La leyenda de la serpiente blanca 17 ZHEN
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Y no ha pasado nada? —le preguntó Qing.

—Hemos dormido en lados opuestos de la cama —contestó Zhen mientras quitaba el envoltorio de un pastelito de arroz glutinoso que le había llevado su amiga—. Puso una manta enrollada entre nosotros.

Estaban sentados en la terraza abierta que se encontraba cerca de la puerta sur que separaba el patio interior del exterior.

Era uno de los lugares favoritos de los trabajadores de palacio para pasar el descanso de mediodía, pues podían disfrutar de las vigorizantes brisas veraniegas o echarse una siesta bajo la sombra de los árboles de Alstonia.

Junto a los arcos de la puerta se alzaban varios cipreses majestuosos.

Dos de ellos tenían las ramas entrelazadas y la corteza nudosa de otro hacía que pareciera que tenía dos dragones enroscados en torno al tronco.

Zhen mordió el arroz pegajoso mezclado con carne picada.

—Fingí estar dormido y no intentó hacer nada. Después de un rato, se levantó y abandonó la estancia durante una media hora.

Qing arqueó mucho las cejas.

—¿Crees que fue a…? Ya sabes… ¿Crees que fue a aliviarse?

Él la miró con recelo.

—¿Dónde has aprendido eso?

Ella le sonrió de medio lado.

—Las chicas hablan y cuentan cosas…

—Me asomé a la ventana. Estaba en el patio, hablando con Feng. Después, meditaron juntos.

Había creído que le avergonzaría el hecho de que el príncipe solo pareciera estar interesado en él a nivel físico, pero, al final, eso era lo único que Xian no le había pedido.

Qing dio un mordisco enorme a un bollo al vapor.

—Si te gusta, más te vale dejar de estar tan nervioso, porque vas a tener que ser tú el que dé el primer paso.

Zhen no pudo reprimir una sonrisa.

—¿Me estás dando consejos amorosos?

—¿Quién si no? Los chicos sois unos negados —dijo mientras le hincaba un dedo en el costado—.

Vi cómo te miraba en el ala médica. Si no le importases nada, se habría limitado a acostarse contigo para, después, deshacerse de ti.

El hecho de que no te haya presionado para hacer nada significa que, en realidad, siente algo por ti. Es bastante romántico.

Cuando le habían permitido salir del ala médica, había considerado seriamente la posibilidad de ir a buscar a Qing y marcharse de palacio en lugar de regresar a la alcoba de Xian. Para cuando alguien se diera cuenta de que habían desaparecido, estarían a kilómetros de distancia.

Sin embargo, algo lo había retenido; algo que iba en contra de los instintos en los que siempre había confiado.

En el pasado, ya había abandonado al príncipe en una ocasión, cuando no había sido más que un niño indefenso que casi se había ahogado, y la culpabilidad todavía lo acechaba.

Tal vez los dioses le estuvieran dando una oportunidad de enmendarlo.

No sabía cómo, pero sí sabía que huir en la dirección contraria no era la solución.

Miró a su amiga con gesto serio.

—Tengo que contarte algo. El príncipe me quiere a mí.

Qing soltó una carcajada.

—Sí que te ha costado darte cuenta de eso…

—No; no me refiero a eso. —Zhen respiró hondo—.

Su madre lleva enferma muchos años a causa de la mordedura de una serpiente blanca.

Un oráculo le dijo que viniera a Changle para encontrar la cura: otra serpiente blanca.

Ese es el verdadero motivo de que esté aquí.

Va a salir a cazar serpientes y quiere que sea su guía.

Su amiga abrió los ojos de par en par.

—¿Por eso querías que nos marcháramos de palacio con tanta prisa el otro día? ¿Porque el príncipe está aquí con el único propósito de matar serpientes?

—No va a matarlas. Su intención es mantener con vida a la serpiente blanca. Es el último ingrediente que necesita para el antídoto que está preparando su consejero.

—¿«Ingrediente»? —Qing parecía horrorizada y le agarró el brazo—. Vámonos de aquí. Ahora mismo.

Zhen negó con la cabeza.

—He cambiado de idea con respecto a marcharnos. No quiero ser un cobarde.

«Ni un ladrón», pensó para sus adentros. Todavía no se veía capaz de contarle a su amiga lo de la perla.

—Huir no va a solucionar nada.

—Eh… Nada excepto evitar una amenaza inminente para tu vida… —Qing se vio interrumpida por el eco retumbante del sonido de un gong. Ambos se giraron hacia el patio exterior—. ¿Qué ocurre? —preguntó ella mientras se ponía en pie cuando el instrumento volvió a sonar.

Se unieron al resto de los trabajadores de palacio que, curiosos, estaban atravesando la puerta.

Al otro lado, en medio del enorme patio sin árboles, una muchedumbre se había agolpado en torno a una plataforma elevada sobre la que se alzaba una estructura de madera que, más o menos, doblaba la altura de una puerta normal.

Una figura familiar estaba atada entre los postes de aquel armazón.

Estaba de espaldas a la multitud y tenía las muñecas sujetas a la viga superior, por encima de la cabeza.

El gobernador Gao y el mayordomo Chu estaban de pie junto a la plataforma, así que Zhen se escondió rápidamente tras un hombre alto para que no lo vieran.

—La corte de Changle ha declarado a este joven culpable del crimen de herir a otra persona por una simple venganza. También se ha tenido en cuenta un segundo crimen, mucho más serio: mentir al príncipe de Wuyue —dijo Gao.

Deng tan solo llevaba puesta la ropa interior y, aunque ir vestido seguía resultándole muy poco natural, Zhen sabía que, entre los humanos, que te arrebataran a la fuerza aquella dignidad era algo muy humillante.

—Se le ha sentenciado a cuarenta golpes con la vara ligera —prosiguió el gobernador—. Pasará toda la noche colgado en el patio exterior para que reflexione sobre sus pecados. Después, retomará sus quehaceres en el palacio. El castigo comenzará ahora.

Un funcionario golpeó el gong con una maza. Aquel siniestro clamor reverberó en el pecho de Zhen. No podía ver el rostro de Deng, pero ya le resultaba bastante duro contemplar el modo en el que le colgaba la cabeza y cómo se le hundían los hombros.

Uno de los guardias dio un paso al frente con una vara de bambú alargada en la mano. Habían raspado los nudos de la madera, lo que, de algún modo, lograba que la vara resultara aún más amenazante.

A Zhen se le secó la boca. El silencio se posó entre la multitud. Sobre la plataforma, Deng comenzó a temblar.

El guardia alzó el brazo y lo bajó con una fuerza brutal.

La vara atravesó el aire con un silbido y aterrizó sobre la parte trasera de los muslos del cortesano con un golpe fuerte.

El cuerpo de Deng se tensó y se arqueó como si lo hubiera alcanzado un rayo.

El grito descarnado que le brotó de la garganta fue uno de los sonidos más horribles que Zhen hubiese oído jamás.

Cerró los puños con fuerza. Qing lo miró de reojo.

La paliza fue rápida y abrasadora, propinada toda de golpe.

Los latigazos sangrientos se sucedieron unos detrás de otros, formando un patrón cruel y entrecruzado de rayas que atravesaban la espalda y los muslos del joven.

Zhen esperaba que alguien estuviera llevando la cuenta, porque él se había perdido y Deng había dejado de gritar cada vez que recibía un golpe.

Cuando el guardia bajó al fin la vara ensangrentada, una exhalación colectiva surgió de entre los espectadores. El chico colgaba de la estructura de madera como un muñeco de trapo maltrecho y tan solo se mantenía en pie gracias a las cuerdas que tenía en torno a las muñecas.

Gao mostró un gesto imperturbable mientras señalaba las ataduras de Deng. En lugar de soltarlas, los guardias las tensaron más, por lo que el cuerpo del cortesano se elevó hasta que apenas podía rozar la plataforma con los pies, produciéndole una enorme tensión en la zona de los hombros.

Zhen dio un paso al frente de forma instintiva, pero Qing lo agarró de la muñeca.

—Ni se te ocurra —le dijo en voz baja—. Vámonos.

El corazón le palpitaba con fuerza, pero se obligó a marcharse de allí.