La leyenda de la serpiente blanca 14 ZHEN
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14 ZHEN

L a primera vez que Zhen vio a una serpiente muerta fue en un pequeño islote del lago del Oeste.

El animal había mordido un anzuelo de pesca y se había desgarrado la mandíbula intentando soltarse.

El pescador había recogido el resto de lo que había capturado y había dejado atrás al reptil.

Una garza azul descendió y picoteó el cuerpo mutilado.

Sin embargo, no se comió a la serpiente, sino que alzó el vuelo con el pico ensangrentado.

La ira le recorrió el cuerpo. En el pasado, él también se había visto atrapado en una trampa y sabía el miedo y la desesperación que debía de haber sufrido el animal antes de sucumbir a una muerte lenta y dolorosa.

Necesitaba hacer algo a pesar de que la serpiente ya estaba muerta.

Tal vez pudiera enterrarla. Había visto a una niña enterrando a una ardilla en un agujero en la tierra. Podría usar la cola para cavar.

Mientras se arrastraba hacia el cadáver, oyó una voz rasposa.

—Déjala.

Zhen se detuvo. Una tortuga grande y arrugada se acercó hacia él con paso pesado.

—¿Por qué? Tú me rescataste cuando estaba atrapado en aquella trampa.

—Tuviste suerte. Él no la ha tenido. No puedes hacer nada más.

Zhen sacó la lengua.

—Todas las criaturas deben morir, pero no merecía una muerte tan horrible.

La tortuga tomó un palo con la boca y dibujó un círculo sobre la arena. Después, en el centro, añadió una línea ondulada y dos puntos en cada mitad.

—¿Qué significa eso? —preguntó Zhen.

—El yin y el yang. Lados opuestos del equilibrio que están conectados y fluyen el uno hacia el otro —contestó la tortuga—.

He vivido cientos de años, pero tú eres joven y mortal, Pequeño Blanco.

Tal vez algún día comprendas una ley inamovible del universo: el equilibrio siempre se restaura a sí mismo.

Zhen abrió los ojos.

Su entorno era amplio y espacioso y desprendía un aroma limpio y medicinal.

Levantó la cabeza. Se encontraba en el ala médica, tumbado en la última de una hilera de camas vacías.

Deng no estaba por ninguna parte. Seguía teniendo un regusto metálico a sangre en la garganta, lo que era un recordatorio de los últimos momentos violentos que había vivido antes de desmayarse.

Intentó moverse e hizo una mueca de dolor. No estaba acostumbrado a tener tantas partes corporales que dolieran.

A cierta distancia, un médico estaba hablando con una figura familiar. Se trataba del príncipe, que iba acompañado de su guardaespaldas.

Una sacudida de pánico le recorrió el cuerpo. No quería que Xian lo viese así. Se suponía que no debía verlo de nuevo. A esas alturas, Qing y él deberían haber estado a kilómetros de distancia del palacio.

Antes de que pudiera cerrar los ojos y fingir estar dormido, Feng miró en su dirección y le dio un codazo al príncipe.

Demasiado tarde.

Xian pasó junto al médico y se acercó hasta su cama con paso rápido. Zhen puso buena cara y se incorporó con esfuerzo.

—Alteza…

—No te muevas. —El príncipe le apoyó una mano en el hombro para detenerlo. Después, le posó otra sobre la frente—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Tiene que ver con la hemorragia nasal de anoche?

Si respiraba del modo más superficial posible, el dolor del costado izquierdo no era tan terrible. Podía salir airoso de aquella situación.

—Alteza, me he…

Xian le colocó un dedo sobre los labios.

—¿Recuerdas lo que te dije? No me llames así cuando estemos solos. O cuando estemos con Feng. Delante de él, puedes hablar con libertad. —Se inclinó hacia delante. Tenía una mirada sombría e intensa—. Quiero que me digas quién te ha hecho esto.

Antes de que pudiera responder, Qing irrumpió en la sala. Cuando lo vio tumbado en una cama, se acercó corriendo hasta él.

—Zhen, ¿estás bien? —exclamó con el rostro sonrojado y sin aliento a causa de la carrera—. Me han dicho que estabas enfermo y que debía venir de inmediato…

De pronto, se percató de las otras dos personas que estaban junto a la cama y se calló.

—¿Eres su hermana? —preguntó Xian.

Ella pestañeó, como si le sorprendiera que lo supiera, e hizo una reverencia.

—Sí, alteza. Me llamo Qing.

El príncipe volvió a girarse hacia él.

—Dime la verdad: ¿estás enfermo o alguien te ha hecho daño?

Zhen se miró las manos. No tenía ninguna marca. Ninguna herida defensiva. Deng no le había dado la oportunidad de defenderse. Si no hubiese estado tan distraído, intentando planear cómo salir de palacio lo más rápido posible, tal vez el otro chico no lo habría encontrado desprevenido.

—He tenido el mismo problema sanguíneo desde la infancia —mintió. Por suerte, en los últimos siete años, había aprendido algo de medicina tradicional—. El calor del verano interfiere con mi qi y hace que la sangre me fluya al revés. He debido desmayarme y darme un golpe en la cabeza.

«El equilibrio siempre se restaura a sí mismo».

La vieja tortuga había estado en lo cierto. Deng había entrenado mucho y durante mucho tiempo para ser el cortesano perfecto, pero él había salido de la nada y había conseguido un puesto que no le correspondía. El otro joven haría lo que fuese necesario con tal de recuperarlo.

—El médico te ha recetado d ā ng gu ī b ŭ xuè t ā ng —dijo Xian—.

Nutrirá tu qi y te aliviará cualquier dolor interno.

Yo he tenido que tomar el brebaje en un par de ocasiones, cuando mi compañero de entrenamiento decidió demostrarme que sus habilidades son muy superiores a las mías —añadió mientras señalaba a Feng con un gesto de la cabeza.

Al guardaespaldas se le encendieron las mejillas al mirar a Qing.

Aquella era la primera vez que Zhen lo veía sonrojarse—.

Te quedarás aquí hasta que el médico esté satisfecho con tu mejoría —prosiguió—.

Tu hermana puede quedarse a hacerte compañía.

Entonces, se encaminó hacia la puerta sin echar la vista atrás. Feng le lanzó una mirada penetrante antes de seguirlo. En cuanto hubieron abandonado el ala médica, Qing se inclinó hacia él.

—¿Quién te ha hecho daño? —le preguntó mientras entrelazaba ambas manos con las suyas—. Nadie puede oírnos. ¿Ha sido el guardaespaldas del príncipe? ¿Por eso te ha dado miedo decirlo hace un momento?

Zhen sacudió la cabeza, sintiéndose totalmente miserable.

—Ha sido Deng.

—¿El cortesano que ha venido a buscarte mientras hablábamos? ¿Te ha hecho daño porque está celoso de que el príncipe te haya escogido a ti en su lugar?

—No solo está celoso; quiere mi puesto. —Le parecía como si tuviera plomo en el pecho—. Desde el principio, el mayordomo Chu me dijo que él era la elección más evidente. Ahora que estoy aquí, adivina quién será mi sustituto.

—¿Por qué no le has contado todo esto al príncipe cuando te lo ha preguntado en lugar de decir que tienes un problema sanguíneo? —le preguntó su amiga.

—¿Y acabar pareciendo el mentiroso? —soltó una carcajada carente de cualquier rastro de diversión—. Si acuso a Deng, los demás cortesanos se pondrán de su parte sin dudar. Aquí somos extraños, Qing. No encajamos en este sitio y nunca lo haremos.

Ella frunció las cejas.

—¿Es por eso por lo que querías marcharte de un modo tan repentino?

—Vinimos aquí para mezclarnos entre la gente y pasar desapercibidos, pero hemos acabado llamando más la atención.

Es demasiado peligroso. —Aquel no era el motivo más importante, pero, por el momento, tendría que bastar—.

Lo siento, sé que te gusta trabajar en las cocinas de palacio y que la señora Hua te trata bien, pero…

Qing lo interrumpió.

—Cuando me salvaste la vida, juré que siempre estaría a tu lado. Puede que tú lo hayas olvidado, pero yo no.

Zhen sonrió muy a su pesar.

—No seas tonta; no pienso hacerte cumplir esa promesa.

—Ni voy a irme ni voy a quedarme en ninguna parte sin ti.

—El tono de voz de su amiga era firme—. Pero, antes de que nos marchemos, tienes que descansar y recuperarte.

Con suerte, para entonces, nos habrán pagado.

—Frunció los labios—. Siento ser yo la que te lo diga, pero eres el peor mentiroso que he visto jamás.

No creo que el príncipe te haya creído ni por un solo segundo.

El corazón se le cayó a los pies. El modo en el que Xian le había limpiado la sangre de la nariz y lo había consolado la noche anterior… Quería volver a sentir aquella ternura más que cualquier otra cosa. Quería tocarlo, quería arrastrarlo hacia él hasta que sus labios se encontraran…

Pero no iba a volver a servir al príncipe. Esa noche, Deng ocuparía el camastro en el que había dormido él. O tal vez el camastro quedase vacío y el joven cortesano pasase la velada en la cama de Xian.

Los celos, sorprendentes y peliagudos, le atravesaron el pecho como un alambre de espino que se le retorcía y enroscaba en las entrañas. Tal vez esa era la sensación que se experimentaba cuando te aplastaban lentamente. Teniendo en cuenta que era una pitón, era toda una ironía…

Deng le había dejado claro que iba a conquistar al príncipe y lo único peor que pensar en la satisfacción del cortesano mientras disfrutaba de su premio era imaginar el placer de Xian mientras hacía lo mismo.