La leyenda de la serpiente blanca 31 XIAN
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31 XIAN

Cuando Xian apareció quince minutos más tarde de lo previsto, Feng lo estaba esperando en su alcoba. Al ver la mancha de salsa de soja que tenía en el frontal del lóng páo , su amigo arqueó una ceja.

—¿A esto te referías al decir que encontrarías una excusa para marcharte antes?

—Wang ya había usado la de la enfermedad, así que he tenido que improvisar —contestó mientras cerraba las puertas—. ¿Has podido seguirlo?

—Poco después del comienzo de la cena, ha salido solo de palacio —le dijo su amigo mientras le ayudaba a quitarse el lóng páo —. Ha cabalgado junto al lago, por la carretera del sur. Lo he seguido un tramo antes de regresar.

Xian sintió una sacudida. La carretera del sur conducía hasta la Pagoda de Leifeng. Wang había dejado caer que sabía que Zhen no estaba encerrado en la prisión de palacio. ¿Podría haber descubierto que se encontraba en el laboratorio subterráneo que Fahai tenía en la pagoda?

—Va a por Zhen —dijo—. No solo necesitaba mantenerme ocupado a mí durante la cena. Sabía que Fahai también estaría allí, lo que dejaría el laboratorio sin vigilancia durante un par de horas.

Feng parecía perplejo.

—Todavía no entiendo qué es lo que intenta conseguir tu hermano. ¿Cómo pretende usar a Zhen en tu contra?

—Tal vez solo quiera molestarme; herir a alguien que me importa y que no puede defenderse —contestó mientras se ponía una túnica sobre la camisa interior—. En cualquier caso, no pretendo quedarme de brazos cruzados y dejar que se salga con la suya.

—Si vas a ir a la Pagoda de Leifeng, iré contigo —dijo su guardaespaldas.

—No. Necesito que te quedes aquí y te inventes alguna excusa para mi padre.

Feng pareció horrorizado.

—¿Me estás pidiendo que le mienta al rey?

—No quiero que Wang tenga la posibilidad de implicarte o meterte en algún problema.

—Xian miró a su alrededor y tomó una tetera de arcilla violeta—.

Has intentado detenerme, pero yo te he dado un golpe con esto en la parte de atrás de la cabeza —añadió mientras lanzaba la tetera al suelo.

Los fragmentos de arcilla se le esparcieron en torno a los pies—.

Para cuando has recuperado el conocimiento, hacía rato que yo me había marchado.

—¿Por qué no me limito a decir que me has arrojado salsa de soja a la cara? —gruñó su amigo. Aunque, al final, se dio por vencido—. Si no has vuelto en una hora, saldré a buscarte. Me da igual lo que pueda hacer Wang.

Xian le dio una palmadita en el hombro.

—Probablemente, llegarás a tiempo para rascar del suelo de la pagoda lo que quede de él.

Cuando se estaba acercando a la pagoda, Xian confirmó sus sospechas: el caballo de Wang ya estaba allí, con el ronzal atado a un árbol.

La noche estaba sumida en el silencio salvo por el canto de los grillos y el ocasional trino soñoliento de las oropéndolas.

No quería que los cascos del caballo alertaran a su hermanastro de su llegada, así que ralentizó el ritmo y desmontó a cierta distancia.

Zhaoye relinchó, descontento, pero accedió a quedarse oculto tras un grupo de sauces llorones.

Con sigilo, Xian se dirigió a la parte trasera de la pagoda. La puerta de hierro que conducía al laboratorio estaba desbloqueada. Wang debía de haberla descubierto mientras Fahai y él estaban en Changle: había dispuesto de semanas para aprender a forzar la cerradura y entrar dentro.

Abrió la puerta con cuidado para que el chirrido de las bisagras no lo delatara. Del interior surgió la luz parpadeante de las lámparas de aceite junto con el crepitar de la madera al quemarse. Mientras bajaba los escalones, desenvainó la espada.

El laboratorio de Fahai estaba iluminado pero vacío.

La chimenea ardía con una luz resplandeciente y, como era habitual, la mesa de trabajo era un caos organizado.

Un zumbido mecánico y grave que no había oído en otras ocasiones en las que había estado allí le llegó hasta los oídos.

Cuando presionó la oreja contra la pared, el ruido de los engranajes se volvió más fuerte, como si procediera del interior de las piedras.

Pasó la palma de la mano por el muro y se detuvo frente a una estantería llena de libros.

Un volumen grueso se había caído al suelo y tenía las páginas abiertas de par en par.

Cuando lo recogió del suelo, se fijó en el hueco vacío que había dejado.

Detrás de la librería había un pomo de madera que había quedado oculto tras el libro.

Pasó la mano por el hueco y giró el pomo. Se oyó un chasquido y, entonces, la estantería comenzó a moverse y a rotar, dejando a la vista una escalera que conducía a un piso inferior. El zumbido, que resonaba en algún lugar que se encontraba más abajo, se volvió más fuerte.

Xian frunció el ceño. Fahai debía de ser consciente de aquella entrada secreta dentro del laboratorio. Entonces, ¿por qué no les había contado nada ni a él ni a su padre? ¿Qué ocurría allí abajo?

Con cuidado, bajó los escalones escarpados, que desembocaban en otra sala subterránea.

El escaso mobiliario y las tallas de deidades que había en los bajorrelieves de los muros de piedra eran similares a los del salón de peregrinos de un templo.

Lo único diferente era el estanque negro y circular que ocupaba el centro del espacio, sobre el que se encontraba un sistema de poleas y cuerdas que colgaba del techo y del que estaba suspendida bocabajo una figura familiar.

Sintió un vuelco en el corazón.

—¿Zhen?

El otro chico abrió los párpados y, cuando sus ojos se encontraron, ninguno de los dos pudo ocultar el estupor. Zhen tenía los brazos atados a los costados y el pelo mojado le caía en mechones sueltos, lo que significaba que había estado sumergido en el agua.

—Zhen… —dijo la voz de Wang—. Así que esta abominación de la naturaleza tiene un nombre.

Xian giró la cabeza de golpe y su hermanastro emergió de detrás de uno de los pilares.

No parecía en absoluto sorprendido de que hubiera aparecido por el laboratorio.

Estaba tan conmocionado por ver a Zhen colgando bocabajo del techo que, por un momento, había olvidado que había seguido al otro príncipe hasta allí.

—¿Qué demonios le estás haciendo, Wang? —preguntó.

—¿Yo? No merezco tanto reconocimiento. —Su hermanastro abarcó la sala con un gesto—.

Siempre me había preguntado adónde iba Fahai cuando salía de palacio en plena noche.

Debía de estar trabajando en esta camarita de tortura.

No me extraña que los dos os llevéis tan bien: ambos tenéis unas inclinaciones tan pervertidas…

Un escalofrío recorrió las venas de Xian.

Wang no era el que había atado a Zhen en aquella postura tan cruel; había sido Fahai, que se había ofrecido voluntariamente a salir de Changle antes que ellos para llegar un día antes y hacer los preparativos necesarios, pero estaba claro que el consejero llevaba mucho más tiempo preparando aquella sala.

Su hermanastro miró a Zhen, que, colgado bocabajo sobre el estanque, estaba temblando.

—Me apuesto algo a que tenías la esperanza de ser algo más que otra de sus conquistas —dijo antes de soltar un bufido de desdén—. Bueno, felicidades: has conseguido lo que querías. Estoy bastante seguro de que nunca antes había hecho esto con ninguno de los chicos con los que se ha acostado.

—Cierra el pico —espetó él entre dientes. Mientras se acercaba hacia su hermanastro, cerró la mano con más fuerza en torno a la espada—. No te atrevas a hablarle o…

—¿O qué? ¿Vas a salvarlo? —preguntó Wang con desprecio—. Eres tú el que lo trajo de Changle con grilletes y en una jaula, como el animal que es…

Xian echó el brazo hacia atrás y le dio un golpe. El otro príncipe se tambaleó hacia atrás, pero recuperó el equilibrio a un metro de la pared. Mientras lo miraba, apretó la mandíbula y se le ensombreció el rostro.

—Este lugar no ha sido el único secreto que he descubierto mientras estabas en Changle —dijo—. También he abierto la caja que se encontraba tras la placa.

Xian se quedó boquiabierto.

—¿Qué? Sabes que eso está castigado con la muerte…

Wang torció el gesto mientras le tiraba un trozo de pergamino abierto a los pies.

—Esto sí que debería estar castigado con la muerte.

La cera con el sello del rey, que aseguraba que el contenido era un secreto, estaba rota. Xian contempló su propio nombre escrito con la caligrafía de su padre: « 許仙 ».

El rey lo había escogido como su sucesor.

—Yo soy el legítimo príncipe heredero. —Su hermanastro desenvainó la espada y le apuntó la hoja a la cara—. ¿Alguna vez ha pensado en la humillación que sufriría cuando todo el mundo descubriera que ha escogido al hijo de una concubina antes que a su primogénito?

Xian no comprendía por qué lo había atraído hasta allí abajo para mantener aquella confrontación.

—Si quieres que nos enfrentemos en un duelo a muerte para decidir quién va a ser el príncipe heredero, que así sea —dijo mientras aferraba con fuerza su propia espada, que llevaba al costado—. Pero no metas a Zhen en esto; no significa nada para ti.

Wang soltó una carcajada.

—Pero hasta un ciego es capaz de ver que sí significa algo para ti.

Se dirigió hacia una palanca que había en la pared y que estaba conectada con la cuerda que mantenía al otro chico suspendido sobre el estanque.

—¡No! —exclamó mientras se abalanzaba hacia delante.

Su hermanastro blandió el arma y cortó la cuerda.

Las poleas traquetearon cuando la tensión desapareció de golpe. Zhen se tambaleó sobre el estanque. La cuerda se quedó enganchada en una de las jarcias, lo que ralentizó la caída. Sin embargo, antes de que Xian pudiera acercarse lo suficiente, la cuerda quedó libre y se soltó del todo.

Con un fuerte chapoteo, Zhen se zambulló de cabeza en el agua.

Xian soltó la espada cuando llegó al borde del estanque. El otro chico había desaparecido bajo la superficie.

Saltó dentro.