36 ZHEN #3
—El equilibrio siempre se restaura a sí mismo, Pequeño Blanco. —El hombre levantó una mano y convocó un orbe de luz negra—. Es hora de que recupere lo que es mío.
Podía sentir el aura peligrosa y volátil del orbe. Consumiría sus poderes espirituales y se los concedería a Fahai. Entonces, moriría. El consejero echó hacia atrás la palma de la mano y Zhen cerró los ojos conforme la bola negra giratoria se precipitaba hacia su corazón.
Algo le explotó en el interior del pecho y la fuerza bruta resultante lo levantó del suelo. Esperaba salir volando hacia arriba, ingrávido al fin, separado de la parte de sí mismo que estaba atada a la tierra. Pero, en su lugar, se descubrió saliendo disparado hacia atrás.
Se golpeó la espalda contra una superficie dura, se desplomó y cayó sobre el suelo. Abrió los ojos de golpe y alzó la vista hacia las vigas de madera y las ménsulas entrelazadas que sostenían el tejado de la pagoda. ¿Estaba muerto? ¿O seguía dentro de su cuerpo humano?
Levantó la cabeza. En el otro extremo de la sala, Fahai estaba recto como una vara, como si una fuerza inmensa y terrible lo hubiera dejado petrificado.
Tenía los ojos desorbitados y una mirada de desconcierto.
Seguía teniendo la mano izquierda extendida y los dedos torcidos como garras en torno al hueco vacío que formaba con la palma.
Zhen se miró el pecho. El amuleto que le había dado Xian resplandecía con un brillo cegador, como si fuera un fuego celestial color jade.
El otro hombre soltó un gruñido gutural y se agarró la garganta mientras se tambaleaba hacia atrás.
Su cara empezó a adoptar una forma grotesca y rectangular.
Los ojos se le volvieron pequeños, oscuros y estrechos y la nariz se le deshizo en la cavidad antes de convertirse en dos fosas nasales planas.
—¡Zhen! —Xian volvió a aparecer a su lado—. ¿Estás bien?
Zhen no pudo contener el horror que sentía al observar a Fahai.
—¿Qué le está ocurriendo?
El consejero abrió la boca y soltó un grito horrible que le congeló la sangre.
Entonces, le desaparecieron los dientes y la mandíbula se le convirtió en algo parecido a un pico.
Se le alargó el cuello, estirándose como si fuera goma.
La piel se le arrugó y se le tiñó de marrón.
La espalda comenzó a encorvársele hasta convertirse en un bulto cóncavo que parecía un caparazón.
Antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, Fahai se dio la vuelta y se tambaleó hacia el balcón desde el que se podía ver el lago.
Cuando saltó al otro lado de la balaustrada, la transformación continuó en el aire: los brazos y las piernas se convirtieron en gruesos tocones, a los dedos de las manos y los pies le salieron garras y…
Entonces, cayó y quedó fuera de vista. Varios segundos después, oyeron un fuerte chapoteo procedente del lago y una bandada de patos alzó el vuelo con un grito de pánico.
Zhen se acercó corriendo al balcón. Más abajo, el agua se había cerrado sobre el consejero, arrastrándolo a las profundidades. Tan solo quedaban las ondas que se esparcían por la superficie. Los guardias de palacio se habían agolpado junto a la orilla del lago, confundidos.
—¡Zhen!
Qing se abalanzó sobre él y emitió un suave sonido ahogado mientras lo abrazaba con tanta fuerza que creyó que se le iban a partir los huesos. Él la estrechó con fuerza.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?
—Estoy bien —contestó ella con un gemido—. ¿Cómo has podido repeler el maleficio?
Zhen bajó la vista hacia el amuleto que le colgaba sobre el pecho. El jade se había partido por la mitad.
—Debe de haberse roto al rechazar el hechizo.
Una mirada de comprensión atravesó los ojos de Xian.
—En una ocasión, mi madre me dijo que si una pieza de jade que se ha llevado durante muchos años se parte de pronto, significa que la piedra ha escudado al portador de un mal terrible.
Zhen estaba seguro de que aquella no sería la última vez que vieran a Fahai, pero podría preocuparse por eso más tarde. Por el momento, todos ellos estaban a salvo. Eso era lo único que importaba; lo único que podía desear.
El príncipe estiró los brazos y lo atrapó en un abrazo ferviente.
—Por un instante he creído que… te habías ido.
Él le enterró el rostro en el cuello e inhalo su aroma tan familiar. Sintió que algo se le desataba en el interior del pecho, librándose como un cierre de garra de dragón que solo se puede abrir con una llave única en el mundo.
—No me voy a ninguna parte —le respondió en un susurro.
Cuando los tres salieron de la pagoda, Feng, que parecía ansioso y aliviado, se acercó corriendo hasta Xian. Después, se giró hacia Qing y, de forma inesperada, la abrazó. Las mejillas de ella se tiñeron de un rojo brillante y Zhen y el príncipe intercambiaron una sonrisa.
Cabalgaron de vuelta a palacio. Aquella era la primera vez que Xian regresaba victorioso como príncipe heredero, pero, cuando llegaron al patio exterior, se encontró con gestos angustiados en lugar de la bienvenida digna de un héroe.
Uno de los médicos se acercó a él y se dejó caer de rodillas.
—Alteza —dijo, llorando—. Vuestra madre… ha muerto.