19 ZHEN
La lluvia de los ciruelos (los fuertes aguaceros que caían entre el cuarto y el quinto mes, que era cuando las ciruelas se volvían amarillas) cesaron a media tarde del día siguiente, así que se pusieron en marcha.
Zhen había visto partidas de caza en otras ocasiones y, de normal, solían llevar perros o incluso halcones y águilas.
Sin embargo, eso ocurría cuando las presas eran venados o ciervos.
Acechar a las serpientes requería de silencio y sigilo.
—Tú primero —le indicó Xian.
Zhen abría la comitiva montado en uno de los caballos de los establos de Changle.
Xian lo seguía a lomos de Zhaoye, y Feng y Fahai iban en retaguardia.
Últimamente, Qing y él habían pasado algún tiempo en aquellos bosques como serpientes, por lo que estaba familiarizado con la disposición del terreno y sabía qué zonas era mejor no atravesar ya que eran demasiado rocosas o traicioneras a causa de la erosión y los desprendimientos.
Los condujo hasta un arroyo de aguas cristalinas donde podían detenerse a descansar y los caballos podían beber agua. Entonces, les repartió unos bollitos de ternera que había llevado en una cesta de sauce trenzado.
—Únete a nosotros —le dijo Xian.
—Gracias —contestó—, pero me gustaría explorar el terreno para asegurarme de que el paso será seguro.
Se subió a la silla de montar y se alejó a cierta distancia.
El sol estaba empezando a ponerse y algunas serpientes estarían despertando de su estupor diurno, hambrientas y listas para alimentarse.
Escuchó con atención los murmullos del bosque que lo rodeaba: los grillos cantaban entre los arbustos, las ardillas correteaban por los troncos de los árboles y, en las ramas, los estorninos y los mirlos se peleaban.
Alzó la cabeza y emitió un sonido grabe y sibilante que se encontraba fuera del alcance del oído humano y que resonó contra el dosel de hojas que tenía sobre la cabeza. Era una advertencia que solo otras serpientes entenderían.
«Peligro. No os acerquéis».
Una quietud inquietante fue la única respuesta. Sin embargo, si cerraba los ojos y se concentraba con fuerza, podía sentir a docenas de serpientes respondiendo a su súplica urgente, desenroscándose y serpenteando hasta arroyos rocosos o escondiéndose bajo el fresco mantillo de los troncos caídos.
—¿Ves algo?
Zhen giró la cabeza de golpe mientras Fahai refrenaba a su montura junto a él.
El gesto del hombre era indescifrable, tal como había ocurrido la noche anterior cuando lo había sorprendido en el patio.
Un destello de pánico se le prendió en el pecho y, por un instante, se preguntó si habría oído su advertencia.
Sin embargo, eso era imposible. Fahai sería incapaz de oír y mucho menos comprender el idioma de las serpientes. Ningún humano podría hacerlo.
Asintió levemente.
—Está despejado.
En ese momento, Xian y Feng se acercaron a ellos a lomos de los caballos.
—Por el momento, no hemos visto ni una sola serpiente. —El guardaespaldas alzó la mirada hacia el cielo cada vez más oscuro—. Más atrás, me ha parecido ver huellas de ciervo. Cacemos uno y demos el día por terminado.
—No hemos venido a cazar ciervos, Feng. —El príncipe no podía ocultar la exasperación que le teñía la voz.
—Lo sé, pero quedaría un poco mal que volviéramos a palacio con las manos vacías…
—Un momento. —De pronto, Fahai alzó una mano y señaló un grupo de arbustos—. He visto algo blanco moviéndose entre la hierba de por ahí.
Para consternación de Zhen, una serpiente salió disparada de los arbustos y se arrastró por el claro. Bajo la luz menguante, sus escamas resplandecían con un brillo pálido.
—¡Ahí! —Xian desmontó y tomó un gancho de acero y unas pinzas de la caja de ratán que iba atada a la parte trasera de la silla de montar de Zhaoye—. ¡No dejéis que se escape!
Frenética, la serpiente intentó escapar por donde había aparecido, pero Fahai le bloqueó el paso.
Xian se movió hacia delante e intentó capturarla con las pinzas.
El animal siseó mientras se erguía y sacaba los colmillos.
Feng desenvainó la espalda, pero el príncipe lo detuvo rápidamente con un gesto de la mano.
—¡No! ¡La necesitamos viva! —Señaló el palo con una cuerda atada con un nudo corredizo que había en la caja de ratán—. Voy a dirigirla hacia ti. Si no puedo atraparla con el gancho, hazlo tú con ese lazo…
A sus espaldas, se oyó un rugido que hizo que Zhen se diera la vuelta.
Un leopardo salió de entre la espesura. Recorrió de un salto una distancia sorprendente y aterrizó a escasos metros de Xian. Gruñó y enseñó los dientes.
El reptil desapareció entre la maleza, ileso.
Zhen había tenido todos los sentidos tan concentrados en la serpiente que no se había percatado de que se acercaba el leopardo.
El príncipe tenía un gancho en una mano y unas pinzas en la otra, instrumental muy efectivo para enfrentarse a las sierpes, pero que no servía de nada contra un depredador como aquel.
Los leopardos se contaban entre los felinos salvajes más fuertes y, en una ocasión, había presenciado cómo uno arrastraba un cadáver más pesado que él hacia la copa de un árbol.
Feng fue el primero en ponerse en movimiento. Se colocó frente a Xian y empuñó el arma con una mirada tan mortífera como la del animal. Blandió la espada justo cuando el leopardo se abalanzó sobre él.
Zhen sintió un vuelco en el estómago. Incluso antes de ver cómo el felino le arrancaba el arma de la mano, supo que el guardaespaldas no tenía ninguna posibilidad.
Bajo el peso aplastante del animal, Feng cayó hacia atrás y soltó un grito de angustia cuando los dientes se le clavaron en el hombro izquierdo. Si no se hubiera resistido con tanto ahínco, aquel primer mordisco le habría atravesado la garganta, pero el siguiente podría lograrlo.
—¡Feng!
Xian se lanzó hacia delante, pero Fahai lo agarró del brazo.
—¡No!
El consejero tenía el arco en la mano, pero no podía retener al príncipe y disparar una flecha al mismo tiempo.
Zhen tomó una rama caída gruesa, corrió hacia el leopardo y, con toda la fuerza que fue capaz de aunar, le golpeó la pata trasera izquierda. El animal aulló y se dio la vuelta.
—¡Zhen, cuidado! —exclamó Xian mientras el felino soltaba al guardaespaldas y se dirigía hacia él.
Se mantuvo firme, miró al animal a las profundidades de los ojos y le habló en su idioma.
«Deja en paz a los humanos. Huye antes de que te maten».
No estaba seguro de qué clase de sonido le había salido de la boca, pero el gesto de reconocimiento en el rostro del leopardo fue inconfundible. Alzó la cabeza y miró con pena a Xian, que había recogido la espada caída de su guardaespaldas, y a Fahai, que había sacado un flecha del carcaj.
Con un gruñido de frustración, el felino se alejó justo antes de que la flecha del consejero pasara silbando a su lado y estuviera a punto de acertarle en la cabeza. Atravesó los arbustos y desapareció.
—¡Feng! —Xian se abalanzó hacia delante y se dejó caer de rodillas junto a su mejor amigo, que estaba herido—. ¿Es muy grave?
El joven hizo una mueca. El hombro sangrante parecía dislocado.
—Estoy bien.
—No, no estás bien. ¡Te acaba de atacar un leopardo!
El guardaespaldas miró a Zhen, desconcertado.
—La bestia me ha arrancado la espada como si fuera un juguete. ¿Cómo has podido golpearle con tanta fuerza como para que retrocediera?
—Cuando ha saltado sobre ti, ha aterrizado con torpeza, favoreciendo la pata trasera izquierda —contestó él—.
He supuesto que tenía una lesión anterior, así que le he dado el golpe en el punto más débil.
Lo más probable es que nos haya tendido una emboscada porque no podía correr lo bastante rápido como para atrapar a sus presas habituales.
—Tenemos que llevar a Feng de vuelta a palacio —le interrumpió Fahai—. Las mordeduras de animales hay que limpiarlas y cubrirlas con un emplasto lo antes posible para evitar que se infecten.
—Conozco la ruta más corta —contestó Zhen.
Los caballos no se habían asustado ni habían salido corriendo cuando el felino los había atacado, lo que era prueba del excelente entrenamiento que habían recibido.
Xian ayudó a Feng a ponerse en pie.
—Cabalgarás conmigo.
—Voy a tener que rechazar semejante honor, príncipe —contestó el joven con los dientes apretados. Después, consiguió subirse a su propia montura sin hacerse daño en el hombro herido—. Tan solo me llevarás a lomos de tu caballo si estoy muerto.
—No digas esas cosas, idiota —le dijo el príncipe con una mirada fulminante mientras se subía a la silla de montar de Zhaoye—. Por hoy, ya hemos tenido suficiente mala suerte.