16 XIAN
Tras las pestañas, percibía el brillo de una luz rojiza y apagada. Enterró los dedos en una tierra arenosa. Una brisa le rozó la nariz, arrastrando consigo el hedor de los peces muertos y las algas podridas.
Abrió los párpados con un pestañeo y la luz del sol le golpeó los ojos. Un manantial amargo de bilis y agua le subió por la garganta. Intentó darse la vuelta para vomitar, pero había algo que le envolvía el torso y le restringía los movimientos.
Enroscada en torno al cuerpo con tres vueltas completas, tenía a una serpiente blanca enorme. Sus escamas pálidas y resplandecientes eran como una miríada de corazas. En el lado izquierdo tenía una cicatriz profunda e irregular de varios centímetros de largura.
Se quedó congelado. De forma instintiva, abrió los dedos de la mano y dejó a la vista la perla que tenía en la palma. La serpiente abrió la boca de par en par y sacó la lengua. Se preparó para el mordisco letal y…
Sin embargo, la punzada de los colmillos no llegó. El animal comenzó a desenroscarse y notó que el vientre escamoso le resbalaba por los brazos. Había creído que la piel le parecería la de un cadáver, pero era fría, seca y coriácea, como la cubierta desgastada de un libro antiguo.
La serpiente levantó la cabeza y lo miró fijamente. Sus ojos inhumanos eran como pozos esmeralda que lo sumieron en un trance. Intentó mover las extremidades, pero no las sentía. Era como si tuviera el cuerpo atrapado en algún tipo de parálisis.
El animal se dio la vuelta al fin y serpenteó hasta las aguas agitadas del lago.
Se produjo un destello blanco como un hueso y, después, desapareció.
Y la perla con ella.
Xian abrió los ojos de golpe.
Se incorporó con el corazón todavía acelerado. Llevaba un tiempo sin soñar con la serpiente blanca y el hecho de que hubiera vuelto a hacerlo durante su estancia en Changle tenía que significar algo; era otro recordatorio de cuál era el propósito de la visita.
Separó las cortinas frontales de la cama elevada.
Zhen seguía en el ala médica y el camastro del rincón estaba vacío.
A través de las celosías de la ventana podía ver unos leves destellos de amanecer iluminando el cielo exterior.
Todavía sentía los vestigios del sueño, y el pánico que había sentido su yo de diez años seguía siendo muy real.
No tenía sentido intentar volver a dormir.
Se colocó una túnica externa sobre los hombros. Los guardias estacionados frente a la alcoba hicieron el saludo militar cuando salió.
Al entrar en el comedor, se dio cuenta de que una de las sillas de madera tallada estaba ocupaba por una figura familiar. Tenía varios pergaminos esparcidos frente a él y estaba leyéndolos a la luz de las velas.
Xian sonrió. Durante el viaje hasta Changle, Fahai, como buen erudito, había pasado el tiempo libre en las estaciones de paso con la nariz enterrada entre los textos en lugar de bebiendo vino con el resto de la delegación.
—Has madrugado —dijo Xian mientras se sentaba junto al consejero de la corte—. ¿Qué estás leyendo?
—Buenos días, príncipe —contestó Fahai—.
He estado en el Salón del Conocimiento. La corte Min tiene una biblioteca decente y he tomado prestados unos cuantos textos antiguos sobre alquimia y taxonomía.
—Cerró el pergamino que tenía frente a sí—.
He oído que ayer por la noche provocaste un buen escándalo en el ala médica.
Pareces decidido a evitar los cortesanos que te ofrece la corte Min y a escoger a alguien que no está en absoluto preparado para la tarea.
—Me gusta que tengan que estar siempre alerta. Además, podrían haber entrenado a sus cortesanos para escuchar a hurtadillas nuestras conversaciones privadas y, sin duda, eso es algo que no queremos.
El tono de voz del consejero era mordaz.
—Así que escoger al mozo de cuadras fue un asunto totalmente… estratégico.
—Zhen está familiarizado con los bosques que rodean Changle. Pretendo organizar una expedición para cazar en cuanto se recupere. Será nuestro guía.
Estaba más cerca que nunca de encontrar a la serpiente blanca.
Podía sentirlo, como si lo que había ocurrido aquel día funesto, siete años atrás, hubiese forjado algún tipo de conexión entre la maldita criatura y él; una conexión que usaría en beneficio propio para capturarla y llevarla de vuelta con vida hasta Wuyue.
—Te importa ese chico —apuntó Fahai.
Xian lo miró a los ojos.
—Me importa encontrar a la serpiente blanca.
La diplomacia, que era el pretexto de aquella visita a Changle, era frustrante y consumía gran parte de su tiempo.
En lugar de buscar la cura que su madre necesitaba con tanta desesperación, tenía que mantener las apariencias y asistir a las reuniones y comidas aparentemente interminables que había organizado el gobernador Gao.
Había pasado todo el día visitando el arsenal de la ciudad y dos cuarteles cercanos junto con Feng y Fahai.
Cuando aquella noche regresó a sus aposentos tras una cena con Gao y los funcionarios de más rango de la corte, Zhen ya estaba allí.
Llevaba el pelo recién lavado y peinado, con la parte superior recogida en una coleta trenzada en lugar de con un moño.
Seguía teniendo las mejillas pálidas, lo que acentuaba el blanco marfil de la túnica de seda que llevaba puesta.
Lo más probable era que otros colores también le sentaran bien, pero aquel parecía perfecto para él.
Se acercó hasta el joven.
—¿El médico ha considerado que estabas lo bastante bien como para darte el alta?
—No, me he escabullido sin su permiso —contestó el otro chico con tono socarrón.
Xian no pudo reprimir una sonrisa. Que mostrara buen sentido del humor era una buena señal.
—En tal caso, te prohíbo hacer cualquier tipo de trabajo en mi alcoba.
—Demasiado tarde —contestó él mientras señalaba una bandeja cercana en la que había una tetera de cuya boca emanaban volutas de vapor—.
He pensado que te gustaría tomar una taza de pu’er tras la cena.
—Sirvió un poco de té en una tacita de porcelana y, después, se la ofreció con ambas manos—. Alteza.
Aunque utilizó aquel honorífico que le había dicho expresamente que no usara, lo hizo con un brillo en los ojos y una leve curva en las comisuras de los labios. Aquello provocó que algo se removiera en el pecho de Xian: un anhelo repentino y agudo.
Cuando tomó la taza, se rozaron los dedos. Desde luego, no era el mejor té que hubiese probado jamás, pero eso no importaba. El gesto expectante de Zhen mientras lo observaba tomar la bebida que él mismo había preparado fue mucho más satisfactorio.
—Está bueno —dijo—. Aunque, si vuelves a llamarme «alteza», tendré que enviarte de vuelta al ala médica para que el doctor pueda determinar si las heridas que has sufrido te han causado algún tipo de pérdida de memoria.
—Zhen le dedicó una sonrisa furtiva que Xian apreció más de lo debido—.
Por cierto, he hablado con el gobernador Gao.
A partir de mañana, asignarán a Qing para que nos sirva las comidas, así que podréis veros más a menudo.
La sorpresa iluminó el rostro del otro chico.
—Gracias.
—No es tu hermana de verdad, ¿no es así?
Xian mantuvo un tono neutro, libre de cualquier resquicio de acusación. Se preguntaba si volvería a mentirle, pero el joven asintió.
—El año pasado, la rescaté de un hombre que quería matarla —contestó—. Ninguno de los dos tenía a nadie más, así que ha llegado a convertirse en algo parecido a mi hermana. Por eso es mi deber cuidar de ella lo mejor que pueda.
Aquellas palabras le calaron hondo. Pensó en su madre, una consorte plebeya.
A menudo, las otras mujeres se burlaban de ella a sus espaldas y, en ocasiones, incluso de un modo mucho menos discreto.
Su padre la amaba, pero tenía la lealtad dividida entre su reino, su esposa y sus consortes, y sus hijos.
El rey estaba dividido y, por eso, él no podía estarlo.
Se quitó la prenda exterior que había llevado durante la cena.
No se trataba del lóng páo , pero seguía siendo una túnica formal.
Mientras recogía la camisa interior que colgaba del perchero, por el rabillo del ojo, vio que Zhen lo estaba mirando.
Sin embargo, cuando giró la cabeza, el otro chico apartó rápidamente la vista y se dedicó a apagar las velas y atenuar la iluminación.
—Espera —le dijo a Zhen, que se dirigía hacía el camastro que se encontraba en un rincón del dormitorio.
El joven se detuvo—. Quiero que, esta noche, duermas en mi cama.
—Un destello atravesó el rostro del sirviente, lo que hizo que Xian se percatara de cómo debía de haber interpretado sus palabras—.
Tu lecho es muy estrecho y dormir en una mala posición puede ralentizar la curación de las heridas internas —añadió rápidamente.
Después, colocó una manta enrollada en el centro de la cama elevada para que los separara como una muralla—.
Yo dormiré en este lado y tú puedes dormir en el otro.
Xian se subió a la cama y pasó un instante antes de que Zhen ocupase el otro lado.
Soltó los cordones que sostenían las cortinas de gasa, que envolvieron el lecho como si fuera un capullo.
Apoyó la cabeza sobre el almohadón de seda, que era lo bastante largo como para que ambos lo compartieran.
En su mitad de la cama, el mozo de cuadras estiró las extremidades sin esfuerzo y con una elegancia casi sinuosa.
El silencio se posó sobre ellos como una sábana sombría.