34 XIAN
Abandonaron la cabaña en cuanto despuntó el alba y, con el amanecer a la espalda, cabalgaron hacia el oeste en dirección a palacio. Xian iba al frente, sosteniendo las riendas de Zhaoye, y Zhen iba sentado tras él, rodeándole la cintura con los brazos.
Llegaron a la ciudad que se encontraba a las puertas de palacio y que también se llamaba Xifu justo antes de que dieran las ocho de la mañana.
En las calles, los vendedores ambulantes vendían bollos hervidos rellenos de carne, batatas asadas y nísperos.
La gente, hambrienta, se sentaba en los bancos y comía fideos de cuencos de barro cocido.
Los zapateros remendaban calzado y una mujer estaba maldiciendo a un grupo de niños que habían pisoteado las telas teñidas que había tendido en el suelo para que se secaran.
En el pasado, Xian había sido capaz de escapar de palacio para sus encuentros amorosos sin ser reconocido.
Después de todo, la mayoría de los plebeyos nunca había visto de cerca a la familia real.
En aquel momento, escuchaba con atención las conversaciones de los alrededores con la esperanza de recopilar alguna que otra noticia.
La gente hablaba del incendio que había abrasado la base de la Pagoda de Leifeng pero que había sido extinguido antes de que se dañaran las partes superiores de la estructura.
Estaban perplejos porque las puertas de palacio que separaban el patio interno del externo llevaban un día cerradas sin ningún tipo de explicación.
Sin embargo, se sintió aliviado al descubrir que nadie mencionaba la muerte del príncipe.
En el puesto de correo, garabateó un mensaje breve y sin firmar.
Después, selló la carta y escribió el nombre de Feng en la parte delantera.
Su mejor amigo reconocería su letra. Utilizó una de las fijaciones de plata de las riendas de Zhaoye para pagar al mensajero.
Cuando el hombre se marchó para entregar la nota, él se giró hacia Zhen.
—Venga, vamos a deshacernos de estas prendas viejas y a comprar unas nuevas.
Entraron en una tienda de ropa. Xian se puso una túnica de color índigo y se colocó frente al espejo de bronce que había en la pared.
Se peinó el cabello hacia atrás y se sujetó el moño en lo alto de la cabeza con una horquilla dorada.
A su lado, el otro chico se puso una prenda blanca que él mismo le había escogido.
Las mangas anchas le caían con elegancia a los costados.
—Ven aquí —le dijo antes de empezar a pasarle un peine por el largo cabello. Le recogió la capa superior de la melena en un moño y se lo atravesó con una horquilla de jade. Después, tomó un abanico de papel blanco y se lo colocó entre las manos.
—¿Qué se supone que tengo que hacer con esto? —preguntó Zhen.
Además de las espadas, de vez en cuando, a los expertos en artes marciales les gustaba blandir armas más inusuales: abanicos de papel, pinceles e incluso instrumentos musicales.
Un abanico era un arma útil para ataques a larga distancia, ya que podía volar trazando un arco amplio, rajar a los enemigos y regresar a manos del propietario.
—Con tus poderes, podrías hacer bastante daño —contestó él—. Inténtalo.
El otro chico lo abrió y lo lanzó en un ángulo ascendente. El abanico surcó el aire y llegó hasta el otro extremo de la sala, sorprendiendo al tendero, antes de regresar a manos de Zhen, que lo atrapó de forma habilidosa.
Xian sonrió.
—Mira que te gusta alardear…
Tras decir eso, entregó al tendero una de las hebillas de oro del cabestro del caballo para pagar por las compras. Mientras salían del local, se cubrieron la cabeza con la capucha de las túnicas. Nadie miró dos veces al príncipe vestido con ropa de plebeyo.
Abandonaron el ajetreado mercado y se dirigieron a una granja vacía que se encontraba en las afueras de la ciudad. La puerta de hierro reforzado del silo para el grano, que estaba abandonado, era una pista del verdadero propósito de la estructura.
—Supongo que este pasadizo conduce a palacio, ¿no? —preguntó Zhen.
—Es una de las rutas de escape secretas en caso de que el palacio sufra un ataque.
La puerta tiene un pestillo por dentro de modo que, si está cerrada, nadie puede acceder desde fuera.
Siempre que me escabullía por las noches para encontrarme con algún chico, tenía que rezar para que ningún guardia pasara por aquí y se fijara en que estaba abierta.
El otro joven sonrió.
—Supongo que ninguno de los chicos sabía que estaban manteniendo una aventura romántica con el soltero más codiciado de todo el reino.
El gemido del pestillo al correrse hizo que ambos se detuvieran y se dieran la vuelta. Cuando la pesada puerta del silo se abrió, las bisagras chirriaron a modo de protesta. Feng estaba de pie en el umbral y, mientras miraba a Xian, su rostro parecía una máscara de incredulidad.
Él le dedicó una sonrisa torcida.
—Parece que hubieras visto a un fantasma.
Un sonido ahogado se escapó de la garganta del guardaespaldas mientras lo abrazaba con fuerza.
—Cuando he recibido la carta, casi no podía dar crédito —le susurró al oído con voz ronca—. Pensaba que te habíamos perdido.
Él soltó una carcajada.
—Cuidado, necesito respirar. No quiero asfixiarme y morir de verdad.
Su amigo lo soltó.
—¿Cómo? —Feng seguía sin poder ocultar el asombro—. Lo vi con mis propios ojos… Vi… tus restos. Solo sobrevivió al fuego el accesorio dorado para el pelo. Tu padre se derrumbó cuando se lo entregamos.
—Wang me envenenó con veneno de serpiente e intentó culpar a Zhen. —El tono de Xian se volvió sombrío—. Abrió la caja que se encuentra detrás de la placa y encontró mi nombre. Quería borrarme del mapa de forma permanente para que nuestro padre lo eligiese a él en mi lugar.
El guardaespaldas frunció el ceño.
—¿Prendió él el fuego para cubrir sus huellas?
—No, fui yo —contestó Zhen. Feng lo miró, horrorizado. Entonces, añadió—: Lo siento, pero era la única manera de fingir la muerte de Xian y poder escapar.
—¿Cree mi madre que estoy muerto? —intervino Xian—. ¿Se lo ha contado mi padre?
Su amigo negó con la cabeza.
—Solo unos pocos sabemos lo que ocurrió.
El rey nos hizo jurar a todos nosotros por nuestra vida que no le diríamos nada a nadie; especialmente a tu madre.
Se ha sellado todo el patio interior para evitar que la noticia se propague.
Ahora mismo, tu padre está en el salón funerario, observando los rituales que los monjes están celebrando en tu nombre. Wang está con él.
—Perfecto —contestó él, torciendo los labios—. Ya es hora de mostrarle a mi hermanastro que los vivos pueden ser mucho más aterradores que los fantasmas.
Entraron en el pasadizo subterráneo. Xian había utilizado aquel túnel tantas veces que podía recorrerlo con los ojos cerrados.
Volvieron a salir por la entrada que se escondía tras el altar del Pabellón de la Benevolencia.
Miró a Zhen. Lo más probable era que estar en palacio le resultase intimidante, dado que había regresado a Wuyue encadenado. Así pues, le tomó las manos.
—Estás conmigo. No dejaré que nadie te haga daño.
Zhen le dio un apretón.
—Lo sé.
Los tres se abrieron paso hasta el salón funerario, que era donde se guardaban los ataúdes antes de que los muertos fuesen enterrados en el mausoleo real que se encontraba a las afueras del palacio.
El edificio tenía un tejado gris y sombrío y faroles blancos que colgaban de los aleros.
Sobre los pilares de color hueso pendían de forma vertical versos taoístas y, en la placa de madera que había sobre la puerta, habían inscrito el epíteto « 義莊 », que significaba «Mansión de la Rectitud».
Las puertas dobles del salón funerario estaban abiertas.
Dentro, sobre dos taburetes de madera, reposaba un ataúd, en cuya base se encontraba un pequeño altar con incienso ardiendo y una vela blanca encendida.
Los monjes taoístas rodeaban el féretro mientras entonaban rezos al son del sonido estridente y discordante del su ŏ ná , un instrumento de viento madera.
El padre de Xian estaba de pie en el patio, de cara a las puertas abiertas.
No se permitía que una persona mayor presentara sus respetos a alguien más joven, por lo que ni su padre ni su madre podían llorar su muerte de forma pública.
Ni siquiera podían asistir a la procesión funeraria, pues se creía que eso atraería más desastres y mala fortuna a la familia.
A la derecha del rey estaba el general Jian y, a la izquierda, se encontraba Wang. Su hermanastro no había perdido el tiempo a la hora de reclamar el puesto de honor. La ausencia de Fahai era notable.
Se apartó la capucha de la túnica y dio un paso al frente.
—Padre…
El hombre se dio la vuelta. La consternación que se le reflejó en el rostro demacrado hizo que Xian sintiese una punzada. El dolor de su padre era muy real. El general Jian parecía asombrado y la incredulidad de Wang se convirtió rápidamente en un pánico que no pudo ocultar.
—¿Xian? —susurró su padre—. ¿Eres…? ¿Eres un espíritu?
—No, padre —contestó él mientras se arrodillaba y llevaba la frente al suelo para hacer una reverencia—. Soy yo, vuestro hijo. Sigo vivo.
—Mi hijo —repitió el hombre como un eco. Se le aceleró la respiración, avanzó con la mano extendida y se tambaleó, pero el general Jian lo sostuvo con rapidez—. ¿De verdad eres tú?
—¡No es posible! —espetó su hermanastro—. El general Jian y yo presenciamos con nuestros propios ojos cómo metían sus restos en el ataúd —añadió, fulminándolo con la mirada—. Seas quien seas, no eres mi hermano. No eres más que un impostor, ¡un charlatán!
Xian mantuvo la calma.
—Hay una forma muy fácil de solventar este asunto. Por favor, padre, permitidme…
Entró a grandes zancadas al salón y los monjes que estaban en el interior se interrumpieron en medio del cántico, sorprendidos.
Xian se acercó al féretro, apoyó ambas manos sobre la tapa de madera y la abrió de par en par.
Los monjes ahogaron un grito y retrocedieron de un salto, cubriéndose los rostros con las manos.
—Podéis comprobarlo vos mismo…
Dentro del ataúd yacía una urna de cerámica, rodeada por billetes funerarios y cubierta por una tela amarilla que habría cubierto el rostro del cadáver. Había pasado más de un día desde el incendio y el títere que Zhen había creado con la transmutación había recuperado su forma original.
El rey se aferró al marco de la puerta mientras contemplaba boquiabierto el féretro vacío. Wang miró fijamente la urna y, después, se giró para enfrentarse a Xian.
—¡Esto es un insulto! —rugió—. ¡Te has burlado de padre y de todos nosotros!
¿Sabes lo mucho que sufrió cuando se enteró de tu muerte?
—añadió antes de lanzarle una mirada de odio a Zhen—.
¿Qué clase de hijo se alía con el mismo tipo de demonio serpiente que envenenó a su propia madre y que también lo envenenó a él?
—¿A mí? —replicó Xian—. Dado que mi cuerpo estaba calcinado hasta el punto de ser irreconocible, ¿cómo sabes que me envenenaron antes de arder hasta la muerte?
—A su hermanastro se le congeló el gesto y la sorpresa atravesó el rostro del rey y el general Jian—.
En su mayor parte, tu plan funcionó de maravilla.
—Se bajó el hombro izquierdo de la túnica y dejó a la vista las dos heridas punzantes ya sanadas—.
Me atrajiste hasta la sala subterránea en la que Zhen estaba encerrado y, entonces, me atacaste con un dardo envenenado, consciente de que era inevitable que lo culpasen a él por el veneno que iba a matarme.
Sin embargo, no esperabas que las llamas devoraran el lugar.
Wang abrió mucho las fosas nasales y se giró hacia su padre.
—Sin duda, no creeréis esto, ¿verdad? ¡No podéis creer a este hijo mentiroso y despiadado que huyó con un monstruo y os hizo creer durante un día y una noche que estaba muerto! ¡Un príncipe tan poco filial no merece que lo hayáis escogido como vuestro heredero!
Un largo silencio llenó el aire antes de que el rey hablara.
—¿Y tú cómo sabes que he escogido a Xian para ser mi heredero?