28 XIAN #2
Alzó la voz ronca.
—¡Guardias!
Uno de los guardias entró en la estancia e hizo una breve reverencia.
—¿Sí, alteza?
Xian señaló la botella de vino vacía que tenía cerca de la pierna estirada.
—Tráeme otra —dijo.
La octava noche de viaje, tras la puesta del sol, llegaron al palacio de Xifu. Para entonces, la ciudad ya bullía con las noticias sobre la serpiente blanca que el príncipe había llevado hasta Wuyue y que, en forma humana, había sido su sirviente y, probablemente, también su amante.
A Xian no le preocupaba. Que hablasen. No era la primera vez que la gente se dedicaba a cuchichear sobre su vida amorosa y, sin duda, tampoco sería la última.
Lo más importante era que nadie sabía la verdad sobre lo que había ocurrido en realidad tras la emboscada.
El ataque que había sufrido la delegación era un asunto demasiado serio como para ocultarlo, pero, en la versión oficial, Xian había perseguido a Zhen a través del bosque y lo había arrinconado en una cueva subterránea mientras sus cómplices huían.
Nadie excepto Feng, que había sido el primero en llegar hasta ellos en el puente, sabía que tan solo habían vuelto a capturar al otro chico porque se había quedado atrás para salvarle la vida.
La mayoría de la gente especulaba que había llevado al espíritu serpiente a palacio para que los sacerdotes lo sometieran o lo sacrificaran a los dioses. Tan solo un puñado de personas sabía dónde iban a encarcelar de verdad a la criatura.
Feng escoltó el carro hasta la Pagoda de Leifeng, donde Fahai los estaría esperando, y Xian regresó a palacio con la excusa de que necesitaba hablar con su padre. Lo cierto era que no se veía capaz de entregar a Zhen al destino que le esperaba.
Cuando llegó, el general Jian le informó de que su padre había invitado a monjes de Goryeo para pedir la bendición de sus ancestros y rezar por la recuperación de su madre.
El rey estaba presenciando los ritos en el Templo Ancestral, a puerta cerrada, y había dado órdenes estrictas de no ser molestado.
Dado que Xian tendría que esperar a la mañana para ver a su padre, se dirigió directamente a los aposentos de su madre. Cuando entró en la alcoba, las doncellas le hicieron una reverencia y, al rodear el biombo, vio que, en lugar de sentada y apoyada en el cabecero, estaba tumbada en la cama.
—Niang Qin —la saludó—. He regresado.
Era evidente que, en un mes, se había debilitado mucho, como las hojas verdes cerosas del loto que empezaban a arrugarse por los bordes. Sin embargo, seguía mostrando una sonrisa tan radiante como los elegantes pétalos de la flor.
—Xian’er —dijo mientras extendía hacia él los delgados brazos.
Xian la estrechó contra sí. Le pareció tan frágil entre los brazos… Pero aquello no duraría mucho tiempo. Se recuperaría. Los dioses así lo habían decretado. Había traído de vuelta la cura a pesar de que se sentía como si hubiera perdido tanto como había ganado.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.
—Te prometí que me mantendría sana para esperar a que regresaras a casa. ¿Has tenido éxito en el viaje a Changle?
Xian ignoró una aguda punzada de dolor.
—Todo ha salido según lo planeado.
—Eso es maravilloso. Tu padre estará complacido —dijo ella con una sonrisa radiante—. Y yo, como siempre, me siento muy orgullosa.
Él le tomó una mano entre las suyas.
—¿Preparaste zòng zi para el Festival de Duanwu?
—Esta vez no. Como no estabas aquí para ayudarme, no me apetecía. —Supuso que había estado demasiado débil como para hacerlo—. Menos mal —añadió ella—. Si los hubiera preparado, habría echado de menos reñirte por dejar marcas en las bolitas de arroz al atarlas.
Xian sonrió muy a su pesar.
—Te doy mi palabra de que, el año que viene, te ayudaré. Y juro solemnemente que me comeré yo mismo todas las bolitas a las que les deje marcas.
Su madre soltó una carcajada.
—Niño travieso… ¡Eso tan solo te dará más incentivos para marcarlas! —Estiró la mano y le tocó la mejilla con dedos temblorosos—. Te noto algo diferente. ¿Ha ocurrido algo fuera de lo normal en Changle?
«Que me he enamorado del responsable de prolongar tu sufrimiento durante siete años —pensó, aunque no podía decirlo—. Y, aun así, soy incapaz de odiarlo».
El gesto de su madre se volvió cómplice.
—Ah… Conozco esa mirada. ¿Has conocido a alguien especial?
Xian deseó que todo fuese así de fácil; que Zhen no fuese más que un chico ordinario que había conocido en Changle y del que se había enamorado; alguien que podía llevar a palacio para presentárselo a su madre como su amado.
En su lugar, el otro chico estaba prisionero bajo la Pagoda de Leifeng y su madre jamás lo conocería ni sabría cómo se llamaba.
Ella le estrechó la mano.
—Oh, está bien; guarda el secreto. Sé que me lo contarás cuando llegue el momento.
Si conociera cuál era el precio a pagar para poder sanarla, aquello le dolería, por lo que siempre tendrían que ocultárselo.
—Es tarde —dijo Xian mientras se inclinaba hacia delante para darle un beso en la frente—. Vendré a verte de nuevo por la mañana.
Cuando salió de la alcoba, Feng lo estaba esperando en el pasillo. Las doncellas le estaban lanzando miradas furtivas, así que Xian señaló los jardines y salieron fuera.
—¿Algún problema? —preguntó.
—Todo ha salido bien. Fahai nos estaba esperando en la pagoda. Zhen no se ha resistido cuando lo hemos entregado —respondió su amigo. Entonces, titubeó—. ¿Qué le va a hacer?
—No lo sé —contestó él, aunque tampoco estaba seguro de querer saberlo—. Lo que sea necesario para preparar el antídoto. —Por el rabillo del ojo, vio el atisbo de un moño escondiéndose tras un árbol de jujuba que se encontraba al fondo del jardín—. ¿Quién anda ahí?
La figura se ocultó entre las sombras, se escabulló hacia uno de los pasillos laterales y desapareció.
—Los jardineros no deberían estar trabajando hasta tan tarde —comentó Feng con el ceño fruncido—. Hablaré con los guardias de tu madre para que estén pendientes de cualquier intruso.
Xian miró a su amigo.
—¿Te ha dicho algo Zhen antes de que te marcharas?
El guardaespaldas negó con la cabeza.
Tras aquella primera noche en la posada, no había vuelto a ir a visitar al otro chico. No quedaba nada más que decir y no había querido beber hasta perder el conocimiento cada noche cuando, al día siguiente, tenían que cabalgar desde el amanecer hasta el anochecer.
—Todavía lo quieres —dijo Feng.
No era una pregunta, sino una afirmación. Xian se dio la vuelta para que su mejor amigo no se percatara de la mentira, a pesar de que lo conocía demasiado bien.
—Eso no importa —contestó—. Ya no.