi demasiado potente como para contenerla.

Con los brazos, rodeó al príncipe con cuidado, como si fuese un pájaro con las alas rotas.

Fue el otro chico el que lo arrastró hacia él y lo abrazó con fuerza.

Le enterró el rostro en el cuello y se le empezaron a sacudir los hombros a causa de unos sollozos silenciosos.

—Ha pedido verme, pero yo no he estado a su lado… cuando todo ha acabado —dijo Xian con la voz amortiguada—. Soy un hijo indigno.

—No es cierto —replicó él mientras lo estrechaba. Esperaba sonar tan ferviente como se sentía—. Cúlpame a mí si es necesario, pero no te atormentes a ti mismo. No soporto verte así.

El príncipe se apartó y lo miró con los ojos enrojecidos.

—Tan solo lamento que no tuviera la oportunidad de conocerte.

Zhen se sintió como si le hubieran partido el corazón por la mitad, tal como le había ocurrido al amuleto de jade.

Tomó la mano del otro chico, lo ayudó a ponerse en pie, lo condujo hasta la cama y lo tumbó.

Después, se tumbó a su lado y le apartó los mechones de pelo que se le habían pegado a la humedad de las mejillas.

—Cuéntamelo todo sobre ella —le dijo.

Xian se quedó dormido a medio camino de narrarle que, cuando era pequeño, su madre le había dicho que comer t ā ng yuán (bolitas de arroz glutinoso cocinadas con sopa) durante el solsticio de invierno haría que fuese un año mayor.

Aquella noche, él se había escabullido a la cocina y había devorado tanto t ā ng yuán que había acabado vomitando.

Cuando su madre le había preguntado por qué había hecho semejante tontería, él había contestado que quería crecer más rápido y que le saliera barba como a su padre.

Zhen, que tenía al príncipe entre los brazos, lo observó.

Tenía las cejas fruncidas y las comisuras de los labios torcidas por el dolor.

La última vez que habían compartido la cama, con el cuerpo entrelazado, había sido en la cabaña de bambú que se encontraba en medio del bosque.

Aquella había sido la noche perfecta: había sido como si solo hubiesen existido ellos dos, perdidos el uno en el otro y en su propio mundo, sin nada ni nadie que pudiera separarlos.

En una ocasión, en un pueblo por el que había pasado, había visto una ópera callejera.

Se había sentado solo en la última fila, cautivado por aquella historia sobre el más allá que se estaba desarrollando en un escenario improvisado.

El alma de una persona viajaba hasta el inframundo, atravesaba los diez tribunales del infierno y, al fin, se reunía con Meng Po, la diosa del olvido, que daba a cada alma un cuenco de mí hún t ā ng , el té del olvido.

Beberlo hacía que olvidaras todos tus recuerdos (tanto los buenos como los malos) para que, así, pudieras dejar atrás de verdad la vida pasada antes de renacer.

Al final de la obra, el actor principal, con tono conspiratorio, había hecho un aparte, comentando que algunos amantes conseguían evitar beber el té del olvido de Meng Po. Así pues, renacían con todos los recuerdos de sus amados y, en aquella nueva vida, volvían a encontrarse los unos a los otros.

¿Sería aquello posible en su caso? ¿Los espíritus serpiente experimentaban la reencarnación como los humanos? ¿O perdería los recuerdos de todo lo que había vivido en aquella vida? ¿Se olvidaría de Xian?

Se pasó el resto de la noche contemplando el rostro dormido del príncipe, memorizando cada ángulo y cada imperfección. Sentía como si, en apenas unas pocas semanas, hubiesen compartido toda una vida. Era más de lo que podía pedir y, aun así, no era suficiente. Ni se acercaba.

«¿Crees en el destino?», le había preguntado Zhen.

«Creo que el destino es una excusa que usa la gente para no luchar por lo que de verdad quiere en esta vida», había respondido Xian.

«¿Y tú? ¿Lucharás por lo que quieres?».

«Siempre».

Al despuntar del alba, sacó el brazo de debajo de la cabeza del otro chico con cuidado y se la apoyó sobre el almohadón sin despertarlo.

Xian ni siquiera se removió, pero cerró los dedos de forma instintiva en torno al trozo de jade partido, como si se estuviera aferrando a un último recuerdo de la madre que acababa de perder.

— Zh ī j ĭ —dijo mientras se inclinaba hacia delante para darle un beso en la frente—. Mi alma gemela.

En la cabaña de las montañas, el príncipe había creído que estaba dormido cuando había susurrado aquel término cariñoso, pero Zhen lo había oído y había cargado con aquellas dos palabras en el corazón. Siempre lo haría.

Cuando salió de la alcoba, Feng estaba esperando en el exterior. Lo saludó con un gesto serio de la cabeza y, juntos, atravesaron las puertas de la mansión real.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó el guardaespaldas cuando salieron a la terraza.

—Dormido —contestó él—. Está agotado.

La expresión de Feng era comedida.

—¿No sabe lo que vas a hacer?

Zhen negó con la cabeza.

—Tampoco puedes contárselo a Qing. —Hizo una pausa—. Tengo que pedirte otro favor.