35 XIAN
Wang palideció y la nuez de la garganta le subió y bajó cuando tragó saliva.
—No… No lo sabía. —Señaló a Xian con un dedo—. Me… Me lo dijo él. ¡No ha dejado de presumir de eso! ¡Fue él el que abrió la caja y encontró su nombre dentro!
—Claro, porque fingir que estoy muerto y huir es exactamente lo que haría si supiera que iba a ser nombrado príncipe heredero —replicó.
Con un espasmo, la ira contorsionó el rostro de Wang, que se dirigió hacia él con la espada desenvainada.
Zhen dio un paso al frente, abrió con un golpe de la mano el abanico blanco y lo posó sobre la garganta del otro príncipe, que se detuvo, sorprendido.
El borde afilado le rozó la piel del cuello, trazando una línea de sangre.
El general Jian se llevó una mano a la espada, pero Feng se acercó a él y lo detuvo.
Aquella era la primera vez que Xian veía a su mejor amigo defender al otro chico.
Por otro lado, tampoco había visto nunca antes a Zhen en aquella actitud tan intensa, pero le resultó muy atractivo.
El rey fulminó a su hijo mayor con la mirada.
—¿Qué clase de demonio te poseyó para cometer semejante crimen innombrable, Wang?
El joven soltó el arma, derrotado.
—¡Sucumbí a un instante de debilidad! —Se dejó caer al suelo—. Soy vuestro primogénito, el hijo de vuestra esposa… Todo lo que he hecho a lo largo de mi vida ha sido para ganarme vuestro favor…
—¡Y, aun así, has sido lo bastante descarado como para desafiar la única ley que conoce todo el reino!
—bramó su padre—. La caja que se esconde tras la placa fue declarada sagrada por tus antepasados.
Al abrirla, no solo me has ofendido a mí, sino también a tus ancestros.
¡Ese es un pecado castigado con la muerte!
De rodillas y con los codos apoyados en el suelo, Wang se arrastró hasta los pies del rey.
—¡Padre, por favor, perdonadme! ¿No mostraréis piedad con vuestra propia sangre?
Ninguno de los presentes en el patio dijo nada. Xian podía ver el gesto de dolor que cubría el rostro de su padre, pues, a pesar de la malicia que había mostrado, su primogénito era uno de sus hijos favoritos.
Al fin, el general Jian dio un paso al frente.
—Si me permitís interceder, majestad… —dijo con una reverencia.
Cuando el rey asintió, el hombre prosiguió—: En este momento, la situación política es especialmente delicada y el reino Tang septentrional nos observa con atención, esperando al más mínimo atisbo de debilidad o discordia.
Otros reinos no tienen las mismas prácticas sucesorias que Wuyue; siguen la estricta tradición de nombrar príncipe heredero al hijo mayor de la reina o emperatriz.
Como tal, es posible que no lleguen a comprender la importancia de la caja que se esconde detrás de la placa.
Si se corriera el rumor de que habéis ejecutado a vuestro primogénito por este crimen, podrían interpretarlo como señal de discordia interna en vuestra corte, lo que podría incitarlos a atacar nuestras fronteras con la esperanza de encontrarnos sumidos en un estado de agitación civil.
El rey se quedó en silencio y Xian contuvo la respiración. Wang yacía bocabajo en el suelo y la caja torácica le subía y bajaba mientras esperaba a conocer su destino.
—Muy bien —dijo el monarca, fulminando con la mirada la silueta postrada de su hijo—.
Me has robado algo que no deberías haber robado, así que te castigaré como padre en lugar de como rey.
Por tu falta de piedad filial, que es la octava de las diez abominaciones, en lugar de sentenciarte a muerte, te sentencio a recibir la siguiente pena más severa: ròu xíng , el castigo físico.
Recibirás un espadazo severo en la mano derecha, que es lo que se hace con los ladrones.
Te concedo la dignidad de recibir el castigo en privado en lugar de en el patio exterior, tal como hubiera ocurrido con cualquier funcionario.
—Entonces, le hizo un gesto serio a Xian—.
Tú le darás el espadazo a tu hermano con su propia arma. Ahora mismo.
Él parpadeó. ¿Iba a ser él el encargado de castigar a su hermanastro? Wang alzó la vista hacia él, aterrado. Para él, no había duda alguna de que iba a salir de aquel patio mutilado para siempre.
Xian recogió la espada caída del otro príncipe.
El arma era un regalo que le había hecho su padre por su decimosexto cumpleaños; era la misma hoja que el propio rey había blandido de adolescente después de que también se la hubiera regalado su padre.
En la corte, muchos creían que aquella era una espada hacedora de reyes, un fuerte indicio de que Wang sería escogido como heredero.
Tal vez en aquel momento hubiese sido cierto y Wang hubiese estado dispuesto a matar para reclamar el favor del que había disfrutado en el pasado.
—Extiende la mano derecha —le ordenó el rey a su hermanastro.
Wang se puso de rodillas y extendió el brazo tembloroso mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
Cuando dio un paso al frente, Xian miró a su alrededor de forma subrepticia.
El gesto de su padre era estoico y el del general Jian, sombrío.
Zhen había apartado la mirada, como si no fuera capaz de presenciar aquello.
Feng lo miró a los ojos y asintió con la cabeza de forma casi imperceptible.
El rey había dictado sentencia y estaba obligado a cumplir sus órdenes.
La tensión en el ambiente fue palpable mientras Xian se alzaba sobre Wang, aferrando con la mano la empuñadura de la espada mientras la borla decorativa le golpeaba la muñeca.
Hacerle un corte limpio a una extremidad era más difícil de lo que parecía, pues se necesitaban precisión y fuerza en igual medida para cercenar tendones, músculo, carne y hueso en un solo golpe.
Se concentró en el brazo tembloroso de su hermanastro. Entonces, alzó la espada y la hizo descender dibujando un arco.
Wang soltó un grito de angustia cuando el filo le rozó el miembro.
Se alejó retorciéndose, se derrumbó de medio lado y se sujetó el brazo con el rostro arrugado mientras lloriqueaba de forma patética.
La sangre le manchaba la manga de la túnica, pero, en contra de lo que todos habían esperado, seguía teniendo la mano unida al cuerpo.
El rey miró a Xian con el ceño fruncido.
—¿Le has dado un golpe suave a propósito?
—No, padre —contestó mientras hincaba una rodilla en el suelo y depositaba la espada manchada de sangre a sus pies—.
Le he dado un golpe fuerte en la mano, tal como me habéis ordenado, y le he cercenado por completo un tendón importante del antebrazo.
Nunca más podrá volver a blandir un arma.
—Entonces, miró a Zhen, que no era capaz de ocultar su asombro—.
Una vez, alguien que me importa mucho me recordó que el punto del color opuesto que hay en cada mitad del círculo que componen el yin y el yang representa la elección de actuar no solo en beneficio propio, sino también en el de la otra persona.
El hecho de que Zhen hubiese perdonado a Deng le había causado una gran impresión.
Aunque, conociendo a su hermanastro, era probable que mostrarle tal compasión fuese un error.
Un antiguo proverbio advertía de que los débiles nunca perdonaban a sus enemigos.
Aun así, había querido escoger tal como lo había hecho Zhen.
Su padre ladeó la cabeza mientras la comprensión le atravesaba el gesto severo. Se acercó hasta él, que todavía seguía con una rodilla en el suelo.
—El trazo suave de un maestro de la caligrafía no es señal de debilidad, sino de control.
La fortaleza de carácter de un hombre no se demuestra con la fuerza, sino con la misericordia.
—El rey se quitó el anillo de sello que llevaba en el pulgar derecho y se lo tendió—.
He escogido bien, príncipe heredero de Wuyue.
Xian no podía creer lo que estaba viendo.
El gesto de incredulidad que vio tanto en el rostro del general Jian como en el de Feng le confirmó que no era el único.
Que su padre le confiara aquel anillo era algo incluso más vinculante que el hecho de que hubiera depositado su nombre en la caja que se escondía tras la placa.
No habría necesidad de desvelar quién sería el sucesor: el rey acababa de declarar públicamente su elección.
—Gracias, padre. No os decepcionaré —dijo mientras se postraba.
Después, tomó el anillo y se lo deslizó en el pulgar con gesto reverente.
Por último, se puso en pie—. Lamento que mi primera acción como vuestro heredero sea informaros de que vuestro consejero, o más bien nuestro consejero de confianza, Fahai, nos ha traicionado.
Afirmaba estar investigando una cura para madre en la Pagoda de Leifeng, pero, en realidad, no era más que una cortina de humo para su verdadero objetivo: un estanque de cultivación secreto en una sala subterránea que se encontraba bajo el laboratorio y de la que no le habló a nadie.
Su padre arrugó la frente.
—Tras el incendio, Fahai me explicó que esa sala subterránea era una prisión especial que había preparado para contener al poderoso espíritu serpiente.
Cuando encontraron tu accesorio para el pelo junto con un cuerpo calcinado, Wang declaró que, en contra de sus consejos, habías insistido en cabalgar hasta la pagoda para reunirte con la serpiente.
Estaba preocupado, así que te siguió y vio el humo que salía de los cimientos.
Xian miró a su hermanastro con disgusto.
—Mentiroso.
Wang se encogió como si temiera que pudiera decidir volver a tomar la espada y darle otro tajo en el brazo sangrante.
—Llamad a Fahai. —El rey se giró hacia el general Jian—. ¿Dónde está?
—Ha ido a la Pagoda de Leifeng para intentar recuperar lo que pueda del laboratorio —contestó el hombre.
Xian tomó la mano de Zhen y lo acercó hacia él.
—Zhen no es el enemigo que Fahai os ha contado. Me sanó del veneno mortífero con el que me atacó Wang, lo que significa que también tiene el poder para salvar a madre.
En ese momento, los interrumpió la llegada del segundo al mando del general Jian. El jefe de la guardia pareció estupefacto al ver a Wang retorciéndose en el suelo mientras se sujetaba el brazo sangrante.
—Majestad —dijo el hombre mientras hacía una reverencia ante el rey—.
Por favor, perdonad mi descortesía, pero tengo noticias urgentes que no pueden esperar: el forajido enmascarado que estuvo involucrado en el ataque a la delegación del príncipe durante el viaje desde Changle se ha entregado a las puertas de palacio.
Dice que tiene un mensaje importante que solo puede entregar al príncipe y su acompañante.
Zhen abrió mucho los ojos y miró a Xian, que rápidamente dio un paso al frente.
—Padre, por favor, permitidme que me encargue de este asunto. —Ante el asentimiento del rey, se giró hacia el jefe de la guardia—. Tráelo ante mí.
Xian, Feng y Zhen siguieron al guardia hasta el ala de asuntos militares, que se encontraba al oeste de la puerta sur que separaba el patio interior del exterior. El hombre los condujo hasta la prisión subterránea y, en una de las celdas, encontraron prisionera a una figura familiar.
—¡Hei Xing! —Zhen se acercó a él corriendo—. ¿Dónde está Qing? ¿Está contigo?
Por primera vez, Xian vio el rostro de aquel hombre sin la máscara. Tenía el cabello áspero y gris y, a pesar de las arrugas que tenía en la piel, sus rasgos eran extrañamente juveniles.
—Siento ser el portador de malas noticias, Zhen, pero Qing corre grave peligro. —La expresión de Hei Xing era muy seria—. He venido sin demora para avisarte.
Zhen pareció afectado.
—¿Qué le ha ocurrido?
—Ambos recibimos el mensaje pidiendo ayuda que nos mandaste a través de los árboles —contestó el hombre—.
Acordamos reunirnos en el exterior de palacio, pero, cuando llegamos en plena madrugada, las puertas seguían cerradas.
Yo quería permanecer escondido hasta que despuntara el alba, cuando podríamos encontrar la manera de hacerte llegar algún mensaje.
Qing se negó e insistió en acosar a los guardias para que la dejaran hablar con alguien que os conocía.
Me dijo que la esperara escondido, pero, aunque pasaron las horas, no regresó.
—¿Con quién pidió hablar? —preguntó Xian.
—No lo sé. Yo no lo vi en ningún momento. —Hei Xing hizo una pausa—. Si no recuerdo mal, dijo que era un erudito.
Zhen y Xian se miraron, consternados.
—Fahai… Tiene a Qing. El general Jian ha mencionado que ha ido a la pagoda. Debe de tenerla allí, cautiva. Por favor, Xian, tenemos que salvarla…
Él asintió.
—Cabalgaremos hasta allí de inmediato.
—¿Qué hay de ti? —le preguntó Zhen a Hei Xing—. ¿Puedes venir con nosotros?
—Por desgracia, no. —El hombre señaló las cadenas que le ataban las manos y la celda en la que estaba encerrado—.
No he tenido más opción que entregarme para poder avisaros de que Qing está en problemas.
Pero si llegáis a tiempo para salvarla, el arresto y haber hecho el sacrificio habrán merecido la pena.
Xian se giró hacia Feng.
—Reúne a la guardia de palacio sin demora. —Alzó la mano en la que llevaba el anillo de sello, que desprendía un destello azul verdoso como el de la malaquita—. Los conduciré a la Pagoda de Leifeng dentro de una hora.