22 XIAN
Duanwu, uno de los festivales más importantes del año, marcaba un cambio de estación que podía acarrear una época de prosperidad o de desastre.
El comienzo del verano coincidía con la llegada de plagas como enfermedades, insectos que destruían los cultivos y sequías.
Para protegerse del mal, la gente colgaba artemisa y cálamo de las puertas y clavaba amuletos en forma de monedas de ocho lados en las entradas de las casas.
De pie frente al espejo de su dormitorio, ataviado con el lóng páo , la misma sensación se agitaba en el pecho de Xian: estaban al borde de un cambio de suerte, pero no sabía si sería para bien o para mal.
Las puertas de la habitación contigua se abrieron y por ellas apareció Feng, elegantemente vestido de uniforme.
El llamativo cuello cruzado blanco lo distinguía como guardaespaldas real.
Llevaba la espada colgando de la cintura con una vaina ornamentada dorada y negra que solo se utilizaba durante acontecimientos oficiales.
Xian le guiñó un ojo.
—Estás guapo.
—Ten cuidado —replicó su amigo mientras flexionaba el brazo izquierdo, recién liberado del cabestrillo—. Tu amante podría ponerse celoso.
—Ha salido para arreglarse. Le han confeccionado una túnica especial para las celebraciones.
Feng soltó un bufido burlón.
—Para ti, lo único importante es lo rápido que puedas quitársela esta noche.
El príncipe dibujó una sonrisa satisfecha. Las últimas noches, Zhen se había sentido mortificado cada vez que la cama había crujido bajo el peso de ambos conforme los sonidos rítmicos que emitían se volvían cada vez más fuertes y febriles.
—Lo siento. Sé que tienes el sueño ligero. —Xian hizo una pausa—. Cuando regresemos a Wuyue, quiero que venga con nosotros.
Su amigo pareció sorprendido.
—¿Qué?
—No te preocupes, me aseguraré de que su hermana venga también. No dudo que actuarás como un hombre de honor y te casarás con ella antes de llevártela a la cama.
—No intentes cambiar de tema de conversación —dijo Feng mientras le lanzaba una mirada—. Yo no le daría al pobre chico falsas esperanzas. Puede que te canses de él antes de que lleguemos a Xifu. Entonces, ¿qué?
Xian arqueó una ceja.
—¿Es preocupación lo que detecto en tu voz? ¿Por el chico que con tanta vehemencia te negabas a que durmiera en mi alcoba? ¿Es tu manera de darle las gracias por salvarte la vida?
—Ese día actuó con valentía —contestó el guardaespaldas con tono reticente—. Pero creo que vas demasiado rápido. Apenas lo conoces.
Las objeciones de Feng parecían un reflejo de la reacción del propio Zhen cuando le había mencionado la idea de llevarlo a Wuyue con él. Ambos parecían creer que no iba a poder mantener las atenciones que le estaba mostrando durante mucho tiempo.
Se equivocaban. El otro joven no le había ocultado el hecho de que nunca antes había estado con nadie, pero, para Xian, aquello también era algo nuevo.
Lo que sentía por él era diferente a lo que había sentido en el pasado por cualquier otro chico y no quería que solo fuese una aventura romántica agradable en una tierra lejana.
Pretendía llevarlo consigo al palacio de Xifu y, cuando hubieran encontrado la cura y su madre hubiera sanado, tendría tiempo de robarle el corazón.
—Antes, he tenido una larga charla con Fahai —dijo el príncipe—. Salir a cazar serpientes no nos ha llevado a ninguna parte y nos estamos quedando sin tiempo. Necesitamos un modo más eficiente de capturar a la serpiente blanca.
—¿Y cuál es ese modo? —preguntó Feng.
Xian le mostró un amuleto en forma de moneda con un agujero cuadrado en el centro; uno de esos que tanto se vendían en los mercados antes de un festival.
Uno de los lados de la moneda tenía grabados los símbolos de los w ŭ dù , los cinco venenos: el ciempiés, el lagarto, el escorpión, el sapo… y la serpiente.
—«Incluso un poderoso dragón puede tener problemas para vencer a una serpiente en su hábitat natural» —contestó—.
Las palabras del sacerdote son la pista que nos faltaba.
El oráculo dijo que la clave para encontrar la cura se encuentra en Changle; no solo en el lugar, sino en su gente.
Necesitamos que sean ellos los que nos traigan a la serpiente blanca.
—Tu padre no quiere que nadie más sepa el verdadero motivo por el que hemos venido hasta aquí —señaló Feng—. ¿Cómo podemos solicitar la ayuda del pueblo sin levantar sospechas?
Las comisuras de los labios de Xian se curvaron en una sonrisa.
—Tengo un plan.
El palacio de Wuyue se encontraba justo al lado del lago del Oeste, que era donde se celebraba la regata anual de botes dragón. Sin embargo, el de Changle se encontraba a una hora a caballo del Min Jiang, lugar del evento.
Cuando Xian y su séquito llegaron, las celebraciones ya estaban en todo su apogeo.
Las familias iban de un lado para otro mientras los niños se perseguían los unos a los otros con saquitos con huevos colgando del cuello.
Los vendedores ambulantes despachaban comida, pañuelos de seda, pulseras de cinco colores y bolsitas perfumadas con incienso.
El chisporroteo de los petardos inundaba el aire y el agua resplandecía con los tonos bermellones y violetas del atardecer mientras los botes dragón se reunían río abajo.
En la orilla se había instalado una plataforma cubierta y elevada con mesas, sofás y un escenario para el entretenimiento de la velada que estaba destinada a los funcionarios de más alto rango de la corte y los invitados de honor procedentes de Wuyue.
Unos toques de cuerno dieron la bienvenida a la comitiva real y todos los presentes dejaron de hacer lo que estuvieran haciendo para hacer una reverencia mientras Xian pasaba frente a ellos, seguido por Feng, Fahai y el gobernador Gao.
El príncipe buscó a Zhen con la mirada y lo encontró en la plataforma elevada, junto al sofá acolchado más lujoso de todos.
Estaba guapísimo con una túnica bordada blanca que le llegaba hasta los tobillos.
Una banda de filigrana de plata le rodeaba la frente y llevaba la parte superior de la melena trenzada de forma intrincada mientras el resto del cabello le caía sobre los hombros.
Mientras Xian subía los escalones, Zhen se arrodilló con elegancia, con las manos entrelazadas frente a él. Después, se puso en pie y le ofreció una taza de té humeante.
—Alteza —dijo con un destello de alegría en los ojos.
Él tomó la taza y se bebió el contenido.
Después, estiró el brazo y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
Eso era algo que nunca había hecho con los otros chicos con los que se había acostado.
Los había besado y los había tocado, pero jamás les había apartado el pelo de la cara o había sentido tanto afecto mientras les rozaba la curva de la oreja con las yemas de los dedos.
Qing apareció con una bandeja de bolitas de arroz envueltas en hojas de bambú.
Llevaba un vestido verde de cintura alta con mangas largas y blancas.
Aquellas eran las vestimentas formales de las doncellas de palacio.
Sonrió a Feng, que se había sentado en el otro sofá con Fahai, y él le devolvió una sonrisa radiante.
Los golpes de un tambor indicaron que la regata estaba a punto de comenzar.
El sol poniente había rozado el horizonte y, en la línea de salida, un puñado de botes alargados con remos y engalanados con banderas y banderines estaba a la espera.
Cada una de las embarcaciones de madera tenía tallada la cabeza de un dragón en la parte delantera y escamas pintadas de colores brillantes en los laterales.
El casco era excepcionalmente estrecho, lo que tan solo dejaba espacio para una tripulación de veinte hombres que se sentaban a remar por parejas.
Xian abrió uno de los paquetitos triangulares y dio un mordisco hasta encontrar el relleno de castañas, jujubas, alubias rojas y carne picada de cerdo que se mezclaba con el arroz glutinoso.
—No pueden compararse con los zòng zi que prepara mi madre —le dijo a Zhen—. Sus ingredientes secretos son los dátiles rojos secos y los piñones. Mi padre suele bromear y decir que Qu Yuan habría escrito poemas sobre ellos.
—¿Quién es Qu Yuan? —preguntó el otro chico.
El príncipe se quedó sorprendido. ¿Qué clase de infancia aislada había vivido aquel joven para no estar familiarizado con los personajes y las historias que se escondían tras los festivales más populares?
—Qu Yuan fue un poeta y funcionario de la corte que vivió en Chu durante el periodo de los Reinos Combatientes —contestó—.
Era un buen hombre, pero sus rivales, celosos, lo difamaron, por lo que el rey lo exilió.
Cuando se enteró de la derrota de Chu a manos de sus enemigos el quinto día del quinto mes, se arrojó al río a causa del dolor.
Los habitantes del pueblo se sintieron tan conmovidos por el amor que sentía por su tierra natal que salieron en botes a buscarlo.
—¿Y lo encontraron? —preguntó Zhen.
—No, pero arrojaron bolitas de arroz glutinoso al agua para que los peces no se comieran el cuerpo y, ahora, seguimos conmemorando el día de su muerte saliendo al río en botes decorados con cabezas de dragones feroces y haciendo sonar con fuerza los tambores para espantar a los monstruos fluviales.
Cuando volvió a sonar el cuerno, los botes dragón salieron despedidos de la línea de salida y comenzaron a surcar las aguas como espadas de madera.
La regata consistía en una carrera de quinientos metros; un estallido de fuerza bruta impulsado por los vítores de los espectadores que abarrotaban las orillas.
Los hombres remaban con una sincronía perfecta y furiosa al ritmo frenético y estruendoso del tambor que iba en la cabeza de la embarcación.
Xian miró de reojo a Zhen. La fascinación que se le reflejó en el rostro cuando la nave ganadora atravesó la meta le pareció mucho más interesante que la propia carrera.