La leyenda de la serpiente blanca 31 XIAN #2
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31 XIAN #2

Tras caer al lago del Oeste, había aprendido a nadar.

Sin embargo, aquello no se parecía en nada al agua.

Era asqueroso y antinatural, casi como si fuera aceite.

Se apartó las burbujas del rostro y se obligó a abrir los ojos.

Zhen, atado de pies y manos, se estaba hundiendo poco a poco y sin pausa, como si algún tipo de magnetismo lo estuviera atrayendo hacia las profundidades sin fondo.

Xian siguió buceando hacia él. Sin embargo, el agua ralentizaba sus movimientos como si fueran dedos invisibles tirándole de las muñecas y los tobillos, retrasándolo mientras no dejaban de alejar al otro chico cada vez más de él.

Se impulsó hacia delante, pataleando las piernas con más fuerza, hasta que consiguió agarrar los hombros de Zhen.

Lo atrajo hacia sí mismo, le rodeó la cintura con los brazos y los propulsó hacia arriba.

La luz resplandeciente que llegaba desde arriba parecía encontrarse a un universo de distancia, los pulmones le ardían, pidiendo aire a gritos, y no estaba seguro de poder lograrlo con el lastre del peso del otro chico.

Al fin atravesó la superficie, boqueando en busca de aire y con la cabeza dándole vueltas.

—¿Zhen? —preguntó mientras sacudía el cuerpo del joven, que yacía inerte entre sus brazos.

Zhen no contestó. Tenía los ojos cerrados y los labios, ligeramente entreabiertos, teñidos de un azul que hacía que pareciera que se le habían congelado.

No pudo ver a Wang por ninguna parte. Nadó hasta la orilla, sacó a Zhen con esfuerzo por el borde del estanque y salió de dentro. La temperatura del agua no había sido tan fría que resultase incómoda, pero el otro chico estaba temblando de forma incontrolable a pesar de estar inconsciente.

Durante las lecciones de palacio, Xian había estudiado técnicas de rescate en emergencia que habían escrito los médicos de la dinastía Jin más de quinientos años antes.

Tumbó a Zhen de espaldas y le giró la cabeza para abrirle las vías respiratorias.

También debería levantarle los brazos, pero los tenía atados y no disponía de tiempo para deshacerse de las cuerdas.

Cerca, había una urna cerámica vacía, así que se la colocó bajo los pies, ya que elevárselos ayudaría a que la sangre volviera a fluirle hacia el corazón.

No respiraba. Los textos médicos antiguos recomendaban taponarle las fosas nasales y respirarle en la garganta a través de un junco o un tubo de bambú.

Dado que no tenía ninguna de las dos cosas, se inclinó hacia delante y colocó la boca directamente sobre la de Zhen.

Aquello no se pareció en nada a las otras ocasiones en las que sus labios se habían rozado: el otro chico los tenía fríos, casi sin vida, y lo único que podía sentir era pánico y desesperación.

No podía dejar que muriera, y no solo por el bien del antídoto.

Alternó entre soplarle aire en la boca y presionarle el pecho con ambas manos. Al fin, un sonido gutural se escapó de la garganta de Zhen, que soltó una exhalación temblorosa y sibilante.

Xian suspiró, aliviado, cuando el joven abrió los ojos y lo miró con la vista desenfocada. La incredulidad le velaba los rasgos pálidos, como si pensara que tenía que estar soñando.

—¿Xian? —susurró.

Al oír su nombre en labios del otro chico, algo se le abrió de par en par en el corazón. Lo abrazó con fuerza mientras, con una mano, le acariciaba el pelo mojado. Pudo sentir que seguía temblando.

—No te preocupes —le dijo al oído—. Te tengo.

Una punzada de dolor le atravesó el hombro. Estiró el brazo y se quitó un dardo de dos puntas, cuyos extremos metálicos estaban manchados con su propia sangre.

—Tengo que darle las gracias a Fahai por ser tan ordenado —dijo Wang mientras se colocaba frente a él con una sonrisa burlona—. Estantes y más estantes repletos de diferentes tipos de veneno, todos ellos etiquetados con pulcritud.

Una sensación gélida y ardiente al mismo tiempo se le expandió por la escápula izquierda. El dardo llevaba veneno de serpiente. De pronto, comprendió por qué su hermanastro lo había atraído hasta allí: para envenenarlo y culpar a Zhen.

—Hijo de perra —dijo con los dientes apretados.

El otro príncipe soltó una carcajada.

—¿Quién no creería que un espíritu serpiente vengativo heriría de muerte al príncipe que lo ha capturado y encarcelado? Las dos marcas punzantes que llevas en el hombro serán toda la prueba que necesitarán.

Xian intentó ponerse en pie, pero, entonces, lo asaltó un mareo y las rodillas le fallaron.

El dolor del hombro se había convertido en un entumecimiento que le estaba reptando por el brazo izquierdo y el cuello.

Se tambaleó y cayó cerca de los pies de su hermano, sacudiéndose de forma involuntaria conforme el veneno se iba esparciendo.

A juzgar por la potencia del mismo, se trataba de veneno de una cabeza de cobre.

No era conocida como «víbora de los cien pasos» por nada.

—No te agotes, hermano. —Wang recogió el dardo que lo incriminaría y se lo guardó en el bolsillo de la manga—. El veneno está haciendo efecto; será más fácil si no intentas combatirlo.

Su hermanastro se giró hacia Zhen, que seguía atado. Xian sintió una oleada de miedo en la columna vertebral.

—Ponle una sola mano encima y te destruiré —espetó—. Si no es en esta vida, entonces, te juro que te encontraré en la próxima.

—No tengo intención de matarlo —contestó el otro príncipe mientras se dirigía hacia las escaleras—.

Cuando lo encuentren vivo junto a tu cadáver, puedes estar seguro de que padre, llorando la pérdida de su hijo favorito, lo sentenciará a la muerte más terrible imaginable.

—Ladeó la cabeza—. ¿Los espíritus serpiente van al mismo más allá que los humanos?

Lo más probable sea que no. Qué lástima…

Xian, indefenso, se quedó tirado en el suelo mientras los pasos de Wang se desvanecían.

Tenía el corazón desbocado, lo que hacía que el veneno le corriera por las venas con más rapidez.

Un sudor frío le cubrió la piel y los músculos se le quedaron rígidos.

Estaba empezando a ser presa de la parálisis.

Un ruido como de arrastre hizo que girara la cabeza. Zhen había rodado hasta la espada que había lanzado a un lado antes de saltar al estanque. El chico frotó las ataduras contra el filo con vigor hasta que la cuerda se partió. Se deshizo de ella y corrió hasta él.

—Zhen —graznó Xian—, tienes que salir de aquí antes de que…

—No intentes hablar. —El otro chico lo colocó de medio lado, dejando a la vista la herida del hombro—. Concéntrate en respirar.

Le bajó el cuello de la túnica y presionó ambas manos sobre las heridas punzantes.

Una ligereza familiar le inundó el cuerpo.

Se había sentido igual cuando Hei Xing le había tocado la pierna en la cueva y lo había sanado para que pudiera andar.

Sin embargo, aquello era diferente. El poder del enmascarado había sido como una tormenta negra en medio de un mar turbulento, pero la energía de Zhen era como una serie de oleadas blancas y luminiscentes que combatían el veneno que le corría por la sangre.

Xian cerró los ojos y se aferró a la luz del otro chico, que era una cuerda de salvación en medio de la oscuridad.