La leyenda de la serpiente blanca 30 XIAN
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A la mañana siguiente, Xian entró en el salón del rey vestido con la túnica de color amarillo dorado de la corte.

Fahai ya estaba allí. El humo que emanaba de los incensarios que había a ambos lados del trono de su padre hizo que recordara la visita al templo justo antes de partir de Changle, pues allí había inhalado el mismo aroma dulce y amaderado mientras, mentalmente, planteaba la pregunta que quería hacer.

«¿Es Zhen el que le salvará la vida a mi madre?».

El destino le había contestado a través de dos bloques con forma de medialuna sobre el suelo, uno bocarriba y el otro bocabajo.

Mientras se acercaba al trono, alzó la vista hacia la placa de madera tras la que se encontraba la caja sagrada que contenía el nombre del heredero que había escogido el rey.

—Padre —dijo mientras hacía una reverencia profunda—. He regresado.

—El general Jian me ha informado de que, en el viaje de vuelta desde Changle, tu delegación fue atacada por serpientes.

—Su padre se inclinó hacia delante con gesto de preocupación—.

Fuiste muy valiente, pero también fue una insensatez que persiguieras tú solo al espíritu serpiente y sus aliados antes de que Feng y los guardias te alcanzaran.

—El guardaespaldas real Feng merece un reconocimiento especial por cómo manejó la situación —replicó él—. No permitimos que el retraso nos impidiera traer de vuelta al prisionero.

Fahai lo miró e inclinó la cabeza.

—Me alivia saber que os encontráis bien, príncipe.

—Fahai acaba de terminar de relatarme con todo detalle tus decisivas acciones en la corte Min. —Con la cabeza, el rey le dedicó un gesto de aprobación—. A pesar de varios acontecimientos inesperados, has cumplido la misión de traer la cura que predijo el oráculo.

—Gracias, padre —contestó él—. No podría haberlo logrado sin la sabiduría, los consejos y la guía del consejero Fahai.

—Majestad, ya he comenzado el proceso de crear el antídoto —dijo el hombre—. Estará listo en siete días.

A Xian se le revolvió el estómago. Debería estar agradecido de poder tener al fin la cura de su madre al alcance de la mano, pero pensar en lo que fuera que Zhen estuviera viviendo en ese momento y lo que tendría que soportar los siguientes siete días…

Intentó recodarse a sí mismo que no era más que un día por cada uno de los años que su madre había sufrido de forma innecesaria.

—Los monjes de Goryeo se marcharán mañana. Me han pedido verte —le dijo su padre a Fahai—. Un festín fastuoso va en contra de sus juramentos ascéticos, así que, por favor, pide que les sirvan los mejores platos vegetarianos en mi comedor privado.

El consejero hizo una reverencia.

—Sí, majestad.

Entonces, el rey se giró hacia su hijo.

—Deberías descansar tras el largo viaje. Quedas exento de la cena de esta noche. Wang asistirá en representación de los príncipes.

Cuando acabó aquella reunión, Xian y Fahai salieron del salón del rey juntos. El consejero se detuvo en la terraza y lo miró con gesto sombrío.

—Me quedé conmocionado al enterarme de la emboscada —dijo—. Los cómplices de Zhen deberían ser llevados ante la justicia por atreverse a atacar a la delegación real. Me alivia ver que has salido ileso de tan terrible experiencia.

Xian miró por encima del hombro para asegurarse de que nadie pudiera oírlos.

—Extraer la cura… —dijo, titubeando—, ¿le hará daño?

Fahai ladeó la cabeza.

—¿Todavía te preocupa su bienestar?

—Es solo que no quiero que sufra más de lo necesario.

El hombre le apoyó una mano en el hombro.

—Te doy mi palabra.

—Vaya, vaya, pero si el chico de oro ha regresado de Changle… —dijo una voz desdeñosa a sus espaldas.

Xian se dio la vuelta y se encontró con Wang, que tenía los brazos cruzados sobre la parte delantera de la túnica amarilla.

Llevaba el pelo recogido en un moño coronado por el accesorio del gu ā n l ǐ .

Por fuera, parecía un futuro príncipe heredero consumado, el primogénito alto y apuesto que destacaba tanto en los estudios como en el manejo de la espada.

—Hola, Wang —dijo—. Padre me ha contado que, mientras he estado fuera, has adquirido para su colección varios sutras que te consiguió un mercader de Nihon.

Wang le dedicó una sonrisa taimada.

—También he acogido a los monjes de Goryeo y he mantenido reuniones con los magistrados de las prefecturas de Huzhou.

—Sí, eso también me lo ha contado —comentó Xian—.

Los magistrados te informaron de que estaban teniendo problemas con la cría del ganado, ¿verdad?

Los granjeros se niegan a castrar a los terneros con características indeseables, ¿no es así?

Me alegra saber que, mientras he estado fuera, has tenido las manos tan ocupadas con las pelotas del ganado.

La ira destelló en los ojos de Wang. Si hubiesen sido más pequeños, habría arrastrado a Xian a alguna parte y lo habría apaleado.

Pero ya no eran niños. No desde que le había vencido en un campeonato de lucha con espadas frente a toda la corte real, incluyendo a su padre y la madre de Wang.

En aquel entonces, Xian había tenido quince años y el otro joven, dieciocho.

Aquel había sido el día en el que su hermanastro había dejado de verlo como un niño al que maltratar y había empezado a verlo como un aspirante al trono.

Fahai le lanzó una mirada que quería decir: «Deja de provocar a tu hermano».

—Tengo que marcharme —dijo el consejero—. Príncipe Wang, os veré esta noche durante la cena de despedida para los invitados de vuestro padre.

Cuando se hubo alejado, Wang dio un paso al frente y se colocó muy cerca de él.

—Un príncipe retozando con un chico que ha resultado ser un demonio serpiente… —La voz del joven estaba llena de desdén—. Todo el mundo habla de ello. Menuda deshonra… Padre debe de estar muy avergonzado.

Xian se tensó, pero se mantuvo firme.

—Fahai y yo acabamos de reunirnos con él y ha declarado que la misión diplomática de Changle ha sido todo un éxito, así que, tal vez, deberías meterte en tus propios asuntos.

—¿Cómo era el dicho? ¿« Gè hu ā rù gè y ă n »? —El otro joven torció los labios—. «A cada persona le gusta una flor diferente». Y tú has tenido siempre las preferencias más sórdidas… Uno puede pasar por alto la elección de género, pero ¿la de otra especie?

Xian estiró el brazo a toda velocidad y le dio un golpe en el hombro. Se arrepintió de inmediato de haber permitido que su hermanastro supiera que había metido el dedo en la llaga, pero era demasiado tarde. Wang fingió trastabillar varios pasos hacia atrás antes de dibujar una sonrisa cómplice.

—Dicen que llevaron a esa burla de la naturaleza que has traído a la prisión de palacio —dijo, lanzando una mirada significativa en la dirección en la que Fahai se había marchado—, pero creo que sé dónde está retenido en realidad tu amante reptil.

A Xian se le erizó el vello de la nuca, pero se obligó a desprenderse del destello de pánico que se había apoderado de él.

Era imposible que Wang conociese la existencia del laboratorio secreto que el consejero tenía en la Pagoda de Leifeng.

Sin embargo, el hecho de que le costara responder era bastante revelador y su hermanastro era demasiado inteligente como para no percatarse.

—Supongo que debemos perdonar tu mal gusto a la hora de escoger compañeros de cama —dijo Wang mientras hacía ademán de quitarse el polvo del hombro en el que le había golpeado—. Después de todo, nadie esperaría que el hijo de una concubina de baja alcurnia tuviese algún tipo de criterio.

La ira prendió en la cabeza de Xian como el salitre estallando en el interior de un petardo de bambú hueco.

Feng le había enseñado a golpear la nariz de su oponente con la fuerza suficiente como para que se le quedara torcida de por vida.

Cada vez que Wang se mirara en el espejo, recordaría que jamás debería haber hablado de su madre de ese modo…

Apretó la mandíbula. No tenía sentido arremeter contra él de aquel modo.

Pocas normas de las enseñanzas de Confucio eran más sagradas que la de mostrar respeto por los familiares de más edad, lo cual incluía a los hermanos mayores.

Alzó la barbilla y miró fijamente al otro joven con un destello letal en los ojos.

Después, dio media vuelta y se marchó en dirección contraria con las botas resonando con fuerza sobre el mármol blanco.

Xian, que todavía echaba chispas, entró solo en el salón de entrenamiento de artes marciales.

Feng le había dicho que nunca debía ejercitarse desde la ira, pues el progreso tan solo podía proceder de una mente calmada y centrada y jamás mejoraría si su impulso procedía de las emociones negativas.

Sin embargo, necesitaba desahogarse y poner en práctica lo que había querido hacerle al rostro de su hermanastro un rato antes.

Se cambió de ropa para ponerse una túnica de entrenamiento y se acercó hasta el mù rén zhu ā ng , un poste de entrenamiento de madera que había inventado uno de los maestros de Shaolin.

El poste tenía cuatro listones que sobresalían a diferentes alturas y que se suponía que representaban las posiciones de los brazos y las piernas de la persona.

Dichos listones eran elásticos y absorbían y devolvían la energía de cada golpe para imitar los movimientos de bloqueo de un oponente.

Lo cierto era que no solo sentía ira. La ira era directa: un incendio forestal cuyas llamas lamen el cielo, destruyéndolo todo a su paso, y que solo se extingue cuando toda la madera se ha convertido en cenizas.

Lo que le abrasaba el interior del pecho era algo más complejo, como un incendio de turba que se expande bajo la superficie, invisible, consumiendo los fósiles de cosas muertas mientras sigue ardiendo incluso bajo terrenos cubiertos de nieve.

Atacó el poste de entrenamiento con ferocidad, pivotando sin parar de una postura a la siguiente.

Sin embargo, tenía la concentración fragmentada, como si fuera un mar de hielo resquebrajado.

Estaba golpeando los objetivos de madera con más fuerza de lo que era necesario incluso aunque sabía que, de ese modo, o bien se haría daño o acabaría cansándose.

—Para. Tienes una postura terrible.

Xian se detuvo cuando Feng entró en el salón de entrenamiento.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Xian se enjugó el sudor de la frente—. Hoy no tenemos sesión de entrenamiento juntos.

—Te he estado buscando por todas partes —respondió el guardaespaldas—. Wang no se encuentra bien, así que tu padre quiere que ocupes su lugar en la cena de despedida para los monjes de Goryeo. Empieza en menos de una hora, así que deberías asearte y cambiarte.

Él frunció el ceño. Antes, le había parecido que su hermanastro estaba perfectamente bien. Aquel imbécil pomposo no querría perderse un evento tan prestigioso, sobre todo sabiendo que sería él el que ocuparía su lugar.

Feng debió de percatarse de su expresión.

—¿Qué ocurre?

—Creo que la persona escuchándonos a hurtadillas anoche en el exterior de los aposentos de mi madre era Wang —contestó—. Hoy me ha abordado y se ha mostrado muy petulante. Parece saber más cosas sobre Zhen de las que debería.

—Pero ¿por qué le importaría Zhen? —preguntó su amigo—.

Ambos sabemos que tu hermano no es el tipo de persona que se inmiscuye en cualquier cosa a menos que pueda darle la vuelta al asunto para sus propios fines egoístas.

Incluso aunque tu padre supiera que Zhen y tú estuvisteis juntos en Changle, dudo que eso fuese a afectar a tus posibilidades de ser escogido como heredero.

Lo más probable era que las habladurías de sus escarceos románticos con otros chicos hubieran llegado a los oídos de su padre mucho antes de que hubiesen viajado a Changle.

Wang se habría asegurado de que así fuera.

Sin embargo, el rey comprendería mejor que nadie la necesidad de cumplir con sus deberes reales sin dejar de apreciar el amor verdadero.

El género de Zhen no afectaría su posición como posible heredero tanto como la vergüenza por el modo en el que lo había engañado.

—Wang está tramando algo y necesito que descubras de qué se trata.

Tengo que asistir a la cena… Para mi padre, sería una deshonra que ninguno de sus hijos favoritos apareciera.

Pero es evidente que mi hermano quiere mantenerme ocupado esta noche para poder hacer algo sin ser interrumpido.

Síguelo. Se me ocurrirá alguna excusa para marcharme antes.

Reúnete conmigo en mi dormitorio media hora después de que comience la cena.