21 ZHEN
Se quedaron tumbados en una maraña de extremidades, recuperando el aliento.
Lo habían hecho dos veces: la noche anterior y a primera hora de la mañana. Zhen notaba el cuerpo dolorido en un sentido placentero y todavía tenía la huella invisible de las manos de Xian sobre los brazos, el torso y los muslos.
A pesar de todas las veces que se había transformado, siempre sentía que su cuerpo humano era como una segunda piel que iba a mudar en cualquier momento.
Sin embargo, el príncipe había cambiado aquello.
Por primera vez, Zhen había descubierto puntos sensibles que no había sido consciente de poseer y sensaciones que jamás había sabido que podía experimentar.
Intentó memorizarlo todo: el placer e incluso el dolor, ya que Xian había estado ahí, murmurándole palabras tranquilizadoras a cada paso del camino.
Empezó a ponerse en pie, pero el otro chico lo detuvo.
—Quédate —le dijo.
Él accedió y apoyó la cabeza sobre el pecho del príncipe.
Sentir la vibración del palpitar regular de su corazón contra la mejilla le recordó de pronto el hecho de que, cuando se enroscaba en torno a una presa con su forma de serpiente, podía notar sus latidos vacilantes hasta que desaparecían por completo.
Se obligó a deshacerse de aquel recuerdo sensorial indeseado.
Xian le acarició el pelo de forma distraída.
—¿Cansado?
Zhen le rozó la clavícula con los labios.
—Cuando estés listo para la tercera ronda, yo también.
El príncipe soltó una suave carcajada.
—Deja que me recupere un poco.
Entonces, empezó a pasarle las manos por el torso mientras le dibujaba círculos sobre la piel. Zhen se estremeció, aunque se puso tenso cuando los dedos del otro chico encontraron la cicatriz lisa y abultada que tenía sobre el lado izquierdo de la cadera.
Xian se detuvo.
—¿Qué te pasó?
Si la vieja tortuga no lo hubiese encontrado en aquella trampa para serpientes y no lo hubiera liberado…
—No lo recuerdo —contestó—. Fue hace mucho tiempo.
Aquello era una mentira, y estaba seguro de que el príncipe lo sabía. Un dolor que dejase una marca tan profunda no era algo que se pudiera olvidar jamás. Pero no podía contarle cómo se había hecho la herida del mismo modo que no podía contarle la verdad sobre quién era en realidad.
El otro joven se movió y lo hizo rodar hasta quedar bocarriba.
Entonces, se inclinó y le trazó una senda de besos por el pecho y el vientre hasta llegar a la cicatriz.
Zhen jadeó cuando Xian le pasó la lengua por aquel nudo de piel sanada.
Fue un gesto tan íntimo, tan tierno… Volvió a sentir que algo se le removía entre las piernas.
Intercambió sus posiciones, clavó las rodillas a ambos lados del cuerpo del príncipe y le atrapó los labios en un beso ferviente. Cuando se separaron, jadeando y sonrojados, la sonrisa complacida del otro chico confirmó lo mucho que disfrutaba viendo su lado atrevido.
—Me dijiste que naciste en Wuyue —dijo Xian mientras le pasaba un pulgar por el pómulo—. Quiero que vuelvas a casa conmigo.
Zhen sintió que el aire se le atascaba en la garganta.
—¿Lo dices…? ¿Lo dices en serio?
El príncipe asintió.
—El palacio de Xifu se encuentra junto al lago del Oeste. Ver el sol poniéndose tras la Pagoda de Leifeng desde el Puente Roto es algo… inolvidable. Y puedo presentarte a mi madre. Creo que le encantaría conocerte.
La mención a su madre fue como si le hubiese caído encima una avalancha, así que se apartó.
—No creo que sea buena idea.
—¿Por qué no? —preguntó Xian, que parecía perplejo.
—Estoy seguro de que, en Wuyue, tienes cortesanos mucho más capaces que podrían servirte.
—Pero tú no eres un cortesano. Y no quiero estar con ninguno de ellos. Te quiero a ti. —El joven frunció el ceño—. ¿Por qué te cuesta tanto creerlo? ¿De qué tienes miedo?
No había nada que Zhen quisiera más que volver a Wuyue con él, pero no podía hacerlo.
Sin mediar palabra, lo atrajo hacia sí para darle un beso.
En aquella ocasión, fue lento, profundo y persistente.
Como ocurría con la nieve derretida del lado soleado del Puente Roto, no era capaz de dejar marchar aquella ilusión a pesar de que era imposible que durara mucho tiempo; a pesar de que no era real.
Cuando se separaron, Xian le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—El oráculo me trajo hasta Changle para curar a mi madre —le dijo—. No pienso regresar a Wuyue sin la cura. —Se inclinó hacia delante hasta que chocó la nariz con la suya—. Y, en el fondo del corazón, también sé que no volveré sin ti.
Zhen apartó la vista para que el príncipe no pudiera ver la mirada que tenía en los ojos.
—El cielo está empezando a clarear. —Sacó las piernas por el lateral de la cama—. ¿Quieres que vayamos al ala médica para ver si Feng se encuentra mejor?
Cuando llegaron, el guardia estaba sentado en la cama. Tenía el hombro izquierdo vendado y el brazo en cabestrillo. Qing estaba a su lado, tendiéndole una cucharada de arroz congee . ¿Le estaba dando de comer?
—Si hubiese sabido que tenías a esta joven señorita haciéndote compañía, no habría venido a visitarte tan pronto —dijo Xian mientras se acercaba a la cama de su amigo.
El guardaespaldas se sonrojó y Qing, que bajó la cuchara, también. Zhen arqueó una ceja y ella le lanzó una mirada que parecía querer decir que lo dejara estar.
—Espero que se encuentre mejor, mi señor —dijo él. Todavía no se sentía del todo cómodo en presencia de Feng.
—Un momento, Zhen. —Xian se giró hacia él—. Cuando evitaste que un leopardo le arrancase la cabeza de un mordisco, te ganaste el derecho a llamarlo por su nombre. Es uno de los decretos reales del reino de Wuyue.
Feng le lanzó una mirada de fingido agravio.
—Lo de que estuviera a punto de arrancarme la cabeza de un mordisco es una exageración, ¿no te parece?
El príncipe le posó una mano sobre la frente.
—¿Te ha bajado la fiebre? ¿Tienes escalofríos?
—Estoy bien —contestó el guardaespaldas—. El médico dice que podrá quitarme el cabestrillo cuando llegue el Festival de Duanwu.
Xian miró a Qing.
—Pide a cocina que, para todas las comidas de los próximos días, preparen una sopa especial de costillas de cerdo cocidas dos veces con peonías blancas, semillas de loto, ginseng y hongos cordyceps . Es la receta del tónico curativo de mi madre. Sírvesela tú personalmente.
—Sí, alteza —contestó ella—. Pediré a los cocineros que empiecen a prepararla de inmediato.
—La acompañaré y haré que os traigan el desayuno aquí, alteza —se ofreció Zhen. Estaba bastante seguro de que el príncipe querría pasar algo de tiempo a solas con su mejor amigo.
Cuando Qing y él salieron del ala médica, le dedicó una sonrisa a su amiga.
—No esperaba encontrarte aquí.
Ella se encogió de hombros.
—Mi trabajo consiste en servir la comida de la delegación de Wuyue. Dado que Feng está en el ala médica, le he llevado el desayuno allí.
—Ya veo… ¿y tu trabajo también consiste en darle de comer?
Qing se puso roja.
—¡Tiene el brazo en cabestrillo! ¿Cómo iba a sostener el cuenco y la cuchara al mismo tiempo si no?
—Bueno, parecía complacido… —replicó él mientras le daba un codazo cariñoso—. Casi como si pensara que ser atacado por un leopardo había merecido la pena.
Ella dibujó una sonrisa furtiva.
—Supongo que no está mal. Es mucho menos estirado de lo que había imaginado.
Zhen miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie cerca que pudiera oírlos.
—Escucha, tengo que contarte algo.
—Sí, ya lo sé. —Qing sonrió de medio lado y le señaló el cuello—. El príncipe ha dejado una pista bastante obvia.
Sintió que se le encendían las mejillas. Había estado recorriendo el palacio con la marca de un mordisco en el cuello. Feng debía de haberla visto también.
Su amiga se inclinó hacia él con gesto cómplice.
—¿Y cómo ha ido? ¿Te ha dolido mucho la primera vez?
Zhen la interrumpió con un gesto de la mano.
—No era de eso de lo que quería hablarte. Me ha dicho que, cuando regrese a Wuyue… quiere que vaya con él.
—¿Y vas a hacerlo? —Qing parecía atónita—. ¡Espera! ¿Y qué pasa conmigo? Le preguntarás si yo también puedo ir, ¿verdad?
—No, tenemos que marcharnos de Changle antes que él. Ya nos hemos quedado demasiado tiempo.
Su amiga pestañeó.
—Pensaba que te gustaba el príncipe…
Él cerró los ojos. El dolor que sentía era como el de una herida que le hubieran infligido al arrancarle un garfio serrado del pecho.
—Y me gusta.
Qing frunció el ceño.
—Entonces, ¿es porque está cazando serpientes? Los humanos llevan mucho tiempo dándonos caza por diferentes motivos: por nuestra piel, nuestra carne, nuestras vesículas…
—Fui yo el que le robó la cura —espetó de golpe.
Su amiga pareció sorprendida.
—¿Qué? ¿Cómo es posible? ¡Acabáis de conoceros!
Zhen no podía seguir guardándose aquello para sí mismo.
—La primera vez que vi a Xian fue hace siete años, cuando todavía era una serpiente ordinaria. En aquel momento, él tan solo tenía diez años. Se cayó al lago del Oeste y estuvo a punto de ahogarse. Algo me atrajo hacia él y lo saqué del agua. Tenía una perla espiritual en la mano y… se la quité.
Un destello de comprensión se apoderó de los ojos de Qing.
—¿Fue esa perla la que te convirtió en un espíritu serpiente?
—La misma que iba a ser la cura para la mordedura de serpiente de su madre. —Zhen se frotó la frente, sintiéndose del todo miserable—. No lo supe hasta que no me lo contó hace unos días.
—No puedes culparte a ti mismo —dijo su amiga—. No tenías ni idea del uso que querían darle a la perla. Eras una serpiente. Viste algo brillante y te lo tragaste. Es lo que hacen los animales.
—Sabía exactamente lo que era. En una ocasión, un viejo espíritu tortuga me contó que esas perlas le resultaban muy valiosas porque, al consumir una, era como sumar cientos de años de cultivación, por lo que podría ascender antes al cielo.
Todo eso me daba igual; yo tan solo quería convertirme en un espíritu serpiente para poder transformarme y vivir como humano.
Me quedé la perla y… abandoné a Xian en ese islote en medio del lago.
Si no lo hubieran rescatado, podría haber muerto.
—Es un príncipe. Un príncipe, Zhen. La corte no habría dejado de buscarlo hasta encontrarlo. Le salvaste la vida. No estaría aquí ahora si no fuese por ti.
Nunca se lo había planteado de aquel modo. Aunque la ley de la naturaleza consistía en que los fuertes se imponían a los débiles, todos aquellos años había vivido con culpa y con el recordatorio constante de que era un impostor viviendo una vida que no era suya.
Se metió la mano en la manga de la túnica y sacó un trozo pequeño de pergamino. Mientras el príncipe no miraba, lo había recuperado a hurtadillas del tocador.
« 貞 ».
«Significa “virtud” o “lealtad”», le había dicho Xian.
Zhen contempló su nombre escrito por el otro chico y algo afilado y agridulce se le removió en el pecho.
—¿Qué es eso? —le preguntó Qing.
Dobló el trozo de pergamino y volvió a metérselo en el bolsillo de la manga. Era una serpiente y el príncipe cazaba a los animales como él. Era imposible que las cosas entre ellos pudieran acabar bien.
—Nos marcharemos de Changle al día siguiente del Festival de Duanwu.