12 ZHEN
Zhen estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas.
Xian se había acomodado sobre una esterilla de paja al otro lado de la mesa baja que los separaba y sobre la que había un tablero cuadrado de madera con líneas horizontales y verticales que dibujaban una cuadrícula.
Junto al tablero, había dos cuencos con piedras: unas eran negras y las otras eran blancas.
Feng había dejado a un guardia ocupando su lugar antes de marcharse a pasar revista a los demás y mostrarles sus puestos.
Desde que había llegado aquella mañana, el guardaespaldas del príncipe se había mostrado frío y brusco con él, pero si no fuera desconfiado, no se le daría demasiado bien su trabajo.
Zhen sospechaba que, cuanto más intentara ganarse su aprobación, más sospecharía de él.
Xian también era otro enigma. Al amanecer, despierto en su camastro, Zhen se había preguntado si el príncipe le pediría…
algo para empezar la mañana. Pero no lo había hecho.
Después, había pasado todo el día aprendiendo el resto de sus deberes con el mayordomo Chu.
La lección había incluido una visita guiada por los diferentes edificios del palacio (las cocinas, la despensa, los talleres, la biblioteca…) para que supiera dónde conseguir cualquier cosa que el príncipe pudiera necesitar.
—¿Has jugado alguna vez al wéi qí ? —preguntó Xian.
Zhen negó con la cabeza.
—He visto a gente jugando a este juego en el mercado. ¿Puedes enseñarme?
—El wéi qí es un juego de envoltura —contestó Xian—.
Las reglas son sencillas: los jugadores se turnan para ir colocando piedras negras o blancas en las intersecciones que hay entre las líneas de la cuadrícula.
Se ganan puntos al capturar las piedras del adversario o al expandir tu territorio hacia los espacios vacíos del tablero.
—¿Hay reglas sobre dónde debemos colocar las piedras? ¿O las puedo poner donde quiera?
—Puedes colocar cada piedra donde quieras, pero, después, no puedes moverla a menos que haya sido capturada. Es decir, a menos que esté rodeada por cuatro lados por las del adversario.
—¿Y la persona que captura más piedras gana?
Xian asintió.
—Sí, pero no te preocupes ahora por perder o ganar. Aprende a moverte por el tablero primero. Tú llevas las blancas y yo las negras, que son las que empiezan.
Entonces, colocó una piedra negra sobre uno de los puntos de la esquina superior derecha. Zhen imitó ese primer movimiento como si fuera un reflejo y colocó una piedra blanca en la esquina inferior izquierda.
—Debiste de empezar a jugar cuando eras muy pequeño.
—Mi padre solía hacerme jugar contra el mayor de mis hermanastros, Wang, con la errónea esperanza de que estrecháramos lazos gracias al juego —contestó el príncipe—.
Éramos buenos contrincantes, pero, como soy tres años menor que él, siempre que le ganaba, sentía vergüenza y se enfadaba.
Supongo que se cree invencible porque su nombre significa «rey».
—¿Y qué significa el tuyo?
—Bueno, «Xu» es el nombre generacional que compartimos todos los hermanastros. «Xian» es el que escogió mi madre con el beneplácito de mi padre. Significa «inmortal» —dijo con tono irónico—. Madres… Siempre tan optimistas.
Colocó otra piedra negra en una de las intersecciones, capturando así una de las blancas de Zhen. Él se inclinó hacia delante y estudió con gran interés el patrón de piedras blancas y negras que se estaba formando sobre el tablero.
—El juego parece simple, pero cada movimiento genera incontables posibilidades.
—Al final de una partida, no hay dos tableros iguales —comentó Xian—.
Las partidas entre los grandes maestros pueden alargarse tanto que, a veces, tienen que dividirse en dos días diferentes.
Desde que, hace unos años, Fahai se convirtió en uno de los consejeros de la corte de mi padre, jugamos una partida todas las semanas.
Se le da incluso mejor que a los maestros de palacio.
Cuando terminaron la partida, el puñado de piedras blancas que se encontraba en el montón de las prisioneras de Xian contrastaba enormemente con la piedra negra solitaria que había atrapado Zhen. Se preguntó si el príncipe le había cedido aquella a propósito para alentarlo un poco.
—¿Te importa si dejo así el tablero? —preguntó—. Me gustaría estudiarlo con más detalle.
—Por supuesto. Lo has hecho muy bien para ser la primera vez que jugabas. —Xian se inclinó hacia delante—. Quiero que mañana traigas a tu hermana.
Zhen se tensó. ¿En qué lío se había metido Qing en aquella ocasión?
—¿Ha hecho algo malo? —No pudo ocultar la turbación que le teñía la voz—. Si Qing te ha ofendido o ha ofendido a la corte de Changle de algún modo, no se lo tengas en cuenta. Estoy dispuesto a recibir el castigo por ella.
—No tienes de qué preocuparte. —Xian estiró el brazo y le apoyó una mano sobre la muñeca—. Tu hermana no se ha metido en ningún lío, pero es la única familia que has mencionado y me gustaría conocerla. ¿De dónde sois? No resulta fácil adivinarlo por tu acento.
—De hecho, nací en Wuyue —contestó. El príncipe pareció sorprendido, así que prosiguió—. Nos mudamos cuando yo era pequeño. Mi familia… no está acostumbrada a vivir entre otras personas, así que, ahora, mi hermana y yo estamos solos.
—¿Cómo se llama?
—Qing. Estoy seguro de que le emocionará poder conocerte.
Xian se puso en pie y un cosquilleo de expectación le recorrió el cuerpo. El príncipe todavía no le había hecho ningún tipo de insinuación, pero ¿sería diferente la segunda noche?
Lo siguió con la mirada mientras se dirigía hacia el perchero del que colgaba el batín con el que dormía. Se quitó la camisa y, entonces, se giró hacia él. Zhen pestañeó, intentando no mirarle el pecho desnudo, el torso esbelto…
—Descansa bien esta noche —dijo Xian mientras se ponía el batín—.
Mañana por la tarde, si hace buen tiempo, saldremos a cabalgar por el campo.
Feng y Fahai vendrán con nosotros y tú nos guiarás.
Nos dirigiremos hacia el oeste, lo que nos proporcionará la mayor franja de luz diurna antes de que se ponga el sol, que es cuando las serpientes salen a buscar comida.
Una soga invisible se cerró en torno al cuello de Zhen.
—¿Serpientes?
—Sí. —El príncipe tenía un destello en los ojos—. Es la única criatura que me interesa cazar. Ven, voy a mostrarte algo.
Le hizo un gesto para que lo siguiera y lo condujo hasta una caja rectangular de ratán que había en un rincón.
Cuando abrió los pasadores y quitó la tapa, a Zhen se le heló la sangre más que nunca.
Dentro había una colección de ganchos, pinzas, varas, redes…
Habían limpiado todos los instrumentos, pero podía detectar en ellos residuos de sangre seca de serpiente.
Había una cruel trampa metálica idéntica a aquella en la que él se había quedado atrapado de joven.
De forma instintiva, se llevó una mano a la cicatriz que tenía en el lado izquierdo del torso.
—¿Por qué…? ¿Por qué tienes tanto instrumental para matar serpientes? —dijo en un susurro.
—No las mato. Las quiero vivas. —Xian emitió un sonido que no transmitía ni un atisbo de alegría—. Aunque rajaría de arriba abajo a todas y cada una de ellas si con eso lograra que mi madre se sintiera mejor durante tan solo cinco minutos.
Fue como contemplar una horrible transformación; una piel externa partiéndose por la mitad antes de desprenderse. Xu nunca había existido y de detrás de su careta estaba emergiendo la auténtica cara del príncipe.
Zhen intentó reprimir las náuseas que le estaban asaltando la garganta.
—¿Qué le ocurrió a tu madre?
—Le mordió una serpiente blanca. —La voz de Xian era afilada como un cuchillo—.
Lleva casi diez años confinada en la cama.
A veces, el dolor es tan agónico que acaba paralizada durante varios días.
Y, cuando mi padre trajo a casa una perla espiritual procedente de las montañas Kunlun para curarla, la serpiente blanca volvió a aparecer.
Zhen se sintió como si le hubieran crecido carámbanos en los pulmones.
La primera vez que había visto al príncipe en los establos, había percibido en él algo notablemente familiar, como si hubiera visto su cara en un sueño…
—He estado cazando serpientes de todo tipo para Fahai, el consejero de mi padre, que ha estado trabajando en elaborar un antídoto —prosiguió Xian—.
Lo único que nos falta para la cura es la serpiente blanca.
Un oráculo predijo que la encontraríamos en Changle, así que pretendo capturarla y llevarla de vuelta con vida.
Estamos más cerca que nunca. Puedo sentirlo.
Un aroma metálico inundó las fosas nasales de Zhen y de pronto, de la nariz empezó a salirle sangre, que cayó al suelo y sobre el frontal de su túnica. Sorprendido, dio un paso atrás, pero las rodillas no parecían aguantar su peso.
—¡Zhen! —Xian apareció a su lado al instante y lo ayudó a recuperar el equilibrio—.
¿Te encuentras bien? —Estaba tan mareado que no pudo evitar apoyarse contra los brazos del príncipe.
Abrió los labios, pero no pudo formar ninguna palabra—.
¿Qué te ocurre? —El príncipe lo condujo hasta una silla—.
¿Estás enfermo? Te llevaré al ala médica.
—No —consiguió decir con voz ronca. De forma instintiva, cerró los dedos en torno a la muñeca de Xian—. Me pondré… bien.
El niño que había caído del Puente Roto.
Aquel al que había arrastrado a la orilla del islote diminuto que se encontraba en el centro del lago.
La última vez que lo había visto, no había sido más que un niño aterrado que aferraba con fuerza una perla.
En los últimos siete años, había madurado tanto que era totalmente irreconocible.
Zhen intentó echar la cabeza hacia atrás para evitar que la sangre le cayera por la nariz, pero el otro joven lo detuvo.
—No hagas eso. La sangre te llegará al estómago y enfermarás todavía más. Inclínate hacia delante y respira con lentitud por la boca. —Xian le estrechó la cabeza contra el pecho y le apartó un mechón de la cara—. ¿Te duele algo? Dímelo.
Más que cualquier otra cosa, deseaba poder contárselo; poder decirle la verdad. Pero el príncipe lo miraría como si fuera un monstruo y, tal vez, incluso lo matase allí mismo.
—Lo siento —susurró—. Menudo lío he montado…
—Shhhhhh. —Xian le acercó el dobladillo de la manga a la nariz y, con cuidado, le limpió la sangre que llevaba en el labio superior—. Intenta no hablar.
Zhen cedió y cerró los ojos. Tan solo le quedaba esperar que el otro chico no descubriese jamás por qué se estaba disculpando en realidad.