28 XIAN
Xian se llevó la botella de bái ji ŭ a los labios y bebió, dejando que el líquido ardiente le bajara por la garganta.
El licor blanco era fuerte y se suponía que había que tomarlo con comida en lugar de solo, pero seguía sin haber tocado los platos que había sobre la mesa.
Había despachado a todo el mundo y lo habían dejado solo en la mejor habitación de la pensión que se encontraba en la primera estación de paso.
Cinco guardias habían muerto y catorce estaban heridos, pero en lugar de regresar a Changle para reagruparse, Xian había decidido continuar con el viaje. Aquel día ya habían perdido mucho tiempo, y el objetivo seguía siendo el mismo: llegar a Wuyue lo antes posible.
En la sala había un cómodo sillón con armazón de madera, pero había escogido sentarse en el suelo.
Estiró la pierna izquierda, que era la que llevaba vendada.
Un leve hormigueo en los nervios era lo único que le quedaba de la mordedura de la serpiente que el hombre enmascarado le había curado.
Un médico había declarado que la herida estaba limpia y le había aplicado un bálsamo de hierbas.
Una imagen de la boca de Zhen succionándole el veneno de la mordedura le cruzó la mente. No había nada romántico o excitante en la sangre negra que le había corrido por los labios antes de escupir, pero, en cierto sentido, había significado más para él que cualquiera de los besos que le había dado.
«¡Ya lo abandoné en una ocasión y no pienso cometer el mismo error de nuevo!».
Zhen le había salvado la vida. Cuando su cómplice le había empezado a lanzar piedras para obligarlo a que dejara que Xian cayera, se había negado a abandonarlo a pesar de que eso había significado que volvieran a capturarlo y verse separado de Qing, la única familia que tenía.
Se trataba de una elección tan inexplicable como la maraña de sentimientos que aquel chico todavía le provocaba.
Se puso en pie, apoyando el peso con cuidado sobre la pierna herida. Agarró el asa de la botella de bái ji ŭ y se acercó a la puerta. Los guardias apostados frente al dormitorio se pusieron firmes cuando pasó por delante para salir de la posada.
Junto al establo donde habían acomodado a los caballos había un nuevo carro blindado que Feng había requisado en Changle. El propio guardaespaldas estaba montando guardia, pues después de la debacle de aquel día, no quería dejar nada al azar.
Su amigo pareció resignado cuando lo vio llegar, como si hubiese sabido que, tarde o temprano, acabaría apareciendo.
—Deberías estar descansando. —Cuando posó la vista sobre la botella que tenía en las manos, frunció el ceño—. Y, desde luego, no deberías estar bebiendo.
—Quiero hablar con él —dijo.
Feng soltó un leve suspiro y se hizo a un lado. Él se acercó a la puerta con barrotes.
Zhen estaba hecho un ovillo en un rincón de la jaula.
En el puente subterráneo, se había rendido sin pelear y había entregado la llave de los grilletes de Xian.
Ahora, le rodeaban las muñecas y resplandecían tanto como el collar que llevaba en torno al cuello y que lo obligaba a permanecer en forma humana.
El joven pestañeó cuando lo vio. Iba vestido con una túnica gris limpia, aunque seguía llevando la melena larga y oscura despeinada.
Llevaba los brazos y los codos cubiertos de rasguños, probablemente provocados por el borde rocoso en el que lo había sujetado y le había prometido que no lo soltaría.
Xian se dirigió a Feng.
—Abre la puerta.
—¿Qué? —El guardaespaldas sonaba consternado—. Xian…
—Estabas allí —replicó él. No le importaba que el otro chico pudiera oírlos—. Podría haber escapado y no lo hizo.
Aun así, su amigo parecía agobiado. Era evidente que sus instintos como guardaespaldas se oponían a lo que acababa de mandarle que hiciera.
Xian alzó la barbilla, como si quisiera retarlo a desafiar sus órdenes.
Pasó un instante antes de que Feng sacara la llave del carro.
Cuando abrió la puerta, las bisagras chirriaron.
Zhen salió del interior aunque, mientras apoyaba los pies encadenados en el suelo, mostró un gesto receloso. Incluso como prisionero, seguía poseyendo cierta elegancia, una especie de dignidad que se negaba a verse aplastada.
Xian señaló con un gesto de la cabeza un banco de piedra que se encontraba a cierta distancia.
La mirada reprobadora de Feng los siguió mientras se dirigían hacia allí.
Las ataduras de Zhen no dejaban de tintinear con cada movimiento que hacía y el nuevo par de grilletes que llevaba en los tobillos tan solo le permitía dar pasos pequeños.
No estaba muy seguro de por qué había pedido que lo sacaran del carro. Tal vez se debiese a la insensatez provocada por el alcohol. O tal vez se tratara de que, sencillamente, sabía que no podía mantener con él aquella conversación a través de los barrotes de hierro.
Se sentaron el uno al lado del otro en el banco.
Por el rabillo del ojo, pudo ver que Feng montaba guardia a varios metros de distancia con la mano apoyada en la empuñadura de la espada.
La silueta tenue del bosque se alzaba ante ellos, delimitada por la línea divisoria de las montañas.
¿Acaso llevar al otro chico a aquel punto, desde el que podía contemplar su hogar, consciente de que no podría regresar, suponía una burla?
Zhen rompió el silencio.
—Estás borracho.
Xian soltó un bufido desprovisto de humor. Se llevó la botella a los labios y bebió directamente de ella. Su padre se habría mostrado consternado.
—Deberías probarlo —dijo mientras sacudía el bái ji ŭ (quedaba más o menos la mitad) y se lo tendía a Zhen—. No te preocupes, no lleva rejalgar.
Durante un buen rato, el otro chico no se movió, pero, cuando estaba a punto de apartar la mano, estiró el brazo y agarró el cuello de la botella. Se rozaron los dedos, lo que despertó en él un recuerdo sensorial de algo que ya estaba fuera de su alcance.
Xian lo observó beber con ganas, como si fuera un hombre condenado la noche antes de la ejecución.
Le sorprendió que el otro chico pudiera tragarse aquel licor fuerte y ardiente sin toser.
Tal vez hubiese aprendido a beber en otras ocasiones en las que hubiera adoptado forma humana.
En ese momento se le ocurrió que, en realidad, sabía muy pocas cosas sobre él y la vida que había llevado en los últimos siete años.
Antes de que sus caminos se cruzaran de nuevo en Changle, ¿habría experimentado como humano todo lo que había anhelado?
Zhen le devolvió la botella y, a escondidas, Xian se llevó el borde a la boca. Tal vez fuesen imaginaciones suyas, pero todavía podía sentir la calidez de los labios del otro chico como si fuera el fantasma de un beso.
Zhen bajó la vista hacia la pierna que llevaba vendada.
—¿Estás bien?
Él se giró para mirarlo.
—Tus amigos querían que escogieras la libertad por encima de mi propia vida, ¿por qué no lo hiciste?
Estaban lo bastante cerca como para tocarse, pero la distancia que los separaba le parecía enorme e insalvable.
—Porque lo que dijiste era cierto —respondió en voz baja—. Nunca nada compensará lo que te arrebaté. No espero que lo que hice cambie nada.
A Xian se le hizo un nudo en la garganta. Quería creer que todo lo que le decía Zhen eran mentiras, pero, mientras colgaba del precipicio, con las piernas sacudiéndose a cientos de metros sobre la nada, le había mirado a los ojos y en ellos solo había encontrado honestidad.
Tomó aire y se serenó.
—Antes de que nos marcháramos de Changle, fui al templo. Les pedí a los dioses que me concedieran una señal, y lo hicieron. Tengo que llevarte de vuelta a Wuyue, pues eres la cura que le salvará la vida a mi madre.
El gesto de Zhen se volvió serio.
—Viste que Hei Xing te curó la mordedura de serpiente para que pudieras caminar. —Bajó la voz para que Feng no lo oyera—. Nuestras habilidades espirituales nos permiten sanar. En una ocasión, curé a Qing cuando estaba muy herida. Podría intentar hacer lo mismo con tu madre…
«Puede que el espíritu serpiente intente negociar su libertad ofreciéndose a sanar a tu madre.
—La advertencia de Fahai resonó en la mente de Xian—.
Sabe muy bien que deseas encontrar una cura por encima de todas las cosas y puede que intente aprovecharse de eso.
Pero no debes confiar en él. Si se acerca a ella y pone en práctica algún tipo de magia oscura, podría costarle la vida.
No permitas que vuelva a engañarte, príncipe».
—No —dijo él.
Una sombra de pena cruzó el rostro del otro chico.
—Crees que soy un monstruo.
—No es así —contestó—. Me has salvado la vida a pesar de que no tenías por qué hacerlo. Pero no puedo permitir que te acerques a mi madre. No hagas que todo esto sea más difícil de lo que tiene que ser.
Cuando se puso en pie, notó que le tiraban de la manga.
—Xian…
La voz del joven se fue apagando y Xian pestañeó al ver junto a su cuello el destello de una espada.
En un abrir y cerrar de ojos, Feng se había adelantado y había apoyado el filo en la garganta del otro chico.
—Quítale las manos de encima.
Zhen tragó saliva con fuerza y dio un paso atrás, alzando las manos engrilletadas. Cuando miró al príncipe, los ojos le brillaban en la oscuridad. Xian le sostuvo la mirada.
—Adiós, Zhen. —Antes de girarse hacia su guardaespaldas, divisó el gesto descompuesto del otro chico—. Avisa al médico para que le cure las heridas del brazo.
Mientras se alejaba hacia la posada, tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no darse la vuelta.
Regresó a su dormitorio, se sentó con pesadez en el suelo y dejó que la botella vacía se le escurriera de la mano. La vasija aterrizó de lado con un ruido sordo y rodó un par de metros.
Había deseado con ganas poder llevar a Zhen de vuelta consigo a Wuyue, pero jamás habría imaginado que sería de aquel modo: encarcelado en un carro, atado de pies y manos y con un collar vergonzoso en torno al cuello para evitar que regresara a su estado natural.
Un príncipe no debería tener el corazón roto.