La leyenda de la serpiente blanca 22 XIAN #2
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22 XIAN #2

Durante los festivales, era costumbre que la persona de mayor rango diera un discurso corto antes de que comenzara el festín.

Xian se subió al escenario. Aquella era la primera vez que el príncipe de Wuyue iba a dirigirse de manera pública al pueblo y la muchedumbre se quedó en silencio, ansiosa por escuchar lo que tuviera que decir.

—Cuando era un niño pequeño —comenzó con la voz nítida contra el aire vespertino—, mi madre seguía de forma escrupulosa todas las tradiciones del Festival de Duanwu —dijo—.

Me bañaba con agua que hubiese reposado bajo la luz del sol.

Cocía un huevo en té, lo teñía de rojo y me lo colgaba del cuello dentro de una bolsita tejida con cuerdas de colores.

Sumergía el dedo en vino blanco mezclado con polvo de rejalgar y me escribía el carácter « 王 » en la frente para alejar a los espíritus malignos.

Veo que muchos de vuestros padres y madres han hecho lo mismo.

La multitud escuchaba, embelesada. Los padres estrechaban con fuerza a sus hijos. Xian alzó el reverso del amuleto con forma de moneda que le había mostrado antes a Feng y en el que aparecían tallados los caracteres: « 驅邪降福 ».

—« Q ū xié jiàng fú ». «Expulsa el mal y envíanos buena fortuna» —prosiguió—.

En este año de la serpiente y en nombre de mi padre, el rey de Wuyue, quiero anunciar una recompensa: pagaré un tael de plata a cada persona que, antes de que acabe mañana, me traiga al palacio de Changle una serpiente blanca.

—Se produjo un silencio de estupefacción.

Un tael de plata equivalía a dos meses del salario de la mayoría de los trabajadores—.

El animal debe estar vivo y no haber sufrido ningún daño.

De lo contrario, no se entregará la recompensa.

El público estalló en aplausos y algunas personas partieron al instante, probablemente para tomar la delantera en la caza.

El príncipe dio un paso atrás. Con suerte, al día siguiente a aquellas horas, tendrían al menos una serpiente blanca.

Entonces, buscaría cualquier excusa para salir de Changle de inmediato.

Los platos que se sirvieron durante el banquete fueron similares a los que solía comer en casa durante el festival.

Brotes de soja verde, puerro y carne picada envueltos con unas tortitas de harina de trigo tan finas que eran tan translúcidas como la seda.

Una anguila de temporada, más grasa y tierna de lo habitual, guisada con tofu y setas.

Huevos de pato cocidos y salados con la clara líquida y la yema firme y de un tono naranja rojizo.

Mientras Xian y su séquito cenaban, los músicos tocaron instrumentos de cuerda y arco, de viento madera, címbalos, gongs y un qín , que era el instrumento favorito de los emperadores.

Unos cortesanos subieron al escenario a bailar, haciendo girar abanicos de seda de diferentes colores. Deng no se encontraba entre ellos.

Junto a él, Zhen parecía muy pálido y apenas había tocado la comida. Antes de que pudiera preguntarle si se encontraba bien, varias gotas de sangre fresca le cayeron sobre la túnica blanca.

—Te vuelve a sangrar la nariz. —Estiró el brazo para tomarle la mano justo cuando le cayó otra gota carmesí—. ¡Tienes las manos heladas! ¿Estás enfermo?

—No me encuentro bien —contestó él con voz constreñida—. ¿Puedo retirarme? Qing podría acompañarme de vuelta a palacio…

—Puede que esto ayude… —dijo Fahai, que se había acercado hasta ellos con una copa cerámica entre ambas manos—. Príncipe, tal como me ordenasteis, preparé una decocción de hierbas.

—Justo a tiempo. —Xian tomó la copa y se la tendió a Zhen—.

Le pedí a Fahai que te preparara esta medicina.

Te ayudará con la hemorragia nasal. Toma, bébetela.

—El joven pareció afligido, como un animal arrinconado.

La sangre seguía manándole de la nariz. El príncipe tomó un pañuelo y le limpió el labio superior—.

Dale una oportunidad a la medicina —insistió—.

El palacio está a una hora a caballo de aquí y parece que vayas a desmayarte si das más de dos pasos seguidos.

Le acercó la copa a la boca, pero el otro chico retrocedió. Qing y Feng se acercaron con gesto ansioso.

—¿Qué le ocurre? —preguntó la joven.

Xian no sabía por qué Zhen se mostraba tan reticente a beber la decocción.

—Hagamos una cosa —dijo—. Yo le doy el primer trago y tú te terminas el resto.

—Cuando era pequeño, su madre solía convencerlo de que se tomara la medicina de ese modo.

Dio un sorbo de la bebida y reprimió una arcada repentina.

Aquellos brebajes siempre tenían un sabor terrible—. Ahora, te toca a ti…

Zhen pareció palidecer todavía más y apartó el rostro de la copa.

—Xian —susurró en un tono lo bastante quedo como para que solo lo oyera él—, por favor…

—No es apropiado desestimar las preocupaciones del príncipe —dijo Fahai con tono severo—. Sobre todo, frente a tantos de sus súbditos.

El otro chico parecía turbado, pero al fin separó los labios y, cuando se tragó aquella decocción de aroma acre, se estremeció. Al terminar, con los ojos cerrados, se quedó tan quieto que parecía antinatural. Tenía los puños tan apretados que los nudillos se le habían puesto blancos.

—¿Zhen? —Qing se apresuró a colocarse a su lado—. ¿Estás bien?

Él le agarró la muñeca y le clavó las uñas en la carne con tanta fuerza que la joven ahogó un grito. Cuando Zhen abrió la boca, de ella surgió un sonido ininteligible; un aliento gutural que sonaba casi salvaje.

Xian se puso en pie de un salto.

—¿Zhen? ¿Qué te ocurre?

Los ojos del otro chico se pusieron en blanco.

Se sacudió como una marioneta controlada por unas cuerdas invisibles y se derrumbó sobre el suelo sin dejar de convulsionar con unos espasmos violentos.

Unos parches de escamas blancas le florecieron por el rostro y el cuello antes de empezar a esparcírsele por toda la piel.

Xian se abalanzó hacia delante, pero Fahai lo agarró del brazo.

—Atrás, príncipe.

Zhen soltó un grito inhumano capaz de helar la sangre.

Se le empezaron a encoger las extremidades y pareció como si los huesos se le estuvieran desprendiendo del tuétano.

El torso se le estiró con la misma velocidad con la que le desaparecieron los brazos y las piernas.

El cuerpo se le hizo más largo y más estrecho y la túnica bordada se amontonó en torno a aquella figura sin miembros que no dejaba de retorcerse.

El rostro se le contorsionó como si se lo hubieran salpicado con ácido y pasó de ser humano a convertirse en algo grotesco y reptiliano…

Xian observó horrorizado que una enorme serpiente blanca se alzaba allí donde antes había estado Zhen.

Las escamas resplandecían y, cuando alzó la cabeza serpentina, medía más que la mitad de la altura de un hombre.

El cuerpo voluminoso del animal era tan grueso como una tubería grande.

En el costado izquierdo tenía una cicatriz profunda y serrada de varios centímetros de largura.

Estalló el caos. La gente empezó a gritar y todos tropezaron los unos con los otros mientras intentaban escapar. Los guardias desenvainaron las armas, pero incluso ellos parecían demasiado asustados como para acercarse.

La serpiente blanca sacó la lengua bífida. Entonces, fijó los ojos verdes, brillantes y sin párpados en los de Xian.

Feng blandió la espada y la punta de la hoja rozó al animal, dejándole un fino rastro de sangre sobre el cuerpo blanco como un hueso. La serpiente siseó y abrió la mandíbula, dejando a la vista dos hileras de dientes afilados y curvados.

El guardaespaldas echó el brazo hacia atrás para asestar otro golpe y…

—¡No! —Xian se soltó del agarre de Fahai y se colocó de un salto frente al animal—. ¡No ataquéis!

Todos se quedaron muy quietos. Feng parecía consternado, pues tenía el brazo levantado en el aire y la espada a escasos centímetros de haberle dado una estocada fatal en el cuello al príncipe.

Xian se sentía como si volviera a estar bajo el agua, ahogándose en el lago del Oeste y con la serpiente blanca enroscada en torno al cuerpo, exprimiéndole hasta el último aliento de los pulmones…

—No lo matéis —espetó—. Lo necesito con vida.