La leyenda de la serpiente blanca 26 XIAN #2
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26 XIAN #2

Antes de que Zhen pudiera responder, una figura alta ataviada con una capa con capucha salió de entre una densa maraña de árboles. Tenía el rostro ensombrecido por una máscara negra que le cubría la boca y la nariz y en la mano blandía una cimitarra.

—Ven conmigo —dijo con voz grave y ronca.

A Xian le costó un momento darse cuenta de que el enmascarado estaba hablando con Zhen, que parecía tan perplejo como él. El hombre posó la vista sobre sus muñecas unidas y entrecerró los ojos mientras se giraba hacia él.

—Una jugada muy tonta, príncipe. —Sonaba como un anciano, pero, a juzgar por la agilidad que mostraba, distaba mucho de serlo—.

Encadenaros a vuestro enemigo con grilletes irrompibles…

No creo que el maestro Sun Tzu se refiriera a eso cuando dijo que mantuviéramos a nuestros amigos cerca y a nuestros enemigos aún más cerca.

—¿Quién demonios eres? —preguntó.

—Esa es la pregunta equivocada. —El hombre enmascarado soltó una carcajada mordaz—.

Deberíais estar preguntándoos cuánto cariño le tenéis a la mano engrilletada, porque no la tendréis conectada con el cuerpo durante mucho más tiempo.

Tal vez vuestro destino se acerque más a otro de los axiomas del maestro Sun: «Si esperas junto al río el tiempo suficiente, verás pasar flotando los cuerpos de tus enemigos».

El desconocido blandió la espada y él sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—¡Espera! —Zhen dio un salto al frente y se colocó entre ellos—. ¡No lo hagas!

Xian parpadeó. Una sorpresa similar atravesó los ojos del enmascarado mientras miraba al otro chico.

—Debes de haberte golpeado la cabeza cuando ha volcado el carro. Cuando te lleve a Wuyue como prisionero, el príncipe pretende torturarte hasta la muerte.

—Lo sé —contestó Zhen sin moverse—. Pero, aun así, no puedo permitir que le hagas daño.

Xian no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Lo estaba protegiendo?

—Estoy aquí para llevarte a un lugar seguro. —La respuesta del hombre fue cortante—. No puedo hacer eso si su brazo sigue conectado al tuyo. —Señaló la pierna que tenía plegada bajo el cuerpo, inutilizada—. No puede caminar. La única forma de deshacernos de él es cortarle la mano…

—¡No! —Zhen se abalanzó sobre él, cubriéndolo—. Lo… Lo llevaré en brazos.

Xian estaba demasiado sorprendido como para reaccionar.

—No —dijo el enmascarado con tono rotundo—. No puede venir con nosotros.

El otro chico se encaró con él de forma directa.

—Quienquiera que seas, gracias por intentar rescatarme. Pero si de verdad tienes buenas intenciones, entonces, respetarás mis deseos. No puedo permitir que le hagas daño.

El gesto del hombre estaba teñido de cierta exasperación junto con algo más que Xian no pudo descifrar.

—¡Detente ahora mismo! —dijo uno de los guardias, que se tambaleaba hacia ellos. Con una mano, se estaba sujetando un hombro, en el que llevaba una mordedura. Aun así, desenvainó la espada—. ¡Apártate del príncipe, canalla!

El enmascarado no titubeó. Dio un paso al frente y, con un movimiento fluido, enterró la cimitarra en el pecho del guardia, que abrió los ojos de par en par.

El hombre le sacó el filo del cuerpo. Una sangre de color rojo brillante manó de la boca del guardia y le corrió por la barbilla antes de que se desplomara, muerto.

El desconocido retrocedió con indiferencia, como si acabara de deshacerse de una mosca con un manotazo. Xian miró a Zhen, cuyo rostro reflejaba el mismo horror que sentía él.

—¡Xian! —La voz de Feng le llegó a través del humo—. Xian, ¿dónde estás?

Antes de que pudiera llamar a su guardaespaldas, el hombre se inclinó y le clavó dos dedos en un punto muy específico del cuello.

Feng le había hablado de las técnicas di ă n xuè que había aprendido en el templo Shaolin.

Se trataban de una serie de habilidades avanzadas de las artes marciales que un atacante podía utilizar para inmovilizar a una persona de la cabeza a los pies con tan solo apretar los puntos de acupresión precisos del cuerpo.

En aquel momento, no solo no podía sentir la pierna, sino que no podía mover ninguna parte del cuerpo más allá de los ojos.

—Tenemos que salir de aquí ya —dijo el enmascarado. Con un movimiento rápido, hizo caer la hoja de la cimitarra sobre la cadena ordinaria que conectaba los grilletes que rodeaban los tobillos de Zhen. Los eslabones de hierro se rompieron, dejando libres los pies del chico.

«Estoy aquí para llevarte a un lugar seguro», le había dicho el hombre a Zhen, que parecía genuinamente sorprendido por la emboscada. Entonces, si él no lo había planeado todo, ¿quién lo había hecho? ¿Quién era aquel desconocido y cómo había conseguido reunir el apoyo de una multitud de serpientes?

El joven se agachó y le pasó un brazo por los hombros y el otro por debajo de las rodillas.

La cadena que les unía las muñecas tintineó cuando lo levantó del suelo con una fuerza sorprendente.

La cabeza se le cayó hacia un lado. Podía oír a Feng gritando su nombre al otro lado de lo que le parecía una gran distancia.

Sin embargo, no podía responder a sus gritos.

El desconocido se lanzó de cabeza hacia el bosque. Zhen lo siguió, cargando con él entre los brazos.

Xian captó un último destello borroso de la carnicería que rodeaba al carro volcado.

Algunos guardias se aferraban los miembros en los que las serpientes les habían mordido y gruñían de dolor mientras otros yacían inmóviles como piedras de una partida de wéi qí en el que la victoria del enemigo había sido absoluta.