27 ZHEN #3
—No os lo voy a pedir tan amablemente como él —dijo Hei Xing mientras le colocaba la cimitarra en la cara—. Moveos. Ahora.
Escaparon a través de la estrecha abertura de uno en uno, en fila.
Frente a Zhen, Xian caminaba con una leve cojera, como si no hubiera recuperado del todo la sensación en la pierna.
Las serpientes vivían en nidos y madrigueras, así que estaba acostumbrado a abrirse paso por espacios subterráneos pequeños, pero el príncipe no dejaba de golpearse la cabeza con el techo bajo mientras el pasadizo ascendía, descendía y giraba hacia un lado o el otro.
Al fin desembocaron en otra cámara subterránea cavernosa que, en esta ocasión, estaba dividida por una enorme sisma atravesada por un estrecho puente natural de rocas.
Se detuvieron al borde del abismo. Con el pie, Zhen hizo caer una piedra pequeña, que resonó varias veces mientras caía antes de que el sonido se desvaneciera de forma abrupta.
—Espero que ninguno le tenga miedo a las alturas —dijo Hei Xing.
Qing y Zhen intercambiaron una mirada dubitativa. No había otra manera de salir que siguiendo hacia delante.
Con una antorcha en la mano, el enmascarado fue el primero, seguido por Qing. Xian fue el siguiente y Zhen ocupó la retaguardia. El puente tenía un metro de ancho más o menos, pero parecía mucho más estrecho a causa de la caída vertical que había a ambos lados.
De repente, a mitad del camino, Xian tropezó. Se tambaleó hacia delante, pero seguía sin tener fuerza suficiente en la pierna izquierda como para soportar el peso del cuerpo y…
Zhen sintió un vuelco en el estómago.
—¡Xian!
El príncipe se balanceó junto al precipicio justo antes de caer por él.
Zhen se abalanzó hacia delante y le agarró las manos encadenadas. Todo sucedió muy rápido; si no hubiera tenido los reflejos de una serpiente, Xian habría caído demasiado lejos como para que pudiera agarrarlo.
Qing se dio la vuelta de golpe.
—¡Zhen!
Desde la cueva que habían dejado atrás les llegó el retumbar de botas y unas voces masculinas. Sus perseguidores los habían encontrado y les estaban ganando terreno.
—¡Suéltalo! —dijo Hei Xing desde su posición al frente de la fila—. ¡No tenemos tiempo para esto!
El príncipe tenía los ojos desorbitados a causa del miedo mientras se aferraba a sus manos.
—Zhen…
Él miró a Qing y a Hei Xing.
—Adelantaos sin mí.
—¡No! —gritó su amiga—. ¡No pienso ir a ninguna parte sin ti!
—¡Escúchame, Qing! —Sonó fatigado a causa del esfuerzo de sostener todo el peso de Xian—. Corre y no mires atrás.
Una roca pequeña atravesó el aire con un silbido y le golpeó el dorso de la mano como si fuera el mordisco de una serpiente voladora. El dolor agudo hizo que soltara un poco el agarre, por lo que una de las palmas del príncipe se le escurrió de entre los dedos.
—¡Xian! —Giró la cabeza hacia Hei Xing cuando se percató de que le había disparado otra piedra. Estuvo a punto de acertarle en la otra mano, que era lo único que evitaba que el príncipe cayera hacia el vacío profundo e infinito—. ¿Qué estás haciendo?
En medio del rostro enmascarado, los ojos del hombre centellearon.
—¡Suelta al príncipe!
—¡No! —gritó él—. ¡Ya lo abandoné en una ocasión y no pienso cometer el mismo error de nuevo!
—¡No voy a abandonarte! —Qing se abalanzó hacia delante, pero Hei Xing la sujetó del brazo. Ella gruñó, intentando librarse del agarre.
—¡Aquí! —La voz de Feng les llegó a sus espaldas y unos pasos apresurados se acercaron al puente.
—¡Agarra a Qing y salid de aquí! —rugió Zhen.
El enmascarado soltó un gemido de frustración.
Se echó al hombro a la joven, que no dejaba de resistirse, y corrió hacia el otro extremo del puente, donde un rayo de luz iluminaba el camino hacia la libertad.
Entonces, con un movimiento de la capa oscura y un último destello del vestido verde de Qing, desaparecieron.
Xian, cuyas piernas oscilaban descontroladas sobre el abismo que se abría a sus pies, alzó la vista hacia él. Ambos tenían las palmas sudorosas, por lo que la mano del príncipe se le estaba escurriendo.
—Te tengo —susurró. Más abajo, el otro joven se esforzaba por tomarle la mano libre. Se rozaron los dedos, pero ninguno de los dos conseguía agarrar al otro con firmeza—. No voy a soltarte.
Al fin, Feng llegó hasta ellos. Se inclinó hacia delante y agarró el brazo de Xian. Entonces, con un gruñido de esfuerzo, volvieron a subirlo al puente entre ambos.
—¡Xian! —El guardaespaldas posó las manos en los hombros de su mejor amigo y Zhen pudo ver la preocupación y el alivio que le brillaban en la mirada—. ¿Estás bien? ¿Estás herido?
El príncipe tenía el rostro lívido y miró a Zhen con los ojos llenos de incredulidad.
Antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada, los guardias que acompañaban a Feng lo agarraron y lo alejaron de Xian. Lo tiraron al suelo bocabajo y uno de ellos le clavó la rodilla en la espalda, haciéndole daño. Sin embargo, no se resistió mientras le retorcían y ataban los brazos.
Se le había concedido una segunda oportunidad para tomar la decisión acertada y, en aquella ocasión, se había quedado junto al príncipe.