26 XIAN
El amanecer llegó en medio de un caos de actividad en el patio exterior mientras el contingente de Wuyue se preparaba para partir.
Fahai ya había salido la noche anterior.
Para el viaje de regreso, Xian dejó de lado la armadura oficial y, en su lugar, optó por una brigantina más ligera con la que cabalgar le resultaría más cómodo.
El trayecto de vuelta a casa sería mucho más rápido, ya que no tenían que arrastrar carros cargados de regalos.
Quería cubrir toda la distancia posible cada día.
La salud de su madre debía de haber empeorado en el tiempo que había pasado y tan solo tenía la esperanza de no llegar demasiado tarde.
Los guardias se pusieron firmes cuando Xian y Feng comenzaron a inspeccionar la delegación.
Tal como había pedido, habían doblado los números.
Entre ellos se encontraba un carro blindado pensado para el transporte de prisioneros.
La estructura y las ruedas estaban construidas con madera robusta reforzada con pinchos metálicos.
En la parte delantera, en un banco, se sentaba el guardia que conduciría a los dos caballos.
Xian se acercó hasta la puerta con barrotes de hierro que se encontraba en la parte trasera.
Dentro, en un rincón, Zhen se había hecho un ovillo con las rodillas pegadas al pecho.
No se parecía en nada al animal feroz con escamas de un blanco resplandeciente y ojos verdes centelleantes que se había erguido ante él el día anterior, durante el festival.
Era casi imposible creer que fuesen la misma criatura.
En ese momento, el chico tenía la mirada taciturna y los ojos encapotados por algo más que el cansancio.
El collar de acero b ī n que llevaba en torno al cuello destellaba y tenía las muñecas unidas por los grilletes a juego que le había proporcionado Fahai.
El cabello oscuro enmarañado le enmarcaba el rostro pálido e iba ataviado con una túnica gris de algodón.
«Todavía no estoy seguro de qué parte del animal exactamente será la que completará el antídoto; no sé si será el veneno, los órganos o incluso el corazón palpitante», había dicho Fahai.
Cuando llegaran al palacio de Xifu, llevarían a Zhen al laboratorio secreto de la Pagoda de Leifeng en el que el consejero encontraría la respuesta. Eso significaba que, con toda probabilidad, aquella fuese a ser la última vez que lo viera con vida.
Un dolor le afloró en el corazón, pero se deshizo de él. Las deidades habían hablado. Los bloques con forma de medialuna eran la respuesta del destino.
El gobernador Gao y los altos funcionarios de la corte Min se despidieron de él con el saludo formal que involucraba cubrir uno de los puños con la palma de la mano contraria.
Les devolvió el gesto antes de acercarse hasta Zhaoye, que lo esperaba al frente del séquito.
En ausencia de Fahai, sería Feng el que cabalgara a su izquierda, que era la posición más privilegiada.
Tras su señal, se pusieron en marcha y dejaron Changle atrás. Xian juró que nunca más volvería a la ciudad.
Pasaron por colinas cubiertas de arbustos y helechos y por valles en los que había manadas de búfalos de agua y alces pastando.
El terreno se volvió más irregular y escarpado conforme se adentraban en el bosque, pero la lluvia de los ciruelos había pasado y la tierra estaba seca y firme bajo las pezuñas de los caballos.
El dosel de ramas entrelazadas sobre ellos los protegía del sol de mediodía y el aire era fresco y limpio, aunque Xian podía detectar un leve aroma a humo.
Conforme siguieron cabalgando, el olor comenzó a hacerse cada vez más fuerte y, al doblar un recodo, vieron un árbol enorme y hueco que había caído en medio de un claro y les bloqueaba el paso.
Un humo blanco y espeso se alzaba desde unos agujeros que había en el tronco, pero no olía a ningún producto químico, tan solo a hierba húmeda ardiendo y a madera mojada.
Zhaoye y el resto de los caballos ralentizaron el ritmo. Después, empezaron a relinchar y a retroceder con nerviosismo. La senda que atravesaba el bosque estaba flanqueada por un denso muro de pinos y rodear aquel obstáculo con el carro blindado sería difícil.
—Quitad el tronco del camino —ordenó Xian. No tenían tiempo que perder.
Feng y otros miembros de la comitiva que iban en cabeza desmontaron y se acercaron a la obstrucción.
Él se bajó de la silla de montar de Zhaoye y pasó la vista de un lado a otro.
Había algo raro. No se trataba de un simple árbol caído que se hubiera prendido con un rayo o con una chispa perdida.
Había agujeros labrados a lo largo de todo el tronco hueco y no había fuego, tan solo unas cantidades copiosas de humo que reducían mucho la visibilidad.
El viento soplaba en su dirección, envolviendo a toda la delegación en nubes espesas.
—¡Esperad! —exclamó Xian.
Sin embargo, Feng y los otros estaban demasiado lejos como para oírlo y, a través de la bruma, apenas podía distinguir sus siluetas.
El bosque se había sumido en un silencio peculiar.
Era lo contrario al frenesí de la caza con los ladridos de los perros, los gemidos estridentes de los ciervos o el aleteo frenético de las alas de los pájaros cuando alzaban el vuelo.
Xian tuvo la clara y desagradable sensación de que era a ellos a quienes estaban acechando.
El grito espeluznante de un hombre hizo que se diera la vuelta justo a tiempo de presenciar el momento en el que lo que parecían decenas de cordones caían de las ramas que se alzaban sobre ellos.
Pero no eran cordones. Eran serpientes.
Se desató el caos. Los caballos relincharon y se encabritaron al mismo tiempo que los guardias curtidos por la guerra se arrojaban al suelo mientras incontables serpientes se les pegaban al cuerpo.
Una sierpe de un tono marrón rojizo con rayas negras aterrizó sobre el hombro de Xian, que se retorció y se la quitó de encima de un manotazo. Decidido, el animal serpenteó hasta su pie izquierdo, abrió las fauces y le clavó los colmillos en la espinilla.
Él gritó y asestó un corte con la espada al cuerpo sin miembros, haciéndole sangrar.
El reptil siseó y se alejó, pero de la maleza salieron más serpientes, que parecían espirales ondulantes sin extremidades y que estaban infestando a todo su séquito.
Aquella era la batalla más horrenda que hubiese presenciado jamás y era evidente que una de las partes sobrepasaba a la otra.
Los caballos que iban atados al carro blindado levantaron las patas delanteras del suelo con los ojos desorbitados y las fosas nasales muy abiertas mientras los reptiles les rodeaban el cuello y las patas.
Uno de ellos chocó contra el otro y ambos cayeron al suelo, arrastrando consigo el carro, que golpeó la tierra con el estruendo de la madera al astillarse.
El miedo, más frío que el hormigueo que se le estaba esparciendo por la pierna que le había mordido la serpiente, recorrió el cuerpo de Xian.
Zhen. No podía permitir que escapara.
—¡Vigilad al prisionero! —exclamó. Sin embargo, aquellas palabras se vieron ahogadas por todos los gritos frenéticos que lo rodeaban.
Un caballo asustado apareció de la nada y cargó hacia él, por lo que tuvo que lanzarse a un lado para evitar que lo aplastara.
La espada se le escapó de la mano y aterrizó lejos de su alcance.
Uno de los guardias se acercó hacia él dando tumbos, vomitó una sangre negruzca y se derrumbó. Con los ojos acuosos, tosió y salió corriendo hacia el carro volcado, que yacía sobre un costado. La puerta enrejada estaba abierta de par en par y la jaula estaba vacía.
Zhen había desaparecido.
El corazón se le cayó a los pies. Miró alrededor, desesperado, pero el humo envolvía todo lo que lo rodeaba e imposibilitaba que pudiera ver nada que no estuviera a más de un par de centímetros.
De pronto, un calambre paralizante le recorrió la pierna izquierda.
La rodilla le falló sin previo aviso y cayó de bruces hacia el suelo.
Una mano le tocó el brazo.
—¿Xian? —Rodó para darse la vuelta y se encontró con el rostro de Zhen—. ¿Estás bien? —El chico le miró de arriba abajo la pierna, que tenía torcida en un ángulo antinatural—. ¿Te han mordido?
Xian lo miró con incredulidad. Seguía teniendo las manos y los pies atados, pero no parecía herido…
Claro que no. Después de todo, aquella emboscada era cosa suya.
Aunque el collar que Fahai le había puesto impedía que se transformara, debía de haber sido capaz de convocar a las serpientes mientras atravesaban el bosque para pedirles que se alzaran en números aterradores y atacaran.
Pero ¿por qué seguía allí? ¿Por qué no había huido?
El dolor de la pierna dio paso a un entumecimiento gélido, lo que era todavía más aterrador. No podía moverla ni sentía nada por debajo de la rodilla. No podía ponerse en pie. No podía defenderse. La única arma que tenía era una daga escondida en una funda que llevaba en el tobillo derecho.
Zhen se arrodilló a su lado.
—¿Puedes caminar? —Mientras lo tomaba del brazo, la preocupación que mostraba en los ojos fue inconfundible—. Ven, déjame ayudarte…
Su primer instinto fue apartar la mano de golpe, pero, en su lugar, lo agarró de la muñeca y tiró de él para acercarlo más.
Metió la otra mano en una bolsita pequeña que llevaba en el cinturón y sacó la llave de los grilletes.
Los dedos le temblaban tanto que tan solo consiguió abrir el cierre en el segundo intento.
Zhen parecía confuso.
—Xian, ¿qué estás intentando…?
Entonces, se puso el grillete en la muñeca izquierda y lo cerró de golpe. Después, echó el brazo hacia atrás y, con toda la fuerza que pudo, arrojó la llave, que surcó el aire y desapareció entre los matorrales.
Boquiabierto, el otro chico contempló las muñecas de ambos, que ahora estaban unidas. Xian lo fulminó con una mirada cargada de toda la vehemencia que fue capaz de aunar.
—No voy a permitir que te me escapes de nuevo.