La leyenda de la serpiente blanca 11 XIAN
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Feng y el resto de la delegación llegaron al día siguiente con todos los regalos y objetos de valor intactos.

El gobernador Gao había enviado soldados desde Changle para ayudar a despejar el camino y acompañar al contingente de Wuyue hasta la capital.

Al disponer de seguridad adicional, habían viajado durante la noche para compensar el retraso y habían llegado tal como habían planeado originalmente.

Feng se pasó una mano por la frente sudorosa antes de que Xian lo abrazara.

—Cuidado. No quiero que te manches la túnica con mi suciedad.

—Es cierto; la verdad es que apestas. Hay una bañera en mis aposentos que puede ponerle remedio.

—¿Una bañera para ti solito? Sí que se han dejado la piel para impresionarte…

Feng hizo una reverencia.

—Gracias, consejero Fahai. Lo dejo todo en tus manos.

—Lamento informarte que te has perdido el festín —le dijo Xian a su amigo mientras se dirigían hacia la mansión real—. Pero ya he pedido a cocina que te preparen tu cena favorita. Panceta guisada con bollos al vapor, pollo ahumado con champiñones y rábanos con osmanto.

Feng ralentizó el paso y arqueó una ceja.

—¿Qué has hecho?

Xian le dedicó una mirada inocente.

—¿Es que no puedo pedir los platos favoritos de mi mejor amigo?

Cuando llegaron al complejo amurallado, en lugar de admirar la arquitectura o los bellos jardines del patio, Feng se dedicó a observar el entorno con ojo crítico.

—Apostaremos a dos de nuestros propios soldados frente a tus aposentos —dijo—. Otros dos patrullarán los muros. Esta noche, yo me encargaré del primer turno para tomar nota de la seguridad de Changle y los cambios de guardia.

Cuando entraron en la alcoba del príncipe, Zhen estaba alisando las arrugas del lóng páo que estaba en el perchero de madera. Se dio la vuelta con una sonrisa tentativa, que se esfumó en cuanto vio que Xian no estaba solo. Entonces, se arrodilló de inmediato.

—Buenos días, alteza.

Feng frunció el ceño.

—¿Quién es este?

—Feng, este es mi nuevo sirviente, Zhen —contestó, haciéndole un gesto al joven para que se pusiera en pie—.

Zhen, te presento a mi guardaespaldas, Feng.

—Feng lo miró con los ojos entornados, pero él se limitó a dedicarle una sonrisa jovial antes de girarse de nuevo hacia Zhen—.

Por favor, trae unos bollos al vapor para mi guardaespaldas.

Siempre está de mal humor cuando tiene hambre.

Ah, y una tetera de oolong para bajarle la temperatura corporal.

—Sí, alteza —replicó Zhen antes de hacer una reverencia y abandonar la estancia.

Con gesto de aprobación, Xian lo siguió con la mirada.

—He de decir que es cierto que el blanco es el color perfecto para él.

Feng lo fulminó con la mirada.

—¿Te pierdo de vista un solo día y lo primero que haces es llevarte a la cama a un chico guapo al que le queda bien el blanco?

—No podía rechazar la hospitalidad de la corte Min de ningún modo.

Aunque los dejé estupefactos… Me ofrecieron sus mejores cortesanos, pero yo escogí a Zhen.

Nos conocimos en los establos mientras él acicalaba a Zhaoye.

Yo iba vestido con una túnica sencilla y me confundió con un cuidador de caballos…

—Si tú pudiste ser un príncipe haciendo el papel de cuidador de caballos, él podría ser un asesino fingiendo ser un mozo de cuadras. —Feng pasó la vista por el dormitorio y se fijó en el camastro—. ¿Se supone que tengo que dormir ahí?

—No; esa es la cama de Zhen. Tu alcoba está al otro lado de esas puertas. —Xian señaló la habitación contigua. Su amigo parecía incrédulo—. Lo sé, lo sé… No tiene su propia bañera, pero puedes venir a usar la mía.

—No me refería a eso —replicó Feng, fulminándolo con la mirada—. Por razones evidentes, ese sirviente no debería tener permiso para dormir en tu alcoba. No me puedo creer que Fahai no pusiera ninguna objeción. Por eso mismo no quería…

—Durmió aquí anoche y no pasó nada.

Su amigo soltó un bufido de exasperación.

—Si insistes en permitir que duerma aquí, entonces yo también tendré que hacerlo.

—En ese caso, tú puedes dormir en el camastro y él compartirá la cama conmigo —replicó él, moviendo las cejas arriba y abajo—. A menos que insistas en unirte a nosotros, en cuyo caso, las cosas podrían ponerse interesantes.

Feng arqueó tanto las cejas que casi rozaron el techo.

—No me puedo creer que haya tenido que viajar ochocientos kilómetros para seguir facilitando tus encuentros amorosos.

—Escúchame. —Xian rebuscó algo dentro de la manga de la túnica y sacó el pergamino enrollado—. Ayer fui al templo para preguntar a los dioses qué debería hacer a continuación. Sacudí los palitos de bambú y esto es lo que obtuve.

Feng leyó la frase en voz alta.

—«Incluso un poderoso dragón puede tener problemas para vencer a una serpiente en su hábitat natural». ¿Qué crees que significa?

—Que, a pesar de contar con el apoyo de mi padre, seguimos necesitando la ayuda de alguien de la zona para encontrar a la serpiente.

Por eso escogí a Zhen como mi sirviente.

Está familiarizado con los bosques de los alrededores de Changle.

Cuando salgamos de palacio para cazar a la serpiente, puede ser nuestro guía.

Por no mencionar que es el único desconocido al que he visto acercarse a Zhaoye sin recibir una coz en la cara.

—Perdona si no cuento a tu caballo como un testigo de carácter creíble —respondió el guardaespaldas con un suspiro—. Sigo sin creer que esto sea buena idea. No sabes quién es y, aun así, ¿va a compartir tu lecho el resto del tiempo que pasemos aquí? O, al menos, hasta que te canses de él…

—Si insistes en saberlo, anoche no me acosté con él.

Su amigo soltó un bufido burlón.

—¿Qué pasó? ¿Estabas demasiado borracho?

—Por desgracia, no. Intentar quedarme dormido fue duro en muchos sentidos que no había esperado.

—Puedo enseñarte unos cuantos métodos de meditación Shaolin que te ayudarán con eso. —Feng hizo una pausa—. ¿Te dijo algo más el sacerdote? ¿Te dijo si debíamos estar alerta ante cualquier amenaza?

A Xian no le gustaba ocultarle secretos a su amigo, pero ya sospechaba de Zhen y, si le mencionaba que el hombre le había dicho que el amuleto de su madre lo protegería de un peligro oculto que acechaba cerca, reaccionaría de forma exagerada y se negaría a que el mozo de cuadras durmiera en su alcoba.

—«La respuesta se os presentará en el momento preciso». Eso es lo único que me dijo.

El gesto de Feng se volvió serio.

—Mira, ya no somos niños. Ahora, estoy aquí como tu guardaespaldas. Bajo juramento, mi deber es protegerte con mi propia vida.

Xian le apoyó una mano en el hombro.

—No hay nadie en quien confíe más para que me cubra las espaldas. No solo como mi guardaespaldas, sino como mi mejor amigo. —Sonrió de medio lado—. ¿Significa eso que no podemos ir a buscar túneles secretos por los que escabullirme del palacio de Changle?

Feng soltó algo que estaba a medio camino entre un gruñido y una carcajada.

—Si tu padre no me manda decapitar por eso, el mío lo hará sin duda.