Epílogo Cien días después
Xian estaba de pie en el centro del Puente Roto y alzó el rostro hacia el sol matutino.
Había llegado el otoño, por lo que los arces se habían tornado de un naranja llameante mientras que los pinos y los cipreses seguían siendo verdes.
Las flores de loto se habían marchitado y tanto los pétalos caídos como los tallos secos flotaban en un mar de hojas marrones.
En el lateral del lago había amarradas varias barcas pesqueras de madera cuyos cascos se reflejaban en las aguas tranquilas.
Pronto, la escarcha invernal descendería sobre el lago del Oeste y lo convertiría en una extensión blanca, lúgubre y desolada.
Así también se le había quedado el corazón después de que Zhen lo abandonara exactamente cien días atrás.
Sobre el parapeto del puente había una bandeja con una tetera de arcilla violeta y dos tazas de porcelana sin decorar.
La tetera había perdido parte de la temperatura en el tiempo que había pasado desde que la había depositado allí, pero el té que vertió en cada una de las tazas seguía estando caliente.
Lo había infusionado él mismo antes de ponerse en marcha.
Cien días tras la muerte de alguien, los familiares cercanos y amigos se reunían para rememorar a la persona fallecida y celebrar su paso a una nueva vida.
Qing seguía con Feng en el mone Emei, así que Xian había decidido conmemorar aquel día en el lugar en el que Zhen y él se habían conocido por primera vez, siete años atrás.
— Lóng j ĭ ng —dijo—. Se suponía que íbamos a tomar una taza de este té juntos, ¿te acuerdas?
Hoy, he preparado un poco para que lo disfrutemos.
—Se llevó una de las tazas a los labios y bebió.
El amargor que sintió no tenía nada que ver con el sabor de la infusión—.
Te echo de menos, Zhen —dijo en voz baja mientras contemplaba las aguas reflectantes del lago—.
No puedo tomar una taza de té sin pensar en ti.
Me niego a volver a salir de caza. Hace tres meses que no toco un tablero de wéi qí . Nada es lo mismo sin ti.
Tomó la otra taza y la vertió sobre el agua de derecha a izquierda, tal como era costumbre cuando la gente bebía en honor a sus seres queridos muertos.
Cien días. Había sentido la ausencia del otro chico todos y cada uno de ellos.
Se agachó y recogió una pequeña jaula que tenía a los pies. Dentro, había una serpiente acuática marrón que había rescatado de una mangosta el día anterior junto al lago. El reptil lo miró con los ojos pequeños, brillantes y negros. Después, sacó la lengua bífida.
—Tienes que tener más cuidado —le dijo antes de abrir la jaula y dejar que serpenteara hacia la libertad—. Sé precavida. Mantente cerca de tus amigos y no confíes en las tortugas.
—Buen consejo —dijo una voz familiar a sus espaldas.
Xian se dio la vuelta de golpe y abrió los ojos de par en par. ¿Estaba soñando? ¿A caso en realidad seguía dormido en la cama en lugar de estar de pie en el Puente Roto?
—¿Zhen? —susurró.
Zhen se acercó a él. Tenía un aspecto sublime con una túnica blanca bordada con hilo metálico plateado. Llevaba la parte superior de la melena recogida en un moño con una horquilla de jade blanco mientras el resto del cabello le caía sobre los hombros con elegancia.
Xian lo miró fijamente, anclado al suelo.
Cuando estiró el brazo para tocarle el rostro, la mano le tembló.
Esperaba que se desvaneciera como un espejismo en cuanto lo alcanzara, tal como había ocurrido en sus sueños en innumerables ocasiones.
Sin embargo, le rozó el pómulo con los dedos y, aun así, Zhen no desapareció.
—¿De verdad…? ¿De verdad eres tú?
Las comisuras de los labios del otro chico se curvaron.
—Te prometí que no volvería a mentirte.
Xian inhaló con fuerza, incrédulo.
—Pero… ¿cómo es posible?
El rostro del otro chico se tornó pensativo.
—¿Recuerdas el significado del punto del color contrario que hay en cada mitad del círculo del yin y el yang?
Dado que renuncié a cualquiera que fuera el poder que le quedara a la perla para resucitar a tu madre, se me permitió escoger: regresar como espíritu serpiente y quedarme recluido en el monte Emei durante mil años, después de los cuales ganaría la inmortalidad y ascendería a los cielos, o regresar como un humano sin poderes y ser mortal el resto de mi vida.
—¿Has…? ¿Has renunciado a la eternidad para regresar a mí? —susurró él.
Zhen sonrió.
—Ni siquiera tuve que pensarlo.
Xian lo abrazó con fuerza. Seguía dándole miedo creer que aquello fuese real, pero el otro chico le pareció sólido contra el pecho y el corazón le latía en contrapunto con el suyo propio.
—Te dije que renunciaría a cualquier cosa por quedarme contigo —le dijo Zhen al oído—; por pasar el resto de mi vida a tu lado.
Le tomó el rostro entre ambas manos y lo besó. Lo besó como si no existiera el mañana y, aunque no existiera de verdad, tampoco le importaría: se habían encontrado el uno al otro y no podía desear nada más que pasar el último día en la tierra con su alma gemela.
El otro chico se apartó y le lanzó una mirada de preocupación.
—¿Cómo se encuentra tu madre? ¿Está bien? ¿Se ha recuperado del todo?
Él asintió.
—Los médicos dicen que hace falta tiempo para que su qí vuelva a fluir tras tantos años estancado, pero ha empezado a dar paseos más largos y cada día está más fuerte.
Mi padre nos ha dado permiso para pasar el invierno en el palacio oriental de Yuezhou.
—Se inclinó hasta apoyar la frente sobre la de Zhen—.
Le he hablado mucho de ti. Tengo muchas ganas de que te conozca al fin.
Xian jamás habría imaginado que iba a tener la oportunidad de presentarle a su madre a la persona que le había dado una segunda oportunidad de vivir. Zhen miró a su alrededor.
—¿Dónde está Qing? ¿Sigue en palacio?
—Feng me mandó un mensaje diciendo que habían llegado al monte Emei a tiempo para recolectar la milenrama veraniega —contestó él—. Ahora que ha llegado el otoño, es probable que emprendan pronto el viaje de vuelta.
El otro chico sacudió la cabeza, maravillado.
—No me puedo creer que Qing me hiciera caso de verdad.
—Puede que influyera un poco el hecho de que no estuvieras presente para poder discutir contigo.
Zhen le tomó la mano.
—Gracias por permitir que Feng la acompañara. Estoy más tranquilo sabiendo que hay alguien con ella. No es que necesite protección, pero creo que tu amigo se pasará la mayor parte del tiempo sacándola de los problemas en los que se meterá ella sola…
—Feng me dijo que te había prometido cuidar de ella —comentó él con una sonrisa—. Tengo la sensación de que quiere seguir haciéndolo el resto de su vida.
El otro chico soltó una carcajada.
—Me alegro de haber vuelto a tiempo para la boda. —Mientras tocaba la piedrecita gris que Xian llevaba en torno al cuello con una cadena, los ojos se le nublaron por la emoción—. ¿Todavía llevas esto? No es digno de un príncipe heredero.
—Pensaba que no volvería a verte nunca más —contestó mientras estiraba la mano para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja—, pero no podía dejarte ir sin más.
Zhen se puso serio.
—Siento haberte dejado solo. No volverá a ocurrir.
Xian lo rodeó con los brazos.
—¿Piensas cumplir tu promesa en esta ocasión?
El otro chico sonrió y tiró de él hasta que sus labios se rozaron.
—Te lo prometo.
De pie sobre el Puente Roto, al fin habían cerrado el círculo. Aquel era el lugar en el que sus caminos se habían cruzado por primera vez y, siete años después, aquel era el lugar en el que iba a comenzar el resto de su vida…