15 XIAN
Zu ŏ x ū bù li ā o —dijo Feng—. Blande la espada en la postura vacía izquierda.
Xian estaba frente a su amigo en el Salón de la Concentración, que era la galería destinada a la práctica de las artes marciales.
Llevaba una túnica de entrenamiento oscura, mientras que Feng llevaba la túnica Shaolin marrón ajustada con un cinturón negro.
Ambos llevaban vendas del mismo color en torno a los pies descalzos y las espinillas para evitar tirones musculares tras pasar largas horas luchando sobre suelos duros.
Hacía más de una semana que no se enfrentaban el uno al otro y no debía descuidar su jiàn shù (la habilidad con la espada).
Levantó el arma de entrenamiento, que, a diferencia de las reales, tenía el filo redondeado y estaba forjada con acero romo.
—¿No hemos practicado este movimiento como unas ciento veintinueve veces?
—Con suerte, lo ejecutarás a la perfección en el intento ciento treinta —replicó Feng—.
Recuerda por qué se llama «postura vacía»: no debes ejercer ningún tipo de presión sobre la pierna delantera.
Deberías apoyar todo el peso del cuerpo en la pierna trasera para que la otra quede libre y puedas darle una patada a tu oponente.
Xian sostenía con firmeza la empuñadura de la espada.
No ejercía un agarre tan flojo como para que pudiera caérsele de la mano con un golpe ni tan fuerte como para que no pudiera rotarla lo bastante rápido como para repeler un ataque procedente de un ángulo inesperado.
La mano libre servía de contrapeso y era tan importante como aquella que sostenía el arma.
Xian atacó primero, blandiendo la espada en un movimiento circular dirigido al brazo de Feng. La fuerza de cada golpe no procedía del brazo, sino del d ā n tián , el núcleo de energía interna que se encontraba en su interior, justo por debajo del ombligo.
Su amigo desvió el golpe descendente y le mostró un ejemplo perfecto de cómo blandir la espada en la postura vacía izquierda.
Qué presumido… Xian lo bloqueó antes de contraatacar con una serie de estocadas cortas y percutoras.
Cuando Feng le clavó la punta del arma en el hombro, se hizo a un lado y dejó expuesto el costado izquierdo.
Sin perder un solo instante, su guardaespaldas le asestó un fuerte revés.
No pudo apartarse a tiempo, tal como Feng había esperado que hiciera, así que recibió el golpe en el lateral de la cabeza. Se tambaleó un par de pasos hacia atrás, pero consiguió mantenerse en pie.
Su amigo bajó la espada rápidamente.
—¿Estás bien?
—Sí —contestó con una mueca—. No puedo decir lo mismo sobre mi orgullo.
Feng se acercó a él, le agarró la barbilla y le movió la cabeza de un lado a otro.
—¿Dolor agudo en las sienes? ¿Visión doble o borrosa?
—Tienes la mandíbula tan afilada como siempre y sigue pareciendo que los dioses tallaron el puente de tu nariz en roca.
Siempre que Feng llevaba a cabo exhibiciones de artes marciales durante las festividades de palacio, las jovencitas se empujaban las unas a las otras entre risitas para poder verlo mejor y algunos chicos jóvenes mostraban algo más que admiración en los ojos mientras le miraban los hombros amplios y el vientre tonificado.
Sin embargo, Feng parecía indiferente y no mostraba interés ni en chicos ni en chicas.
Tal vez los monjes Shaolin le hubiesen enseñado a utilizar el entrenamiento en artes marciales para controlar los impulsos.
Sin duda, era el tipo de chico que a Xian podría atraerle, pero eso era algo que se había prohibido a sí mismo de forma estricta, ya que valoraba más su amistad que un revolcón pasajero.
Su amigo dio un paso atrás.
—Estás demasiado distraído. —Lo condujo hasta un banco para que descansara y se sentó a su lado—. Supongo que tiene algo que ver con el hecho de que tu sirviente te haya mentido descaradamente en el ala médica.
Antes de marcharse, a Xian no le había pasado desapercibido el gesto apesadumbrado de Zhen. Al parecer, la mentira les había dolido a ambos.
—Debe de tener sus motivos.
—¿Sigues intentando defenderlo? —Feng sonaba espantado—. Le ha mentido a un príncipe. Deberían acusarlo de irreverencia. Eso se castiga con ochenta golpes con la vara pesada. Incluso puede que pida que me dejen hacerlo a mí mismo.
Xian esbozó una sonrisa.
—No sabía que te gustasen ese tipo de cosas.
—No estoy bromeando. No deberías tolerar semejante insolencia. La sexta de las diez abominaciones incluye las faltas de respeto hacia los miembros de la familia real.
—Y, teniendo en cuenta la ley de las nueve generaciones, se habría de castigar a su hermana del mismo modo —señaló él—. ¿Estás seguro de que también podrías azotarla a ella?
Feng parecía soliviantado. Entonces, señaló la espada, que había dejado a un lado.
—Vamos a intentarlo de nuevo.
Xian frunció el ceño mientras se ponía en pie.
No conseguía desprenderse de la sensación de que Zhen le estaba ocultando algo, pero no sabía de qué se trataba exactamente.
No lo culpaba por mostrar cautela; después de todo, su hermana y él llevaban muy poco tiempo en palacio y el desequilibrio de poder que había entre ellos hacía que todo fuese más complicado.
Sin embargo, estaba seguro de que sus caminos se habían cruzado por algún motivo y, cuanto más parecía que Zhen quería esconderle la verdad, más decidido estaba él a no dejarlo pasar.
Cuando entró en su alcoba esa noche, lo estaba esperando una figura esbelta ataviada con una túnica azul verdosa.
—Alteza, soy vuestro nuevo sirviente —dijo el joven mientras se ponía de rodillas con elegancia—. Me llamo…
—Deng. —Xian cerró la puerta tras de sí—. Sé quién eres.
La sorpresa que se reflejó en los ojos del joven pronto fue sustituida por un gesto complacido.
—Os acordáis. —Se puso en pie, se acercó a él y le pasó los dedos por el cuello de la ropa—. ¿Puedo ayudaros a quitaros la túnica externa, alteza?
Xian bajó la vista hacia la mano de Deng.
—No será necesario. Voy a ir al ala médica a visitar a Zhen. Tengo entendido que tú has sido uno de los cortesanos que lo ha encontrado. ¿No es así?
El joven se tensó de un modo casi imperceptible.
—Sí. Pobre Zhen. Todos nos hemos quedado horrorizados cuando lo hemos visto en el almacén, inconsciente, con sangre saliéndole por la boca. Ha debido desmayarse y golpearse la cabeza.
—Eso es lo que me ha dicho él también. —Xian alzó la barbilla—. Pero creo que te has olvidado de mencionar una serie de detalles cruciales.
Deng apretó los labios, pero mantuvo la compostura.
—Alteza, los demás cortesanos también estaban presentes. Si les preguntáis, os contarán lo mismo que…
—No será necesario. Acabas de decirme todo lo que necesitaba saber.
—Le agarró la mano y se la giró, dejando a la vista los nudillos enrojecidos—.
Sabes cómo golpear a alguien sin dejarle marcas, pero te has olvidado de ti mismo.
¿Crees que los demás cortesanos se atreverían a contradecir tu historia después de ver lo que le has hecho a Zhen?
El gesto de Deng titubeó.
—Por favor, no es lo que pensáis…
—Ahórrate las palabras. Tengo un hermanastro mayor que me odia, así que sé muy bien lo que es ser víctima de los puños de otro e intentar esconderlo.
—El tono de su voz era mortífero—. Si crees que no soy capaz de adivinar quién se beneficia de que Zhen esté en el ala médica, entonces eres culpable de otro crimen: insultar mi inteligencia.
El joven palideció y se postró a sus pies.
—¡Alteza, perdonadme! —A diferencia de lo que ocurría en el salón del trono, allí no habían colocado vasijas de barro bajo la tarima, por lo que cada vez que la frente de Deng rozaba la madera, tan solo se oía un golpe suave—.
¡Llevo toda mi vida entrenando para esto y quería serviros desesperadamente!
Por favor, no me despachéis. Si lo hacéis, lo perderé todo…
—A pesar de lo que le has hecho, Zhen ha mentido para guardarte el secreto.
—Agarró con el puño parte de la túnica del joven y tiró de él para ponerlo en pie—.
Mi perdón no es tan importante como el suyo.
Harías bien en rezar para que esté de humor para mostrar clemencia, porque juro por todos los infiernos que no la mereces.
Cuando entraron en el ala médica, Xian mostraba un gesto tan sombrío y Deng parecía tan lloroso que los médicos hicieron una reverencia y se alejaron a toda prisa para ocuparse de sus respectivos quehaceres.
El príncipe se acercó hasta la cama de Zhen a grandes zancadas, arrastrando tras de sí al otro joven. El mozo de cuadras se incorporó con los ojos abiertos de par en par.
—¿Alteza?
Xian soltó el brazo de Deng.
—Tiene algo que decirte.
El cortesano se dejó caer de rodillas ante un Zhen desconcertado.
—Te he hecho daño porque estaba celoso. Merezco ser castigado, pero la vida en palacio es lo único que tengo… Por favor, te lo suplico, perdóname…
Mientras el chico lloriqueaba, el gesto de Zhen pasó del asombro a la empatía; un tipo de empatía que el príncipe no había ni visto ni sentido en mucho tiempo.
—Lo perdono.
Xian sabía que lo decía en serio. Deng lo miró, suplicante.
Las puertas del ala médica se abrieron y por ellas apareció Feng, acompañado por el gobernador Gao, el mayordomo Chu y un par de guardias. El joven cortesano pareció aterrorizado mientras se acercaban a ellos y hacían una reverencia ante el príncipe, que no les devolvió el saludo.
—Esta persona vil ha confesado atacar a mi sirviente por rencor y malicia —dijo Xian con la voz tensa—. Apartadlo de mi vista y lidiad con él como corresponda.
Cuando habló, la voz de Zhen estaba teñida de pánico.
—Pero lo he perdo…
Gao lo interrumpió.
—En este palacio no toleramos un comportamiento tan traicionero. Os aseguro que será castigado con la mayor severidad.
A Deng se le desfiguró el rostro y comenzó a lloriquear y temblar de forma incontrolable mientras los guardias lo ponían en pie de golpe.
—¡Por favor, tened piedad de mí!
—Alteza… —Chu dio un paso al frente y agachó la cabeza—. Me avergüenza profundamente que hayáis tenido que presenciar semejante comportamiento de uno de mis cortesanos. Os ruego que me perdonéis.
Xian le lanzó una mirada gélida.
—Que esto sirva de lección para todos tus cortesanos: no quiero un sustituto. Zhen será quien me sirva o no lo hará nadie.
Conforme los guardias lo sacaban de allí a rastras, los alaridos del cortesano se volvieron más histéricos y resonaron en la calma de la noche hasta esfumarse por completo. Zhen parecía horrorizado.
Gao y Chu salieron de la sala y Feng se hizo a un lado para dejar al príncipe a solas con su sirviente.
—¿Qué le va a pasar a Deng? —preguntó el joven.
—Eso no importa. —Xian le lanzó una mirada severa—. ¿Por qué no me has dicho que había sido él el que te había hecho daño? ¿Por qué me has mentido, Zhen?
El otro chico bajó los párpados.
—Mi hermana y yo somos extraños en este palacio. Deng es el más antiguo de los cortesanos y el favorito de Chu. Supuse que nadie me creería antes que a él.
—Yo sí te habría creído.
Zhen pestañeó.
—Lo siento. —Entonces, frunció los labios—. El propio Deng fue una víctima. Su padre le pegaba, así que tuvo que huir de casa. Tal vez la violencia sea el único modo de sobrevivir que conoce.
Xian frunció el ceño.
—¿Por eso me has ocultado la verdad?
Zhen se quedó callado un instante.
—Una vez, alguien muy sabio me dijo por qué cada mitad del círculo del yin y el yang tiene un puntito del color contrario. Representa que, en cada elección, tenemos que considerar el bien de la otra persona de algún modo. Solo así podrán salir bien las cosas.
Hacer algo por el bien de un enemigo… ¿Podría hacer algo así cuando al fin capturara a la serpiente blanca? ¿Sería capaz de mostrar misericordia a los despiadados, tal como había hecho Zhen?
Xian no sabía si sería capaz. El niño que se había caído al lago del Oeste no era la misma persona que el niño al que habían rescatado después.
Aquel día, había perdido algo más que la perla; había perdido la fe en la bondad fundamental de todas las criaturas del mundo o en la existencia de la justicia cuando uno no se la toma por su propia mano.
Estiró el brazo y agarró la barbilla del otro chico para que tuviera que devolverle la mirada.
—Prométeme una cosa —dijo, mirándolo fijamente a los ojos—. Prométeme que no volverás a mentirme. Duerme en mi alcoba. Me da igual que a Feng no le guste la idea; necesito confiar en ti y quiero que sientas que tú puedes hacer lo mismo.
Un destello de emoción atravesó el rostro de Zhen, pero fue tan breve que Xian no fue capaz de descifrarlo. El joven asintió y le dedicó una sonrisa tentativa.
—Lo prometo.