13 ZHEN
Cuando aún había sido una serpiente ordinaria, a Zhen le había gustado nadar en los ríos y canales que surcaban los pueblos.
Solía asomar la cabeza por la superficie, evitando los barcos mercantes amarrados y las trampas para cangrejos que los pescadores dejaban a lo largo de las vías fluviales, y observaba con curiosidad a los humanos que cruzaban los puentes con prisas, ya que siempre parecían tener que estar en otra parte.
Le habían parecido ajenos a todo lo que los rodeaba, lo cual era un lujo que la mayoría de las criaturas no podían permitirse.
Había deseado tener la oportunidad de vivir como ellos; de poder dejar sus huellas en los caminos del mundo.
Así que, cuando había visto aquel orbe resplandeciente en manos de aquel niñito…
Había sabido de inmediato que se trataba de una de las míticas perlas espirituales, esas de las que le había hablado la vieja tortuga: una perla que lo cambiaría todo.
Zhen no le había contado a nadie que se había convertido en un espíritu serpiente.
Ni siquiera a Qing. Tal vez ese fuera otro de los motivos por los que había sentido la necesidad de salvarla: para poder expiar la culpa de haberse tragado la perla.
Si usaba aquel poder robado para salvar otra vida, tal vez lo que había hecho no estuviese tan mal.
Había abandonado el lago del Oeste y había viajado a todas partes: al norte, más allá del Huang He; al sur, hasta el río de las Perlas; y al oeste, hasta la meseta del Tíbet, que la gente llamaba «el techo del mundo».
Aun así, a menudo había pensado en el niño pequeño que había abandonado en aquel islote, en su rostro asustado y rubicundo y en la melena oscura y larga que se le había pegado a los laterales de la cara.
Se había preguntado qué habría sido de él y, ahora, tenía la respuesta.
Zhen se encontraba solo en el centro de la alcoba del príncipe.
La luz fría de la mañana se colaba a través de la ventana abierta.
Xian se había marchado media hora antes para reunirse con el gobernador Gao y el resto de los funcionarios de la corte.
Había frotado las manchas que había dejado en el suelo cuando había empezado a sangrarle la nariz, pero la manga del batín del príncipe, que colgaba del perchero, seguía teniendo restos de su sangre.
La noche anterior, los recuerdos, la consternación, el momento de comprensión…
Era todo demasiado abrumador, como una ola monstruosa que lo hubiese arrastrado mar adentro.
Incluso en ese momento, no podía apartar los ojos de la caja de ratán que se encontraba en un rincón de la estancia, imaginando cómo capturaban vivas a otras serpientes, cómo las torturaban o cómo, tal vez, incluso las usaban para hacer experimentos…
Se le heló la sangre y tuvo que reprimir las ganas de vomitar de nuevo.
Todos aquellos años, Xian había estado cazando serpientes y haciéndoles daño, y todo por su culpa. Él no había sido el que había mordido a su madre, pero sí se había tragado la perla destinada a curarla. Si hubiera sabido cuánto sufrimiento iba a causar por tomar aquel orbe diminuto y brillante…
Tenía que marcharse. Tenía que salir de Changle y poner toda la distancia posible entre ellos. El príncipe no podía descubrir jamás que la primera vez que se habían visto no había sido en los establos.
Se dirigió hacia la puerta pero se detuvo cuando pasó frente al tablero de wéi qí . Las piezas estaban tal como las habían dejado la noche anterior. Se agachó, tomó una de las piedras blancas del cuenco y le dio vueltas entre los dedos.
Algunas personas creían que las criaturas de sangre fría no podían sentir emociones, pero no era cierto.
Los sentimientos que Xian removía en sus entrañas eran tan reales que resultaban dolorosos.
Cuando el príncipe había usado su propia manga para limpiarle la sangre de la nariz, la ternura que había mostrado le había parecido casi insoportable.
—Adiós, Xian —susurró.
Soltó la piedra blanca dentro del cuenco de las negras. Después, se dio la vuelta y salió de los aposentos del príncipe por última vez.
Las cocinas de palacio se encontraban en el lado este del patio interno, cerca de los almacenes.
Se dividían entre la cocina principal, una sala especial para el té y una panadería.
Qing le había contado que llevaban un registro muy meticuloso de qué cocinero preparaba cada plato.
Así, si la comida estaba buena, era fácil volver a solicitar esos platos, pero si algo salía mal, se podía identificar a los culpables con la misma rapidez.
—¡Zhen!
Alzó la vista y vio a una mujer de unos cuarenta años de aspecto maternal que se dirigía hacia él a toda prisa. Llevaba un chaleco con mangas que le llegaban hasta el codo y un botón en la parte delantera, lo que la identificaba como una de las personas con más antigüedad del personal de cocina.
—Buenos días, señora Hua —replicó, mirando a su alrededor—. ¿Está Qing por aquí? Tengo que hablar con ella.
La mujer soltó una carcajada.
—Ay… Ayer, tu hermana se pasó todo el día preocupada por ti.
Le dije que, ahora que eres el sirviente personal del príncipe, tendrás muchas obligaciones de las que ocuparte y que vendrías a verla tan pronto como pudieras.
Aun así, estuvo tan distraída que estropeó toda una tanda de bolitas de sésamo fritas…
—¡Zhen! —Qing salió de la cocina y se abalanzó sobre él como si no se hubieran visto en años. Le rodeó el cuello con los brazos y lo estrechó con tanta fuerza que él soltó un jadeo—. ¡Estaba muy preocupada por ti!
—Qing, tómate un descanso de quince minutos con tu hermano. —La señora Hua le guiñó un ojo—. Estoy segura de que tendréis cotilleos muy jugosos que contaros. Os dejo que os pongáis al día…
Zhen se obligó a sonreír y esperó hasta que la señora Hua estuvo dentro de la cocina de nuevo para girarse hacia su amiga.
—Tenemos que salir de aquí. Ahora mismo.
Ella frunció el ceño.
—Espera, ¿qué? ¿Por qué?
—Ya no es seguro que nos quedemos aquí —respondió con urgencia—. Por favor, Qing, necesito que confíes en mí con este asunto. Vuelve dentro, intenta no parecer sospechosa y recoge todas tus cosas…
—¡Pero no nos pagan hasta la semana que viene!
¿Acaso el único motivo para detenernos en Changle no era ganar dinero para el resto del viaje hasta el monte Emei?
—Entrecerró los ojos—. Se trata del príncipe, ¿verdad?
¿Qué ha hecho? —le preguntó mientras le tomaba el rostro entre las manos—.
¿Te ha hecho daño? ¿Por eso estás tan pálido?
¿Te ha tenido encadenado a la cama todo este tiempo?
—No —contestó, apartándole las manos—. No ha hecho nada por el estilo. De hecho, me ha tratado muy bien. Te explicaré todo más tarde, pero, por ahora, tenemos que…
—¿Eres Zhen, el sirviente del príncipe? —dijo una voz masculina tras ellos.
Cuando se dio la vuelta, se encontró con un chico adolescente que iba ataviado con una túnica azul de mangas anchas y un fajín a juego. Se trataba del cortesano que había ido vestido con un traje azul verdoso durante el banquete de bienvenida.
—Así es —contestó él con una reverencia. Esperaba que el joven no hubiese oído por casualidad su conversación—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Me llamo Deng —dijo, devolviéndole la reverencia—. El mayordomo Chu me ha encargado que hoy me encargue yo de tu entrenamiento.
Zhen gruñó para sus adentros e intentó ganar algo de tiempo.
—Lo cierto es que… no me encuentro bien.
—Ah, claro. —Deng hizo un gesto cómplice con la cabeza—. Imagino que, estas dos últimas noches, el príncipe no te habrá dejado dormir demasiado. Tenemos el remedio perfecto para eso. Ven conmigo al salón de entrenamiento de los cortesanos y te daré un botecito de píldoras.
Aquel joven no podía ser menos oportuno. Intercambió una mirada abatida con Qing, pero no tenía otra opción.
—Por supuesto. Por favor, tú primero.
Su amiga volvió a las cocinas y él se puso en marcha con Deng.
Conforme atravesaban la amplia terraza de mármol, todas las cabezas se giraban hacia él mientras los viandantes se daban codazos los unos a los otros y lo señalaban.
La túnica blanca bordada que lo señalaba como el sirviente personal del príncipe le quedaba como un guante de seda, pero la atención que atraía lo irritaba tanto como el cáñamo áspero.
No era más que otro recordatorio de que, fuera lo que fuera que Xian había visto en él, tan solo era una ilusión.
No era la persona que el príncipe creía que era y nunca podría serlo.
—No me extraña que todo el mundo esté tan fascinado contigo —comentó Deng—. Nunca antes había visto a nadie pasar de limpiar los cubículos de los establos a atender a un miembro de la realeza en un solo día.
El tono de su voz era como un lago calmado, pero sus palabras parecían rocas bajo la superficie del agua. Zhen frunció los labios y no dijo nada. Cuanto antes pudiera librarse de él, mejor.
Llegaron al salón de entrenamiento de los cortesanos y el chico lo condujo hasta un almacén que se encontraba en la parte trasera del edificio. Los estantes estaban repletos de todo tipo de artículos: lámparas de porcelana, farolillos, velas, puñados de barritas de incienso e incluso parasoles.
—Aquí puedes conseguir más velas, barritas de incienso y hojas de té para la alcoba del príncipe —señaló Deng—. También deberías rellenar la botella que hay junto a la cama. No querrás que se te acabe en medio de la noche.
Zhen se sonrojó. El chico había supuesto lo mismo que todos los demás, incluida Qing. Se giró hacia él.
—¿Qué tipo de incienso debería llevar para…?
Una palma abierta le golpeó el lateral de la cabeza. Una explosión de estrellas rojas le estalló ante los ojos y, entonces, recibió otro golpe en la parte delantera del cuello, lo que lo dejó sin aire en la garganta e hizo que se derrumbara sobre el suelo.
—Cuando no era un borracho miserable, a mi padre se le daban bien las artes marciales. —Deng alzó el pie y le dio una patada en el estómago—. Así que me enseñó una cosa: cómo dar donde más duele sin dejar ninguna marca.
En cualquier otro momento, Zhen habría sido capaz de defenderse, tal como había hecho en la taberna, pero la hemorragia nasal de la noche anterior había drenado muchísimo su qi . No se había sentido tan débil desde que le había salvado la vida a Qing.
Zhen gruñó y se hizo un ovillo mientras las costillas le subían y bajaban. Deng se cernió sobre su cuerpo, lo agarró de la parte frontal de la túnica y tiró de él hasta ponerlo en pie con una fuerza sorprendente, dada su constitución menuda.
—No hui de casa y llegué hasta donde estoy a base de acostarme con la gente para que un humilde mozo de cuadras me robe el puesto que me corresponde en el lecho del príncipe —masculló entre dientes, muy cerca de su cara.
El joven echó el puño hacia atrás y le dio un golpe que hizo que sintiera una puñalada de dolor atroz en el estómago. Un sabor amargo a cobre le subió por la garganta y le inundó la boca antes de que el mundo se sumiera en la oscuridad.