25 XIAN
Xian estaba solo frente al Salón de los Espíritus. El cielo seguía oscuro, pero, en la distancia, podía oír el relincho de los caballos y el rechinar de las ruedas de los carros. Aquel era el clamor de su delegación preparándose para partir con la primera luz del alba.
Entró al templo por la puerta del dragón y los ruidos del exterior se acallaron. El silencio era un tañido tan resonante como el de las campanas s ā n q ī ng de tres puntas que los monjes taoístas tocaban durante los rituales para llamar a las deidades y ahuyentar a los demonios.
Las palabras crueles que le había dicho a Zhen en las mazmorras le retumbaban en la cabeza con la misma claridad cobriza.
Había querido desesperadamente convertir el dolor en odio.
Después de que el otro chico lo hubiese engañado y lo hubiese convertido en el hazmerreír de toda la corte Min y su propio séquito…
había creído que decirle aquellas palabras a la cara cortaría la conexión que había entre ellos.
«Un príncipe no llora», le había dicho su padre con severidad cuando, con cuatro años, había entrado corriendo en el salón del trono con lágrimas en los ojos después de que Wang lo hubiera derribado al suelo y le hubiera bajado los pantalones mientras el resto de sus hermanastros se reían de él. «Un príncipe no muestra debilidad».
Un príncipe no debería tener el corazón roto.
Sin embargo, ver a Zhen encerrado en la celda, temblando y desamparado… Aquello había estado a punto de acabar con él. A pesar de todo, seguía sin ser capaz de odiar al chico responsable por el sufrimiento de su madre. Qué patético. Qué poco filial…
—Príncipe de Wuyue…
Se dio la vuelta. El sacerdote había salido del santuario interior.
—Dao Zhang —contestó él mientras hacía una reverencia—. Me marcho de Changle. He venido a dar las gracias y a pedir a los dioses que el viaje de vuelta al palacio de mi padre sea seguro.
Sus palabras sonaban vacías, como si tan solo fueran una obligación, y tenía la sensación de que el sacerdote podía notarlo.
Sin parpadear con aquellos ojos arrugados, el hombre lo observó como si estuviera intentando verle el alma.
Él apartó la vista. No estaba acostumbrado a sentirse tan expuesto, como si la herida invisible que tenía en las entrañas y que se había abierto de par en par cuando había visto a Zhen transformarse en serpiente fuese evidente y estuviese a la vista de todo el mundo como una medalla de vergüenza y deshonra.
—Vinisteis buscando una cura para la enfermedad de vuestra madre —dijo el sacerdote—. ¿Os marcháis con lo que esperabais encontrar?
Una puñalada de dolor le recorrió el cuerpo.
—Sí —contestó—. Aunque ha tenido su precio.
El hombre asintió con gesto solemne.
—Os han traicionado.
Xian parpadeó. ¿Tan evidente era?
El sacerdote tomó dos ji ă o b ē i (unos bloques de bambú con forma de medialuna y pintados de rojo) y se los puso en las manos.
—Tal vez esto os ofrezca un poco de claridad mental.
Los ji ă o b ē i siempre se usaban en parejas.
La parte cóncava de cada uno representaba el yang y la convexa, el yin.
Los peregrinos hacían una pregunta a los dioses y, después, arrojaban los bloques al suelo.
Si uno mostraba el yin y el otro el yang, se trataba de shèng ji ă o , la respuesta del sabio: las deidades estaban a favor.
Si ambas caían en yang, eso significaba xiào ji ă o , la respuesta del escarnio: las deidades se reían con desprecio.
Si ambas eran yin, las deidades estaban descontentas: nù ji ă o , la respuesta de la furia.
—Puede que, ahora, vuestras dudas os parezcan insignificantes —dijo el sacerdote—.
Puede que las descartéis con la misma facilidad con la que el agua se cuela por las grietas.
Pero, con el tiempo, el agua se congelará y, cuando llegue el deshielo, será tan fuerte como para destrozar las piedras más grandes.
Xian miró fijamente los bloques. Una parte de sí mismo deseaba creer con desesperación que no se había enamorado del enemigo; que la emoción abierta que había visto en los ojos de Zhen cuando lo había mirado mientras hacían el amor era real…
No; nada de eso importaba. En aquel momento, la única persona que importaba era su madre. Cerró los ojos y apretó los dedos en torno a los dos bloques curvados de bambú mientras preguntaba en silencio:
«¿Es Zhen el que le salvará la vida a mi madre?».
Arrojó los bloques al aire. Cuando repiquetearon contra el suelo, el sonido resonó con nitidez por toda la sala.
Abrió los ojos.
Uno de los bloques estaba hacia arriba y el otro hacia abajo.
El corazón se le contrajo. Shèng ji ă o . Los dioses daban su aprobación. Zhen era la cura que había predicho el oráculo. Fahai encontraría la manera de usarlo para crear un antídoto y su madre viviría.
Una oleada de alivio le recorrió el cuerpo mientras se llevaba las manos a la parte delantera de la camisa, donde tenía oculto el amuleto de jade.
Pero, al mismo tiempo, sintió algo diferente: un espasmo de dolor en las profundidades del pecho; una especie de latido inverso que le empujaba la sangre en la otra dirección, en contra de la naturaleza.
Se obligó a dejar de lado las dudas. Juntó las palmas de las manos e hizo una reverencia.
—Os estaré eternamente agradecido por vuestra guía, Dao Zhang.
Cuando se dio la vuelta para marcharse, sintió el corazón tan pesado como las estatuas de bronce dorado que rodeaban el salón de los peregrinos.
«Os han traicionado».
El sacerdote se había referido a Zhen, pero, en cierto sentido, Xian se había traicionado a sí mismo.
Tenía que desterrar los resquicios de los sentimientos traicioneros que albergaba hacia el otro chico y que todavía perduraban.
Sin embargo, le resultaba tan imposible como intentar s acar el agua que ya se le había colado entre las grietas del corazón.
Se dirigió hacia la puerta del tigre, pero estaba tan preocupado que casi olvidó con qué pierna se suponía que tenía que atravesarla. Se detuvo en el umbral justo a tiempo y cruzó la plancha roja con el pie derecho.