10 ZHEN #2
Xian apuró la taza de té y la dejó sobre la mesa.
—No fui del todo sincero contigo con respecto a mi identidad —dijo—.
Entiendo por qué te sentirías incómodo al llamarme Xian.
No quiero ponerte las cosas difíciles, así que, cuando haya otras personas presentes, puedes dirigirte a mí como alteza.
Pero, cuando estemos solos, quiero que me llames Xu.
Al menos, una cosa de la primera vez que nos hemos visto ha sido real.
—Entiendo por qué lo habéis hecho… —Las palabras se le escaparon antes de que pudiera pensarlas bien. Se calló, temiendo haber hablado de más.
—¿Por qué? —El gesto del príncipe no era de reproche, sino de curiosidad, como si lo animara a continuar.
Zhen se mordió el labio.
—Imagino que no es fácil saber si la gente os trata de un modo u otro por ser vos o por vuestra posición. Si no hubierais fingido ser una persona que no sois, jamás me habría atrevido a hablar con vos. Y, tal vez, ahora mismo no estaríamos aquí.
Una sonrisa lánguida curvó las comisuras de los labios de Xian.
—Tal vez estábamos destinados a conocernos tal como lo hemos hecho.
Zhen era demasiado consciente de que el pulso le palpitaba con fuerza en la muñeca y en una de las venas del cuello.
—¿Hay… algo más que pueda hacer por vos?
—La verdad es que sí. —El príncipe se desabrochó el cinturón colgante que llevaba en torno a la cintura y levantó los brazos—. Me gustaría que me ayudaras a quitarme el lóng páo .
Un estremecimiento cálido le recorrió la piel, provocándole una sensación trémula en el estómago. «Sea lo que sea que te pida el príncipe, hazlo lo mejor que puedas». Tragó saliva con fuerza y dio un paso al frente.
Mientras le quitaba la pesada túnica ceremonial de los hombros, notó los dedos más torpes de lo debido. Llevó la prenda hasta un perchero horizontal de madera que había cerca y colgó la tela con cuidado para que no se arrugara.
Cuando se dio la vuelta, Xian se había quitado la camisa interior y tan solo llevaba puestos los pantalones de lino.
El aliento se le atascó en la garganta. El príncipe tenía el cuerpo de un tono bronceado suave y los músculos de los hombros y los brazos esbeltos pero nervudos, como si tuviera cordones tensos bajo la piel. Colgando sobre el pecho desnudo con una cadena de plata, llevaba un amuleto de jade.
Algo se le removió en la parte baja del vientre. ¿El hecho de que Xian se hubiera desvestido significaba que él también debería hacerlo?
El otro joven, todavía sin camisa, se acercó y se paró frente a él. Ni siquiera en el establo habían estado tan cerca el uno del otro. Estaban lo más cerca que dos personas podían estar sin tocarse.
—Hay una cosa más que quiero que hagas por mí —dijo.
Era varios centímetros más alto que él y, cuando alzó la vista, los ojos de Xian le parecieron como el té que acababa de preparar: brillantes y oscuros al mismo tiempo, de un color claro pero emocionante y embriagador.
El aire vibraba gracias a una conexión inexorable que parecía atraerlos el uno hacia el otro.
Zhen estaba seguro de que el príncipe iba a estirar la mano hacia su túnica y, cuando se la abriera, no pensaba detenerlo…
—¿Recuerdas lo que te has ofrecido a hacer si tenía un día libre? —le preguntó Xian.
Él pestañeó.
—He dicho que… os llevaría a cabalgar por los bosques que rodean Changle.
—Pretendo hacer esa excursión y te he escogido como mi sirviente porque quiero que seas mi guía. —El otro chico dio un paso atrás, rompiendo aquel tirón magnético—. Nos pondremos en marcha en cuanto lleguen mi guardaespaldas y el resto de mi séquito.
El corazón se le cayó a los pies. Tenía la sensación de que el príncipe no estaba hablando de un paseo para admirar las vistas, lo que significaba que iba a ser una cacería.
Obviamente, él había cazado como serpiente, pero había sido por necesidad y porque era algo que estaba en su naturaleza.
Odiaba la idea de matar animales por entretenimiento.
Xian atravesó la habitación y tomó un batín que colgaba de un perchero. Se colocó la prenda sobre los hombros y, cuando se la ató con un fajín, el amuleto de jade que llevaba en torno al cuello desapareció bajo los pliegues frontales. Entonces, lo miró.
—Es una noche ventosa y tu cama está junto a la ventana. Asegúrate de usar una manta para dormir.
Zhen no pudo ocultar su sorpresa. ¿Era eso lo único que pretendía hacer? ¿Dormir? ¿Solo en esa cama enorme? ¿No había dicho Qing que eso sería lo último que haría aquella noche?
Xian se subió a la cama elevada y apoyó la cabeza sobre el almohadón de seda. No se quitó la horquilla ni se deshizo el moño.
—Ya puedes apagar las luces.
—Oh. Sí, claro.
Recorrió la alcoba, apagando las velas y los braseros.
Los rescoldos del fuego seguían resplandeciendo, bañando las sombras con una luz tenue.
Se había resistido a la idea de acostarse con alguien que acababa de conocer, pero no estaba seguro de si se sentía aliviado o decepcionado.
Era evidente que Xian sabía que tenía todo el derecho del mundo a solicitar que le proporcionaran placer.
Por lo tanto, ¿el hecho de que no se hubiera insinuado significaba que no le atraían los chicos o que, sencillamente, no le atraía él?
¿Era ese el motivo de que hubiera dejado tan claro que lo había escogido solo para que fuera el guía de su cacería?
Desdobló la manta que se encontraba a los pies de la cama del príncipe y lo cubrió con ella hasta la altura del pecho. Xian lo siguió con la mirada, aunque su gesto era impenetrable. Zhen desató las cortinas y dejó que el dosel de gasa cayera en torno a la cama.
Titubeó antes de hablar.
—Buenas noches…, Xu.
A través de la capa de tela transparente, atisbó la sonrisa del príncipe.
—Buenas noches, Zhen.