37 ZHEN
Zhen volvió la cabeza de golpe hacia Xian. Ver la incredulidad y la devastación que le surcaron el rostro fue cien veces peor que ser sumergido repetidamente en el estanque de cultivación.
Entonces, el príncipe pareció recuperar la compostura. Sin mediar palabra, se dirigió a grandes zancadas hacia el patio interior.
Zhen hizo ademán de seguirlo, pero Feng lo sujetó del brazo.
—Déjalo. Necesita verla a solas. —El joven se giró hacia el médico que les había dado la noticia—. ¿Qué ha ocurrido?
—Hace una hora, más o menos, ha empezado a mostrarse muy alterada —contestó el hombre—.
No dejaba de preguntar por el príncipe Xian, alegando que tenía que verlo.
Sus doncellas han intentado calmarla, pero se ha puesto cada vez más histérica hasta que ha perdido el conocimiento.
Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos para salvarla, pero… no hemos podido.
Zhen sintió un hormigueo en la piel. Una hora atrás se habían encontrado en la Pagoda de Leifeng y era más o menos el momento en el que Fahai lo había atacado para matarlo y arrebatarle el poder de la perla.
El amuleto de jade había repelido dicho ataque, que había rebotado y alcanzado al consejero.
La madre de Xian debía de haber sentido el mal que había roto su amuleto de protección y haber creído que algo terrible le había ocurrido a su hijo por lo que, en su frágil estado de salud, el pánico y la agitación habían acabado con ella.
Zhen cayó de rodillas, desesperado. Xian podría haber insistido en que curara a su madre antes de ir a la pagoda a salvar a Qing, pero no lo había hecho.
«Aunque me cueste la vida, pienso salvarla», había dicho él.
«Lo sé —había contestado el príncipe—. Y estaré a tu lado».
Por la tarde, Zhen recorrió las calles de Xifu con Qing.
Aquello le recordó al tiempo que habían pasado juntos en Changle durante los descansos para comer, relajándose bajo la sombra de los árboles de Alstonia e intercambiando los cotilleos de los que ella se había enterado en la cocina por las noticias que él había oído en los establos.
Eso había ocurrido menos de dos semanas atrás, pero parecía un recuerdo distante.
La noticia de la muerte de la consorte favorita del rey (y madre del recién nombrado príncipe heredero) se había extendido fuera de palacio y el ambiente de la ciudad era sombrío.
Los mercaderes que vendían carbón, té, aceite y vino hablaban en voz queda.
No dejaban que los niños corrieran de un lado para otro o tocaran la flauta en las calles.
Una mujer regañó a su marido por estar borracho tan temprano.
Zhen miró a su amiga.
—¿Dónde estabas cuando oíste el mensaje que envié a través de los árboles?
—Ya venía de camino hacia Wuyue para buscarte —contestó ella—.
Hei Xing… Bueno, la persona que creía que era Hei Xing me pidió que nos reuniéramos en un lugar apartado, a las afueras de palacio.
Cuando llegué, apareció Fahai. Me atrapó y me llevó a la pagoda.
—Sonaba taciturna—. Siento haberle permitido que me usara contra ti.
—Nos engañó a todos —dijo Zhen—. Esperaba que le entregara la perla como pago por haberme salvado la vida.
Debió de enfurecerse cuando descubrió que, en su lugar, me la había tragado, pero ocultó muy bien la furia.
—Suspiró—. Nada de todo esto habría ocurrido si le hubiese entregado la perla desde el principio.
En aquel momento, no tenía ni idea de que desencadenaría una serie de eventos que harían daño a muchas personas.
—Fuiste tú el que me dijo que todo pasa por algún motivo —señaló Qing—. Sin la perla, Xian y tú no os habríais conocido.
Él negó con la cabeza.
—Preferiría que no me hubiera conocido jamás pero tuviera a su madre a su lado, sana. Habría sido feliz… y eso habría sido suficiente.
Zhen habría sido una serpiente ordinaria que habitaba en el lago del Oeste, ajena al hecho de que, justo al otro lado de los muros de palacio, vivía un príncipe que, en otro tiempo y otro lugar, habría sido el amor de su vida.
Se había apoderado de aquello que no le pertenecía, incluyendo el amor de Xian, que nunca había estado destinado a ser suyo. Había robado el corazón del otro chico, que había sido el que había tenido que pagar el precio.
«El equilibrio siempre se restaura a sí mismo».
Se detuvo frente a los escalones de madera que conducían a un pequeño templo.
A lo largo de los años que llevaba viviendo como humano, había evitado visitar los templos por el mismo motivo por el que había escogido no regresar al lago del Oeste: estar en un lugar de culto hacía que se sintiera más indigno.
El muro externo del recinto estaba pintado de rojo y los pilares, de negro.
Había tres puertas. Encima de las que se encontraban a derecha e izquierda, había un par de placas de madera con forma de pergamino desenrollado en las que habían tallado dos grupos diferentes de caracteres que no podía leer: « 寶蓋 » y « 慈航 ».
—Me gustaría entrar un momento —le dijo a Qing.
—Claro —contestó ella—. Te acompaño.
—En realidad, preferiría estar solo —contestó—. Necesito plantear una pregunta. ¿Puedes esperarme aquí afuera? No tardaré demasiado.
No había prestado demasiada atención a cuál de las tres puertas estaba usando la gente para entrar y salir del templo. No tenía a quién imitar, así que, para estar seguro, atravesó la del centro, que era la más ancha.
Un monje anciano que se encontraba en el interior lo contempló, atónito, así que Zhen supuso que había escogido mal. El hombre se acercó a él e inclinó la cabeza rapada. Iba vestido con una túnica de cuello cruzado color azafrán que llevaba bordado el símbolo del yin y el yang.
—No todos los días tenemos el honor de recibir a un espíritu —dijo con tono reverente—. ¿Cómo puedo ayudaros, mi señor?
Zhen se preguntó cómo sabía que era una criatura espiritual en forma humana.
—Tengo que tomar una decisión importante —contestó—, y tenía la esperanza de poder solicitar el consejo de los dioses.
El monje le tendió dos bloques con forma de medialuna pintados de rojo.
—Tal vez los ji ă o b ē i os revelen la respuesta.
Zhen tomó los bloques curvados de bambú. Había visto a otras personas lanzándolos al aire y observando su caída. Al parecer, la forma en la que aterrizaban en el suelo era la respuesta a lo que fuera que hubiesen preguntado.
Cerró los ojos y formuló la pregunta mentalmente:
«¿Todavía puedo salvar la vida de la madre de Xian?».
Lanzó ambos bloques al aire.
Cuando abrió los ojos, una de las medialunas estaba bocarriba y la otra, bocabajo. Miró al monje para que le ayudara a interpretar aquello.
— Shèng ji ă o —dijo él. Si le sorprendió que un ente espiritual no supiera interpretar las artes adivinatorias, no lo dejó entrever—. Los dioses están de acuerdo con lo que habéis preguntado.
Zhen sintió una presión en el pecho. El destino era cruel. Justo cuando pensaba que Xian y él habían superado al fin todas las adversidades, la esperanza de que pudieran disfrutar de un futuro juntos se disipó como el incienso entre los dedos extendidos.
Cuando salió del templo, Qing estaba comiéndose un jugoso trozo de melón. Le tendió un pinchito de bambú con majuelas caramelizadas.
—Prueba esto; está delicioso.
Zhen dio un mordisco a la fruta de color rosa oscuro, que estaba cubierta de sirope, lo que daba a la acidez de las bayas un sabor empalagoso.
Su amiga se limpió los labios con el dorso de la mano.
—¿Has encontrado la respuesta que ibas buscando?
Una punzada de dolor le atravesó el cuerpo, pero lo reprimió.
—Así es.