23 XIAN
Xian estaba solo en la oscuridad de su alcoba. Todavía iba vestido con el lóng páo , que estaba manchado de tierra por el viaje de vuelta a palacio. El pulso le palpitaba dentro del cráneo con tanta fuerza que le dolía la cabeza y tuvo que cerrar los ojos.
El oráculo le había indicado que debía ir a Changle. El sacerdote le había advertido sobre los peligros que lo acechaban de cerca. Sin embargo, la serpiente blanca había estado más próxima de lo que había imaginado.
A su lado. En su cama.
Todas las pistas habían estado ahí: la herida sanada en el lado izquierdo de la cadera de Zhen, que coincidía con la cicatriz de la serpiente blanca que lo había sacado del lago del Oeste; el hecho de que el otro chico le hubiese dicho que había nacido en Wuyue pero, aun así, se hubiese mostrado reticente a regresar allí con él; su inquietante conexión con los animales, incluyendo a Zhaoye y al leopardo que los había atacado durante la cacería…
En la plataforma junto al río, Fahai había usado un dardo impregnado con un tranquilizante que había hecho diana entre las escamas dorsales de la serpiente blanca.
La criatura se había arqueado con un grito y el cuerpo se le había ondulado.
Incluso mientras sus movimientos se hacían cada vez más débiles, no había dejado de derribar taburetes con la potente cola.
Cuando al fin se había quedado quieta, los guardias la habían encerrado en una jaula grande de ratán y él les había ordenado que la llevaran de vuelta a palacio.
Abrió los ojos. Todo lo que había en su habitación le recordaba a Zhen: las teteras que había utilizado para enseñarle a preparar el té pu’er ; el perchero de madera sobre el que el otro chico había estirado de forma meticulosa las arrugas del lóng páo que llevaba puesto en ese momento; el tablero de wéi qí con el que le había enseñado a jugar; la cama elevada sobre la que habían entrelazado el cuerpo entre risas suaves y besos prolongados.
Rugiendo, tiró el conjunto de té de la mesa con un barrido del brazo.
Las tazas de porcelana cayeron por el borde y se hicieron añicos contra el suelo.
Las teteras se rompieron, diseminando esquirlas de cerámica violeta por toda la estancia.
Las piedras blancas y negras se esparcieron por los rincones y algunas acabaron debajo de la cama.
Extendió las manos temblorosas y contempló un corte sangrante que llevaba en los nudillos.
Había encontrado a la serpiente blanca, pero no se sentía victorioso. Tan solo podía saborear la traición, amarga como la bilis que le subía por la garganta.
Cuando alzó la vista, vio que Fahai y Feng, con gesto sombrío, estaban en el umbral de la puerta abierta.
Lo más probable era que no hubiese oído que llamaban por el escándalo que había armado con aquel arrebato de ira.
Eran las dos únicas personas a las que perdonaría por haber entrado sin su permiso.
Cerró el puño y la punzada de dolor le resultó extrañamente calmante.
—¿Habéis encerrado al prisionero?
—Está en las mazmorras —respondió Feng—. Para cuando hemos llegado a palacio, ya se había vuelto a transformar en humano, pero sigue inconsciente.
—Le he puesto un collar en torno al cuello —añadió Fahai—. Está confeccionado con acero b ī n que ha sido endurecido y templado hasta formar un patrón en espiral. Tiene el poder de impedir que pueda transformarse de nuevo en serpiente y escapar.
Xian soltó una carcajada aguda y desquiciada.
—¿Tenías un collar mágico guardado en la manga por casualidad?
—No; conseguí uno cuando empecé a sospechar de Zhen. —El tono de voz del consejero era neutro—. Pero no quería acusarlo sin estar totalmente seguro. Y ahí es donde entró en juego el polvo de rejalgar que llevaba la decocción.
El príncipe comprendió a qué se refería.
—Las serpientes no toleran el azufre; por eso retrocedió cuando le ofrecimos la medicina.
—Añadí muchas hierbas de aroma fuerte para enmascarar el rejalgar, pero las serpientes tienen un olfato excelente —replicó el consejero—. Ha debido percibir el aroma. Sin embargo, como has insistido y todos estábamos observando, no ha tenido más remedio que consumir el brebaje.
—¿Cuándo empezaste a sospechar que Zhen no era quien decía ser? —preguntó Feng.
—Desde el principio, noté algo extraño en él —dijo Fahai—. Lo que dijo sobre su pasado, sobre su familia… Algo no encajaba.
Su familia…
—¿Dónde está Qing? —preguntó Xian.
El destello de algo atravesó el rostro del guardaespaldas.
—La hemos buscado, pero no la hemos podido encontrar. Los guardias están peinando los bosques ahora mismo.
Lo más probable era que la joven también fuese un espíritu serpiente. Zhen no había mentido al decir que era su hermana. Dos demonios serpiente que vivían como humanos en el palacio de Changle. Cerró las manos en puños. Menuda farsa.
—El otro día, cuando vino con nosotros a la cacería como guía, tuve la sensación de que, en realidad, estaba avisando a las serpientes de que se alejaran —comentó el consejero con gravedad.
—Pero casi atrapamos una —señaló Feng.
—Debió de asustarse y cruzarse en nuestro camino por accidente. —El consejero miró de reojo a Xian—. No me sorprendería que hubiese sido él el que llamó al leopardo para que atacara a Feng como distracción para que la serpiente escapara.
—Pero ¿qué es lo que quiere? —El guardaespaldas parecía perplejo—. ¿Por qué se habría esforzado tanto para infiltrarse en palacio y acercarse a Xian?
—Si no supiera que no es posible, diría que fue un acto de mala fe por parte de la corte Min, pero Zhen no se encontraba entre los cortesanos que ofrecieron. Era imposible que supieran que el príncipe iba a escogerlo a él. La serpiente debe buscar alguna otra cosa.
Xian se pellizcó el puente de la nariz. Sus acompañantes no conocían la conexión que se había forjado entre el otro chico y él años atrás, aquel día fatídico.
¿Y Zhen? ¿En qué momento se había dado cuenta de que Xian era el niño del lago?
Debía de haberlo reconocido desde el principio y lo había usado en beneficio propio, abriéndose paso entre las líneas enemigas con sigilo y a base de encanto.
Y él había estado tan encandilado que había bajado la guardia.
No se había dado cuenta de que estaban jugando con él hasta que había sido demasiado tarde.
Miró al consejero real.
—¿Se puede usar a un espíritu serpiente para crear el antídoto para mi madre?
Fahai asintió.
—En todo caso, sus habilidades supernaturales aumentarán la efectividad de la cura. Lo más probable es que sea lo único bueno de toda esta lamentable situación.
—No hay nada de lo que lamentarse. Al fin tenemos lo que habíamos venido a buscar.
—El tono de su voz era implacable—. Por favor, Fahai, informa al gobernador Gao de que partiremos hacia Wuyue al amanecer.
Feng, encárgate de los preparativos necesarios para que la delegación esté lista para marchar con el prisionero.
Redobla la guardia para el viaje de vuelta hasta Xifu.
—¿Quieres que me adelante para informar a tu padre? —le preguntó Fahai—. Le alegrará saber que hemos encontrado lo que necesitamos para el antídoto.
Xian asintió.
—Llegar antes te dará más tiempo para prepararlo todo en tu laboratorio. Puedes marcharte esta noche.
El hombre le tendió un par de grilletes.
—Esto garantizará que el prisionero no se escape.
El príncipe echó un vistazo a la cadena larga y frágil que unía las esposas.
—Me sentiría más cómodo con algo más robusto.
Fahai sonrió.
—Las apariencias son engañosas, príncipe Xian. Estas son las ataduras más seguras que se pueden encontrar. También están confeccionadas con acero b ī n y reforzadas con cierres de garra de dragón. Ningún arma puede atravesar el metal y solo una llave en todo el mundo puede abrir los cierres.
Xian tomó los grilletes y la llave. Así que tenían propiedades mágicas, como el collar… Los conocimientos arcanos del consejero les venían muy bien.
—Puede que el espíritu serpiente intente negociar su libertad ofreciéndose a sanar a tu madre —continuó el hombre con tono serio—.
Sabe muy bien que deseas encontrar una cura por encima de todas las cosas y puede que intente aprovecharse de eso.
Pero no debes confiar en él. Si se acerca a ella y pone en práctica algún tipo de magia oscura, podría costarle la vida.
No permitas que vuelva a engañarte, príncipe.
—Sería un tonto si tropezara dos veces con la misma piedra —contestó él con la voz tan dura como el acero b ī n .
Feng le lanzó una mirada preocupada antes de salir junto con Fahai y dejarlo solo.
Xian se quedó allí de pie mucho rato, contemplando las piedras blancas y negras que estaban diseminadas por el suelo. El tablero de wéi qí no era el único lugar en el que Zhen había encontrado un punto débil en sus defensas.
Tenía que dejar de pensar en él como en el chico que había llegado a importarle.
Ese chico nunca había existido. Ahora, la serpiente blanca era su prisionera e iba a tener que pagar su deuda con sangre y carne.
Y, al final de todo, quedaría muy claro cuál de los dos había ganado el juego en realidad.