36 ZHEN #2
—Indagué en los tomos de magia prohibida y descubrí que, a través de un proceso largo y arduo que implicaba hechicería oscura, se podía hacer que un estanque de cultivación adquiriera el propósito contrario al que le es natural —contestó el consejero—.
También descubrí que existía uno en la cámara subterránea de la Pagoda de Leifeng.
Me convertí en humano, asumí la forma del gentil erudito Fahai y me introduje en la corte de tu padre como consejero de confianza.
Cuando me ofrecí a buscar en secreto una cura para tu madre, estuvo más que conforme con concederme un acceso total a la pagoda, donde pude disponer del tiempo y la privacidad necesarios para preparar el estanque de cultivación.
—¿Fuiste si quiera a consultar al oráculo del monte Emei o esa no fue más que otra de tus mentiras? —preguntó el príncipe.
—Sí que fui hasta allí. El estanque de cultivación al fin estaba listo, así que le pregunté al oráculo dónde podría encontrar a la traicionera serpiente blanca que se había llevado la perla espiritual.
La respuesta fue que estaba en Changle y que no sería yo sino el príncipe de Wuyue el que encontraría a la maldita criatura.
Le dije a tu padre que el oráculo había señalado Changle como lugar para encontrar la cura porque sabía muy bien que tú insistirías en que te enviara allí.
Necesitaba que la conexión que entablaste con la serpiente blanca hace siete años me condujera directo hasta ella.
Y todo salió tal como predijo el oráculo.
Xian entornó los ojos.
—No me extraña que estuvieras tan dispuesto a partir de Changle antes que los demás. Necesitabas tiempo para planificar la emboscada como Hei Xing.
Entonces, Zhen lo comprendió todo.
—Pero la emboscada no era para rescatarme.
—Claro que no —replicó Fahai—. Si todo el mundo hubiese creído que habías escapado de camino a Wuyue, el último lugar en el que te habrían buscado habría sido esta pagoda.
Habría tenido tiempo suficiente para extraer el poder restante de la perla sin que nadie se enterara.
Pero tú, Xian, encontraste la manera de arruinarme los planes.
El consejero no había esperado que el príncipe se atara a Zhen con los grilletes para evitar que escapara.
Ahora comprendía por qué aquel hombre, en la forma de Hei Xing, se había mostrado genuinamente sorprendido de que se negara a que le cortara la mano a Xian.
Sin saberlo, ambos habían desbaratado su intento de capturar a Zhen en secreto y llevarlo a la Pagoda de Leifeng.
—Tras el incendio en la cámara subterránea, tuve mis dudas sobre tu supuesta muerte —prosiguió Fahai—.
Tenía grandes sospechas de que, de algún modo, habíais escapado y huido, lo que se confirmó cuando recibí el mensaje a través de los árboles de que, ahora, estabais trabajando juntos.
—Fulminó al príncipe con la mirada—. Pensaba que descubrir su verdadera naturaleza como la maldita serpiente blanca culpable de prolongar el sufrimiento de tu madre haría que lo odiaras más, no que fueras corriendo a sus brazos.
Xian se colocó frente a Zhen, escudándolo de aquel hombre. Alzó la mano en la que llevaba el anillo del sello.
—Jamás dejaré que le vuelvas a poner la mano encima.
El gesto del consejero cambió de inmediato cuando vio la joya.
—Enhorabuena, príncipe heredero —dijo con un tono de voz cargado de desprecio—. Tu padre ha escogido bien. Permíteme que te sitúe en la posición elevada que mereces.
Hizo un gesto de la mano y un trozo de cuerda que había estado tirado en el suelo se alzó como una serpiente. Uno de los extremos se enroscó hasta formar un nudo corredizo, rodeó el cuello de Xian y, antes de que Zhen pudiera reaccionar, lo levantó por los aires.
—¡Xian!
Abrió de golpe el abanico blanco de papel que, cuando lo arrojó hacia arriba, dibujó un arco elegante, cortó con pulcritud la soga que rodeaba el cuello del príncipe y le regresó a la mano.
Sin embargo, horrorizado, se dio cuenta de que el otro chico seguía suspendido del aire como si tuviera una mano invisible en torno a la garganta, asfixiándolo.
Fahai soltó una carcajada.
—No resulta muy agradable que te engañen, ¿verdad?
El brillante destello de un relámpago surcó el cielo y, casi de inmediato, se oyó el ruido un trueno. Zhen se giró hacia la aguja a la que Qing estaba atada.
—Eso ha estado muy cerca —dijo el consejero con un destello en los ojos—.
Puede que el siguiente sí que caiga en la aguja.
La gente cree que si un rayo cae sobre la espiral de una pagoda, puede destruir a los demonios…
o, en este caso, a un espíritu serpiente.
¿A quién vas a escoger, Zhen? ¿Al príncipe que te ha entregado el corazón o a la hermana que se negó a abandonarte?
Xian se removía, incapaz de hablar. No dejaba de patalear en vano mientras, con ambas manos, intentaba arañar la soga invisible que le rodeaba el cuello.
Otro rayo restalló como un látigo celestial, iluminando el cielo de tal modo que casi pareció mediodía.
Después, el retumbar de un trueno sacudió la pagoda hasta los cimientos.
A Zhen se le hizo un nudo en el estómago. Fahai lo estaba obligando a tomar una decisión imposible: salvar a Xian o salvar a Qing. Era inviable que pudiera rescatarlos a ambos, pues no era rival para los setecientos años de cultivación del espíritu tortuga.
Tragó saliva y tomó una decisión.
—Tómame a mí en su lugar —le dijo al hombre—.
Dijiste que el poder de la perla no puede tomarse a la fuerza y que por eso tenías que usar el estanque de cultivación, ya que sabías que yo nunca te la entregaría voluntariamente.
—Respiró hondo—. Deja que se vayan los dos.
En cuanto estén sanos y salvos, fuera de aquí, te entregaré por voluntad propia todo el poder de la perla que quede en mi interior.
Me dijiste que deberían quedarle el equivalente a unos trescientos años de cultivación.
Al fin habrás acumulado mil años y podrás regresar a tu hogar en los cielos.
—¡No, Zhen! —gritó Qing—. ¡No se la entregues!
Fahai arqueó una ceja.
—Después de tantos años, todavía posees la habilidad de sorprenderme —dijo antes de soltar una carcajada sardónica—. El maestro Sun tenía razón: si esperas junto al río el tiempo suficiente, verás pasar flotando los cuerpos de tus enemigos.
A Zhen le palpitaba con fuerza el corazón. El siguiente rayo podría matar a Qing y Xian ya se estaba asfixiando. Tan solo le quedaba desear que la codicia de aquel hombre se impusiera a su rencor.
—¿Tenemos un trato?
Con un golpe de muñeca del consejero, las cuerdas que ataban a Qing a la aguja se desprendieron. Tras otro gesto, el lazo invisible que rodeaba el cuello de Xian se soltó de forma abrupta. El príncipe se derrumbó sobre el suelo, jadeando y boqueando mientras intentaba tomar aire.
Zhen corrió hacia él.
—¿Estás bien?
—¡Zhen! —Qing se detuvo a su lado—. ¿Qué te pasará cuando le entregues el poder de la perla?
Su silencio fue una respuesta rotunda.
Xian, que todavía respiraba con dificultad, alzó la cabeza.
—Zhen, no hagas esto, por favor.
Qing le tomó la mano.
—Tiene que haber otra solución…
Fahai los interrumpió.
—Yo he cumplido con mi parte del trato. Ya es hora de que tú cumplas con la tuya. Diles que se marchen si no quieres que presencien lo que va a ocurrir a continuación.
Zhen tomó la mano de su amiga y se la unió a la de Xian.
—Cuídala por mí —le dijo al príncipe—. Pase lo que pase, no volváis. —Ninguno de los dos se movió. Zhen aunó toda la fuerza de voluntad de la que fue capaz y los empujó para que se marcharan—. Salid de aquí. Los dos. ¡Vamos!
La impotencia que se reflejaba en los ojos de Xian le resultó desgarradora.
—Te quiero —le susurró.
Zhen se quedó sin aliento. Tan solo quería rodearlo con los brazos, estrecharlo por última vez y decirle que él también lo quería. Pero no podía hacerlo o se haría añicos. Los dos lo harían.
Mientras Xian arrastraba a una Qing llorosa hacia la puerta, él se volvió hacia Fahai.
Con los brazos pegados a los costados, apretó los puños con tanta fuerza que las uñas le dejaron marcas en forma de medialuna en las palmas.
Era como si se estuviera aferrando con desesperación a algo que, tal vez, nunca había estado destinado a ser suyo. Al menos, no en aquella vida.