27 ZHEN
Mientras serpenteaban entre los árboles, Zhen notaba el corazón palpitándole con fuerza.
Las cadenas rotas de los grilletes que llevaba en torno a los tobillos arrastraban entre los detritos de las hojas muertas que había en el suelo.
Percibía todo de un modo amplificado: el roce del musgo bajo los pies, el susurro del viento entre el dosel de hojas y el aroma terroso de las flores mezclado con el de la podredumbre.
Por delante, la figura encapuchada se deslizaba por el bosque con rapidez y en silencio.
Era evidente que no solo conocía el terreno, sino que sabía cómo no dejar huellas.
Se mantenía alejado de los senderos de tierra, saltaba por encima de los troncos caídos, pasaba agachado bajo las ramas que colgaban a poca altura y tomaba atajos entre los matorrales.
¿Quién era? Había algo en su voz y sus ojos que le resultaba extrañamente familiar, pero no era capaz de ubicarlo. Sin embargo, la pregunta más importante era por qué lo estaba ayudando.
Le costaba demasiado respirar como para seguir pensando en eso.
Resoplaba bajo el peso de Xian, que parecía pesar más con cada paso que daba.
El otro chico no se movía (o, más bien, no podía), pero tenía la mirada acusatoria clavada en él.
Quería tranquilizarlo, pero sabía que nada de lo que pudiera decir iba a convencerlo.
El enmascarado se detuvo frente a una espesa cortina de enredaderas que colgaba de un acantilado rocoso y ocultaba casi por completo la entrada a una gruta. Apartó las plantas a un lado y le hizo un gesto para que pasara primero.
Zhen se agachó para entrar con el príncipe todavía en brazos. El aire del túnel era frío y estaba cargado con el olor húmedo de los líquenes y los minerales. Del suelo surgían estalagmitas con las puntas planas y romas mientras que del techo colgaban estalactitas con bordes afilados como dagas.
Se adentraron hacia las profundidades hasta que el pasadizo subterráneo desembocó en una cueva enorme.
Las grietas de las rocas que tenía sobre la cabeza dejaban pasar algunos rayos de sol.
En el centro había una columna impresionante compuesta por una estalactita enorme que se encontraba con una estalagmita gigante que se alzaba desde la base para formar un pilar natural.
Sobre él estaba apoyada Qing, que todavía iba ataviada con el vestido verde de cintura alta del festival, aunque llevaba las largas mangas blancas manchadas de tierra.
Zhen se detuvo.
—¿Qing?
—¡Zhen! —La amplia sonrisa de su amiga se desvaneció de inmediato cuando vio que llevaba al príncipe en los brazos—. ¿Qué hace él aquí? —Giró la cabeza de golpe hacia el desconocido—. ¿Le has dejado que traiga al príncipe?
—No he tenido otra opción —contestó él mientras señalaba con la cimitarra las muñecas unidas de ambos—. Quería liberarlo cortando la mano del príncipe, pero tu galante amigo se ha negado y ha insistido en traerlo con nosotros.
Zhen depositó a Xian en el suelo, aunque seguían unidos por los grilletes. Qing se acercó a él y lo rodeó con los brazos.
—Estaba muy preocupada —susurró mientras le enterraba la cabeza en el cuello—. ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?
—No te preocupes; sigo de una pieza —contestó mientras la abrazaba con el brazo que tenía libre—. ¿Por qué no te marchaste de Changle como te dije que hicieras?
—Me marché. Me escondí en el bosque y llamé a las demás serpientes.
Les dije que un espíritu serpiente blanca corría grave peligro.
—Con un gesto de la cabeza, señaló al desconocido—.
Algunas de ellas fueron a pedirle ayuda y él vino a buscarme en medio de la noche.
Trazamos un plan para rescatarte y nuestras amigas aceptaron ayudarnos.
Volvía a sentirse abrumado por una sensación de reconocimiento. Había visto a aquel enmascarado en alguna otra parte…
—El equilibrio siempre se restaura a sí mismo, Pequeño Blanco —dijo él.
Zhen se quedó boquiabierto.
—¿Hei Xing? —susurró.
Los ojos del hombre se arrugaron en una sonrisa que quedaba oculta tras la máscara.
—Recuerdas mi nombre.
—Nunca podría olvidarlo —contestó Zhen. Significaba «estrella negra» y hacía referencia al diseño en forma de estrella que la vieja tortuga del lago del Oeste tenía en el caparazón—. Me has salvado la vida. Otra vez.
—Después de todo, las tortugas y las serpientes tienen mucha afinidad —replicó Hei Xing—.
El bosque estaba plagado de murmullos sobre un espíritu serpiente blanca que corría grave peligro a manos de los humanos y pensé para mis adentros: «¿Podría ser la misma joven serpiente blanca que conocí en el lago del Oeste?
¿Ha viajado también hasta Changle, como yo?
». Cuando encontré a tu amiga, ella me contó todo lo que había ocurrido.
Qing miró a Zhen.
—Había algo venenoso en la decocción que preparó el consejero del príncipe, ¿verdad?
Él asintió.
—Polvo de rejalgar. Pude olerlo.
Su amiga frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué te lo bebiste?
—Pensé que las habilidades que he cultivado en los últimos siete años como espíritu serpiente podrían contrarrestar la toxina, al menos durante un momento —contestó—.
No se me pasó por la cabeza que el azufre pudiera ser lo bastante potente como para hacer que me transformara de forma incontrolable allí mismo, delante de todo el mundo.
—Necesitas muchos más años de cultivación antes de ser lo bastante fuerte como para soportar algo que es tan letal para las serpientes —dijo Hei Xing.
Xian carraspeó con la garganta, lo que llamó su atención. Estaba tumbado en el suelo, rígido como un espantapájaros, y tenía el rostro contraído como si estuviera intentando toser y no pudiera.
Zhen miró al hombre.
—¿Puedes liberar el punto di ă n xuè del príncipe?
—No —dijo Qing de inmediato—. Lo prefiero así. Callado. Impotente. —Dio un paso al frente mientras miraba a Xian con furia—. No es muy agradable cuando eres tú el que está a merced de otros, ¿verdad?
Él los fulminó con la mirada.
—Qing, le ha mordido una serpiente. Si no puede moverse, la herida podría anquilosarse e infectarse. No creo que sea ninguna amenaza contra nosotros tres.
—Primero, voy a quedarme con esto —le dijo Hei Xing a Xian mientras se agachaba y le quitaba una daga que llevaba oculta en una funda del tobillo. Zhen ni siquiera se había percatado de que el arma estuviese ahí.
Entonces, el hombre tocó un punto de acupresión en el cuello del príncipe, que dio una sacudida y empezó a temblar de los pies a la cabeza.
Relajó la postura rígida y abrió la boca en un suspiro silencioso.
Zhen se preguntó si intentaría luchar, pero Xian parecía saber que no tenía sentido, sobre todo con Hei Xing listo para inmovilizarlo de nuevo.
Zhen miró la cadena que unía la muñeca de ambos.
—¿Alguna idea de cómo podemos quitarnos esto?
—Eso es fácil —contestó Qing mientras tomaba una ramita del suelo—. Transforma esto en una llave maestra como hiciste cuando estuvimos encerrados en el cuartel.
—No puedo —replicó él mientras se señalaba el cuello—. Este collar anula todos mis poderes.
Su amiga se giró hacia Hei Xing.
—¿Puedes hacer algo?
El hombre negó con la cabeza.
—Los grilletes están confeccionados con un acero b ī n irrompible.
Tiene unas propiedades mágicas muy potentes, por lo que no podremos abrir los cierres con una llave transmutada.
Solo una en todo el mundo es capaz de abrirlos y nuestro príncipe aquí presente nos ha sido de mucha ayuda al arrojarla en medio del bosque.
Zhen se concentró en la mordedura de serpiente que Xian tenía en la pierna.
Llevaba unas botas de cuero grueso, lo que le protegía los pies, pero los colmillos del animal le habían atravesado los pantalones de montar.
Llevaba dos heridas punzantes inflamadas en la espinilla.
El hecho de que no estuviera muerto ya significaba que lo más probable era que, al morderle, el animal no le hubiese inyectado veneno.
A las glándulas venenosas les costaba un tiempo rellenarse, por lo que las serpientes tenían que tener cuidado de no malgastar el veneno cuando estaban cazando.
Sin embargo, incluso la cantidad minúscula de toxinas residuales que debía de haber en la mordedura había sido suficiente para paralizarle la pierna, lo que significaba que la serpiente que le había mordido era muy venenosa.
Sanarlo con sus habilidades espirituales habría sido muy fácil, pero con aquel collar reprimiéndole los poderes, tendría que intentar hacerlo al modo humano.
Xian retrocedió cuando le acercó la boca a la herida que le había dejado el animal.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Tengo que sacarte todo el veneno que pueda antes de que se expanda más.
No pudo evitar pensar en las ocasiones en las que, en circunstancias muy diferentes, había rozado otras partes del cuerpo del príncipe con los labios, arrancándole una reacción totalmente opuesta. En aquel momento, tan solo deseó que no le diera una patada en la cara.
Succionó la herida punzante y escupió el líquido con el sabor amargo del cobre.
Después, repitió el proceso en varias ocasiones antes de apartarse.
Qing parecía asqueada. Hei Xing le tendió una vasija con forma de calabaza.
Se enjuagó la boca y, después, vertió un poco de agua sobre la mordedura.
Se arrancó un trozo de tela del dobladillo de la túnica y lo ató en torno a la herida.
En realidad, habría necesitado un emplasto, pero, por el momento, eso tendría que bastar.
Qing se cruzó de brazos y miró al príncipe con los ojos entornados.
—No lo mereces.
El gesto que atravesó el rostro de Xian a toda velocidad fue difícil de descifrar, como intentar contar decenas de mariposas en vuelo.
Zhen miró a Qing y a Hei Xing.
—¿Podéis darnos un minuto?
—Subiré hasta la atalaya que hay sobre la cueva para ver si no han seguido el rastro —contestó el hombre—. Deberíamos marcharnos lo antes posible. Conozco un escondite más seguro en las profundidades de las montañas.