La leyenda de la serpiente blanca 27 ZHEN #2
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27 ZHEN #2

—Yo pediré a las serpientes que busquen la llave en el bosque para que podamos deshacernos de la carga indeseada —dijo Qing mientras le lanzaba una mirada hostil al príncipe—.

Y si intentas hacer algo raro mientras no estemos, usaré tus intestinos para hacer uno de esos lazos decorativos que venden en los mercados.

Xian la fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Zhen estaba seguro de que nadie se había atrevido a hablarle de ese modo en toda su vida.

La chica y el enmascarado salieron de la cueva y lo dejaron a solas con el príncipe. En la vasija con forma de calabaza todavía quedaba algo de agua, así que Zhen se la tendió a Xian.

—Toma. Debes de estar sediento.

Cuando el príncipe tomó la botella, se rozaron los dedos brevemente, pero no sintió ninguna chispa, tan solo el amargo recordatorio de la emoción que solía recorrerle el cuerpo cada vez que se tocaban.

El otro chico bebió hasta la última gota y bajó la vasija. Los hombros se le hundieron y, de algún modo, pareció… más pequeño, como el niño al que había abandonado en el islote del lago del Oeste tantos años atrás. Sin embargo, cuando sus ojos se encontraron, seguía teniendo una mirada ardiente.

—¿Te quedaste la perla como alguna especie de pago por haber evitado que me ahogara? —preguntó.

Zhen sintió una punzada en el pecho.

—Claro que no.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste? —La voz del príncipe resonó contra las piedras rugosas que había sobre ellos y a su alrededor—. Por una vez en tu vida, sé sincero: ¿por qué te quedaste la perla?

Contar la verdad expondría una parte vergonzosa de la serpiente joven e imprudente que había sido en el pasado, pero, después de todo lo que le había hecho pasar, al menos le debía eso.

—Quería experimentar lo que era ser humano —contestó—. Como serpiente, observaba a los humanos desde los lagos y los canales y envidiaba vuestra vida despreocupada, así como el hecho de que pudierais cantar, bailar, reír y… amar.

El silencio que se produjo fue punzante e hizo que sintiese un escalofrío por toda la piel.

—Íbamos a usar esa perla para curar a mi madre.

—El tono de voz de Xian era peligrosamente suave—.

¿Y tú te la quedaste porque querías saber cómo era caminar sobre dos pies y acostarte con chicos?

—Zhen se encogió. El príncipe era su prisionero, pero el destello mortífero que le apareció en los ojos hizo que se sintiera como si fuera él el que estuviera a su merced—.

Si no me hubieras robado la perla, mi madre se habría curado hace siete años.

Por tu culpa, ha sufrido mucho más tiempo del necesario y, ahora, se está muriendo.

Quiero que recuerdes esto: no hay nada en este mundo, absolutamente nada, que pueda compensar lo que hiciste.

Ojalá Zhen pudiera volver atrás en el tiempo…

Si aquel día no hubiera tomado la perla, Xian la habría llevado consigo cuando lo habían rescatado y la habría utilizado para sanar a su madre.

Él habría seguido viviendo en el lago del Oeste, observando con melancolía a la gente que cruzaba el Puente Roto, y el príncipe habría vivido los últimos siete años sin culpa e ira por la enfermedad de su madre.

Jamás se habrían conocido en Changle, jamás habrían bebido té pu’er juntos o jugado al wéi qí y jamás se habrían besado…

Su vida no habría sido tan inolvidable y, aun así, habría aceptado el cambio al instante. El sacrificio habría merecido la pena.

Qing irrumpió en la cueva, deteniendo el hilo de sus pensamientos.

—¡La hemos encontrado! —dijo mientras agitaba una llave con gesto triunfal. Xian parecía estupefacto.

—¿Cómo la habéis encontrado tan rápido? —preguntó Zhen.

—Otra víbora de foseta la ha visto surcar el aire y caer entre los matorrales. Ha supuesto que tenía que ser importante, así que la ha recogido y me la ha traído directamente. Instinto cazador.

Su amiga le entregó la llave. Con un suave chasquido, el grillete que llevaba en torno a la muñeca se abrió. Sin embargo, antes de que pudiera hacer nada más. Qing estiró el brazo y lo cerro en torno a la otra muñeca del príncipe, encadenándole las manos.

—Tenemos un problema —dijo la voz de Hei Xing.

Se dieron la vuelta y vieron que el hombre se acercaba hacia ellos con gesto sombrío desde el otro lado de la cueva—.

El guardaespaldas del príncipe se dirige hacia aquí con refuerzos —les informó—.

Algunos guardias deben de haber escapado, regresado a Changle y dado la voz de alarma.

Van armados con polvo de azufre y, conforme avanzan, lo van esparciendo por la senda forestal.

En esta ocasión, las serpientes no van a poder ayudarnos.

Qing parecía asustada.

—¿Y qué hacemos?

Hei Xing señaló la apertura entre las rocas por la que acaba de aparecer.

—Esta es la única salida. Transcurre por el corazón de la montaña y desemboca al otro lado.

—Vamos —dijo Zhen—. Dejaremos aquí a Xian para que el guardaespaldas y sus hombres lo rescaten y…

—¿Te has vuelto loco? —replicó el enmascarado—. Has sido tú el que ha querido traerlo con nosotros y, además, es el motivo de que vayan pisándonos los talones. ¿Y ahora quieres dejarlo libre?

—¡No puede andar con una mordedura de serpiente! No estoy seguro de hasta dónde podría cargar con él.

Hei Xing soltó un bufido de exasperación. Se apoyó en el suelo con una rodilla y puso una mano sobre la pierna herida del príncipe. Por la mirada de incredulidad que atravesó los ojos del otro chico, Zhen se percató de que el hombre debía de estar usando sus poderes espirituales para sanarlo.

—Es la única moneda de cambio que tenemos. —El enmascarado agarró a Xian del cuello de la ropa y tiró de él sin miramientos para ponerlo en pie. Después, lo empujó hacia delante—. Si nos alcanzan, tendremos que entregárselo a cambio de nuestra libertad.

Xian tropezó, pues todavía caminaba de forma inestable con la pierna recién sanada. Zhen lo atrapó de inmediato.

—¿Estás bien?

El príncipe se soltó de su agarre con un tirón brusco.

—No me toques.