La leyenda de la serpiente blanca 20 ZHEN
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20 ZHEN

Para cuando llegaron de vuelta a palacio, ya había caído el crepúsculo. Xian acompañó a Feng hasta el ala médica. Fahai se disponía a seguirlos, pero, entonces, se detuvo y se giró hacia Zhen.

—Bien hecho —dijo—. Tu rapidez de reflejos nos ha salvado de un apuro.

Aquel cumplido le sorprendió.

—Gracias. Lo he hecho lo mejor que he podido.

—Ha sido extraño —comentó el consejero, cavilando—. El leopardo ha escapado justo cuando he disparado la flecha y la serpiente blanca parecía saber que pretendíamos capturarla… Ha sido casi como si pudieran entendernos.

Zhen se tensó para sus adentros, pero consiguió que no se notara.

—Supongo que por eso se llama instinto.

Cuando regresó solo a la mansión real, Qing estaba esperándolos con los platos de la cena.

—¿Dónde está todo el mundo? La comida se está enfriando.

—Un leopardo nos ha tendido una emboscada durante la cacería —contestó él—. Feng ha defendido al príncipe, así que, en su lugar, el animal lo ha atacado a él. Ahora está en el ala médica.

Su amiga pareció preocupada.

—¿Está bien?

—Eso creo. El leopardo le ha mordido el hombro, no la garganta. —Zhen soltó un suspiro—. Tendría que haber estado más alerta, pero estaba distraído con la serpiente blanca y no he oído que se acercaba…

—¿Has encontrado otra serpiente blanca? ¿También era una pitón?

Zhen negó con la cabeza.

—Era una búngara. Son más pequeñas, pero muy venenosas. Me he adelantado y he intentado advertir a todas las serpientes que he podido, pero esta en concreto ha debido entrar en pánico y ha salido.

—Oye, no puedes salvarlas a todas. —Qing estiró el brazo y le frotó con el pulgar una mancha de tierra que llevaba en la mejilla—. No dejo de decírtelo, pero nunca me haces caso.

Zhen tenía que hacer todo lo que estuviera en sus manos para evitar que se derramara más sangre, incluso aunque eso significara ponerse en peligro al ir en contra del propósito del príncipe.

—Pero tengo que intentarlo.

—Lo sé. —Una sonrisa curvó las comisuras de los labios de Qing—. De lo contrario, yo no estaría aquí.

Cuando su amiga se hubo marchado, Zhen se aseó y se puso una túnica limpia. Rodeó la alcoba, reponiendo las barritas de incienso y asegurándose de que las hojas de té estuvieran frescas. Sin embargo, eso no hizo que se sintiera menos intranquilo e impotente.

Qing tenía razón. No podía salvar a todo el mundo.

Como a aquella serpiente que había encontrado muerta en la orilla del islote con el anzuelo dentro de la boca destrozada.

Aquel día, el viejo espíritu tortuga le había hablado sobre el yin y el yang y sobre el hecho de que el equilibrio siempre se restaura a sí mismo.

Sin embargo, aquella dura verdad del universo no hacía que le resultase más fácil soportar aquella sensación aplastante de impotencia.

Finalmente, justo antes de la medianoche, las puertas se abrieron y Xian entró con el rostro demacrado. Tenía el frontal de la túnica de cuero que había llevado para la cacería manchada con rastros de la sangre de Feng.

Zhen se acercó a él a toda prisa.

—¿Cómo está Feng?

—Le han recolocado el hombro dislocado, pero tenía una fiebre muy alta —contestó el príncipe—.

A los médicos les preocupaba que alguna enfermedad le corriese por las venas a causa del mordisco, así que Fahai ha preparado una decocción para que expulse todas las toxinas.

Tendremos que esperar para ver si sirve de algo.

Zhen recordó la comida que había llevado Qing.

—Debes de tener hambre. La cena se ha enfriado, pero puedo ir a las cocinas y…

—No es necesario —contestó Xian, que sonaba agotado, mientras se frotaba la nuca—. Mientras estaba en el ala médica, me han traído algo de comer. Iré a ver a Feng de nuevo en un par de horas. Con suerte, para entonces se le habrá pasado la fiebre.

Zhen se dejó caer de rodillas y se percató de la sorpresa del príncipe.

—Se suponía que yo era el guía —dijo, inclinando la cabeza—. Debería haber estado más alerta. Lo que le ha ocurrido a Feng ha sido culpa mía, así que aceptaré cualquier castigo que escojas.

—No seas ridículo. —Xian lo agarró del brazo y tiró de él para que se pusiera en pie—. Tú has sido el único que se ha percatado de cuál era la pierna débil del leopardo y el único que ha conseguido espantarlo. Le has salvado la vida a mi amigo.

Si el animal hubiese atacado al príncipe o se hubiese negado a hacer caso a su advertencia de que huyera, habría hecho algo más que golpearle la pierna.

Las pitones eran serpientes constrictoras muy poderosas y podían enroscar el cuerpo en torno a sus presas en un abrir y cerrar de ojos, cortándoles de ese modo la circulación de la sangre y bloqueándoles las vías respiratorias.

No podía hacer eso en su forma humana, pero, si hubiera sido necesario, habría muerto peleando. Se lo debía a Xian.

—Hemos estado tan cerca… —Casi le resultó imposible soportar la angustia silenciosa que teñía la voz del joven—. La serpiente blanca estaba justo ahí y he dejado que se me escapara…

—El leopardo nos ha atacado sin previo aviso. —Zhen intentó mantener un tono neutro—. Teníamos que ayudar a Feng. Has tomado la decisión más natural.

— Cùn c ă o ch ū n hu ī . —La sombra de una sonrisa recorrió los labios del otro chico—.

Un hijo no puede hacer nada para devolver todo el amor de una madre del mismo modo que una brizna de hierba no puede hacer nada para devolverle el favor a la primavera por la luz del sol.

Cargo conmigo las esperanzas de mi madre, pero he vuelto a fallarle. Soy un hijo indigno.

En ese momento, Zhen quiso contarle la verdad. Sobre la perla, sobre su identidad… Sobre todo.

—Tu madre no cree eso —susurró en su lugar—. Por algo te puso un nombre que significa «inmortal».

—Te acuerdas… —Una emoción inidentificable atravesó de forma fugaz el rostro de Xian—. ¿Y qué hay de ti? ¿Con qué carácter se escribe tu nombre?

Aquella pregunta lo tomó por sorpresa.

—No estoy seguro… No sé ni leer ni escribir.

Antes de convertirse en un espíritu serpiente, las otras criaturas lo habían llamado «Pequeño Blanco» por el color tan inusual de su piel.

La primera vez que se había transformado, mientras yacía desnudo y temblando en la orilla embarrada de un río, había oído en la distancia las carcajadas de un niño mientras una mujer lo llamaba: «¡Zhen! ¡Zhen!».

—Tal vez sea este. —Xian se acercó hasta el tocador, tomó un pincel y escribió un único carácter sobre un trozo de pergamino: « 貞 »—. Significa «virtud» o «lealtad».

Un sentimiento inexplicable afloró en el pecho de Zhen mientras contemplaba aquel carácter escrito por el otro chico.

Había escogido aquel nombre porque le gustaba cómo sonaba y era el primero que había escuchado como humano.

Pero, en ese momento, sintió como si el príncipe no solo le hubiese entregado el significado del mismo, sino una pieza más de su identidad.

Xian se acercó hasta la vasija de cobre y se echó agua en el rostro. Zhen echó un vistazo a la bañera dorada que se encontraba en un rincón de la alcoba. El mayordomo Chu le había dicho que una de sus obligaciones era preparar los baños del príncipe.

—¿Te gustaría que…? —comenzó a decir—. Eh… ¿Te gustaría que te preparara un baño?

Se produjo un silencio. Contuvo la respiración, deseando no parecer tan nervioso como se sentía. Xian lo miró a los ojos.

—Me encantaría.

Mientras preparaba el baño, hirviendo primero el agua con el hornillo y vertiéndola después en la bañera con una jarra, el corazón le palpitaba más rápido de lo habitual.

El príncipe se acercó hasta el perchero de madera para la ropa y, tras darle la espalda, se quitó la túnica y la camisa interior.

No era la primera vez que se desvestía frente a él, pero, en aquella ocasión, iba a ser diferente…

En aquella ocasión, iba a permanecer desnudo durante mucho tiempo y él iba a estar allí mismo.

No sabía si lamentaba haberle hecho el ofrecimiento o que Xian hubiera dicho que sí.

Entonces, el otro joven se dio la vuelta y el mango de la jarra estuvo a punto de escurrírsele entre los dedos.

Zhen nunca había prestado demasiada atención a los detalles del físico humano, pero, en aquel momento, se estaba deleitando la vista con los músculos esbeltos de los brazos del otro joven, con los ángulos tensos de su abdomen, con el rastro de vello oscuro que le descendía desde el ombligo…

Apartó la vista. El calor que sentía en las mejillas no tenía nada que ver con el vapor que emanaba del agua.

Intentó concentrarse en el jabón en polvo, el guante de baño y la piedra pómez, que era mucho más suave que con la que lo habían frotado a él para prepararlo para su primera noche como sirviente del príncipe.

Sin embargo, las manos le temblaban y, sin querer, añadió demasiado jabón a la bañera y creó una gruesa capa de espuma burbujeante en la superficie.

Xian se acercó hacia él. Parecía impávido ante el hecho de estar desnudo o ante el efecto que estaba teniendo sobre Zhen, que tragó saliva a pesar del nudo que tenía en la garganta.

—Ten cuidado, por favor. El agua está un poco caliente.

El príncipe levantó un pie y tanteó el agua con los dedos antes de meterse en la bañera con un gesto elegante.

Zhen casi se sintió aliviado cuando la mitad inferior de su cuerpo desapareció bajo las burbujas.

El otro chico cerró los ojos y se recostó sobre la bañera con los codos apoyados en el borde.

Zhen le pasó la piedra pómez por los hombros y la nuca, con cuidado de no tirarle de los mechones de pelo que se le habían escapado del moño.

Aprovechó la ocasión para admirar las clavículas sobresalientes de Xian, el ángulo que le dibujaba la mandíbula y el plano del pecho sobre el que le reposaba el amuleto de jade.

El príncipe soltó un sonido suave de satisfacción cuando comenzó a masajearle los hombros y a amasarle los músculos tensos para deshacerle cualquier contractura.

Sintió una presión creciente entre los muslos y se removió, incómodo.

Nunca antes se había sentido tan atraído por nadie.

¿Cuántas veces más podría limpiarle la parte superior del cuerpo sin aventurarse bajo el agua?

Mientras le pasaba el guante de baño por el pecho, Xian estiró el brazo sin previo aviso y le agarró la muñeca. Zhen se quedó petrificado.

—Mi nombre. —Las gotitas de agua que el príncipe tenía en las pestañas destellaban como perlas diminutas—. Quiero oírte pronunciarlo.

El espacio que los separaba era al mismo tiempo inmenso e inexistente.

El aire estaba denso y cargado, como en los bosques justo antes de una tormenta, cuando todo olía a petricor.

Estaba seguro de que el otro chico podía oír la fuerza con la que el corazón le palpitaba entre las costillas del mismo modo que las pitones podían sentir los latidos menguantes de sus presas…

—Xu… —comenzó a decir, pero el príncipe sacudió la cabeza.

—No. —Se inclinó hacia delante con una mirada intensa—. Llámame Xian.

Zhen se quedó mirándolo con los ojos abiertos de par en par, como un animal deslumbrado por una luz muy brillante.

—Xian —susurró. Dejó que el nombre volviera a deslizársele por la lengua y le pareció lo más natural del mundo—. Xian…

Una emoción bruta afloró a los ojos del príncipe al oír su nombre y Zhen sintió un fuerte nudo de anhelo tensándosele en la parte baja del vientre.

Sin embargo, el otro chico no se movió hacia delante.

Era como si se estuviera manteniendo de forma consciente al otro lado de una línea invisible que esperaba que atravesara él.

«Vas a tener que ser tú el que dé el primer paso», le había dicho Qing.

Zhen lo besó. Aquella sensación fue vertiginosa y abrumadora, como la vez que se había tragado la perla. Solo que, en aquella ocasión, era la boca de Xian la que se movía sobre la suya, su barba incipiente la que le rozaba los labios de un modo placentero…

El príncipe se puso en pie de repente, salpicando agua por los bordes de la bañera mientras unos hilillos húmedos le corrían por las extremidades. Zhen retrocedió, aturdido, e intentó alcanzar una toalla de forma automática, pero Xian lo detuvo.

—Te vas a resfriar… —le dijo.

El otro chico salió de la bañera y lo atrajo hacia su cuerpo desnudo.

—No me importa.

En aquella ocasión, lo besó con fuerza, inquisitivo, mientras le rozaba la lengua con la suya y le tiraba del labio inferior con los dientes. Aquella brusquedad fue sorprendente, pero Zhen quería más.

Xian lo arrastró a toda prisa hasta la cama elevada y lo tumbó de espaldas sin interrumpir el beso. Se subió a horcajadas sobre él y se inclinó hacia delante con el amuleto de jade que llevaba en torno al cuello oscilando como un péndulo.

Zhen le tomó el rostro entre las manos y tiró de él hasta que sus labios volvieron a encontrarse.

Lo deseaba con tanta desesperación que apenas podía respirar.

Le enterró los dedos en el pelo y le soltó más mechones del moño.

El príncipe colocó una mano entre el cuerpo de ambos y, a pesar de la capa de ropa que todavía llevaba puesta, lo atravesó una corriente que hizo que diera una sacudida.

Xian se detuvo de inmediato.

—¿Estás bien?

—Sí. —Tomó aire de forma entrecortada—. Es solo que nunca he…

La voz se le fue apagando, esperando que el otro chico mostrara un atisbo de impertinencia. En su lugar, le acarició la mejilla y le apartó un mechón de pelo de la cara.

—No importa —le dijo—. No tenemos que hacer nada.

Xian tenía las yemas de los dedos llenas de callos.

Probablemente, por pasarse horas agarrando la empuñadura de la espada o lanzando flechas.

Aquello era un recordatorio de su futuro como líder del reino; alguien que esperaba que se le obedeciera sin rechistar.

Sin embargo, se negaba a exigirle aquel derecho cuando estaban a solas.

No quería nada de Zhen que él mismo no le entregara de forma voluntaria.

No se podía mover una piedra que ya estuviera en el tablero de wéi qí a menos que la hubieran capturado.

El chico que había compartido un albaricoque con él en los establos, que le había preparado una tetera de pu’er y le había enseñado a saborearlo, que no había dudado en limpiarle la nariz sangrante con la manga de la túnica…

Aquel chico también le había capturado el corazón.

No apartó la vista del príncipe mientras se soltaba la parte frontal de la ropa. La sorpresa destelló en los ojos de Xian, que, en un momento, se oscurecieron con un deseo que reflejaba el suyo propio.

Zhen tomó la botellita que había junto a la cama y se la puso en la mano.

—Pero sí quiero —susurró.