La leyenda de la serpiente blanca 32 ZHEN
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Zhen volvió a tumbar a Xian sobre el suelo de la cámara.

Por suerte, Fahai le había quitado el collar b ī n del cuello antes de sumergirlo.

Sus poderes espirituales estaban terriblemente debilitados a causa del estanque de cultivación, pero, de algún modo, había conseguido aunar la suficiente energía curativa como para alejar la sangre de los meridianos del príncipe y evitar que la toxina le llegara al corazón.

El joven había perdido el conocimiento, pero respiraba de forma estable.

Tenía que sacarlo de allí lo antes posible.

Tan solo era cuestión de tiempo que Wang regresara con los guardias de palacio tras él; no iba a detenerse hasta que no viera a su hermanastro muerto.

Eso significaba que el mejor modo de asegurarse de que no fuera a perseguirlos era hacerle creer que había tenido éxito.

Cerca, había una urna vacía, así que la colocó junto al príncipe. Después, cerró los ojos, centró la mente y pasó la palma de la mano sobre la vasija de cerámica. Cuando volvió a abrirlos, la urna había desaparecido y, en su lugar, yacía un cuerpo humano sin rostro, un títere.

La transmutación era una de las habilidades más difíciles que había aprendido a través de la cultivación y el mayor reto era prolongar el periodo de tiempo durante el cual los objetos mantendrían su nueva forma.

El año anterior, las cosas que había cambiado tan solo habían aguantado un par de horas, como la brizna de hierba que había convertido en una moneda para entregársela al anciano a cambio de Qing.

Ahora, gracias a que había seguido practicando, los objetos transmutados podían conservar la forma todo un día y tenía la esperanza de que eso fuera tiempo suficiente para engañar a Wang.

Le quitó a Xian la horquilla adornada de bronce que llevaba en el moño y la dejó sobre la cabeza del títere. Eso debería ser prueba suficiente de su identidad.

Entonces, se cargó al príncipe a la espalda y le ató las manos frente a su propio pecho con un cordón de tela para que no se le escurriera por accidente.

Junto a uno de los pilares, había un barril enorme de aceite para el lacado de piedra, así que Zhen lo volcó.

El líquido inflamable se derramó, se esparció por el suelo y rodeó al títere, inundando la estancia con un aroma fuerte y penetrante.

De uno de los apliques de la pared, tomó una antorcha encendida y la arrojó al aceite.

Las llamas prendieron y envolvieron al títere.

Mientras el fuego se propagaba con rapidez por la estancia, echó un último vistazo al estanque de cultivación.

La superficie totalmente redonda absorbió el destello de las llamas, pero no reflejó nada.

Encorvó los hombros para cargar con el peso de Xian con mayor comodidad y subió los escalones irregulares hasta el laboratorio de Fahai que se encontraba en el piso superior.

Las puertas de un armarito de madera estaban abiertas de par en par, dejando a la vista las botellitas de veneno bien etiquetadas que había en el interior.

Era muy probable que aquel fuese el lugar en el que el consejero real había experimentado con las serpientes que el príncipe había capturado.

En el otro extremo de la sala, había jaulas de bambú apiladas las unas sobre las otras.

Algunas contenían varias capas plateadas de piel mudada de serpiente.

Los animales mudaban de piel cada tres o seis meses, lo que significaba que las antiguas ocupantes habían estado allí atrapadas más tiempo.

¿Las habrían puesto en libertad o las habrían matado?

El olor acre del humo que subía por la escalera desde la sala inferior le recordó que no podía entretenerse. Dio la espalda a aquel espantoso laboratorio y subió el último tramo de escalones que conducían al exterior de la pagoda.

Atravesó la puerta de golpe y, al respirar hondo, los pulmones se le llenaron del aroma familiar e inolvidable del lago del Oeste.

A lo largo de los últimos años, había anhelado regresar, pero la culpa que sentía por haber abandonado a aquel niño en el islote en medio del agua le había impedido hacerlo.

Ahora, cargaba con ese niño a la espalda y nada le impediría mantenerlo sano y salvo.

Algo se movió en la distancia y Zhen se dio la vuelta, tensándose. Un instante después, Zhaoye salió trotando de entre las sombras, sacudiendo las crines oscuras mientras se acercaba hacia él. Al apoyar una mano en el flanco del animal, no pudo reprimir una sonrisa.

—Hola, amigo mío.

Obediente, el caballo del príncipe se quedó muy quieto mientras se subía a la silla de montar con Xian detrás de él. El otro joven ni siquiera se movió, pero Zhen podía sentir contra la espalda el latido de su corazón.

Todavía recordaba la zona que rodeaba el lago del Oeste. Sobre todo, los caminos secretos que atravesaban las arboledas y que solo los animales conocían. El bosque del que procedía recordaría a uno de los suyos y los protegería.

Condujo a Zhaoye por el sendero empinado y poco distintivo que ascendía hacia la cima del monte Feilai, cuyos majestuosos riscos de piedra caliza se alzaban sobre las montañas de arenisca de los alrededores. Se pararon brevemente en la loma y Zhen echó la vista atrás.

En la distancia, la base de la Pagoda de Leifeng resplandecía cual brasa ardiente en la orilla sur mientras unas espirales de humo se alzaban como el incienso en medio de la noche.

Miró al frente y siguió cabalgando.

Llegaron a la pequeña cabaña que había en medio del bosque dos horas después.

Las paredes estaban construidas casi en su totalidad con bambú, lo que hacía que el interior se mantuviera seco durante los aguaceros y fresco durante los veranos húmedos.

Tras convertirse en un espíritu serpiente, había pasado varios meses viviendo allí, solo.

No sabía quién había construido aquel edificio, pero el mobiliario austero del interior parecía señalar a alguien que había buscado un retiro frugal.

La mesa y la cama habían perdido el color teca original y se habían descolorido hasta teñirse de un tono gris plateado desvaído.

Tras haber estado sumergidos en el estanque, tanto la ropa de Xian como la suya seguían mojadas.

A semejante altura, el aire era fresco incluso en verano y no podía permitir que el príncipe se resfriara, así que transformó dos sacos de cáñamo en unas túnicas blancas y sencillas.

Se puso una de ellas y, con cuidado, vistió al otro chico con la otra.

Las heridas gemelas que llevaba en el hombro izquierdo, allí donde le había alcanzado el dardo, habían comenzado a sanar.

Una ráfaga de aire frío se coló por la ventana abierta y Zhen tosió. Una sola gota carmesí le cayó sobre la manga. Pestañeó y se llevó una mano a la boca, donde una humedad cobriza se le había adherido al labio inferior.

Las hemorragias de la nariz eran indicio de un desequilibrio creciente en el cuerpo, pero toser sangre era un aviso muy serio de que se estaba padeciendo alguna enfermedad interna.

El poder de la perla había sido la única manera de salvar a Xian del veneno, pero rescatar a Qing el año anterior ya lo había debilitado de un modo considerable y estar sumergido en el estanque de cultivación le había agotado todavía más las fuerzas.

Fahai le había dicho que la perla equivalía a quinientos años de cultivación, lo que significaba que no tenía un poder infinito.

Estaba peligrosamente cerca de hacer un uso excesivo de lo que quedaba.

Sin embargo, ya le daría vueltas a ese asunto más tarde.

En ese momento, estaba más preocupado por Xian.

Le tocó la muñeca con dos dedos: tenía el pulso débil, pendiente de un hilo, y todavía no se había despertado.

Cuando lo tumbó en la cama, el colgante de jade que llevaba en torno al cuello asomó entre los pliegues de la túnica.

El príncipe le había dicho que su madre se lo había regalado como piedra de protección. Sintió una oleada de emoción en el pecho. Tal vez aquel fuese su propósito… o su penitencia. Al menos, le debía eso a la madre del otro chico. Se quedaría junto a su hijo y se convertiría en su protector.

Salió de la cabaña. Sobre él, las estrellas parecían remotas y distantes, y era como si alguien hubiese cortado un cuarto de la luna menguante con un cuchillo. Había echado de menos aquel tipo de noche cerrada que solo existía en los bosques, lejos del alcance de las lámparas y las antorchas.

Fue al pozo que se encontraba tras la cabaña y sacó agua para que Zhaoye bebiera antes de conducirlo a un claro lleno de hierba.

Mientras el animal pastaba, Zhen se aventuró a adentrarse en el bosque para recolectar todo lo que necesitaba.

Como serpiente, sabía de forma instintiva qué plantas debía evitar, tal como las caléndulas y las azaleas.

Como humano, había conocido a un boticario amable que le había enseñado cómo identificar las que eran curativas.

Recogió varias hierbas y las llevó frente a la cabaña, donde, enterrado en la tierra y bordeado de piedras, había un hueco para hacer fogatas.

Remojó los ingredientes con agua, los aplastó y los echó en un caldero de tres patas que se encontraba sobre el fuego.

El aroma amargo de las plantas que se alzaba con el humo desencadenó el recuerdo visceral de la decocción de rejalgar que Fahai le había preparado la noche del Festival de Duanwu, pero relegó aquellos pensamientos indeseados al fondo de la mente.

En aquel momento, Xian necesitaba toda su atención.

En cuanto la medicina se hubo enfriado lo suficiente, sirvió una poca en un cuenco de barro cocido y lo llevó al interior. Cuando se detuvo junto a la cama del príncipe, el joven abrió los ojos.

El corazón le dio un vuelco.

—Estás despierto…

El otro chico estaba muy pálido y, mientras miraba a su alrededor, tenía la mirada desenfocada.

—¿Dónde estamos? —preguntó con voz la voz ronca y descarnada.