La leyenda de la serpiente blanca 24 ZHEN
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24 ZHEN

Zhen abrió un poco los ojos.

¿Dónde estaba? ¿Era serpiente o humano? ¿O acaso era algo diferente? No lo sabía. No tenía noción ni del tiempo ni del espacio. Le parecía que no tenía huesos en el cuerpo y, si tenía extremidades, no podía sentirlas.

Los recuerdos le quemaban como el azufre de la decocción que le bajaba por la garganta.

El dolor insoportable de las articulaciones deshaciéndose contra su voluntad…

Aquella era la primera vez que no había tenido control sobre la transformación.

Había sentido como si le estuvieran arrancando cada uno de los huesos de la cavidad ósea y lo único que había podido hacer había sido gritar, retorcerse y rogar para que todo aquello se detuviera y llegara a su fin.

En el idioma de las serpientes, que los humanos no podían entender, le había gritado a Qing que huyera.

Esperaba que, por una vez, le hubiese hecho caso.

No podía soportar imaginar lo que le harían si la capturaban.

Rezaba para que, en ese momento, estuviera muy muy lejos de dondequiera que estuviera él.

Poco a poco, el entorno comenzó a materializarse de entre las sombras. Estaba tumbado en un suelo frío de piedra, mirando una pared. Un resplandor enfermizo se colaba de forma oblicua a través de unos gruesos barrotes verticales. No le costó adivinar a qué lado de aquellos barrotes se encontraba.

Volvía a ser humano. Se estremeció y recordó que estaba desnudo, aunque le habían cubierto la parte inferior del cuerpo con una manta andrajosa.

Le dolía la garganta como si hubiera tragado escaramujos y tenía la sensación de que el cráneo se le había partido y se había vuelto a fusionar; probablemente porque habría sido así.

«No lo matéis. Lo necesito con vida».

Un hormigueo horrible le recorrió la piel desnuda. El tono gélido de la voz de Xian al pronunciar aquellas palabras era algo que no olvidaría jamás.

El príncipe sabía al fin quién era; lo que era. No solo una serpiente, sino el monstruo que llevaba cazando todos esos años; aquel al que culpaba por haberle arrebatado la cura de su madre.

Cuando levantó la cabeza, algo frío y duro le presionó el cuello. Alzó la mano y rozó con los dedos una banda de metal que le rodeaba la garganta. Podía notar el poder antinatural del mineral suprimiendo el suyo propio. Con aquel collar, no sería capaz de volver a transformarse en serpiente.

«El equilibrio siempre se restaura a sí mismo».

Como reptil, lo que más había deseado había sido experimentar todo lo que la vida humana podía ofrecer…

y Xian se lo había concedido. Cada roce, cada aliento y cada sensación se le habían quedado grabados en el alma.

Cada vez que el príncipe lo había estrechado entre los brazos y sus cuerpos habían encajado como dos mitades de un todo, había deseado que pudieran quedarse así para siempre.

Esa ilusión se había hecho añicos en el momento en el que Xian había anunciado la recompensa.

Un tael de plata por cada serpiente blanca que llevaran con vida a palacio.

Aquel edicto había hecho que la sangre se le helara en las venas, tal como había ocurrido la noche que le había mostrado la caja de ratán llena de instrumentos de acero que apestaban a sangre de serpiente.

Solo que aquel horror se multiplicaría por mil cuando los habitantes de Changle asaltaran en manada los bosques que rodeaban la ciudad para cazar serpientes, matando de manera indiscriminada a aquellas que no fuesen del color que iban buscando.

La conmoción y el miedo habían sido demasiado abrumadores y la nariz había empezado a sangrarle de nuevo.

El sonido de unos pasos hizo que se tensara.

Sin embargo, no era un guardia corpulento el que estaba bajando los escalones enlosados.

En su lugar, una silueta esbelta apareció al fondo de las mazmorras.

La figura se deslizó hasta allí, pegada a la pared, y se detuvo ante su celda, dejando a la vista un rostro familiar que reconoció al instante.

—¿Deng?

El cortesano habló con voz queda y asombrada:

—Así que de verdad fuiste tú.

A Zhen le costó un momento darse cuenta de que el joven estaba hablando de lo que había ocurrido en el patio exterior la noche de su castigo, cuando se había transformado en serpiente y había mordido las cuerdas que lo ataban para que aquella experiencia terrible le resultara más llevadera.

—¿Qué haces aquí? —Se puso en pie y, mientras se acercaba cojeando hasta los barrotes, se ajustó bien la manta en torno a la cintura—. ¿Cómo has podido burlar a los guardias?

—En verano, abren los túneles subterráneos por si se produce alguna inundación, y sé en qué puntos conectan con las mazmorras. —Deng se acercó un poco más—. He venido en cuanto me he enterado de lo que ha ocurrido en el festival. ¿Estás herido?

¿De verdad había ido allí para ayudarlo? Le costaba creérselo, pero no tenía muchas más opciones. El número de personas de palacio que estarían de su parte en ese momento podría contarse con los dedos de la mano que tenía como serpiente.

El cortesano le señaló el costado derecho.

—Estás sangrando.

Zhen se miró el corte linear que llevaba en las costillas. La sangre ya había formado una costra. Recordaba vagamente una puñalada de dolor cuando Feng lo había atacado con la espada en la plataforma elevada.

—No es más que un rasguño —contestó—. ¿Has visto a Qing, mi hermana? ¿La han capturado también?

Deng negó con la cabeza y Zhen sintió un gran alivio.

—Los guardias están buscándola en los bosques de los alrededores, pero creo que no la han encontrado. ¿Ella también es un espíritu serpiente?

Ignoró aquella pregunta.

—Tienes que marcharte ya. Si los guardias te encuentran aquí, te meterás en un buen lío…

—Sé que intercediste por mí ante el príncipe —lo interrumpió el otro chico—.

Solo de ese modo fue posible que recibiera un castigo más ligero.

Lo hiciste a pesar de que te di una paliza brutal.

Estoy en deuda contigo. —Hizo una pausa—.

Dicen que te has transformado en medio del festín. ¿Qué ha ocurrido?

Zhen hizo una mueca mientras se apartaba el pelo largo y enmarañado de la cara.

—Había azufre en el tónico que el príncipe le había pedido a su consejero que me preparara. —Había detectado el aroma a pesar de que había estado muy enmascarado por otras hierbas—. Las serpientes no pueden tolerar el azufre.

—Durante el Festival de Duanwu, a la gente le gusta mezclar rejalgar con el vino blanco —comentó Deng—. Un momento… ¿dices que el tónico te lo preparó el consejero del príncipe?

Zhen asintió.

—Por eso no pude negarme a pesar de que me asustaba lo que podría hacerme el azufre.

Había creído que la sustancia le haría desmayarse o ponerse muy enfermo; jamás habría imaginado que desencadenaría una transformación incontrolable.

El cortesano frunció el ceño.

—Su consejero acudió a mí el día después del castigo. Me preguntó sobre la serpiente blanca que había aparecido en el patio exterior la noche anterior.

El corazón le dio un vuelco.

—¿Y qué le dijiste?

—Nada. En ese momento, ni siquiera sabía que eras tú. Tan solo le dije que había aparecido una serpiente blanca, me había dado un susto de muerte y, después, se había alejado serpenteando.

Fahai había descubierto su secreto. Aquella noche, debía de haberlo visto transformándose de nuevo en humano.

Probablemente, había adivinado que, durante la cacería, había advertido a las serpientes para que se mantuvieran alejadas y, por lo tanto, había añadido azufre a la decocción para exponer su verdadera naturaleza delante de todo el mundo.

—Vamos, no tenemos mucho tiempo —dijo Deng—.

Los túneles desvían las aguas de las crecidas hacia los canales subterráneos.

Puedes seguirlos hasta llegar al Min Jiang.

—Empezó a caminar en dirección al lugar por el que había llegado y, entonces, se giró hacia él—.

¿A qué estás esperando? ¡Conviértete en serpiente y sígueme!

Zhen señaló la banda metálica que llevaba en torno al cuello.

—No puedo transformarme con esto. Es un collar mágico.

El cortesano pareció abatido.

—Entonces, ¿cómo te saco de aquí?

—Creo que no puedes. Se han asegurado de que sea así. —Unas voces masculinas hicieron que ambos se giraran hacia las escaleras. Deng abrió los ojos de par en par, asustado—. Tienes que marcharte. Esta vez, si alguien te descubre aquí, no podré ayudarte.

El joven se mordió el labio.

—Lo siento; lo he intentado.

—Lo sé —contestó él—. Gracias.

Mientras Deng se desvanecía como un fantasma, Zhen apoyó la frente contra los fríos barrotes de metal. Su antiguo némesis era la última persona que habría esperado que acudiese al rescate.

Oyó el sonido de unas botas descendiendo los escalones enlosados y, entonces, apareció Feng.

El joven había desconfiado de él desde el principio y, ahora, sus recelos habían resultado ser más acertados de lo esperado.

Para él, como guardaespaldas del príncipe, aquello era como recibir una bofetada en la cara.

Xian apareció detrás de su mejor amigo.

Zhen sintió un nudo formándosele en el estómago.

El gesto del otro chico, medio oculto entre las sombras, mostraba un semblante de calma absoluta.

Un verdadero líder no se encogía ante nada; ni siquiera una traición.

Cualquier otra persona habría visto a un príncipe que tenía el poder de sentenciarlo a muerte, pero él tan solo veía al joven al que nunca había pretendido hacer daño.

Mientras Xian se acercaba, Zhen cerró los dedos en torno a los barrotes que los separaban.

—Xian, por favor…

—No te atrevas a utilizar el nombre que me dio mi madre.

—Su voz fue como un cuchillo que se le clavó entre las costillas, haciendo que un dolor intolerable se le esparciera por todo el pecho.

Fue como si no se hubiera transformado del todo; como si fuese un humano intentando sobrevivir con el corazón de una serpiente.

—Lo siento —susurró.

—Abrid la celda —les ordenó a los guardias.

Los hombres abrieron la puerta y lo arrastraron fuera sin miramientos.

La manta andrajosa cayó al suelo y dejó a la vista su cuerpo desnudo y amoratado; un cuerpo que el príncipe había besado y tocado con ternura.

Sin embargo, teniendo en cuenta el gesto desapasionado con el que lo estaba mirando en ese momento, era evidente que todo eso había quedado en el pasado.

Un guardia le puso en las manos una túnica gris y áspera y él agachó la vista mientras se ponía la prenda con torpeza. No le quedaba nada que salvaguardar; ni siquiera el orgullo.

—Yo le pondré los grilletes —dijo Feng.

—No —contestó Xian—. Quiero hacerlo yo mismo.

El príncipe sacó un par de grilletes unidos por una cadena engañosamente fina, pero Zhen podía sentir las cualidades supernaturales del metal. Al igual que el collar que llevaba en torno al cuello, aquellas esposas no eran de acero común.

—Extiende las manos —le ordenó Xian.

Obedeció. Apenas unas horas atrás, le habían cortado y pulido las uñas con pulcritud, pero ahora las llevaba manchadas de tierra y de su propia sangre.

El príncipe le cerró los grilletes en torno a las muñecas antes de alzar los ojos y mirarlo con dureza.

—Te dije que no volvería a Wuyue sin ti.

Aquellas palabras eran una mofa cruel de lo que le había dicho aquella mañana, después de que hubieran hecho el amor por primera vez.

Tendría que haberse marchado inmediatamente después y haberles ahorrado a ambos aquel final inevitable.

Incluso las serpientes sabían cuándo abandonar una causa perdida.

Qué arrogancia la suya haber pensado que su engaño no acabaría teniendo un precio terrible.

Xian dio media vuelta y subió a grandes zancadas las escaleras sin echar la vista atrás.

Cuando los guardias le hubieron puesto un par de grilletes normales en torno a los tobillos, Feng dio un paso al frente.

El destello gélido que había en sus ojos era más aterrador que cualquier espada.

Zhen estaba seguro de que, si el príncipe no hubiese intervenido, su guardaespaldas lo habría matado en aquella plataforma elevada.

—Sacad a esta criatura indigna al carro —dijo con voz adusta.