La leyenda de la serpiente blanca 18 ZHEN
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18 ZHEN

Te toca —dijo Xian.

Zhen volvió a centrarse en el tablero de wéi qí . Sentía punzadas en los pies, así que descruzó las piernas sobre la esterilla de paja.

—Perdona..., ¿qué pieza acabas de colocar?

El príncipe señaló una de las piedras negras.

—Esta noche pareces distraído. ¿Ocurre algo?

No podía dejar de pensar en lo que había presenciado aquel día en el patio exterior.

—He estado presente cuando han castigado a Deng esta tarde. —Respiró hondo. Sabía que debería dejarlo estar, que no le correspondía cuestionarlo—. Si hubieras querido, podrías haber pedido que la sentencia fuese menos brutal.

—Deng cometió un crimen muy serio —replicó Xian con tono monocorde—. Ha recibido lo que se merecía.

—Es un cortesano. Esas cicatrices no solo se le quedarán grabadas en el cuerpo durante mucho tiempo, también disminuirán su valía.

Los ojos del príncipe resplandecieron.

—Si de verdad quieres saberlo, le perdoné la falta más grave contra mi persona.

De lo contrario, habría recibido ochenta golpes con la vara pesada en lugar de cuarenta con la ligera.

Olvídate de las cicatrices… Puede que sea incapaz de caminar en condiciones durante un par de semanas.

—Hizo una pausa—. Los cuarenta latigazos han sido por lo que te hizo a ti.

Me aseguré de que recibiera el castigo completo por eso.

Era probable que Xian esperara que se sintiera reconfortado al oír aquella explicación, pero saber que la paliza que había recibido Deng recaía exclusivamente sobre sus hombros tuvo el efecto contrario.

—¡Yo también lo perdoné! —espetó antes de poder contenerse—. ¿Acaso mi perdón vale menos que el tuyo por ser quien soy?

El otro joven pareció sorprendido.

—Te hizo daño, Zhen. Tiene que pagar por ello. Las leyes existen por una razón. No puedo pedirle a los miembros de la corte que le dejen irse de rositas solo porque tú sientas lástima por él.

—Puedes hacer lo que quieras —replicó él—. Eres un príncipe.

—Sí, lo soy. —Xian se inclinó hacia delante con gesto intenso mientras le sostenía la mirada—.

Y ¿qué clase de príncipe sería si no protegiera a aquellos que me importan?

—Zhen parpadeó. No había esperado aquel fervor al hablar o la agitación aguda que le atravesó el pecho—.

Si decidí mostrarle clemencia fue por ti —continuó—.

De hecho, le pedí al gobernador Gao que no lo despachara de palacio porque, de algún modo, tú has sido capaz de perdonarlo.

Pero soy uno de los príncipes de Wuyue y, mientras estoy aquí, represento a mi padre.

La corte de Changle está pendiente de todos y cada uno de mis movimientos y no puedo permitir que piensen que soy alguien débil o, lo que es peor, injusto.

Zhen había visto lo volátil que podía ser la jerarquía dentro de las manadas de lobos.

Si el lobo dominante vacilaba, corría el riesgo de perder el poder.

Los machos de mayor edad atacaban de forma salvaje a los competidores más jóvenes para reafirmar el control que ejercían y asegurarse la obediencia del resto de los miembros de la manada.

—Mi hermanastro mayor está esperando a que cometa el más mínimo error para demostrar que no soy digno del favor de mi padre.

—Xian soltó una risita desprovista de cualquier rastro de humor—.

Si cuarenta golpes con la vara ligera te ha parecido algo brutal, deberías ver de lo que son capaces las consortes rivales de un palacio.

Teniendo en cuenta que su madre era una plebeya (le había mencionado que procedía de una familia de recolectores de té), todas las decisiones que él tomaba no solo le afectaban a él, sino a la posición de su madre dentro de la corte real.

Aquel era otro motivo por el que no podía perder la aprobación de su padre.

—El amuleto que llevas en torno al cuello… —comentó Zhen—. Nunca te he visto quitártelo. ¿Es un regalo de tu madre?

Xian asintió. Se metió las manos por el cuello de la camisa y sacó el colgante con la cadena.

—En una ocasión me dijo que, cuanto más tiempo se lleve puesto el jade, más fuertes serán sus poderes protectores.

—Acarició la piedra sin brillo entre el pulgar y el dedo índice—.

Los colores tienen diferentes significados.

El jade blanco simboliza el amor y la claridad de mente mientras que el que es verde oscuro, como este, representa la fuerza y la resiliencia.

A diferencia de Qing, cuya madre le había dado nombre y había cuidado de ella, Zhen nunca había conocido a la suya.

Las pitones ponían los huevos y abandonaban a las crías para que se valieran por sí mismas tras haber salido del cascarón.

Nunca llegaría a comprender del todo la conexión entre una madre y sus hijos, pero, por la forma en la que Xian hablaba de la suya, lo fieramente protector que se mostraba y el hecho de que estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de encontrar la cura, era evidente que destruiría sin titubear a cualquiera que se interpusiera en su camino… Incluido Zhen.

Bajó la vista hacia el tablero y fingió estar planteándose cuál iba a ser su siguiente jugada para evitar la mirada del príncipe. Sin embargo, cuando tomó una de las piezas blancas, aquella piedrecita tan pequeña le pareció tan pesada como el plomo.

Aquella noche, esperó hasta que la respiración de Xian dio paso a los ronquidos antes de incorporarse.

Se detuvo un instante para contemplar el rostro dormido del otro chico.

Una leve arruga le surcaba el espacio entre las cejas y las sombras le suavizaban los rasgos, lo que hacía que pareciera tener menos de diecisiete años.

Sacó las piernas por el lateral de la cama elevada, cruzó en silencio la habitación y abrió la celosía de la ventana que se encontraba cerca del camastro en el que se suponía que debería estar durmiendo.

Salir por allí era la única manera de hacerlo sin alertar a los guardias apostados en la puerta de la alcoba.

Fuera, el patio estaba oscuro y silencioso.

Los árboles, quietos y amenazantes, se alzaban con los brazos esqueléticos tendidos hacia el cielo.

Con sigilo, se abrió paso hasta la parte trasera del recinto.

Allí, cerca del muro exterior, crecía un olmo cuyas ramas se expandían por encima de la tapia.

Cerró los ojos y se concentró. En aquella ocasión, la transformación le dolió más a causa de las lesiones internas que le había provocado la paliza de Deng, que todavía estaban sanando. Los huesos se le reagruparon y el cuerpo se le alargó mientras le desaparecían las extremidades.

Cuando hubo cambiado del todo, giró la cabeza serpentina de un lado a otro. Tras él, las escamas blancas que tenía en el dorsal resplandecían, iridiscentes en medio de la oscuridad.

Algo hizo que se le despertaran todos los sentidos.

Tenía la sensación de que unos ojos ocultos lo estaban observando.

Sin embargo, cuando comprobó los alrededores, no vio a nadie.

Como pitón, su visión en la oscuridad no era demasiado aguda y, en el último año, Qing había tenido que ayudarle a orientarse por la noche.

Las víboras de foseta eran cazadoras nocturnas y su amiga podía localizar a las presas gracias al calor corporal.

Comenzó a trepar por el tronco. A diferencia de los lagartos, no contaba con pies que le ayudaran a ascender en vertical, pero las escamas que poseía se aferraban a la corteza rugosa y le permitían empujarse hacia arriba.

En lo alto del muro se detuvo un instante, aguzando el oído en busca de alguna vibración o algún movimiento.

Sacó la lengua bífida al detectar unos leves aromas en el aire: humo con olor a madera, hierba machacada y rocío.

Descendió la muralla que rodeaba la mansión real. Las terrazas de mármol blanco de palacio lo camuflaban bien y, mientras serpenteaba hacia la puerta sur que conducía al patio externo, se mantuvo entre las sombras que bordeaban los edificios.

Incluso con su mala visión, pudo ver la imponente estructura de madera recortada contra el cielo nocturno. Una figura inerte colgaba entre los postes rectos con las muñecas atadas a la viga superior. Tenía la espalda desollada teñida de negro por la sangre seca.

Zhen se deslizó por la plataforma. Deng tenía el rostro contorsionado en una mueca de dolor y los hombros girados en un ángulo antinatural. Aquella presión dolorosa parecía estar comprimiéndole el pecho, por lo que respiraba con dificultad y de forma superficial.

El joven abrió los ojos, que, al verlo, se le llenaron de horror. Dejó escapar un sonido agudo y quejumbroso, pero no gritó, tal vez temiendo que volvieran a castigarlo por causar un alboroto.

La manera más rápida de que Zhen llegara hasta sus muñecas atadas era trepando por el cuerpo del cortesano, pero no serviría de nada si moría de miedo tras haber sobrevivido a cuarenta golpes.

En su lugar, subió por uno de los postes, serpenteó por la viga superior y se enroscó en torno a la cuerda con la que tenía atadas las muñecas.

Deng alzó la vista hacia él, sollozando y temblando.

Zhen suspiró, pero sonó como un siseo, lo que solo hizo que el otro joven pareciera aún más aterrado.

Mordió los nudos hasta soltarlos un poco.

No podía arriesgarse a deshacerlos del todo, ya que Deng podría intentar escapar y acabar teniendo más problemas.

Tan solo tenía la esperanza de quitarle un poco de presión de los brazos y el pecho para que le resultara más fácil soportar el tiempo que quedaba hasta el amanecer.

Cuando la cuerda se aflojó un poco, Deng pareció darse cuenta al fin de lo que estaba intentando hacer.

Su gesto pasó del miedo a la incredulidad y, por último, a la confusión.

Los brazos, que, probablemente, se le habrían entumecido tras pasar tantas horas en aquella posición agónica, le temblaron.

Zhen bajó de la plataforma. No podía entretenerse. El patio exterior era muy grande y estaba demasiado vacío, por lo que no había ni árboles ni arbustos en los que esconderse. Tenía que volver antes de que Xian se despertara y se diera cuenta de que se había marchado.

Regresó hasta la mansión real, escaló el muro y se transformó de nuevo en humano tras el olmo, que era donde había dejado la ropa. Se vistió rápidamente y se ajustó el fajín en torno a la cintura mientras atravesaba el patio en dirección a los aposentos del príncipe…

—¿Vas a alguna parte?

Se llevó semejante susto que, si hubiera seguido siendo una serpiente, se habría quedado sin muda.

Fahai estaba sentado en uno de los bancos de piedra del patio. Zhen había estado tan absorto que no se había percatado de su presencia silenciosa.

—Oh… Tenía que… eh… ir al baño. —El corazón le latía con tanta fuerza que estaba seguro de que aquel hombre podía oírlo—. No quería molestar al príncipe, así que he… eh… salido por la ventana.

Se dio cuenta demasiado tarde de lo ridícula que sonaba aquella excusa. Con los ojos entrecerrados, miró a Fahai a la cara, pero las sombras ocultaban su gesto.

—La próxima vez, usa la puerta. Podrían confundirte con un intruso.

—El tono de voz del hombre tampoco revelaba nada—.

Me alegra ver que pareces encontrarte lo bastante bien como para emprender la excursión de caza que el príncipe ha planeado para mañana.

—Zhen asintió a pesar de la turbación que se le sacudía en las entrañas—.

El príncipe está preocupado por tu salud —añadió Fahai—.

Tengo algunos conocimientos sobre plantas medicinales y me ha pedido que prepare una decocción que pueda ayudarte.

—Gracias, consejero Fahai —dijo antes de ofrecerle una reverencia rápida—. Buenas noches.

Mientras se apresuraba a volver dentro, todavía podía sentir a aquel taciturno consejero de la corte observándolo.