36 ZHEN
Zhen se asomó a la ventana del dormitorio de Xian. En el horizonte, se habían acumulado unas nubes de tormenta amenazantes que ocultaban por completo el sol. Un aciago trueno le reverberó en el pecho como si fuera el redoblar de las campanas.
«¡No! —La voz de Qing le resonó en la cabeza—. ¡No pienso ir a ninguna parte sin ti! ¡No voy a abandonarte!».
¿Y si aquellas habían sido las últimas palabras que le diría jamás?
Tendría que haber intentado encontrarla antes. O, tal vez, no debería haberles mandado aquel mensaje a través de los árboles. Si no lo hubiera hecho, ella no habría acudido a palacio y no habría caído en las garras de Fahai.
Nunca antes se había sentido tan asustado ni tan impotente.
Ni siquiera cuando había estado encadenado y encerrado en el carro durante el viaje hacia Wuyue…
Al menos, en cierto sentido, había sido el causante de su propio destino.
Qing no había hecho nada malo excepto responder a su estúpida llamada de auxilio.
—¿Zhen? —La voz de Xian interrumpió el hilo de sus pensamientos.
Se dio la vuelta justo a tiempo de ver al príncipe entrando en la sala. Se había cambiado de ropa y se había puesto una túnica de color albaricoque, un tono de amarillo diferente al dorado que solía vestir. Aquel debía de ser el color asignado al príncipe heredero.
Xian le tomó la mano y, cuando entrelazó los dedos con los suyos, el anillo de sello que llevaba en el pulgar soltó un destello.
—¿Cómo te encuentras?
—Estoy aterrado —susurró Zhen—. No puedo imaginarme lo que tendrá que estar soportando Qing ahora mismo.
El otro chico le dio un apretón reconfortante.
—Ella también es un espíritu serpiente, ¿no es así? Tal vez por eso Fahai crea que también tiene poderes que puede extraer.
Él negó con la cabeza.
—Se convirtió en un espíritu serpiente solo porque la sané usando los poderes de la perla. En realidad, ella no la consumió, por lo que tu consejero no podrá extraerle parte de la esencia.
—En tal caso, debe de estar utilizándola para atraernos allí —señaló el príncipe con un tono de voz sombrío.
Zhen alzó los ojos centelleantes hacia Xian.
—No me importa si nos está tendiendo una trampa. No pienso abandonar a Qing; de ningún modo. Aunque me cueste la vida, pienso salvarla.
—Lo sé. Por eso quiero que tengas esto.
Entonces, le depositó en la palma de la mano el amuleto de jade con la cadena. Él pestañeó.
—Pero te lo regaló tu madre.
—Fahai quiere la perla, lo que te convierte en su principal objetivo —apuntó el otro chico—.
Hasta el momento, esto me ha protegido y, ahora, quiero que te proteja a ti.
—Le pasó la cadena por el cuello y aseguró el cierre—.
Destruiré hasta la última piedra de la pagoda si es necesario para traer a Qing de vuelta sana y salva.
—Tenía los ojos llenos de una fortaleza que hizo que Zhen comprendiera por qué su padre lo había escogido para ser el futuro rey—.
Y estaré a tu lado, tal como hiciste tú conmigo —añadió antes de inclinarse y darle un rápido beso en los labios.
El ruido de los cascos resonaba como contrapunto al estrépito de los truenos mientras Xian dirigía a la guardia de palacio por el camino que bordeaba el lago hasta la Pagoda de Leifeng.
Zhen cabalgaba a su derecha y Feng, a su izquierda.
Los rayos surcaban cual vetas las nubes impenetrables, lo que hacía que pareciera como si un fuego plateado iluminara el vientre de un dragón gris inmenso.
Conforme se acercaban a la orilla sur, el cielo empezó a descargar un aguacero y, para cuando se detuvieron frente a los cimientos abrasados de la pagoda, estaban todos empapados.
Mientras desmontaban, Zhen se escudó los ojos con la mano y alzó la vista hacia el conjunto de aleros anchos y ménsulas que parecían la armadura y las escamas del cuerpo de ocho caras del edificio.
Xian se acercó hasta la puerta principal a grandes zancadas y tanto Zhen como Feng lo siguieron. El arco de acceso tenía tallas de flores de loto y leones voladores, y de uno de los pilares que había junto a la entrada colgaba un banderín con una hilera de caracteres escritos con tinta negra.
—Está aquí —dijo el príncipe mientras leía el mensaje—. Quiere que Zhen y yo subamos solos hasta lo más alto de la torre. Nos está observando y si cualquier otra persona intenta entrar en la pagoda, arrojará a Qing desde arriba.
Zhen sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—No podemos subestimar a un hombre que cree que no tiene nada más que perder.
Feng frunció el ceño.
—Eso no significa que tengáis que meteros sin más en esta trampa.
—Por ahora, nos saca ventaja —le dijo Xian a su amigo mientras desenvainaba la espada—. No entréis en el edificio hasta que no os haga una señal.
Zhen sacó el abanico blanco y, juntos, entraron en la pagoda.
Los muros externos estaban construidos con unos ladrillos que habían protegido las estructuras internas de madera de acabar destruidas por el fuego.
En torno al enorme pilar central que sostenía el tejado habían construido también con madera una escalera de caracol que conducía a los pisos superiores.
Xian comenzó a ascender los escalones curvos en cabeza y Zhen lo siguió de cerca. Conforme se acercaban al último piso, comenzó a oír a Qing, aunque el sonido de la lluvia golpeteando el exterior de la pagoda casi le ahogaba la voz. Estaba hablando con alguien, pero no podía oír a la otra persona.
Intercambiaron una mirada y, cuando el príncipe dio la señal, ambos atravesaron la puerta de golpe.
A diferencia de los otros pisos, que estaban divididos en habitaciones, la planta más alta consistía en un espacio abierto.
El aire que soplaba a través de las arcadas de los cuatro balcones que se encontraban en cada punto cardinal era frío y cortante, pero eso no fue lo que hizo que a Zhen se le erizara el vello.
La gruesa aguja de metal se alzaba sobre una plataforma en el centro.
Uno de los extremos estaba anclado al suelo y el otro, que terminaba en espiral, atravesaba el tejado hexagonal.
Qing, que iba vestida con un rú qún sencillo, se encontraba atada con cuerda a la aguja y, junto a ella, había una figura encapuchada.
Cuando los vio, la joven abrió los ojos de par en par.
—¡Es él! —gritó—. ¡Cuidado!
La figura encapuchada se dio la vuelta y Zhen se quedó petrificado.
—¿Hei Xing? —espetó—. ¿Cómo…? ¿Cómo has salido de la prisión de palacio?
—¿Dónde está Fahai? —preguntó Xian—. ¿Has estado trabajando con él todo este tiempo?
Hei Xing soltó una carcajada ronca.
—Supongo que podría decirse que sí.
Se bajó un poco más la capucha, ocultando la cara entre las sombras durante un instante, y, cuando volvió a apartársela, el rostro del consejero real les devolvió la mirada.
Fahai y Hei Xing… eran la misma persona.
—Hei Xing existió primero —prosiguió el hombre—, pero Fahai es la persona en la que tuvo que convertirse tras ser traicionado.
A Zhen le palpitó con fuerza el corazón.
Escapar de la prisión de palacio debía de haber sido fácil para una criatura espiritual tan poderosa como Hei Xing y, con los cientos de años de cultivación que cargaba a la espalda, utilizar una ilusión para alterar su propia apariencia no debía de haber sido una hazaña demasiado difícil.
Además, había conseguido evitar cualquier sospecha al acudir al palacio para advertirles de la captura de Qing cuando, en realidad, había sido él el que la había atrapado.
—Príncipe Xian, parece que tenemos algo en común. —Los labios del hombre se crisparon cuando posó la vista en Zhen—. A ambos nos engañó la misma serpiente maliciosa y traicionera.
La vehemencia que inundaba los ojos de Fahai hizo que sintiera un escalofrío en la espalda.
—¿Qué te he hecho yo, Hei Xing? —preguntó—. ¿Por qué me odias tanto?
—¿Todavía no lo sabes? —El rostro del consejero se contorsionó a causa de la ira—.
Te salvé la vida cuando estabas atrapado en esa trampa, criatura de tres al cuarto.
Y, a cambio, cuando encontraste la perla, la misma que sabías perfectamente que estaba buscando para completar mis mil años de cultivación y ascender a los cielos, ¡te la quedaste para ti!
¡Tendría que haberte dejado morir en aquella trampa!
—Tan solo quería ser una criatura espiritual como tú —susurró Zhen—. Te respetaba como a un mentor y estaba cautivado por todas tus aventuras. Deseaba que fuéramos iguales…
—¡No somos iguales! —rugió Fahai—. ¿Acaso pensabas que, en el pasado, no era más que un simple reptil como tú?
¡No! Era uno de los principales centinelas del reino celestial, pero incurrí en la ira de los dioses y fui desterrado a la tierra, donde tendría que acumular mil años de cultivación antes de poder regresar a mi hogar.
Me prohibieron pisar las sagradas montañas Kunlun, que son el portal de entrada a los cielos, lo que significa que no podía buscar una perla espiritual por mí mismo.
Solo en mi estadía en este desdichado mundo, tomé la forma de una tortuga, que son las más ancianas y sabias de todas las criaturas.
Antes de que Zhen pudiera decir nada, Xian habló:
—Te equivocas, Fahai. —El príncipe dio un paso al frente con los ojos centelleantes—.
Tú y yo no tenemos nada en común. Eres tú el que nos ha traicionado a nosotros.
¡Mi padre y yo confiábamos en ti y llevas años engañándonos!
Lo que has estado haciendo todo este tiempo en el laboratorio del sótano de esta pagoda nunca ha estado destinado a sanar a mi madre, ¿verdad?