29 ZHEN
Zhen abrió los ojos. Una presión extraña y sorda le palpitaba en el interior del cráneo. El techo de piedra gris le daba vueltas sobre la cabeza y le llevó un momento darse cuenta de que, en realidad, era el suelo.
Estaba suspendido bocabajo en el centro de una cámara enorme y sin ventanas.
Los grilletes de los pies y las manos habían desaparecido y, en su lugar, las cadenas que tenía en torno a los tobillos estaban atadas a un gancho unido a un complicado sistema de poleas que estaba anclado al techo.
Por otro lado, tenía los brazos atados a los costados con cuerda.
Giró la cabeza para poder ver mejor el lugar en el que se encontraba.
Un tramo estrecho de escaleras descendía desde una planta superior y las llamas parpadeantes de las lámparas de aceite arrojaban sombras sobre los bajorrelieves en los que habían tallado las imágenes de diferentes deidades.
Aquel lugar debía de haber sido usado por monjes taoístas como sala de meditación o algo similar.
Y, a juzgar por el aire estancado y el olor a moho, lo más probable era que se encontrase bajo tierra.
Justo debajo de él había un estanque que dibujaba un círculo perfecto y que parecía una luna negra que hubiera caído al suelo de piedra.
La superficie parecía un poco agitada a pesar de que el aire de la cámara estaba tan quieto que resultaba opresivo, lo que significaba que la agitación debía proceder de las profundidades del estanque.
El ruido chirriante de unas bisagras hizo que alzara la vista. Unos pasos bajaron el tramo de escaleras y, entonces, apareció Fahai.
Zhen recordó el gesto estoico de Feng mientras, en la base de la pagoda, lo entregaba al consejero, que había esperado a que el guardaespaldas se marchara antes de ponerle un pañuelo empapado con algún tipo de químico de olor acre sobre la nariz y la boca.
Había empezado a asfixiarse conforme unos vapores ardientes le inundaban las fosas nasales y la garganta y, entonces… se había despertado allí.
Los ojos de Fahai brillaron mientras abarcaba la sala de piedra que los rodeaba con un gesto del brazo.
—Los monjes solían pasar horas, días e incluso semanas aquí abajo, cultivando sus habilidades para las artes marciales.
—Era como si el consejero real se hubiese quitado la máscara de cordialidad y, debajo, tan solo hubiese quedado algo despiadado—.
Un espíritu serpiente como tú estará familiarizado con el xi ū liàn , la práctica mística de la cultivación personal que puede llevarte a prolongar la vida, aumentar tus poderes y, finalmente, alcanzar la inmortalidad.
Fahai tiró de una palanca que había en la pared. El artilugio del techo, que estaba sujeto a las cadenas que le rodeaban los pies, comenzó a moverse. Los engranajes giraron, las poleas chirriaron y el estómago le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que estaba descendiendo poco a poco…
—Hace siete años, te quedaste con algo muy precioso que no te pertenecía —dijo Fahai.
Zhen sintió un escalofrío recorriéndole la columna vertebral.
Xian debía de habérselo contado todo al consejero de la corte—.
La perla que consumiste tiene un poder inmenso que equivale a quinientos años de cultivación.
Como un tonto, malgastaste una parte cuando te convertiste en un espíritu serpiente, pero deberían quedar al menos unos trescientos años, que son más que suficientes.
¿Más que suficientes para qué? ¿Había algún modo de devolver el poder de la perla una vez que se la había tragado? ¿Era eso lo que había querido decir el príncipe cuando había señalado que él era la cura que le salvaría la vida a su madre?
—La perla es divina y, una vez consumida, a la persona que la ha ingerido no se le pueden arrebatar a la fuerza ni su pureza ni su fortaleza —dijo Fahai como si hubiese adivinado las preguntas que le corrían por la mente—.
Debes entregar su poder de forma voluntaria, lo que, como es obvio, no vas a hacer.
Ahí es donde entra en juego este estanque de cultivación.
—De las profundidades, emanaba un aura antigua y oscura; un murmullo frío y siniestro de poder que hizo que a Zhen se le erizara la piel—.
En el mundo tan solo existen un puñado de estanques de cultivación como este —comentó el hombre mientras lo observaba descender hacia la superficie que, en ese momento, estaba calmada de un modo antinatural—.
Tiene la capacidad de acelerar el proceso de cultivación.
Por eso los monjes construyeron la pagoda sobre esta sala subterránea: para mantener el secreto oculto a todo el mundo excepto a aquellos que fuesen dignos de él.
Zhen alzó la vista conforme el estanque se iba acercando cada vez más. La superficie desprendía un brillo opaco, como si fuera lo opuesto a un espejo y atrajera la luz sin reflejarla después.
—He dedicado mucho tiempo y esfuerzo a alterar la naturaleza fundamental de este estanque —prosiguió Fahai—.
Ahora, en lugar de fomentar la cultivación, las aguas extraerán de forma gradual el poder de la perla y, transcurridos siete días, la esencia de la misma habrá abandonado por completo tu cuerpo.
—Zhen se encontraba a poco más de un metro de la superficie.
El pánico se apoderó de él e intentó resistirse, pero no sirvió de nada—.
He tenido que quitarte el collar b ī n que inhibe tus habilidades porque, de lo contrario, el estanque no habría sido capaz de absorber tu poder, pero, cuando te hayas sumergido por primera vez, no podrás cambiar de forma.
De cerca, la superficie centelleaba como hielo negro. Inhaló con fuerza y apretó los ojos antes de zambullirse de cabeza en el agua.
Solo que no era agua. Nunca antes había experimentado algo similar.
Todo su ser estaba siendo absorbido por algo intenso, innombrable y vacío; era como caer en otro universo y otra eternidad.
La oscuridad pareció penetrarle por las fosas nasales y recorrerle el cuerpo hasta el núcleo para extraerle una parte del alma.
Sintió un tirón distante en los tobillos y, entonces, lo sacaron del estanque, jadeando y convulsionando como un pez atrapado con un anzuelo.
Temblaba de forma incontrolable, como si lo hubiesen sumergido en un lago congelado.
Los dientes le castañeteaban y no podía hablar. De hecho, apenas podía respirar…
Cuando alzó la cabeza, vio que Fahai estaba de pie junto a la palanca con gesto maravillado, como si Zhen fuese un experimento muy prometedor.
—El mecanismo funciona con el vapor del horno que hay en el laboratorio que se encuentra sobre nosotros —le dijo—. Te meterá en el estanque a intervalos regulares. Aunque no tanto tiempo como para que te ahogues, por supuesto. Sin duda, no queremos que ocurra eso.
—¿Xian lo sabe? —Tenía la voz ronca y todavía respiraba de forma entrecortada—. ¿Sabe lo que estás haciendo?
El consejero soltó una carcajada.
—¿Por qué crees que no te entregó él en persona?
«No hagas que todo esto sea más difícil de lo que tiene que ser».
Una comprensión gélida le cristalizó en el corazón, serrada como la escarcha. El príncipe lo sabía. Por eso, después de aquella primera noche, no había ido a verlo durante el viaje. Por eso le había pedido a Feng que lo entregara a Fahai.
«Adiós, Zhen».
El sistema de poleas del techo comenzó a moverse, haciendo que descendiera de nuevo. Mientras se acercaba al estanque, cerró los ojos, asustado. Se mentalizó justo antes de rozar la superficie y dejó que la oscuridad ardiente se lo tragara entero.